Y allí se encontraban. Una al lado de la otra. EL enfado de Marceline iba en aumento debido primero al encontronazo y ahora, a causa de que aquella chica estaba absorta en sus libros. Tenía ganas de gritarle, de pedirle explicaciones. Pero ella no era así. Simplemente se aclaró la garganta en un tono audible para la chica.

Oh, hola. Tu era la chica con la que...

Sí, -interrumpió Marceline-, soy la chica con la que te has chocado esta mañana y casi le arrancas un brazo. Quisiera que, al menos, te disculparas por ello.

Claro, lo siento mucho. Me gustaría compensarte -dijo la pelirrosa mientras buscaba algo en su cartera-. Tengo dos vales por una bebida gratis en el bar que hay cerca de aquí, cógelo -ofreció la chica con una sonrisa en la cara-. Así podríamos ir las dos y charlar un rato, si quieres.

Bueno, lo cogeré pero no te garantizo que vaya, simplemente quería una disculpa, nada más.

Marceline se levantó y, cogiendo sus cosas, dijo:

Ahora, si me disculpas, tengo que ir con unos amigos.

Dió media vuelta, pero cuando comenzaba a caminar notó que la había cogido por la camiseta. Suspirando, se dio la vuelta.

¿Qué quieres ahora?

El bar abre sobre las cinco menos cuarto, estaré allí sobre esa hora prácticamente toda la tarde, por si cambias de opinión.

Marceline asintió y se alejó de aquella chica para dirigirse hacia donde se encontraban Finn y Jake. Al parecer estaban llevando a cabo una de sus numerosas luchas de machotes para impresionar a las chicas, aunque más que impresionadas estaban algo asustadas por sus extrañas poses.

Nada más llegar Marceline a la zona, entró el profesor. Era un hombre anciano, con una gran barba y pelo blancos. Llevaba un traje azul y en su larga y aguileña nariz descansaban unas gafas pequeñas y redondas. Por su actitud, podría decirse que estaba muerto, pues era frío como el hielo. Comenzó a hablar con una voz casi inaudible y en un tono muy sobrio.

En esta clase -hizo un parón para dirigir una mirada panorámica a la estancia-, vamos a hablar de la conciencia, el subconsciente y los efectos de estos en los remordimientos.

Finn, que parecía no estar muy al tanto del tema, golpeó a Jake en el codo.

Oye, ¿nosotros tenemos subconsciente y todo eso?

No, Finn. Nosotros, en lugar de tener de eso, tenemos un pequeño unicornio rosa que grita "wiiii" cada cinco minutos.

El profesor los miraba, callado, esperando para poder continuar con la insulsa clase. Consiguió que toda la clase perdiese interés en su monólogo de dos horas de las que constaba la clase.

Por fin sonó la tan esperada campana que anunciaba el final de la clase y era hora de instalarse en la residencia, ya que la mayoría de los alumnos venían de fuera y no podían pagar constantemente el bus. Marceline era una de esas.

Se encaminó hacia la residencia, otro gran edificio que por allí se levantaban. Entró por la puerta algo dificultosamente porque no deslizaba bien y era necesaria cierta cantidad de fuerza de la cual, Marceline escaseaba. Tras esperar una larga cola de alumnos con maletas, mochilas y otros equipajes de grandes dimensiones, le tocó a ella. Tras el mostrador estaban postrados dos hombres de gran tamaño, ambos muy parecidos. Se podría decir que eran gemelos.

Después de varios minutos de rellenar papeleo, consiguió la llave de la habitación y unas vagas indicaciones de por dónde estaba. Llegó al pasillo femenino. Era un gran pasillo que se extendía a lo largo de todo el edificio y a cada lado de este, había puertas amarillas con el número negro en una placa.

Cuando hubo llegado a la habitación, abrió la puerta y pudo ver que alguien ya se había instalado allí por la ropa y equipaje que había encima de una de las camas. Además se podía oír el ruido de la ducha y lo que parecía ser música en el fondo de la habitación. Marceline tiró el equipaje en la cama y se tumbó encima, cerrando los ojos e intentado relajarse y no pensar en lo que había pasado esta mañana con aquella chica.

La puerta del baño se abrió y la chica salió cantando.

Die by your side is a...

Heavenly way to die -continuó Marceline, que se incorporó sobre la cama-. Vaya, así qué te gustan The Smiths, ¿eh?

Sí, son geniales -dijo aquella chica mientras se acercaba a la zona de las camas-. Y por lo que veo...

Silencio. No hubo más que eso. Si no tubo bastante con discutir esta mañana, ahora había descubierto que le tocaba dormir en la misma habitación que la chica pelirrosa y pasar con ella prácticamente las 24 horas del día.

Genial, nos han colocado en la misma habitación... Al menos tienes buen gusto musical, y eso se agradece -sonrió Marceline ampliamente-. Me llamo Marceline, ¿y tú eres...?

Chicle. Bueno, no me llamo Chicle, pero es mi apodo por... Bueno, ya ves cómo visto.

Sí -soltó una sonora carcajada-, bueno, cada uno tiene su propio gusto para vestir.

Se quedaron otra vez en silencio. Un silencio algo incómodo, sólo perturbado por la música que provenía del baño.

Y... Bueno... ¿Al final te has pensado lo del bar?

No, todavía no. Tienes que ganarte más puntos para poder convencerme.

Ambas sonrieron.

Vaya... Y, ¿cómo puedo conseguir tal cosa?

Únicamente haciendo o diciendo cosas que me gusten.

Bueno, pues supongo que me esforzaré por conseguirlo -sonrió Chicle-. Vaya... ¿ya son las dos? Si me disculpas tengo que ir a entregar unos papeles de actividades extraescolares, nos vemos luego, ¿vale?

De acuerdo, pásatelo bien con todo ese papeleo.

Chicle salió cerrando delicadamente la puerta. Marceline no podía creerselo. A pesar de haber tenido un encontronazo esa misma mañana, y haberle pedido explicaciones sin mucha delicadeza, la chica era un encanto. Quizá podría darle una oportunidad y, quién sabe, ser muy amigas.