Aquí vengo yo de nuevo con este segundo capítulo de Buscando un Corazón. Os doy las gracias por vuestros reviews y vuestros favoritos ^^ Me alegra saber que os ha gustado y que os habéis reído con él. :) Ojalá que este nuevo capítulo no os defraude ^^ Para quién quiera leerlo en inglés, una chica lo va a traducir para que pueda publicarlo. Ahora sí, disfrutad del nuevo capítulo. No todo son risas en este fic, en el capítulo de hoy lo comprobaréis. :) La canción es del grupo La Guardia.


Disclaimer: Glee no me pertenece, pero sí los personajes que acompañan a Sam y Mercedes en este AU.


Capítulo 2: Mil calles llevan hacia ti

Ese perfume de mujer

me llevará hasta donde estés,

en una oscura habitación

o a la guarida del león.

Puedo perderme en el alcohol

y dibujar un corazón,

fingir que existe alguien más

que ahora ocupa tu lugar.

Mil calles llevan hacia ti

y sé que tengo que elegir

mil calles llevan hacia ti

di qué camino he de seguir.

Durante las siguientes dos horas de viaje, Sam le contó acerca de su familia. Sus nombres, a que se dedicaban, sus gustos. Incluso le confesó que echaba de menos a su abuelo, lo que hizo que Mercedes se girase estupefacta durante un minuto, para comprobar si había oído bien o no. Le contó acerca de los sábados de pesca con sus hermanos y de como su abuelo les había enseñado sus secretos como mejor pescador de toda Tennessee. Le contó como había conseguido el camión, y la mala relación que había existido siempre entre su abuelo y su tío John, el hermano de su padre. Le habló también de sus hermanos pequeños y de lo traviesos que habían sido de niños, y de cómo su padre les había enseñado a todos sus hijos a tocar la guitarra.

Le contó sobre su madre y la necesidad de que acudiese a casa por Acción de Gracias, y como se emocionaba cada vez que él la llamaba aunque fuese solo para decirle hola.

Mercedes lo había escuchado todo con atención casi sin hacer preguntas, totalmente maravillada por la manera en la que Sam hablaba de ellos. Se notaba de verdad cuánto los extrañaba, y aunque el chico le decía una y otra vez, que la carretera era lo más importante para él, Mercedes sabía que en el fondo, Sam se sentía solo. Claro que siendo como él era, jamás se lo reconocería.

Sam todavía no se creía como había podido acabar contándole toda su vida en dos horas. No es que tuviese mucho que contar, pero el hecho de que fuese a ella, lo desconcertaba. Lo más seguro es que lo hiciese por el hecho de que jamás volvería a cruzarse con ella, por lo que hablarle acerca de su vida privada a una desconocida a la que no volvería a ver, no era tan descabellado. Además, ella lo escuchaba totalmente absorta en la historia, lo que era nuevo. Totalmente nuevo para él, que ya se había acostumbrado a sus desplantes y sus vacíos.

Estaban llegando a la ciudad. La ciudad donde sus caminos se separarían al fin. Y a pesar de llevar tanto tiempo esperando ese momento, Sam no pudo evitar preguntarse que sería de ella una vez separados. No tenía dinero, no tenía a nadie a quién recurrir, y eso, aunque él no quisiese reconocerlo, le preocupaba. Había prometido que la cuidaría e incumpliría su promesa. Sin embargo, tenía claro que antes de que ella se fuese para siempre de su vida, él haría lo posible por esconderle dinero entre sus pertenencias para que no le faltase de nada, al menos, durante un tiempo. ¿Cómo lo haría? No tenía ni idea, pero se las ingeniaría para que ella no se diese cuenta. Probablemente le matase si le viese, y Sam no quería morir tan joven.

- ¿Cuánto falta? – le preguntó una somnolienta Mercedes.

Se había quedado dormida después de tanta charla y él no había querido despertarla hasta llegar a la ciudad. Dormía como si fuese un ángel. Un ángel que le distraía de la carretera cada vez que se movía, y que le hacía levantarle la chaqueta hasta los hombros todo el tiempo para que no se muriese de frío.

- Estamos llegando. ¿Tienes hambre? Ya es la una de la tarde.

- ¿Cómo me has dejado dormir tanto? – preguntó la chica, enderezándose y sentándose bien en su asiento.

- En realidad roncabas y quería despertarte, pero por más que traté me fue imposible. Así que para no oírte me puse a cantar.

Al contrario de lo que hubiese esperado, ella no le contestó. Se limitó a reírse por lo bajo, mientras volvía a subirse la chaqueta hasta los hombros.

- ¿Y no ha llovido? Apuesto a que las nubes te han escuchado y se han puesto a llorar de la emoción – bromeó Mercedes.

Una de dos, o el sueño te ha prestado o estoy hablando con una Mercedes distinta.

Él le dedicó una sonrisa torcida, e insistió de nuevo en su pregunta anterior.

- ¿Tienes hambre? Conozco un bar cerca de aquí que hace unas hamburguesas de muerte.

El chico espero su respuesta, impaciente. Pero al ver que ella no respondía, giró la cabeza durante un segundo para ver lo que le pasaba.

- Tienes que dejarme en la ciudad, Evans. Ese fue el trato. Necesito llegar allí, ¿entendido?

- El bar está en la ciudad. Te llevaré allí, te lo prometo. Pero antes de irte, tienes que probar esas hamburguesas, no te arrepentirás. Te juro que no.

Mercedes exhaló un suspiro, antes de aceptar por fin su oferta.

- Está bien. Probaré las dichosas hamburguesas – le dijo, arrastrando las palabras.

- ¡Bien! – chilló él, lanzando un puño al aire.

Media hora más tarde entraban en el Rolly Burguer, dispuestos a probar las mejores hamburguesas de toda la ciudad.

- ¡Sam!

Mercedes vio como una rubia de metro setenta corría hacia ellos, a punto de caerse al suelo. La chica consiguió llegar donde ellos estaban, casi volando, pues los zapatos le habían jugado una mala pasada y la habían hecho trastabillar. Sam la recibió con los brazos abiertos, ayudándola a sostenerse.

