Corría. Lo mas deprisa que sus piernas le permitían. Debía alejarse de allí, de Forks antes de que Edward la volviera loca.
A ese paso, si seguía corriendo así, su naturaleza no le permitía cansarse) saldría del mundo que la rodeaba. Llegaría a Canadá al anochecer, o incluso antes. Con ese único pensamiento en la cabeza, Rosalie Hale partió hacia su destino.
No dejó de interpretar hasta que se abrió la puerta principal, por la que ella había salido. La escena le provocó, en el fondo, una ola de celos y envidia que no supo describir. Se sentía fuera de lugar. Carlisle y Esme entraban riendo y mirándose de una forma rara, como si solo ellos supieran el significado de esa mirada. Al darse cuenta de su presencia, Esme le sonrió maternalmente. De veras lo quería como a su hijo, aunque, irónicamente, él fuera más mayor que ella.
-hola, cariño-dijo de un modo muy dulce.
-buenas, mamá-sonrió, intentando parecer natural- ¿qué tal?
-genial-su mirada volvió de forma inconsciente a Carlisle y sonrió con adoración- me he divertido mucho-miró a Edward con ternura-¿y Rosalie? ¿dónde está?-Edward perdió poco a poco la sonrisa y, sin contestar, volvió a tocar su canción. No hace falta decir que, Carlisle sujetó a Esme, que, por primera vez en casi cien años, se sintió desfallecer.
Si se movía por el bosque, podría correr sin ser vista. Así saldría antes del Estado. El único inconveniente era la temporada de caza, ya que se había abierto la veda, pero eso no suponía un gran problema. Antes de oír el disparo, Rosalie podía describir el bombeo del corazón del cazador, como contenía la respiración y situaba el dedo en el gatillo. También veía la bala disparada y sabía que ella misma, e incluso Edward sería capaz de atraparla antes de que llegara a su destino. Edward... frunció el ceño. Hasta en la distancia lo tenía en la mente. Qué suplicio...
Correteó por el bosque, jugando con los ciervos y asustándolos, hasta que se hizo de noche. Agotada (psíquicamente) se sentó en una roca y respiró hondo.
Pobre Esme...pensó. Ella la quería como a una hija y así se lo pagaba; fugándose de casa.
Bueno, suspiró, si de verdad se sentía como su madre, lo entendería.
Estaba tan metida en sus ensoñaciones que, a pesar del latido del corazón que se escuchaba no hizo caso. Solo alzó la vista cuando el propietario del corazón desbocado se puso a hiperventilar. Y lo que vio le hizo sentir de nuevo viva. ¿puede un corazón de piedra, congelado, volver a latir? Definitivamente, sí.
Escondido entre los matorrales había un hombre moreno, muy joven, de cabellos negros rizados y desordenados, deleitándose observándola; como un ciego que observa el sol. Y ella dejó de respirar. Olía muy bien, y la sangre caliente que pulsaba en su cuello le secaba la boca y le quemaba la garganta, como una plancha al rojo vivo.
Olía...salvaje, masculinamente salvaje. Y eso no era bueno para su supervivencia, teniendo en cuenta que ella era una neófita todavía. Tenía hoyuelos a ambos lados de la boca, sonriendo. La primera palabra que le vino a la cabeza fue el nombre del hijo de su amiga Vera. ¿Henry?
Aquel precioso niño que siempre soño tener; todo hoyuelos, rizos y sonrisitas. El hijo perfecto.
-Henry...-suspiró, con un susurro de campanillas en la voz. Al escucharse a sí misma se dio cuenta de que no era él.
Lo único que tenía claro en ese momento era que no debía matarlo, a pesar de que su cuello parecía estar gritándole para que derramara su sangre.
Él la seguía contemplando intensamente. Venía de caza, porque traía armas.
-buenas noches-saludó, con voz grave y madura. Sonrió, y los hoyuelos volvieron a marcársele aún más-¿puedo preguntar, si no es indiscreción, que hace una dama tan hermosa en medio del bosque a horas tan intempestivas como estas?-cuestionó, educado, con las sutiles cadencias del siglo XVIII. genial, otro caballero... pensó Rosalie con la imagen de Edward en la mente. Al ver que ella no respondía, añadió con intensidad-es peligroso.-parecía preocupado, con el ceño fruncido, y a ella le pareció adorable. Rosalie sonrió. Lo único peligroso allí era ella, no el bosque en sí. Sin una palabra, se fue tan deprisa que a él no le dio tiempo de verla, por que estba parpadeando.
Al darse cuenta de que la belleza personificada se había esfumado. Rebuscó por todos lados. Parecía haberse fusionado con el aire frío de la noche, y también pensó en el vaporoso vestido que llevaba; tenía que estar pasando un frío terrible, aunque a él le había parecido bastante cómoda...
Desde un árbol , a suficiente distancia como para aclarársele la mente, sin tener la dulce invitación del olor en su cabeza, Rosalie sonrió.
Sí, definitivamente, observar a ese extraño, había hecho que, durante unos minutos no pensara en Edward; estaba claro, la distancia entretiene...
