Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Emoción: Angustia.

Resumen: Lo que no superas, te drena.

Personajes: Reginald Cattermole, Albert Runcorn, Amos Diggory.


Qué desastre

«El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro.»

Concepción Arenal.


Cuando se entera de la muerte de uno de los participantes del Torneo de los Tres Magos, no se sorprende.

Reinstaurar un evento que ha arrebatado tantas vidas en tiempos de antaño es una idiotez, pero no se opone a los deseos egoístas de Cornelius. No comparte la opinión del ministro en varios ámbitos sociales y crítica el modo en que actúa cuando las situaciones de tensión y crisis se presentan. Por otro lado, no se arriesgará a dar un consejo acerca de algo que, en el fondo, espera que sepa. Aunque asume lo desesperado que ha estado por obtener el control de la sociedad mágica inglesa, no lo justifica.

Es por eso que supone que atenderá a razones cuando debe hacerlo; en ocasiones, es una obligación. No es algo que el ministro deba desestimar solo porque carece del conocimiento de ello. Después de todo, se investiga. Grandes dinastías se ven afectadas por culpa de regentes negligentes y abusadores de poder. Cornelius no es lo primero, no de modo intencional, y peca de lo segundo.

Lo conoce desde que ha entrado al Ministerio de Magia como un simple asesor hace más de una década.

No confía en el hombre en ningún sentido si se puede evitar.

Por supuesto que hay excepciones. Será estúpido si no lo creyese y no lo tuviese en cuenta de vez en cuando; de estas está plagada la vida, ¿y quién las detiene o anticipa? El escape de Sirius Black es un suceso que nadie ha esperado. El Reino Unido enloquece cuando los medios lo han reportado y se ha dado el aviso al ministro muggle. Desconoce que han hecho, pero supone que ha sido suficiente para que Black no intente que atente el Estatuto del Secreto. No le conviene que nadie sepa dónde está, aunque se le hace extraño que no huyese del país inmediatamente después de su huida. O quizá lo ha hecho sin que se den cuenta, y el ministro deba solicitar apoyo internacional.

Esta teoría es desacreditada al darse un comunicado sobre que Black ha ingresado a Hogwarts y ha dañado un retrato.

No importa que Dumbledore quisiese mantener las repercusiones a una escala mínima. Es imposible debido a que, si un estudiante le informa a sus progenitores, se creará una hecatombe. No sigue las publicaciones de El Profeta durante meses. No hay nada que Cornelius diga que no hubiese mencionado con anterioridad. Se interesa nuevamente después que se esparce el rumor de que Sirius Black está a punto de recibir el beso del dementor. Un profesor, osado y noble, lo ha atrapado. Lo encuentra irrisorio. Black se las ha ingeniado para evadir a los aurores y magos golpeadores por meses; por último, pero no menos importantes, se ha escapado de Azkaban sin ayuda.

Le impresiona le esfuerzo que hace el auror Scrimgeour: investiga en cada lugar donde cree que pueda esconderse, hace múltiples redadas en el callejón Knockturn, chequea cada ruta de escape disponible —lo que incluye al Autobús Noctámbulo— y se asegura que Harry Potter esté a salvo. Según recuerda, el chico parece confortable en su instancia forzada en el Caldero Chorreante… o en donde sea que se haya hospedado. El bienestar de Potter es una prioridad para la mayoría, no para él. Reginald posee asuntos más imperativos que atender que desvivirse por un muchacho al azar, por muy Niño Que Vivió que sea.

Su alma mater —un término que usa Raymond, el padre de Mary, de tanto en tanto— hace que pierda el poco respeto que aún conserva. Dumbledore contrata a Quirrel unos después que el profesor ha renunciado, para explorar el mundo. Lo curioso es que se convierte en el docente de Defensa Contra las Artes Oscuras. ¿Con qué propósito? Imagina la posibilidad de que Dumbledore esté desesperado para hallar un candidato que ocupe dicho lugar.

¿Cambiar al docente solo porque no obtiene un prospecto adecuado? Arriesgado. Pero si Quirrell ha aceptado, está bien para él. Al final del año lectivo de 1991 a 1992, desaparece dentro de las instalaciones de Hogwarts. Dicen que ha muerto o que se ha desvanecido. Dumbledore asevera que no sabe nada, que ha debido irse luego que le enviasen aquel citatorio falso.

Qué conveniente, en su opinión.

Es casi como si lo hubiese planeado.

Hasta le da la impresión que Dumbledore mueve las piezas para que cayesen en su debido sitio eventualmente.

