Holger.


-¡Vamos muchachos! ¡Los Lannister os rajarán de arriba abajo si lucháis así! ¡Vamos, golpea! ¡Estocada!

Holger Hoodchild observó a los caballeros cuyas espadas golpeaban una y otra vez, provocando que el sonido del acero resonase en el patio de armas. El joven se mordió el labio con envidia. A su alrededor, formando un círculo, estaban otros caballeros esperando para practicar mientras el maestro seguía gritando.

-¡Holger!

El muchacho se giró, asustado porque le hubiesen pillado ensimismado con el entrenamiento. Solía ocurrirle y alguna vez se había llevado una reprimenda e incluso golpes por ello. El mayordomo de Lord Blackwood se acercaba a toda prisa por el pasillo. Era un hombre alto, ancho de espaldas pero delgado, lo que le daba un aspecto extraño. Su cara era afilada y tenía una barba de dos días con tonos grises y blancos. Sus ojos eran lechosos y de color aguamarina.

-¡¿Dónde demonios estabas, muchacho?! Te he enviado a ver a tu padre a ver si tenía la armadura preparada y te encuentro aquí observando las musarañas. Sígueme.

Holger hizo una reverencia y siguió al mayordomo, de nombre Angus, por los pasillos que llevaban al castillo de Aguasdulces. Él vivía en el pueblo con su familia. Su madre vendía las hortalizas que cultivaban y su padre tenía el honor de haber servido a Lord Hoster Tully desde hacía años. Se decía que no había nadie que hiciese las armaduras como Arthur Hoodchild y su padre se enorgullecía de que alabaran su trabajo. Holger se quedaba fascinado observando como fundía el acero y le daba forma. Su hermano Edward, con las mismas espaldas anchas de su padre, ayudaba y golpeaba con el martillo hasta que quedaba una hermosa armadura o un resistente casco.

Holger, en cambio, había ayudado a su madre y a su hermana Lysse puesto que desde pequeño había sido un muchacho enfermizo, por lo que no podía servir en la herrería. Ahora que había crecido, su padre lo utilizaba como recadero para enviar las armaduras y las espadas al castillo de los Tully. La primera vez que había entrado en el castillo, Holger se había quedado sin habla. Apenas era su décimo segundo Día del Nombre y era un muchacho enclenque que se servía de la compañía de su hermano mayor para que le ayudase a transportar la carga.

Siguió los pasos del mayordomo hasta una sala donde depositó el pesado fardo que había llevado desde la herrería. El hombre le miró severamente y Holger abrió las pieles, mostrando aquella brillante armadura de acero que, según su padre, resistiría hasta el fuego de un dragón, aunque Holger lo dudaba. El mayordomo observó la pieza detenidamente y fue asintiendo con la cabeza.

-Tu padre lo ha hecho bien. Espera aquí. Te daré el dinero.

El hombre desapareció por una puerta y Holger giró sobre sí mismo. Se encontraban en una enorme sala con varias espadas colgando de las paredes. Al fondo, se veían varios escudos, algunos con agujeros y astillados. Se olía el acero, la madera y el cuero. Holger aspiró hondo con una sonrisa en los labios y alzó la mano para acariciar una de las espadas que colgaban de allí cuando sintió una voz grave tras él.

-Vaya, vaya. Parece que se nos ha colado un muchacho.

-Yo...-Holger enrojeció hasta las orejas y bajó la cabeza mostrando su respeto.

Lord Philip Blackwood entró en la estancia y Holger se sorprendió de lo alto que era. O quizás era debido a que él sólo era un muchacho enclenque. Las pisadas del norteño resonaron en la armería mientras se acercaba al joven, que no se atrevía a moverse del sitio. Notaba la piel de la cara ardiendo y sabía que estaría rojo como la sangre.

-Mírame.