- ¡Mi Romeo! ¡Te he echado de menos! – le dijo, mientras llevaba una de sus manos a su entrepierna y la sobaba sin reparos – No sabes cuánto...

- Anna. Anna, quieta – le dijo él, apartando su mano de sus pantalones, provocando que la chica utilizase la que tenía libre para apretarle el trasero.

Sam dio un respingo, separando de nuevo sus manos que ya volaban a su pelo, para acercarlo a ella.

La rubia pegó su boca a su oído derecho y le susurró algo que solo él pudo oír. Sam le sonrió, mientras colocaba las manos en su cintura, la giraba y le respondía.

- Ahora no, Anna. Hemos venido a probar vuestras famosas hamburguesas, sé buena y tráenos un par. ¿Qué quieres de beber, Mercedes?

La rubia por fin dejó de comer con los ojos al chico, centrando su vista en la chica que le acompañaba. Su mueca de preocupación se fue, cuando la observó detenidamente.

Al parecer, Anna no la veía como una rival con la que luchar por el cuerpo de Sam.

- Una Coca Cola, gracias – le respondió, como si lo que acababa de presenciar fuese lo más normal del mundo.

- ¿Y tú, cariño? – le preguntó la rubia a Sam.

- Lo mismo, gracias - le dedicó una sonrisa a Anna y le hizo una señal a su compañera para que le siguiese hasta la mesa que había quedado libre.

- ¡Que efusiva tu amiguita! – le dijo, burlona – Y tú dices que hace mucho que yo no... – Mercedes le guiñó un ojo.

Sam se rió ante el comentario, notando como la chica observaba cada uno de los movimientos de Anna.

- Supongo que te habrá ofrecido sexo salvaje y desenfrenado, claro.

- Supones bien – le respondió él, burlón.

- ¡Bueno! Ya has encontrado lo que buscabas. Y no te ha llevado mucho tiempo, me alegro por ti. Chócala – le dijo, sonriente, ofreciéndole la mano por encima de la mesa.

Él se la chocó, recibiendo una descarga más fuerte aún que la de la última vez.

- ¿Tienes las manos mojadas? – le preguntó Sam.

- ¿A que viene eso ahora?

- ¿No lo has sentido? – Sam la miraba incrédulo.

- Si no he sentido, ¿el qué?

- ¡La descarga! Me has dado calambre.

Ella abrió los ojos como platos.

- ¿Qué te has tomado?

- No me he tomado nada, ¿no lo has sentido? – le insistió viendo como ella lo tomaba por loco – Déjalo, habrán sido imaginaciones mías.

Mercedes se encogió de hombros, observando que la amiguita de Sam ya volvía con su pedido.

- Cuidado, ahí vuelve. Yo que tú me preocuparía, lo siguiente será sentarse en tus rodillas y que le des de comer – se rió la chica divertida.

- Créeme, eso es poco para Anna.

Mercedes negó con la cabeza, sin duda, ahora vendría lo mejor del viaje. Echaría tanto de menos reírse de él cuando se separasen.

- Aquí tienes, Sam – le dijo ella, dejando su plato sobre la mesa con delicadeza, mientras dejaba el resto de la bandeja en el medio, forzando a que Mercedes agarrase su propio plato. Además, agarró la botella de Coca Cola y le llenó el vaso, ante la atenta mirada de la chica.

A Mercedes se le hizo muy difícil no romper a reír en ese mismo momento, de hecho estaba casi segura de que Sam también trataba de no hacerlo delante de la camarera. Era demasiado cómico verla arrastrarse por un pedazo de carne.

- Muchas gracias, Anna. Luego hablamos... Te llaman en aquella mesa, mira.

La chica salió disparada a atender a los nuevos clientes que habían entrado por la puerta.

- Pobre... Que mal gusto tiene... – dijo, golpeándose suavemente la frente con su mano derecha.

Sam en lugar de responderle, atacó su hamburguesa de un bocado, haciendo que la chica mirase hacia otro lado para no atragantarse de la risa. Comía como un descosido, como si no hubiese comido en todo el día y sin embargo, se había hartado de galletas en el motel.

Mercedes se armó de valor y agarró la hamburguesa con sus manos dispuesta a hincarle el diente, sin embargo, él se la quedó mirando mientras masticaba con la intención de observarla comer.

- No puedo, si me miras fijamente – le dijo, apartando el plato.

- ¿Vas a empezar como por la mañana? Quítatelo de la cabeza. Vas a comer y lo vas a hacer ya, venga.

- Pues mira para otro lado – le contestó enfurruñada.

- Pareces una niña pequeña. Come – Sam giró su cabeza, buscando algo con lo que entretenerse, pero Anna ya se había ido a la cocina así que volvió la vista a su compañera de mesa para alcanzar a ver como le pegaba su primer bocado.

- Ummm – protestó ella, a punto de atragantarse.

- Venga, que no es para tanto, mira – Dicho y hecho, el chico le dio un bocado a su hamburguesa aún más grande que el anterior, haciendo que Mercedes pelease por no reírse y atragantarse al mismo tiempo – ¿Lo ves? – Dijo mientras trataba de masticar – "Sto e come azí"

- Eres un maleducado – le dijo ella, una vez había tragado el contenido de su boca.

- A mucha honra – se rió él, arrancándole una sonrisa - ¿A que están de muerte?

- La verdad es que sí – le confesó.

Sam se comió lo que quedaba de hamburguesa en otro bocado mientras ella lo miraba asombrada con la suya todavía en sus manos.

- ¿Dónde metes todo lo que comes? – le preguntó, alucinando.

- Hago mucho ejercicio, lo necesito porque me paso mucho tiempo sentado y si no lo hago mi cuerpo se duerme.

Ella asintió con la cabeza, viendo como Anna regresaba a la mesa de nuevo.

- ¿Qué tal estaba, Sam? ¿Rica? – le preguntó, mientras jugaba con el pelo de la nuca del chico.

Mercedes mordió de nuevo su hamburguesa en un intento por no reírse, mientras la rubia la miraba con repugnancia.

- Muy rica, Anna. Como siempre – le dijo él, levantándose y apartando la silla. Se inclinó sobre la mesa y le dijo a Mercedes – Voy al baño, vuelvo en un segundo. ¿Vale?

