Capítulo 1 - Puede ser
Kate Beckett siempre le dio mucha importancia a la primera impresión.
Sí, su madre le había repetido hasta la saciedad que no se debe juzgar a un libro por su cubierta; pero ella, cabezota como su padre, había seguido con la mentalidad de que la sensación que te provoca una persona la primera vez que la ves tiene un noventa por ciento de influencia en cómo tratas a dicha persona más tarde.
Tampoco era que basara todo su comportamiento en esa primera impresión, porque podía ser equivocada. Ella bien lo sabía. Lo que sí hacía era tenerla muy en cuenta, un recordatorio en la parte trasera de su mente al que girarse cuando la persona corroborase su primer pensamiento. Ella misma iba siempre impecablemente vestida y tenía un recambio en la taquilla del gimnasio de la comisaria por si había algún accidente – que le tiren una taza de café ardiendo encima, por ejemplo –. Su maquillaje iba cuidadosamente aplicado y su pelo perfectamente peinado, aunque acabase de lanzarse sobre un sospechoso que trataba de huir.
Impoluta, impecable, intocable.
Así las cosas, no era de extrañar que su primera impresión de Castle no fuera muy favorable para él. Olvidada quedaba aquella ocasión en la que su yo veinteañera estuvo en una cola interminable para una oportunidad de conocerle y contarle lo mucho que le había ayudado con lo de su madre, y que al final quedó reducida a un: "Hola, ¿tu nombre? Muchas gracias por comprar mi libro y venir, Kate. ¡Siguiente!". Tres horas esperando y al final solo le dejaron un minuto, el tiempo suficiente para mascullar su nombre, hacer un mínimo de contacto visual y ser empujada fuera de la línea por una mujer con mucha pechonalidad – y que no se avergonzaba de ir enseñándola – que gritaba, histérica, y prácticamente se abalanzó sobre el escritor.
Esa Kate había quedado enterrada bajo las piedras de la muralla que la Beckett actual había construido a su alrededor. De modo que cuando se volvió a reencontrar con Richard Castle, unos cuantos años más tarde, no recordó lo azules que le habían parecido los ojos del hombre, o el roce de sus dedos cuando el escritor le tendió su libro firmado, o la sensación de escuchar su nombre en labios de él. Lo que sí recordó fue lo irónico de observar de lejos a una persona de interés en su investigación firmando pechos de mujeres con un permanente, como si el incidente con esa mujer tan escandalosa que no paraba de berrear que o le firmaba el pecho o no se iba de allí, le hubiera abierto los ojos y le hubiera hecho ver que para qué firmar libros cuando podía marcar a chicas con su nombre.
Tampoco ayudó que, sentada en la barra del bar, su hija de catorce años presenciara todo aquello con pose aburrida y la nariz hundida en unos libros en – lo que Kate presentía – un intento de abstraerse de ello. O que cuando golpeó su hombro lo primero que él le dijo fue "¿dónde quieres que te firme?", dándole la satisfacción de dejarle sin palabras cuando agitó su placa en el aire y le dijo que necesitaba que la acompañara a la comisaria para contestar algunas preguntas.
En resumen, su primera impresión de Richard Castle, autor best-seller, fue precisamente la de un famoso ricachón con complejo de playboy que probablemente tuviera un expediente de un notable grosor en el que se relataran todas sus aventuras y roces con la policía de Nueva York. Un adulto que jugaba a ser un niño, solo que con el dinero suficiente para llevar a cabo todas sus ideas descabelladas y ser la encarnación física del dicho "culo veo, culo quiero".
Solo que esta vez, Kate rompió su regla.
Esta vez, se dejó llevar por esa primera impresión y cada intento del escritor por acercarse a ella fue bloqueado por una muralla de hielo. O, mejor, un cristal bien grueso de forma que se pudieran ver mutuamente – algo obligatorio ya que había sido forzada a trabajar con él – pero no hubiera forma humanamente posible de que Castle la alcanzara.
Aunque lo hizo. Castle lo logró. Castle la alcanzó.
Nunca sabría decir cuándo ocurrió. No podía abrir el libro que era su historia – porque siempre hay una historia – y señalar el número de la página concreta en la que se dio cuenta de que la pared transparente no era tan gruesa como había creído y el escritor había conseguido traspasarla.
Puede ser que fuera cuando se dio cuenta de que el Richard Castle que posaba con mujeres diez años más jóvenes que él y el Richard Castle que le preguntaba si realmente era necesario arrestar a un señor que solo había estado vengando el asesinato de su hija, no eran la misma persona. Él también llevaba una máscara, como Kate. La detective se había escudado tras esa imagen de frialdad y dureza, de que nada le importaba ni le afectaba, de que estaba allí para hacer su trabajo solamente. El escritor se había refugiado tras la imagen que la gente y los medios de comunicación querían de él, la que se esperaba de él. Ese egocéntrico que se presentaba a las firmas de los libros con una rubia en cada brazo y su madre e hija detrás, que se había divorciado dos veces ya, que tenía un Ferrari y hasta una parcela en la luna; ese no era Richard Castle.