Holger obedeció y alzó el rostro lentamente, fijándose en el broche con la flor de lis de los Blackwood, hasta fijarla en la cara del lord. Philip Blackwood era de mandíbulas anchas y barba negra poblada. Su cabello negro como el carbón era una maraña de rizos y sus ojos eran de color gris que cortaban como el hielo cuando se enfadaba, aunque Holger le había visto jugar con sus hijas pequeñas, por lo que había visto aquél rostro mostrar su lado más dulce. Lord Blackwood se cruzó de brazos observándole fijamente cuando Angus el mayordomo entraba en la estancia con una pequeña bolsita de cuero. Se paró en seco e hizo una reverencia.

-Lord Blackwood. ¿Qué hacéis aquí?

-Vine por una espada para entrenar y me encontré a este muchacho a punto de coger la mía.

-Oh-Angus carraspeó y se puso al lado del señor, con los puños apretados. Probablemente pensaba que le caería una bronca por culpa de aquél estúpido niño-Sólo es el hijo del herrero. Ha venido a traer la nueva armadura para Lord Tully. No es nadie, milord. Ya se iba.

-Así que el hijo del herrero...-Dijo Lord Blackwood arqueando una ceja- ¿Cuántas veces has cogido un arma, muchacho?

-Ni...ninguna, señor.

-¿Ninguna?-La voz del norteño parecía asombrada de verdad-¿Nunca has practicado?

-A...-Holger tragó saliva y se obligó a hablar con normalidad-A veces jugaba con mi hermano y luchábamos con palos pero...Yo era un niño muy enfermizo, Lord Blackwood...No solía jugar mucho.

Lord Blackwood soltó un gruñido y asintió con la cabeza, desapareciendo de la sala. Angus se giró hacia Holger, que le quitó la bolsa con las monedas de las manos y salió corriendo. El aire fresco le azotó en la cara y escuchó de nuevo el sonido del acero al golpear mezclado con las voces del maestro. No paró de correr hasta que salió del castillo y volvió de nuevo a la herrería.

Abrió la puerta de golpe y vio a su madre y a su hermana Lysse pelando patatas agachadas sobre dos cubos y ambas le observaron con preocupación, dejando caer los cuchillos y acercándose a él. Holger notaba su corazón latir con fuerza y su frente perlada de sudor. Lysse le atrajo hasta una silla, obligándolo a sentarse. Le quitó la bolsa de las monedas y la dejó caer sobre la mesa, mientras su madre le ponía un paño mojado con agua helada sobre la frente.

Esa era el problema que sufría el joven. Nació con un problema congénito en el corazón tras la visita del maestre, a quien habían acudido tras pedirle ayuda a Lord Tully, que se lo concedió gracias a la intervención de la joven Catelyn, que sintió compasión por aquél pequeño bulto arrugado que lloraba. Desde entonces, los deportes y las actividades normales que hacían los niños le habían quedado prohibidas, incluso jugar con su propio hermano, que siempre quería luchar.

Edward tenía las espaldas de un herrero y la fuerza de un toro. Quería ser soldado y luchar, como todos los chicos a su edad, incluido el propio Holger. Su madre Alenna chasqueaba la lengua y negaba con la cabeza, mostrando su desaprobación. No comprendía ese afán que tenían los muchachos por ir a la guerra y alistarse en el ejército de su señor. Muchos de ellos tenían la cabeza en las nubes y soñaban con castillos, riquezas y una hermosa joven que les calentase la cama y les diese una horda de hijos, pero en realidad lo que encontraban era muerte y desolación por todas partes.

-Hijo, pero... ¿Qué ha sucedido?

Holger negó con la cabeza y un sonido resonó en todo el hogar. Alguien había llamado a la puerta con gran estruendo. Alenna se limpió las manos en las faldas y fue a abrir la puerta, encontrándose con la cara de Lord Blackwood. Alenna hizo una reverencia mientras sus manos temblaban y Lysse se levantó de golpe, con las manos aún en el hombro de su hermano.