Le sonrió antes de marcharse y Mercedes le devolvió la sonrisa, ante la mirada de asco de Anna.

Sam corrió hacia el baño. Tenía unas ganas enormes de ir y la vejiga se lo había advertido hacía diez minutos, pero había aguantado porque quería asegurarse de que Mercedes se comiese toda la hamburguesa. Algo le decía que en cuánto él se marchase al baño, ella la envolvería en un papel y la desecharía como había hecho esa mañana al negarse a comer las galletas. No conseguía entender porque no quería comer. ¿Cuál era la razón? ¿Su madre? Sam no lo sabía, pero mientras estuviese a su lado, ella comería. ¡Vaya si comería! No le faltaría de nada.

Mientras esté a mi lado, la protegeré abuelo, la cuidaré como prometí. Para que te sientas orgulloso de mí.

Pero poco le quedaba para poder cumplir la promesa, ya habían llegado a la ciudad. Allí se acababa todo. Allí se separaban al fin sus caminos. No volvería a verla, no volvería a oír sus burlas, ni sus contestaciones, ni sus risas. No volvería a verla sonreír. La echaría de menos, la echaría muchísimo de menos. Le había hecho el viaje ameno y divertido. Sam podía asegurar que jamás había tenido un viaje tan bueno como ese. A pesar de ser una pesada, la chica había conseguido ganarse su amistad, o al menos, eso era lo que él creía. Quizás ella no lo pensase así, pero él ya la veía como una amiga, no como una desconocida a la que había salvado de morir pisoteada por unos ladrones de bolsos. La conocía de un solo día, pero ella sabía más de su vida que la propia Anna, con la que había pasado días enteros.

Se subió la cremallera del pantalón y se lo abrochó, tirando de la cadena del retrete. Se lavó las manos y salió de allí. Esperaba que Anna no le hubiese hecho la comida imposible a Mercedes, aunque estaba más que seguro de que sería al revés. Se rió pensando en el humor ácido de su compañera de viaje, jamás había encontrado una chica que le diese la caña que ella le daba. La mayoría lo miraban esperando que él se disculpase de los comentarios sarcásticos que soltaba de vez en cuando, pero Mercedes no lo hacía. Ella le respondía peor aún de lo que él se hubiese esperado, a veces, dejándolo por completo sin palabras, teniendo que estrujarse el cerebro para contestarla propiamente. Y así todo el tiempo. En el fondo, Mercedes era como él, un alma solitaria deseando enamorarse en un mundo difícil y egoísta.

Volvió a la mesa, observando como Anna recogía ya los platos de encima de la mesa y le veía llegar, mostrándole una sonrisa.

- ¿Dónde está Mercedes? – le preguntó él, viendo su chaqueta de pana sobre la silla en la que había estado sentado durante la comida.

- ¿Quién? – le preguntó Anna.

- Mercedes, la chica que estaba conmigo – dijo él, esperando impaciente su respuesta.

- ¡Ah! Se fue – le respondió ella, encogiéndose de hombros.

- ¡¿Cómo que se fue?

¡¿Adónde?

- Me fui un segundo a la cocina y cuando regresé, solo había esto encima de la mesa.

Anna le entregó una servilleta escrita con tinta azul, con una mancha de grasa en una de las esquinas. Él se la arrebató rápidamente de las manos, haciendo que la chica se asustase ante su reacción.

- ¿Qué ocurre, Sam? – le preguntó Anna, viendo como él no le respondía y se apresuraba a leer el contenido de la nota.

"Has cumplido tu trato, me has traído a la ciudad. Es hora de que yo cumpla el mío y siga mi camino. Gracias por todo, Samuel Evans. En el fondo, no eres como me imaginé. Te echaré de menos"

Sam arrugó con rabia el papel con su mano derecha, mientras agarraba su chaqueta y salía corriendo en dirección a la puerta del local.

- ¡Sam! ¿No vas a volver? – dijo Anna, corriendo detrás de él.

- Más tarde, Anna.

El chico cerró de un portazo, mirando a un lado y a otro, tratando de decidirse por un camino al que ir en su busca. ¿Qué dirección habría tomado? ¿Adonde habría ido?

Sus manos apretaron con fuerza su chaqueta, ni siquiera se la había llevado para resguardarse del frío. No. Ni tampoco el dinero que pensaba darle. No le había dado tiempo a colocárselo en su bolsillo, y ahora estaría caminando por la ciudad sin ningún sitio adonde ir, sin dinero y sin chaqueta que la resguardase del frío.

¿Por qué te fuiste sin despedirte, Mercedes? Al menos podrías haberlo hecho. Ayúdame a encontrarla, Dios. Por favor, solo dame una señal. Indícame el camino, te lo ruego.

La buscó, la buscó por todo lugar conocido por él, la buscó por lugares a los que jamás había ido, pero al llegar la noche desistió de su búsqueda, entendiendo por fin que jamás volvería a ver a Mercedes Jones.

Sus pies terminaron llevándolo a la casa de Anna en busca de consuelo. Ella lo recibió tal y como hacía siempre. Besándolo con pasión, nada más entrar por la puerta y colgándose de él como un mono mientras él la llevaba hacia la cama para hacerla gemir y olvidarse de todo.

Sus manos buscaron el fondo de la camiseta de la chica mientras su boca recibía su lengua juguetona. Se la quitó, mandándola lejos y besando su cuello y sus pechos haciendo que ella se arquease para él. La tumbó en la cama, bajándole los pantalones y besó sus piernas, acariciándolas con sus manos. Le sacó el sujetador con prisas, lamiéndole los pechos y mordiéndoselos, haciéndola gemir.

-¡Sam!

Él despertó del trance, dándose cuenta de que era lo que estaba haciendo y que era lo que no quería hacer. Y se levantó de la cama, agarrándose la cabeza con sus manos.

- ¿Qué te ocurre? – le preguntó la chica preocupada.

- No puedo hacerlo, lo siento – se disculpó él, sentándose en la cama.

La chica se apresuró a coger su bata, poniéndosela y atándosela por la cintura. Lo abrazó, acariciándole el pelo.

- No pasa nada, es normal. Es mucho tiempo, separados – intentó comprenderlo.