Está cerca de olvidarlo. No obstante, Gilderoy Lockhart alardea de que será el nuevo profesor de DCAO. Un detalle semi relevante: está asombrado por las hazañas de Lockhart. Es uno de los magos más valientes y desinteresados que hay. Esto no lo convierte en un buen profesor, o en un profesor en realidad; el hombre puede lidiar con una horda de fanáticas con intenciones cuestionables sin que sus rulos se salgan de lugar; sin embargo, ¿está capacitado para controlar a más de cincuenta… cien alumnos? Probablemente asistan más o menos, pero es un buen estimado.

Lo que causa más impacto aquel año es la apertura de la Cámara de los Secretos. Teniendo en cuenta lo que ha sucedido después que se abre por primera vez, el caos es predecible. No hay manera de describirlo. Este es uno de los pocos momentos donde se alegra que Ellie no sea lo suficientemente mayor para ir a Hogwarts. Falta cuatro años para que reciba la carta de admisión, o siempre puede ir a Ilvermorny.

«O que reciban educación en el hogar.»

Los detalles de cierre de la Cámara de los Secretos es un, válgase la redundancia, secreto. Es comprensible, pero molesto, que no pueda encontrar nada en los periódicos. Ni en El Quisquilloso se menciona. En un asunto independiente, la memoria de Lockhart es destruida. El mago conversa tiene sus habilidades motoras y parece que es consciente de lo popular que ha sido. Es imposible que acceda a cualquier recuerdo que ha hecho, como si le hubiesen torturado hasta la locura. Apuesta a que Lockhart ha tratado de salvarlos y ha fracasado. Es admirable. El año entrante —aparte del escape de Sirius Black— hay un ataque de dementores a los estudiantes en medio de un partido de quidditch. Ha sido una vez, y Dumbledore los ha echado. También se da algo relacionado a un hipogrifo que ataca a uno de tercero a la mitad de una clase.

Dicho estudiante debe ser Draco Malfoy; en caso contrario, Lucius Malfoy no se lo hubiese tomado como una ofensa personal.

Se encuentra en la cafetería del ministerio. Es la hora en que bebe una taza de té; sin embargo, permanece intacta en frente de él. El Profeta lo ha publicado hace horas, y está meditando en el modo idóneo para planteárselo a Mary. ¿Plantearle qué? El hecho de que sospecha que hay algo más que ocurre, algo que se construye entre las sombras. Afortunadamente, Mary no es una de aquellas personas que confían ciegamente en el Ministerio de Magia, o en El Profeta para fines de preservar su seguridad. Resulta difícil que creyese en algo acerca de lo que no hay una base sólida. Su esposa tiene las aptitudes de una Ravenclaw.

Ella ha vivido en Norteamérica hasta que se han enamorado, y posteriormente contraído matrimonio. Aparta tal pensar; recordará cómo ha iniciado su romance luego que el futuro de sus hijos esté asegurado.

¿Incluso existe una amenaza?

Buena interrogante. No tiene nada más que especulaciones que basa en su propia experiencia. No tiene nada que lo confirmase… o rechazase. No vale la pena que preocupase a Mary por un asunto que, al final, quizá no sea nada más que el producto de sus paranoias. ¿Y si se equivoca, y sí es algo de temer? Como bien ha dicho antes, siempre hay muertes en alguna etapa del Torneo de los Tres Magos. Esta no es la excepción, como bien han anticipado aquellos que poseen algo de conocimiento en tal evento. A pesar que hay algo en la explicación que le da un mal presentimiento, hace caso omiso a su instinto. Aunque aún es intrigante que Cornelius esté tan decidido en que creyesen que Cedric Diggory ha fallecido por…

Hay que decidir cómo abordarán este… suceso, a falta de una palabra que lo describa mejor. Ha cometido diversas e innumerables idioteces en la adolescencia —una considerable parte luego que alguien le haya dicho que «no te atreverías a…»—. Esta no es una de esas. Hará lo que sea necesario para proteger a sus niños y a la mujer de su vida. Si hay alguien que caerá, será él. No Mary ni Maisie, Alfred o Ellie.

—Qué día.

Es Albert Runcorn. Se conoce por veinte años cuando se han tropezado. Sonríe divertido y su mejor amigo frunce el ceño, adivinando lo que pasa por su mente. ¿Qué puede decir? Es entretenido recordar el estado apologético de Albert luego que ha notado que ha derribado a un superior, y lo desesperado que ha estado para que no fuese a decírselo a su jefe de departamento —el de ese entonces—. Quizá todavía se asuste ante la idea de un despido.