-Lamento irrumpir en su hogar de esta manera, mi señora, pero necesito hablar con su esposo.

Alenna Hoodchild abrió la boca y la cerró varias veces boqueando como un pez en busca de aire y asintió, desapareciendo por una puerta que daba a la herrería, que daba al otro lado de la calle. Lord Blackwood sonrió al joven Holger y besó con gentileza la mano de Lysse.

-¿Es vuestra hermana, muchacho?

-¿Necesitáis algo, milord? ¿Queréis algún refrigerio?

-No, muchas gracias, querida.

Lysse hizo una reverencia y Holger observó el cuello de su hermana enrojecerse cuando la puerta se abrió y apareció su padre. Arthur Hoodchild era igual de alto que Lord Blackwood y tenía unos brazos que se asemejaban a troncos de árboles caídos. Las venas, azules como el mar, se notaban en ellos, sobre todo cuando golpeaba una y otra vez el acero para darle forma.

-¿Puedo preguntar el motivo de vuestra visita? ¿Estáis descontento con alguno de mis trabajos?

-Al contrario, señor Hoodchild. Sus espadas son magníficas. Entiendo por qué los Tully os tienen en alta estima-Aunque no lo dejó ver, Holger sabía que aquellas palabras halagaban profundamente a su señor padre- Quería preguntaros otra cosa más. Hace unos instantes, me encontré con vuestro hijo-Señaló a Holger, que se encontraba mejor y podía estar erguido-en la armería del castillo. Parecía maravillado con las armas y me pregunté si querríais que fuese mi escudero.

Holger Hoodchild abrió la boca de golpe mientras la casa enmudecía completamente. Sólo se escuchaba el ruido de las gallinas y de las carretas que pasaban en las calles. Edward se adelantó un paso, sacándole una cabeza a Lord Blackwood con el rostro enrojecido y apretando un martillo entre sus enormes manos.

-¡No es justo, mi señor! ¡Yo soy quien quiere entrar al servicio de Lord Tully! ¡Mi hermano está enfermo del corazón desde que era un niño! ¡No aguantaría en el campo de batalla, mi señor!

Philip Blackwood arqueó una ceja mirando a Edward con aquellos ojos tan claros, arqueando una ceja. Estaba claro que aquello había trastocado sus planes. Observó la casa atentamente y Alenna se removió incómoda. Acostumbrados a los palacios y los lujos, su humilde casa le parecería un establo. Lord Blackwood hizo un gesto pidiendo permiso para sentarse. Arthur Hoodchild asintió y el norteño se sentó en una de las sillas de madera, que crujió bajo su peso. Cruzó los dedos enguantados en piel y miró al padre de Holger.

-Señor Hoodchild. Me gustaría llevarme a su hijo como escudero. Serviría a la casa Blackwood y desde este momento incluso hasta después de mi muerte...

-Que espero que no sea pronto-Interrumpió Lysse sin pensar. Al notar los ojos de Lord Blackwood, enrojeció y bajó la cabeza, pero el norteño sonrió con afabilidad.

-Con los Siete Reinos en guerra, pequeña, eso nunca se sabe-Volvió a mirar al herrero-Dejaré encargado que en caso de mi muerte, ustedes seguirán recibiendo una cantidad de dinero.

-¿Hace esto con todos los sirvientes, milord?

-No-Admitió Lord Blackwood-Pero esta tarde he visto en su hijo una mirada que no he visto en mucho tiempo. Por supuesto, les dejaré tiempo para que recapaciten y lo piensen detenidamente. Cuando lo tengamos todo previsto, partiremos hacia el Dominio para visitar a mi familia. Estaremos en Aguasdulces lo antes posible. Y quizás podamos encontrar un hueco para su otro hijo-Edward se irguió con orgullo- Hasta entonces, medítelo. Buenas tardes.