- No, no. No es eso, es que... estoy preocupado por ella.

- No tienes porqué. ¿Siguió su camino, no? Es lo que ella quería.

- Anna... ¿Sabes algo que yo no sé? – le preguntó el chico, separándose y mirándola a la cara.

- Me dijo que necesitaba dinero rápido, y yo le dije que el único sitio en el que podría conseguirlo era el Rouge Bar.

Sam se levantó de la cama como un resorte, llevándose las manos de nuevo a la cabeza.

- ¡Por el amor de Dios, Anna! ¡La has mandado a un prostíbulo! ¿Cómo has podido? ¡Dios!

- ¡Dijo que haría cualquier cosa para conseguirlo! Cualquier cosa... – dijo ella, apagando sus palabras.

Sam se tapó la cara con sus manos, incrédulo. No, esto no podía estar pasando.

- Sabe que es un prostíbulo, Sam. Lo sabe y aceptó ir de todas formas. No te preocupes por ella, estará bien – dijo, levantándose de la cama y agarrando sus manos.

- ¿Te estás oyendo? ¡La has metido a puta! – le gritó, escapando de sus manos.

- ¡Yo no fui! ¡Ella lo decidió!

- ¡Pero tú le diste la idea! ¡Por Dios! Está sola, Anna. Su madre acaba de morir y su padre se largó cuando se enteró de que iba a tener una hija. ¡Sola! ¿Sabes lo que es eso? ¡Y tú la has mandado al Rouge Bar!

- Lo siento – se disculpó la chica, bajando la cabeza.

- Con sentirlo no basta, Anna. Reza, reza para que no le haya pasado nada malo – le dijo, recogiendo su chaqueta del suelo y dirigiéndose hacia la puerta.

- ¡¿Adónde vas, Sam? – le gritó, corriendo detrás de él.

- Me voy a buscarla – le respondió Sam, cerrándole la puerta en las narices.

Bajó las escaleras de tres en tres, casi resbalando y teniendo que agarrarse con fuerza al pasamano. Y salió a la calle, respirando hondo y corriendo hacia su camión, sacando las llaves de su bolsillo. Sus manos le sudaban, intentando encontrar la llave que lo abría. Se le resbalaron de los dedos, ahogando un lamento y agarrándolas de nuevo del suelo mojado. Había llovido, tal y como ella le había dicho que pasaría si él cantaba. Abrió la puerta y se subió sin perder tiempo, encendiendo el motor y saliendo lo más rápido posible de allí.

Tengo que llegar, ¡tengo que llegar! Por el amor de Dios, Mercedes. ¿Tanto te costaba pedir ayuda?

Sam se saltó varios semáforos en rojo. Sabía que estaba siendo imprudente y que además de atentar contra la vida de los peatones, podrían quitarle el carnet si lo veía la policía conduciendo de esa manera. Pero no le importaba, no le importaba nada más que sacarla de ese antro. No le importaba su carnet de conducir, no le importaba su camión. ¡No le importaba nada!

El camino se le hizo demasiado largo. Con el pie siempre en el acelerador y con todos los sentidos puestos en la carretera. Ni siquiera cuando había llevado cargamento peligroso había tomado tantas preocupaciones. Sabía perfectamente donde estaba el Rouge Bar, su tío lo había llevado allí una vez. Cuando su abuelo se enteró, lo echó de casa, diciéndole a su padre que no quería volver a ver por allí a su "querido" hermano, mientras que a Sam le había negado la palabra durante dos semanas. Haciéndolo comprender lo equivocado que había estado al acompañar allí a su tío John. El Rouge Bar era un sitio peligroso, además de ofrecer los servicios de una mujer, en el local no había día y noche que no se manifestasen peleas de borrachos o de ganadores contra perdedores que querían su dinero a toda costa, y no estaban dispuestos a irse sin él. Tonny, el dueño del "bar" era un hombre sin escrúpulos, rodeado siempre de matones que hacían lo que él les pedía. La mayoría de sus chicas vivían atemorizadas, sin tener adonde ir, o a quién acudir.

Sam golpeó su mano contra el volante en un intento de calmar su frustración. No llegaría, sabía que no llegaría a tiempo, pero no le importaba que hubiese pasado. Solo quería recuperarla, solo quería ponerla a salvo. Cuidarla, protegerla, tal y como había prometido.

Las ruedas del camión chirriaron al pisar el freno, haciéndolo chocar de nuevo contra el volante, como aquella vez que ella le había ordenado que lo detuviese.

Mercedes...

Mercy...

Entró como un vendaval en el local, dejando a todos los allí presentes, estupefactos ante su entrada. La buscó con la mirada, pero no la vio. Lo más probable fuese que se encontrase arriba con uno de los tantos clientes del bar. Se encaminó hacia Tonny, que lo miraba sentado en la barra del bar mientras se tomaba una cerveza.

- ¿Dónde está la nueva? – le preguntó, sin perder el tiempo.

- ¿Quién? ¿Beyoncé? – El dueño del motel lo miró de arriba abajo como si le recordase a alguien.

- ¿Beyoncé? – Sam lo miró, asombrado, dándose cuenta en el momento – Sí, sí. Beyoncé.

- Muchacho, tendrás que esperar tu turno. Ahora está arriba ocupada con Ray, en media hora baja.

El hombre no alcanzó a ver como el puño de Sam impactaba contra su cara. El chico lo derrumbó del taburete, tirándolo al suelo. No se detuvo a mirar atrás, corrió escaleras arriba como si su vida dependiese de ello. Pero no era su vida la que dependía, sino la de ella.

Sabía que lo que iba a ver no lo olvidaría jamás, pero eso no lo detuvo. Buscó en cada una de las habitaciones, todas vacías, hasta encontrar a una de las chicas en un pasillo.

- ¿Dónde está la nueva? – le preguntó, agarrándola fuertemente del brazo y zarandeándola sin consideración.

La chica no le habló, se limitó a señalarle la puerta con su dedo índice. Al parecer, era muda.