No, Richard Castle, su Richard Castle, era el mismo que desobedecía sus órdenes expresas de que se quedara en el coche para salir en su rescate aunque eso significara perseguir a un sospechoso armado por un callejón con un pie descalzo. Era el mismo que se había ganado la confianza de Montgomery y Ryan con solo una sonrisa traviesa, e incluso la de Esposito, que era más desconfiado y duro de roer. Era el mismo que apodaba "calabaza" a su hija adolescente, que salía corriendo sin importar lo que estuviera haciendo en cuanto Alexis le llamaba pidiendo su ayuda, que removería cielo y tierra, haría todo lo posible y más, si alguna vez llegara a pasarle algo. Era el mismo que les había regalado una cafetera en condiciones y había sido lo suficientemente observador como para sorprender a la detective una mañana con un café exactamente como a ella le gustaba. Era el mismo que desde un primer momento la había calado y – aunque lo odiaba – a veces era capaz de leer a través de sus murallas igual que si no existieran para nada.
Richard Castle, su Richard Castle, la volvía loca de todas las formas posibles, habidas y por haber. Hacía lo que le daba la gana y luego se encogía de hombros cuando Kate le echaba la bronca porque no se arrepentía de nada. Sacaba dientes y uñas cuando se trataba de su familia o sus amigos, incluso sus exmujeres; era leal como un perro – Beckett tampoco se arrepentía de la comparación – y esperaba lo mismo de las personas que le importaban. Siempre se podía contar con él para una teoría que involucrara a la CIA o una gran conspiración para acabar con el mundo, a lo cual la detective se había visto recurriendo más de una vez – a su pesar – cuando sentía que ninguna de sus ideas daba frutos; y estaba a una llamada de distancia a cualquier hora del día o de la noche en caso de necesitar ayuda. Se preocupaba por las víctimas a pesar de su manía de ponerles apodos, cosa por la que Kate ya le había regañado en más de una ocasión; y era capaz de simpatizar con los familiares que habían perdido a alguien de una forma que, hasta ese momento, solo Beckett, y por sus circunstancias particulares, era capaz.
Richard Castle, su Richard Castle, le traía un café con una sonrisa en la cara sin importar la hora que fuera y era capaz de arrancarle la misma cantidad de sonrisas y carcajadas que de ojos en blanco y suspiros frustrados.
Era lógico pensar que todo había comenzado en el momento en que fue consciente de todas estas cosas.
Pero puede ser que fuera cuando se dio cuenta de que ya no solo sentía atracción física hacia él. A ver, no iba a negarlo, el hombre estaba bueno. Era sexy. Le rodeaba un aura de seguridad típica de esa persona que sabe que es guapa y lo utiliza a su favor en todo momento, sin llegar al punto de resultar prepotente. Castle se lo creía, bromeaba sobre ello, lo sacaba a relucir en cuanto podía; pero siempre con ese tono juguetón que indicaba que solo trataba de picarla para ver si caía. Y, oh, Kate adoraba fingir que caía solo para devolvérsela más grande y más fuerte. Adoraba cuando el escritor tragaba saliva y abría la boca para replicar pero no era capaz de emitir sonido alguno por el shock o se tenía que morder el puño. Estaban constantemente en un tira y afloja cargado de indirectas, frases con segundas, y subidas y bajadas de cejas sugerentes.
Sin embargo, llegó un día en el que notó que sus ojos eran de un azul extraordinario; que cambiaban según sus emociones, volviéndose más grisáceos o más oscuros, mostrándose fríos o con un brillo tan cálido que extendía fuego por las venas de la detective. Notó que cuando se rozaban sus manos para pasarse algo o porque tropezaban al ir a coger la misma cosa, un hormigueo recorría todo su cuerpo, un estremecimiento la sacudía. Llegó un momento en el que tenía memorizado su calor corporal, ese aroma que era de él y solo de él, incluso el sonido de sus pisadas, y era capaz de saber si había llegado sin necesidad de girarse a mirar.
También era lógico suponer que todo había comenzado cuando fue consciente de que ya no era un asunto hormonal, no se trataba de pura atracción física que se desvanecería en cuanto tuvieran una buena noche de sexo. Que puede ser que ahora esa única noche entre las sábanas no fuera suficiente porque Kate también quería el despertar con él a su lado, el desayuno compartido y todo el pack completo.