Esa es una de las novatadas más desternillantes que ha visto.

Le ha dado más de cuarenta años de servicio al Ministerio de Magia; por lo tanto, ha presenciado un montón de experiencias de esa índole.

Un par de meses después que Cornelius sea elegido como ministro, Albert asciende a la posición de Jefe del Departamento de Accidente y Catástrofes Mágicas. Es su puesto soñado. Reginald, en cambio, se mantiene en el Departamento de Mantenimiento Mágico. No pretender ser algo más que un empleado. Antes quiso, ahora no. Quiere estar ahí para sus hijos sin que tenga que elegir entre los dos. Ansia ver a Maisie dar sus primeros pasos y a Alfred hacer magia accidental por primera vez —o enterarse de sus hilarantes consecuencias—. Quiere ver cómo Ellie sube al Expreso de Hogwarts para su primer año.

Ningún puesto, por muy prestigioso que sea, le devolverá esos momentos perdidos.

—Falta horas para que terminemos nuestro turno —dice Reginald—. Ya que esto entra en tu jurisdicción, ¿sabes algo?

—Maldición, no. Fudge no se fía de mí —responde Albert robándole la taza de té—. Dice que no tengo tanta experiencia como él, que está más que capacitado que yo y quién sabe qué más. No le escucho después de los primeros dos minutos. ¿Esto es menta? Odio la menta.

—Lo que no le gusta es que te escuchen más a ti que a él.

—¿Y eso es mi problema? No es mi culpa que intente imponer respeto allá por dónde va. A Malfoy le funciona porque es Malfoy, y nadie en su sano juicio iría contra él. A diferencia de Fudge, me lo gané.

—¿Crees que Cedric Diggory…? —Comienza Reginald. Baja la cabeza en señal de reverencia—. Amos, me olvidé de ti. Debe estar pasándolo fatal. Lo visitaré hoy.

—¿Por qué? Ni se hablan.

—Todavía te falta un largo camino por recorrer. —Reginald sonríe. Albert bufa—. Supongo que ya recuperó el cuerpo de su hijo. No quiero imaginar cómo se ha de sentir. Creo que Arthur es su amigo, quizá me encuentre con él.

—¿Y qué tienen en común? —pregunta Albert—. Además de estar atados de por vida, por supuesto. Nunca entenderé cómo las soportan.

—Lo entenderás si tienes tal buena fortuna —dice Reginald—. Podemos conversar acerca de este affaire.

Es factible que Arthur y Reginald compartan la misma ignorancia. En su caso, debe centrar todo su interés en desempeñar sus responsabilidades antes de divagar en lo que sea que aparezca de repente. Albert irá a comprobar el estado de Amos Diggory eventualmente. Albert no peca de inconsciente; ha demostrado que es perfectamente capaz de tolerar la presión sin desmoronarse en el proceso, apoya a aquellos que le han auxiliado antes. Nunca al inversa. Jamás sucede así. Albert se esfuerza por llevarse bien con los demás. Debe aprender un par de cosas más si aspira a tener una junta con el propio Lucius Malfoy sin que éste le desbarate todos los argumentos.

Algunos susurran que Lucius Malfoy ha comprado su libertad. Ser un ex mortífago es un descenso en la reputación del patriarca, pero todos le tienen miedo para hacer algo en contra de él deliberadamente. Se forma una sonrisa en su rostro al recordar el reportaje de El Profeta acerca de la nueva contienda entre Arthur Weasley y Lucius Malfoy. Nunca terminará de entender el odio que hay entre ambas familias o cómo ha comenzado en primer lugar. Desde que el patriarca Weasley y el patriarca Malfoy se han dado cuenta que el otro trabaja en el Ministerio de Magia, reaccionan. Al principio son simples roces y un ataque verbal ocasional; el tiempo pasa, y son incapaces de estar en el mismo pasillo que el otro sin causar algún revuelo.

Qué ejemplo para sus hijos.

—Supongo que Diggory tendrá tiempo libre —comenta Albert—. ¿Quieres que vayamos?

—Termínate el té.


Cuarenta y cinco minutos después, Albert y Reginald están dirigiéndose hacia el despacho de Amos Diggory. El Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas tiene una categoría de orden que del que todavía no comprende cómo les funciona. Eso es lo que dice Reginald, quien siempre es tan apropiado para referirse hasta para las estupideces más pequeñas que existen.