Lord Blackwood salió de la casa, que volvió a ensombrecerse tras cerrarse la puerta. Todo volvía a estar en silencio. Alenna se sentó con los ojos llorosos y Arthur envió a todos los hijos fuera de la casa.

-Pero padre...-Comenzó Lysse.

-¡Fuera!

Holger se preocupó, pues su padre jamás había alzado la voz contra la niña, que enmudeció y murmuró un Sí, padre y caminó en dirección a la herrería, detrás de su hermano. Holger fue el último en salir y echó un último vistazo a su padre, que parecía haber envejecido en aquél momento. Cerró la puerta y enseguida oyó las voces de sus padres.

-Es una buena oportunidad...

-¡No pienso dejar que se lleven a mis dos hijos!

-¡Pueden prosperar, Alenne! ¿Qué les queda aquí?

-¡La vida, Arthur, la vida!

-¿Holger?-La voz de Lysse le separó de la puerta. Sus grandes ojos azules le estaban observando con gran tristeza-¿Vas a dejarnos?

Holger Hoodchild abrazó a su hermana pequeña y le frotó la espalda, sin saber qué decir.


El viento soplaba con fuerza y los estandartes se agitaban cuando el aire los golpeaba. Los caballos relinchaban y todos los soldados estaban allí, cuidando los objetos personales de Lord Blackwood y su familia, que ya se encontraba preparada. Holger iba de aquí para allá, haciendo todo lo que le mandaban. Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho.

Cálmate, o acabarás desmayándote y quedándote aquí.

Terminó de atar algunos de los objetos a los carromatos y echó una mirada hacia el castillo de Lord Tully, donde Lord Hoster agonizaba y donde se encontraba el rey del Norte o el Joven Lobo, como llamaban a Robb Stark. Cuando oyó la voz, se subió a uno de los carromatos, con otros sirvientes que cuidaban los objetos. Salieron del castillo y atravesaron el pueblo con lentitud.

El corazón de Holger dio un vuelco cuando la puerta de la herrería se abrió y vio a su familia al completo. Su madre tenía los ojos enrojecidos y la cara hinchada. No había parado de llorar desde que había tomado la decisión de servir a Lord Philip Blackwood. Lysse le observó y le dedicó una de aquellas sonrisas que siempre le reconfortaba. Sus dientes estaban torcidos y sus brazos y manos sucias pero aún así le pareció la joven más guapa que había visto. Su hermano Edward se quedaba para convertirse en escudero de alguno de los caballeros menores, pero ya estaba recibiendo entrenamiento con espadas. Su padre, Arthur, le miró a los ojos fijamente y asintió con la cabeza. Con ese gesto supo que su padre estaba orgulloso de él y también supo que le enviaba todas las fuerzas necesarias.

El caballo de Lord Blackwood se detuvo a su lado y Holger alzó la cabeza para observar a aquél norteño alto y corpulento que montaba un caballo de grandes músculos y de color negro como la noche. Se subió la visera del yelmo y preguntó:

-¿Todo bien, Holger?

-Sí, milord.

-Perfecto. Porque va a ser un viaje largo hasta el Dominio.

-¿Puedo preguntar por qué vamos allí?

Enseguida Holger se mordió la lengua, arrepentido por lo que había dicho. Una de las normas que le había inculcado su padre era la de mantener silencio y no hablar ni preguntar si los señores no querían contarle nada. Debes servirles, había dicho Arthur mirándole con severidad. Si es necesario, compórtate como una pared.

-Querido muchacho, en el Dominio volveré a ver a mi hermano.

Holger vio que los ojos del norteño estaban llenos de nostalgia y se acurrucó bajo una manta raída y vieja que su madre había confeccionado para él cuando tenía cinco años y a la que había ido añadiendo trozos de tela que se caían a trozos. Probablemente no fuera la manta que más abrigaba, pero sentía el olor de su madre en ella. Volvió la vista atrás y observó Aguasdulces por última vez.

Quién sabe si volvería a verla.