Sam corrió hacia allí, abriendo la puerta con rapidez. Lo que vio, lo detuvo durante un segundo, haciendo que sus piernas flaqueasen y estuviesen a punto de tirarlo al suelo. Mercedes yacía en la cama semidesnuda, todavía con los pantalones puestos pero ya sin camiseta. Una de las tiras de su sujetador se había roto y dejaba uno de sus pechos al descubierto. El supuesto Ray, un hombre de unos cincuenta y pico de años, se encontraba encima de ella, besándola y lamiéndola por todas partes mientras ella permanecía inmóvil y con la mirada fija en el techo. Estaba llorando. Mercedes lloraba mientras el hombre la manoseaba y trataba de quitarle los pantalones.

- ¡Aléjate de ella, hijo de puta!

Sam se precipitó sobre él, con toda la rabia que llevaba dentro. Agarrándolo por el cuello de la camisa y tirando de él hacia atrás, sacándolo fuera de la cama. Lo había pillado con la guardia baja y no le había dado tiempo de responder, siendo arrastrado hacia la pared, donde Sam empezó a propinarle golpes con sus puños, con sus codos y con todas las partes que pudiese utilizar que le hiciesen olvidar lo que había visto. El hombre resbaló por la pared, cayendo al suelo. Sam no lo dudó, su mente se nubló, y sus pies actuaron solos, dándole patadas en el estómago con todas sus fuerzas.

- ¡No vuelvas a tocarla en tu vida! ¡Jamás! – dijo, mientras trataba de no llorar. Esto era demasiado para él. Demasiado. No lo podía soportar.

- Para... para – suplicó el hombre con una mano en alto, con su boca ensangrentada le dijo – No volveré a tocarla. ¡Lo juro!

Sam viendo lo que había hecho, se giró buscando su mirada. Y lo que vio, no le gustó.

Mercedes seguía con su vista fija en un punto de la habitación, totalmente ajena a lo que había ocurrido. No se había movido, sus pantalones seguían a medio abrochar y su sujetador seguía mostrándole su pecho izquierdo. Corrió hacia ella, tratando de sacarla del trance.

- Mercy... Mercy, por favor. Tenemos que salir de aquí.

Ella lo miró, sin dejar de llorar.

- No puedo.

- Vamos. Por el amor de Dios, levántate y ven conmigo – le dijo, ayudándola a levantarse y a ponerse la camiseta. Le abrochó los pantalones y tiró de ella para sacarla de la cama.

- Necesito el dinero, Sam. Necesito...

Él le tapó la boca con la mano, impidiendo que siguiese haciéndole daño con sus duras palabras.

- Vamos. Es una orden. No hagas que te lleve en brazos, por favor – le suplicó, impotente.

- ¿Por qué? ¿No podrías conmigo?

Ahora no, Mercedes. Ahora no es tiempo de bromas.

- Por supuesto que podría, no digas tonterías. Si te llevo en brazos no saldríamos de aquí. No podría defenderte, tendría las manos demasiado ocupadas. Apresúrate, vamos. No tardarán en subir.

No sé que hacen todavía abajo.

Él le ofreció la mano y ella la agarró con fuerza, como si estuviese al borde de un precipicio y solo necesitase un punto de anclaje para no caer. Ambos salieron por la puerta a la carrera. Ray ya se había largado de la habitación y les habría puesto sobre aviso.

- ¿Adónde crees que vas, puta? – le preguntó el dueño del bar, nada más llegar al fondo de las escaleras.

Tal y como había supuesto Sam, los estaban esperando abajo. Ray también estaba allí, apoyado en la barra, mientras una de las chicas lo mimaba y le curaba las heridas.

- Has firmado un contrato. Estás muy equivocada si crees que te vamos a dejar largarte con "el niño bonito de papá". No quieres tener nada que ver con putas, Evans – Tonny dirigió a él sus nuevas palabras – He oído hablar de ti. ¿Nada de putas, eh? La gente dice la verdad cuando os compara a tu tío John y a ti. Eres una vergüenza como camionero y como hombre. Si crees que voy a dejar que te la lleves, estás muy equivocado.

- ¡Salte de mi camino, Tonny! – le dijo, dirigiéndose a él, agarrando con fuerza la mano de Mercedes.

- Es nuestra, chaval. No dejaremos que te la lleves – le dijo, uno de los matones que lo acompañaban.

- No es vuestra, apártate.

- Es nuestra. Ya nos la hemos follado y lo ha gozado. Lo ha disfrutado, ¿a que sí, chicos? La negra sabe como moverse – Tonny no dejaba de escupir veneno por su boca.

Sam soltó la mano de Mercedes, precipitándose de nuevo sobre Tonny, derribándolo de un cabezazo y haciéndolo caer al suelo.

- ¡No lo dejéis escapar! – le gritó a sus matones, que lo agarraron de los brazos, inmovilizándolo.

- ¡Vete, Mercy! ¡Sal de aquí! – le gritó el chico, tratando de zafarse de sus dos asaltantes.

- ¡No! ¡No me iré sin ti! – le dijo ella, precipitándose sobre ellos, golpeándoles con el puño y mordiéndole una de las manos a uno de los matones.

Tonny, ya de pie, la separó de ellos, agarrándola por detrás y apretándole los pechos.

- No me gustan las gordas, preciosa. Pero debo reconocer que la carne te sienta muy bien – Su asquerosa mano sobó su trasero, haciendo que la chica se revolviese, tratando de escapar.

- ¡No la toques, hijo de puta! ¡Ni se te ocurra tocarla! – gritó Sam, haciendo que uno de los matones lo golpease en el estomago repetidas veces, tratando de callarlo.

- Llegas tarde, Evans. Esto es lo mínimo que he hecho – le dijo el dueño del local, mientras le manoseaba su zona íntima por encima del pantalón.

Sam se revolvió de nuevo, recibiendo nuevos golpes que lo atontaron momentáneamente. Mercedes lloraba mientras lo miraba suplicante, y él no podía hacer nada. Nada.

- Déjalo ir – le dijo a Tonny – Me quedaré aquí y cumpliré mi contrato.

Mercedes cerró los ojos, tratando de olvidar lo que acababa de hacer, pero al oír su voz su corazón despertó, abriéndoselos de golpe.

- ¡No! – Chilló Sam – ¡No lo hagas! ¡Sal de aquí! ¡Vete!