—Pero qué desastre —crítica Albert. Conjura una rama y empieza a tocar uno de los hombros de Royden Poke sin acercarse demasiado, como si temiese que fuese a contagiársele. Emite un breve gruñido y lo ve con un dejo de desdén—. ¿No conocen el funcionamiento de una fregona?

—Déjales ser. Les queda bien.

—¡Fui uno de los pocos afortunados que consiguió uno de los autógrafos de Gilderoy! Es una tragedia que ya no contemos con un mago de su calibre, pero aún estoy aquí y estoy a la altura de su fama —dice Cecil Lee—. Todo lo que he leído en Un paseo con los hombres lobos me servirá para erradicarlos de nuestro mundo.

—Fascinante —le responde Bob, quien está más interesado lo que cree que es otro atentado para la seguridad de los magos. La vez pasada, fue algo que pareció un Lazo de Diablo envuelto con un papel explosivo. Al final resultó que fue una mandrágora que hacía una rabieta por… Aún no comprende bien esa parte, pero el entusiasmo de Bob es contagioso—. ¿Esto cómo sucedió? —murmura para sí mientras la examina.

—Te lo juro, Weasley y este demente se llevarían muy bien. Uno está obsesionado con los cachivaches muggles y éste con… Lo que sea que le emocione —dice Albert—. Oye, tú, ¿cuál es la maravilla de esta semana?

—¿Crees que somos una pocilga? —pregunta Mathilda Grimblehawk divertida. Para ser una novata, es bastante competente—. Se nota que no has visitado la Oficina de Aurores.

—Al menos su pocilga son informes, documentos semi-privados, reportes de misiones semi-confidenciales y demás —dice Walden Macnair crípticamente—. Sin olvidar el enfrentamiento mensual que tienen con los Inefables. Por el contrario, tenemos suerte si no involucra un doxy o quién sabe qué criatura traerá Bob para examinarla. Si me dejasen, nos desharíamos de este inconveniente.

—No le pondrás un dedo a mis objetos de estudio o patearé tu cadavérico trasero, Macnair —dice Bob sin despegar la vista de una derivación grotesca de una ardilla mutante que está lanzándole nueces y amenazándole con una rama.

Al menos está enjaulada.

Macnair sonríe burlón.

—Ve el lado positivo, nunca lidiamos con Newt Scamander —dice Dirk Cresswell—. Teniendo en cuenta el desastre que causó en Norteamérica con ese maletín suyo… —Se estremece—. Prefiero a Bob.

Antes que Reginald se ponga todo comunicativo y carismático con estos imbéciles, Albert lo obliga para que vayan al despacho de Amos Diggory.

—Me corrijo. Tú eres un desastre.

Está aún más desordenado. Le toma dos minutos para que lo relacione como una de las consecuencias tras la defunción de su hijo. La mera deducción hace que se cuestione por qué está aquí y exactamente qué se supone que tiene que hacer. Duda que un «lo lamento» sea de ayuda.

En estos momentos odia que tenga un lado emocional como los demás, o ya hubiese lanzado este drama al averno y se hubiese ido antes de llegar a este piso. Mostrar que posee una personalidad reconfortante y hasta cierto punto dulce no es para él. Se ha ganado el cariño de todos porque puede ser un patán al que no le importa pisotear a los demás, o esa es la percepción que ha permitido que tengan de Albert. Por supuesto que odiar es un término fuerte; con el pasar de los años, Albert se acopla a la perfección.

Todo se debe a que una ridícula parte de los empleados poseen un pensamiento altamente reprensible.

El modo para resolver los problemas que emplean tampoco es apropiado. Se considera capaz de aceptar el desafío más absurdo que le lance la vida, pero hay límites. Hacer lo que sea para obtener el éxito es inadmisible si viene a expensas de un tercero. No se aliará a alguien que tiene ese tipo de reputación o de quién cree que podrá a llegar tales decisiones motivadas por la desesperación, la ansiedad, la indignación, o la emoción en turno que le nublase la mente. Quiere poner los ojos en blanco, se contiene. No es apropiado —o conveniente— que sepan que sus nervios se alterar fácilmente.

Conoce las reglas del juego. Las ha memorizado tan bien que puede recitarlas de memoria, aunque nunca han sido escritas. Son detalles mínimos que socialmente aceptados por la nobleza —si es que se les puede catalogar así—; cualquiera que aspire a ser a moverse en ese círculo, debe saberlo. Debe ceñirse a ellas aunque no le guste. Hay un tipo de riesgos que no son bien vistos. ¿Imponer su deseo sin que reciba la aprobación del Wizengamot? Eso provocará que se dé el ostracismo.