Decir que percatarse de todo eso de golpe la aterrorizaba era quedarse corto. Algo así como muy corto. Porque después de lo de su madre se había prometido que no dejaría que nadie le hiciera tanto daño nunca en su vida. Jamás de los jamases. Ese era el objetivo de sus murallas. Y ver que estaban fallando a la hora de completar la misión le robaba el sueño por las noches y hacía que se comportara de forma errática: estaba normal, entonces se acordaba de todo y se cerraba en banda.
Si Castle se dio cuenta de ello, tuvo el tacto de no decir nada sobre el tema.
Lo que la traía al siguiente "puede ser", el más importante de todos, el que sospechaba que había sido el desencadenante del resto:
Puede ser que el inicio de sus sentimientos hacia el escritor fuera cuando le confesó lo que había ocurrido con su madre. Kate nunca había sido de esas personas que no tienen problema alguno a la hora de hablar de sus traumas, de su pasado, de las circunstancias que les han hecho ser como son. Nunca le había gustado ser tan abierta, y después del asesinato de su madre aún menos. Odiaba esa mirada de compasión que todo el mundo le daba una vez sabían la verdad, cómo se iban alejando progresiva y disimuladamente de la niña marcada por un hecho tan horroroso y que había enfocado toda su vida en conseguir justicia para su madre.
Recordaba a la perfección cuándo se lo había contado a Castle porque el escritor la había sorprendido – para bien – con su reacción. Habían estado investigando el caso sobre esa madre de familia que había aparecido congelada en una obra y que habían descubierto que en realidad llevaba años muerta, asesinada por su marido abusivo, que también había muerto en un "atraco" en la calle.
Durante la investigación, Castle había hecho un comentario sobre si ella había perdido a su padre. Se había fijado en el reloj que la detective siempre llevaba en la muñeca izquierda, había notado que no era de mujer, y se había atrevido a suponer. Kate no había reaccionado bien. Igual que la primera vez que habían trabajado juntos y el escritor la había psicoanalizado, ella se había cerrado en banda y había alegado que no la conocía así que mejor era que dejara de juzgarla. El tema no había pasado de ahí.
Pero era por la noche y por alguna razón que todavía no llegaba a comprender, Beckett había sentido el impulso de contarle la verdad. No habían estado hablando sobre ello, no había habido un aliciente, algo que la empujara a hacerlo. Fue por pura decisión propia. Nunca antes se lo había contado a alguien porque ella quería, y no porque la otra persona había preguntado o ya lo había escuchado de alguna forma.
Castle fue su excepción.
«Bajó la mirada a los archivos que tenía en el regazo, girando el boli con las manos nerviosamente. Sentía las palabras quemándole en la garganta, ascendiendo como lava en un volcán en erupción. Su lengua las moldeó y las pronunció antes siquiera de que ella misma supiera qué demonios estaba pasando.
- Por cierto – se giró para mirar a Castle, sentado en su silla de siempre a un lateral de la mesa de la detective –, fue mi madre, no mi padre.
Todavía retorciendo el bolígrafo entre los dedos, vio el reconocimiento cruzar el rostro del escritor y echar de él a la confusión por ese brusco cambio de tema. Rick se sentó mejor en la silla, más recto, toda su postura indicando que estaba atento a la más mínima palabra que se escapara de entre los labios de Kate.
- Se suponía que íbamos a ir a cenar juntos… Mi madre, mi padre y yo; y ella se iba a encontrar con nosotros en el restaurante pero nunca llegó. Dos horas más tarde cuando llegamos a casa había un detective esperándonos, el Detective… Raglan.
Bajó la vista al Pilot que rodaba incesantemente en su agarre ya de una forma inconsciente. Como cada vez que hablaba de ello, sintió el mordisco de la rabia en el estómago, el nudo en su garganta que hacía que su voz temblara de forma perceptible, la necesidad de mirar a cualquier lado menos a su interlocutor por miedo a echarse a llorar. Respiró hondo y se sobrepuso a todo aquello, buscando los ojos de Castle, ya fijados en ella.
- Encontraron su cuerpo – parpadeó varias veces para disipar las lágrimas –. La habían apuñalado – frunció el ceño cuando las imágenes del cuerpo sin vida de su madre aparecieron grabadas en su memoria a fuego.
- ¿Un atraco? – inquirió él.
Kate sabía que no era la curiosidad morbosa lo que le había empujado a preguntar sino la influencia de estar rodeado de policías a todas horas, sin embargo, su estómago dio un vuelco ante esa frase y entonación tan familiares. Siempre que la escuchaba no podía evitar pensar lo mismo: "Ojalá hubiera sido un robo, por lo menos entendería el motivo por el que mi madre no está viva". Esbozó el intento de una sonrisa, luchando con las lágrimas que amenazaban con caer.