No, bonita. No hagas eso, no por mí. Dios, ayúdanos.

- Es la mejor decisión que has tomado en tu vida, preciosa – le dijo Tonny, pegando su cara a la de ella y mordiéndole su oreja derecha.

Ella volvió a cerrar sus ojos de nuevo, permaneciendo inmóvil mientras Tonny la manoseaba delante de todos. En el bar se oían aplausos y aullidos que trataba de olvidar, y en medio de todos, los gritos impotentes de Sam.

- ¡Mercy! ¡No lo hagas! ¡Déjala cabrón! ¡Te mataré! ¡Juro que te mataré! – gritaba él, tratando de librarse de los matones que lo sujetaban. Apenas podía moverse debido a la paliza que ambos le habían dado, pero su cuerpo seguía tratando de soltarse sin conseguirlo.

- ¡Mercy! Me gusta... Significa Misericordia, ¿verdad? – Le preguntó Tonny, volviendo su vista de nuevo a él, dejando a Mercedes durante unos segundos - ¿Por qué no imploras misericordia un poco, Evans? Arrodilladlo, chicos. Haced que bese mi suelo, quizás así lo deje ir, finalmente.

Los matones le hicieron caso, obligando a Sam a tirarse al suelo. Frotando su cara sobre los restos de bebida del bar y las colillas que había tiradas en él.

- ¿Sienta bien besar el suelo por donde piso, verdad? – le preguntó Tonny burlón, mientras aguantaba de Mercedes con una sola mano.

- Déjalo – le suplicó ella, como un lamento – Déjalo ir, por favor.

- No, cariño. No tan fácilmente – El dueño le hizo una seña a sus matones que ellos entendieron al momento.

Ambos comenzaron a propinarle patadas en el estómago al chico. Una tras otra, las recibía con un lamento, haciéndose un ovillo con su cuerpo y cerrando los ojos tratando de mantenerse vivo, vivo para ella.

Mercedes mordió con fuerza la mano de Tonny, librándose de él y corriendo hacia donde Sam estaba tirado.

- ¡Dejadle! – Se arrodilló a su lado, cubriéndole el vientre y la cabeza con su cuerpo, mientras esperaba ella misma las patadas de los dos hombres.

Pero ellos no la golpearon. La puerta del local se abrió haciéndose un silencio arrollador.

- ¿Qué ocurre aquí, Tonny? – Mercedes giró la cabeza, a tiempo de ver como un policía entraba en el bar.

El dueño del Rouge Bar armó en cinco segundos la mayor mentira que se había escuchado en siglos.

- Éstos que tenemos aquí han querido robarnos, Oficial Maine. Hemos tomado la justicia por nuestra mano y se han llevado su merecido.

El policía lo miró, extrañado, centrando su vista en el rubio que yacía golpeado en el suelo y la chica negra que lo protegía de los matones de Tonny Webber.

- ¿Ladrones? ¿Eh? Entiendo – Se dirigió hacia ellos, agarrando a la chica del brazo y separándola del chico. Luego, ayudó a levantar al chico y lo giró poniéndole las esposas, ante la mirada atenta de la chica.

- Billy, entra. Necesito ayuda con un asuntillo – los clientes del bar lo escucharon hablar con su compañero por la emisora.

Éste último no tardó en entrar en el local, directo hacia donde estaba el problema.

- Espósala. Nos la llevamos también – le dijo al chico. No parecía tener más de veinte y pocos años.

- ¿De que se les acusa, papá? – Preguntó el chico, curioso.

- Han intentado robar, Billy. No pierdas el tiempo, espósala. Nos los llevamos de aquí.

Sam había oído sus últimos palabras sintiendo como el pecho se le llenaba de alivio.

Gracias, Dios mío. Gracias.

El oficial se lo llevó hacia la puerta, parándose a medio camino al ver que Alice Webber, la mujer de Tonny, le hacía una seña para que se detuviese.

La mujer se acercó a Sam, lentamente, con la mirada triste.

- No sé que pasó arriba con Ray, hijo. No lo sé. Pero te juro que lo que te dijo Tonny es mentira. No estuvieron con ella, no se dejó. Te lo juro. Te lo juro por lo más sagrado que tengo, que es mi hija – La señora Webber le señaló la chica muda a la que él le había preguntado por Mercedes arriba en el pasillo – Es lo mejor que tengo, lo que me hace seguir adelante. Te juro que lo que te digo es cierto. No se acostaron con ella.

Sam le dedicó una mirada de agradecimiento mientras era arrastrado por el policía hacia la puerta. Su hijo lo seguía unos metros atrás, empujando suavemente a la chica para que anduviese más deprisa. No le gustaba ese local, nunca le había gustado. Y sabía perfectamente que lo que había pasado allí, no tenía nada que ver con el robo en un bar.

Ambos policías salieron a la calle, subiendo a los chicos al coche patrulla, cambiándole las esposas hacia delante para que pudiesen sentarse con comodidad. Cerraron las puertas y entraron en el coche encendiendo rápidamente el motor y la sirena.

Mercedes se había recostado contra la puerta, evitando por completo la mirada que Sam le regalaba, mientras cerraba los ojos dando gracias a Dios por haberlos sacado de allí. El chico hacía lo mismo, deseando poder inclinarse hacia ella y agarrar sus manos sin que las esposas se lo impidiesen. Mercedes estaba llorando, la oía llorar mientras veía como temblaba de frío. Con las prisas, Sam se había olvidado la chaqueta en su camión, y ahora no tenía nada con lo que protegerla del frío.

¡El camión! ¡Mierda!... ¿Sabes qué? No importa. No me importa. Que hagan con él lo que quieran. Sólo me importas tú, bonita, y ahora estás conmigo.

Sam recordó las palabras de la señora Webber. Ellos no la habían forzado.

Observándola apoyada sobre la puerta del coche, respiró aliviado. No porque él jamás pudiese volver a mirarla si eso hubiese pasado, pues jamás podría dejar de hacerlo. Sino por el hecho de que ella lo recordaría durante toda su vida.

El chico sentado en el asiento del copiloto, les dedicó una mirada triste que Sam rechazó.