Reprime la ansiedad que está apareciendo y se concentra en la visita que está a punto de hacer. Esta es la primera vez que interactuará con Amos Diggory, ¿qué le dice? ¿Cómo tiene que actuar? Ciertamente no intentará iniciar una conversación acerca de los logros de Cedric. Es por esto que prefiere estar soltero. No tiene la paciencia necesaria para lidiar con este tipo de inconvenientes que, honestamente, no capta cómo alguien lo escoge de buena voluntad.

Al menos Reginald ya no está tan ansioso por lo que pasará ahora. El posible regreso de El Que No Debe Ser Nombrado es inquietante. Con los problemas que dan los mortífagos sin su líder, no quiere ni pensar en lo que podrán hacer cuando estén bajo su mando. Una potente migraña aparece. ¿Qué la habrá causado esta vez? No tiene que lidiar con Scrimgeour, quien tiene un humor de perros desde que no ha capturado a Black. Honestamente, el tipo es muy presuntuoso.

Necesita que alguien le baje ese orgullo desmedido que tiene, o tendrán que soportar a otro Fudge. ¡Por amor a Merlín, qué aterrador escenario! Con uno es más que suficiente, muchas gracias.

De todos modos, algunos mortífagos no parecen capaces de idear un plan útil. Que no lo parezcan no quiere decir que no lo sean. Gracias a Merlín que Albert no es tan denso. En la adolescencia le han dicho que «Eres tan denso como un muro de ladrillo» después que se le insinuasen y éste respondiese una idiotez como «¿Quién dice que no la quiero? Es mi amiga». Un tanto irónico, ¿qué se le hará? No todos los romances escolares llegan más allá de la graduación, si es que en algún momento ha comenzado.

Albert se complace en anunciar que es de esas escasas excepciones que ha ido a Hogwarts para estudiar, no para liarse con media comunidad estudiantil. Bueno, eso es una exageración. Y es una que tiene sentido cuando piensa en todos los dramas que sus ex compañeros de curso han hecho.

El amor es un «algo». Y Albert un «algo» que aparece abruptamente sin ninguna advertencia. El encuentro más cercano que ha tenido respecto a enamorados y romance es por sus compañeros de trabajo. Algunos están casados, otros están o formalizando una relación o empezando. No lo comprende, honestamente. Además que no necesita a nadie que le martirice la existencia, él ya lo puede hacer por sí mismo. Muchas gracias.

—Lo soy —concuerda Diggory—. Sea lo que sea, déjenlo en mi escritorio. Se los devolveré en el lapso del día.

—Soy un padre también —dice Reginald. Diggory suspira y mira la fotografía en su escritorio con añoranza y melancolía—. No imagino lo que estás pasando…

—Detente —pide el otro—. Hasta que pierdas un hijo, sabrás lo que se siente.

—¿Quieres dejar de ser un ingrato y apreciar el esfuerzo que Reginald hace por ti? —espeta Albert—. Por amor a Merlín, que todavía tienes a esa esposa tuya. Y tu hijo sabía en lo que se metía cuando incluyó su nombre en el Cáliz de Fuego. Acéptalo y supéralo.

—Albert… —advierte Reginald.

—Tiene razón —intercede Diggory—. Aunque no hace que duela menos. Cedric tenía toda una vida por delante… No debería ser yo quien lo enterrara a él, debería ser al revés. Por ahora no sé qué hacer sin…

—«La luz de mi vida», «el motivo de mi existir», «mi más grande orgullo», «mi bebé»… He oído eso constantemente —interrumpe Albert haciendo énfasis en la última palabra—. ¿Sabes qué? Cedric está muerto. Tú estás vivo. Eso nunca cambiará.

—Lo sé, Runcorn.

Albert pone los ojos en blanco.

—Sí, bueno. La vida es así. Se gana, se pierde. ¿Qué se le hará? —dice Albert, sin pizca de malicia en su voz—. ¿Amaste muchísimo a Cedric? —pregunta. Diggory asiente, mirándole a los ojos—. ¿Querrías que él sufrieras si tú estuvieras muerto?

—No.

—¿Entonces qué, Diggory?

—Querría… —Diggory vacila—. Querría que fuera lo más feliz que pudiera ser sin mí. Le diría, si pudiera, que todo iba a estar bien. Que él iba a su… superarlo, que papá estaría ahí siempre aunque no me pudiera ver, que recordara todos lo que habíamos pasados juntos. Que así no… no me… olvidaría.

Albert sonríe.

—Hazlo.