- No – apartó la mirada, buscando un punto neutro en un rincón de la sala diáfana de la comisaria que le ayudara a rehuir las emociones antes de volver a fijarlo en los archivos de su regazo -. Todavía tenía todo su dinero, el bolso y las joyas. Y tampoco fue un asalto sexual – negó con la cabeza –. Lo atribuyeron a un ataque entre bandas. Un momento equivocado, en el lugar equivocado.
Se fijó en la foto sonriente de la víctima en la carpeta con la misma sensación amarga que cuando repasaba por quincuagésima vez el informe sobre el asesinato de su madre aunque podía recitarlo de memoria con puntos y comas sin necesidad de tenerlo delante.
- Igual que en el caso de Melanie – dijo haciendo un gesto hacia la pizarra con toda la información sobre la investigación -, no pudieron pensar más allá del cuadro. Así que simplemente trataron de envolverlo bien, y nunca cogieron al asesino.
Hubo un momento de silencio en el que Castle y ella solo se miraron. Su frustración con el tema podía notarse desde la distancia, y Kate temía las preguntas que normalmente solían seguir a su confesión.
Sin embargo, una vez más, el escritor la cogió desprevenida.
- ¿Por qué llevas el reloj?
Por supuesto. Era Castle con quien estaba hablando, no otra persona. Claro que preguntaría por todo aquello en lo que nadie más se fijaba nunca.
- Mi padre llevó su muerte muy mal. Está sobrio ahora, cinco años – añadió con una sonrisa orgullosa. Bajó la mirada hacia el reloj, señalándolo con el índice de la mano contraria, el boli todavía agarrado. – Esto es por la vida que salvé y… - apartó un poco el cuello de la camisa para buscar la fina cadena plateada que colgaba siempre sobre su escote. Tiró de ella hasta descubrir un anillo con una gema -, esto es por la vida que perdí.
Como el tema se había vuelto demasiado personal para su gusto y el ambiente estaba cargado de sentimientos, dejó caer el anillo de vuelta entre su camisa y su cuerpo.
- Así que – suspiró -, supongo que tu Nikki Heat ahora tiene un pasado, Castle.
Odiaba la forma en que su voz sonaba estrangulada por el nudo de su garganta y nasal por las lágrimas que todavía querían caer. Sonrió para intentar disimular, aunque sabía que era inútil.
- No lo sé. Me gustaba bastante eso de "puta de día, policía de noche" – bromeó él, arrancándole una risa de verdad a Beckett –. Pero… - sonrió con cariño –. Imagino que un ángulo emocional y oscuro también podría funcionar.
Agradeciendo mentalmente que el escritor hubiera decidido seguirle el rollo en vez de insistir en conocer más detalles, la detective correspondió a su gesto y se levantó.
- Bueno, no perturbes a tu audiencia con sustancia a mí costa, Castle.
Comenzó a recoger sus cosas para marcharse, consciente de la mirada dulce del escritor desde el rabillo del ojo.
- Hasta mañana, Detective – se despidió él.
Beckett apretó los labios y alzó la cabeza, girándose hacia Castle.
- ¿No puedes decir "buenas noches" simplemente?
- Soy un escritor. "Buenas noches" es aburrido. "Hasta mañana" es más… Esperanzador – replicó con una sonrisa y un encogimiento de hombros despreocupado.
- Ya, bueno… Yo soy policía. Buenas noches.
Se marchó antes de dejarle contestar, porque sentía su estómago agitarse al darse cuenta de que le había dicho "hasta mañana". Castle sabía la verdad ahora y le había dicho "hasta mañana". Y podía parecer ridículo que realmente se sintiera esperanzada por esas palabras, pero eran una promesa: no pensaba irse a ningún lado.»
Cada vez que pensaba en ello aumentaba la cifra inicial que había dado sobre su grado de seguridad. Ahora estaba en un ochenta por ciento. Un ochenta por ciento segura de que ese había sido el momento decisivo, lo que lo había cambiado todo.
El darse cuenta de que a pesar de saber lo que había pasado, Castle no iba a abandonarla como todos los demás, que no le había mirado con compasión ni había tratado de consolarla con palabras vacías de sentimiento. Le había mostrado su apoyo silencioso y había seguido tratándola como siempre. No le importaba que Kate se hubiera dejado llevar por la sed de justicia y hubiera trastocado toda su vida para perseguir esas ansias; al contrario, si eso, la admiraba más aun por tener el valor de hacerlo.
Y cuando al día siguiente el escritor contestó al segundo pitido al teléfono cuando Beckett le llamó, algo cambió en el interior de la detective. Y cuando se presentó en la escena del crimen con un vainilla latte para Beckett, fue como si pulsaran un interruptor.
Ese fue el punto de inflexión, el "puede ser" de su historia.