Ahora todo iría bien, estaban detenidos, sí, pero estaban a salvo.

Mercedes no lo miró durante todo el trayecto a la jefatura de policía, él tampoco quiso obligarla a que lo hiciese. Sabía perfectamente que después de lo que había ocurrido, ella necesitaría tiempo para poder hablar con él.

Los policías los bajaron con cuidado del coche, conduciéndolos al interior del edificio. Bajaron las escaleras hacia las celdas, viendo como todos los que trabajaban allí los miraban curiosos.

El Oficial Maine abrió una de las celdas y empujó al chico dentro, luego de quitarle las esposas. Sam estuvo a punto de caerse al suelo pero Mercedes, que también había entrado en la celda, lo sostuvo por la cintura mientras él la abrazaba. Él apoyó la cabeza en su cuello mientras sus brazos acariciaban su espalda.

- ¿No los deberías poner en celdas distintas, papá?

- No, Billy. Déjalos en ésta – le respondió el policía, viendo como la pareja se abrazaba fuertemente.

Mercedes había cerrado los ojos, mientras sus manos rodeaban su espalda con fuerza y lo pegaban a ella.

Sam, a su vez, reposaba su cuerpo sobre el de ella, feliz de que ella por fin lo hubiese aceptado.

Gracias, Dios mío. Nunca podré agradecerte lo suficiente, lo que hiciste por nosotros esta noche.

- Muchachos – les llamó el oficial – Sé que no es verdad lo que dijo Tonny Webber. Llevo años tratando de atraparlo con las manos en la masa, pero me ha sido imposible. No tengo pruebas para meterlo entre rejas. Lo mejor que os ha podido pasar es que os haya dejado ir.

Los chicos rompieron el abrazo al escucharlo. Mercedes lo sostuvo por la cintura, impidiendo que cayese, mientras el policía cerraba la puerta de la celda.

- De todos modos – prosiguió el hombre – Yo no puedo liberaros. No ahora, al menos. Tendréis que pasar aquí la noche y pagar la fianza por la mañana. Tenéis derecho a una llamada cada uno.

Los chicos asintieron con la cabeza, acercándose a la cama y sentándose en ella.

- Billy...

- ¿Si, papá?

- Hijo, no me llames papá en el trabajo – le reprochó.

- Perdona – dijo el chico, cabizbajo.

- Tráele comida a los chicos, anda. Y unas toallas y agua para que puedan limpiarse.

El chico ya salía hacia arriba cuando su padre volvió a llamarlo.

- ¡Ah! Tráeles también un botiquín.

Éste siguió escaleras arriba mientras su padre se giraba hacia ellos.

- Es todo lo que puedo ofreceros – les dijo.

- Se lo agradecemos, oficial – le respondió Mercedes con una leve sonrisa.

El policía los dejó solos, finalmente.

Billy no tardó en venir con todas las cosas. Bajando las escaleras corriendo, a punto de caerse.

- Os he traído bocadillos y unos cafés – le dijo, mientras abría la puerta de la celda y le pasaba la bandeja a la chica y unas bolsas con las toallas y el botiquín.

- Muchas gracias – le dijo ella, aceptándolas de buen grado.

- No hay de qué – le dijo él, con una sonrisa en su rostro – Descansad. Hasta mañana.

- Hasta mañana – le despidió Mercedes, viendo como él volvía a encerrarlos.

Dejó las cosas en la cama y abrió una de las botellas de agua, empapando un poco una de las toallas y limpiándole las heridas del rostro.

- ¡Ay! – se quejó él, sentándose hacia atrás y apoyando la cabeza en la pared.

- Lo siento – le dijo ella, poniéndose de rodillas en la cama y acercándose más a él, para poder limpiarlo.

Él se encogió de hombros, restándole importancia.

- No. Lo siento de verdad. Siento que hayas tenido que ir a buscarme, siento lo que te han hecho. Lo siento – le dijo, acariciando con la toalla la mejilla derecha del chico.

- Mercedes...

Sam había dejado de llamarla Mercy.

- Lo siento – repitió ella, alejándose para coger el botiquín.

Sam intentó detenerla, haciéndose daño al levantarse.

Mercedes volvió a sentarlo en la cama, levantándole la camiseta viendo el lugar donde los hombres lo habían golpeado salvajemente. Se llevó una mano a su boca, ahogando un lamento y trató de que sus ojos no la traicionasen y empezasen a llorar.

- Lo hubiese hecho mil veces – le dijo él, mirándola a esos ojos que luchaban por no derrumbarse.

Las lágrimas afloraron, mientras la chica trataba en vano de romper un algodón del paquete. Sus manos empezaron a temblar, haciéndole imposible curarlo.

Sam le agarró la mano, besándola suavemente y la entrecruzó con sus dedos, comenzando su mano a temblar también.

Ella se la soltó, secándose las lágrimas y armándose de valor.

Rompió un algodón y lo impregnó en alcohol, llevándolo hacia la boca de él para limpiarle la sangre que tenía adherida. Sam se quejó ante el gesto, pero ella agarró una de sus manos tratando de calmarlo.

El chico no podía dejar de mirarla, por mucho que lo intentase, no podía apartar sus ojos de ella. Como si sintiese que Mercedes todavía estaba en peligro después de todo.

Cuando ella terminó de curarlo, le ofreció uno de los sándwiches que Billy había traído para ellos, pero él se negó a comer.

- ¿No lo quieres? – le preguntó ella preocupada.

Él negó con la cabeza.

- Cómetelo tú, por favor – le dijo en un susurro.

- Pero yo ya tengo uno – le recordó.

- Cómete los dos.

- Sam... – protestó la chica.

- No tengo hambre, Mercedes. De verdad, cómetelos. Por favor.

Ésa vez, Mercedes no se negó. Comió los dos sándwiches ante la atenta mirada del chico, mientras él trataba de calmarse de nuevo.

Se había asustado al verla temblar nuevamente, se había muerto de miedo. Y por un momento había sentido que aún estaban allí en aquel asqueroso bar, mientras bajaban por las escaleras agarrados de la mano y la de ella no dejaba de temblar.

Pero no estaban allí. Estaban entre rejas, en una celda los dos solos. Toda una noche.

No tardaron mucho en quedarse dormidos, uno en los brazos del otro.


Cuando Sam se despertó a la mañana siguiente, la cabeza de Mercedes reposaba en sus rodillas mientras su mano izquierda permanecía unida a la de ella.

Su mano derecha se frotó los ojos, mientras se desperezaba lentamente. Miró el reloj, viendo que aún marcaba las seis de la mañana.

Sus ojos se fijaron en ella. La miró largo rato, descubriendo como su mano se elevaba queriendo acariciar su rostro y su pelo negro. Y le pareció hermosa. Como una mariposa que viajaba libre, como una rosa que crecía en primavera, como la chica que había conseguido que le arrestasen por primera vez. Él, que nunca se había enamorado, había conseguido que le encarcelasen por una mujer. ¿Sería eso amar?

La mano de la chica se movió, acariciando sus dedos, medio dormida. Y sus ojos se abrieron lentamente, encontrándose con los de él y saludándolo con una sonrisa.

Estaba preciosa, hermosa. Estaba a salvo, por fin.

Ambos se miraron durante unos minutos, sabiendo que lo que tenían, pronto se rompería y volverían a ser los mismos Sam y Mercedes que se peleaban y se gritaban sin motivo aparente.

- ¿Cuándo saldremos de aquí? - le preguntó la chica, levantándose y sentándose en la cama a su lado.

- En cuánto Anna se despierte y pueda llamarla para que venga a pagar la fianza. La cuestión es... ¿vendrá?

- ¿Por qué no iba a venir? Le gustas, Sam – le dijo ella, sonriente.

No. No le gusto. Solo me quiere para follar, lo que es muy distinto.

Ella le miró dudosa al no recibir respuesta por su parte.

- ¿Qué hiciste, Sam?

- Quizás... quizás no terminamos muy bien anoche – le confesó.

- Te acostaste con ella y la dejaste sola, ¿verdad? – Mercedes lo miró, acusándolo.

- ¡No! ¡No me acosté con ella! – Le gritó, golpeando con el puño la sábana, haciendo que su cuerpo se quejase de dolor – No me acosté con ella...

El chico la miró, buscando algo de comprensión por su parte. Buscando ese sentimiento que había visto en ella la noche anterior. Alivio. Gratitud. Pero lo único que encontró fue odio y desconfianza.

- No me acosté con ella... No tuve tiempo.

Sabía que lo que había dicho, destrozaría lo que habían conseguido. Pero Sam no podía evitarlo. Las palabras salían de su boca sin detenerse a ver lo que provocaban en ella. ¿Qué era lo que hacía que actuase así? Estaba siendo asqueroso, lo sabía. Pero la mirada acusadora de Mercedes, impedía que se detuviese.

- Me dijo donde te había mandado y recordé mi promesa. No podía quedarme allí, mientras tú jodías tu vida.

- Me sacaste de allí por tu estúpida promesa – No fue una pregunta.

Mercedes giró su rostro, evitando su mirada. No podía llorar, no delante de él.

No fue por eso, bonita.

Él estiró una de sus manos, acariciando su hombro, haciendo que voltease de nuevo a verlo.

Sam asintió con la cabeza.

Mercedes se levantó de la cama, furiosa. Le había confesado que sólo lo había hecho por la estúpida promesa, se lo había confesado mirándola a los ojos.

- Habrías jodido tu vida, Mercedes y yo terminaría culpándome por ello. Lo sé – le dijo él.

- Así que lo hiciste por tu propio interés, ¿no? – le reprochó la chica, luchando por no llorar.

Sam exhaló un largo suspiro, reuniendo fuerzas para darle una respuesta.

- Ahora que lo pienso, sí. Es lo más probable.

Mercedes no podía creer que estuviese hablando con el mismo chico que había dejado que lo golpeasen y que lo tirasen al suelo por salvarla. La noche anterior había conocido al que creía el verdadero Sam Evans. El chico que echaba de menos a su familia y que daría cualquier cosa por ver a su abuelo por Acción de Gracias. El chico que disfrutaba contándole las travesuras que hacían sus hermanos menores cuando eran pequeños. El mismo Sam Evans que la había cuidado y protegido. Ese Sam se había ido y el que tenía delante volvía a reírse de ella. No pensaba dejarle que la ridiculizase de nuevo. No se lo permitiría.

- Déjame darte las gracias, Evans. Vuelvo a estar como estaba antes. ¡Ah no! Espera. Ahora estoy encerrada con un tío al que odio. ¡Estupendo! – dijo la chica, levantando los brazos en alto, haciendo ver que le agradecía a Dios por ello.

- Cuando salgamos de aquí, yo te daré trabajo – le dijo él, sin perder tiempo.

No pienso dejar que te separes de mí. No otra vez.

- ¿Perdona? – la chica lo miró, alucinada.

- Te pagaré, ¿vale? Ganarás dinero – dijo Sam, acariciándose el vientre dolorido.

Mercedes se preocupó ante el gesto durante un segundo, que se disipó rápidamente.

- ¡No pienso acostarme contigo! – le gritó, furiosa.

- ¡Yo tampoco quiero que lo hagas! Sólo quiero que me acompañes en este viaje. Te dirigías a Alabama, ¿no? Yo voy hacia Nashville. Viaja conmigo – le dijo, sin poder evitar que una sonrisa ilusionada se formase en su rostro.

- ¿Me vas a pagar por viajar contigo? – le preguntó, anonadada.

- Te pago para no aburrirme. Contigo es imposible hacerlo. Prefiero tenerte a ti gritando a mi lado, que el silencio del camino.

Vamos. Sólo dime que sí. Por favor.

- ¿Lo haces por lástima, verdad? – Ella le dedicó una mirada triste, que él no supo como evitar.

- ¿Lástima? ¡No! – Su cuerpo volvió a resentirse por el movimiento al tratar de levantarse, haciendo que ella corriese hacia él para sentarlo de vuelta.

- Entonces es por cumplir tu promesa – le dijo, notando como el chico impedía que se soltase de su mano – No te preocupes, Samuel. No tienes porque hacerlo, te libero de tus obligaciones.

- No puedes – dijo, sosteniendo su mano, impidiendo que se alejase – No fuiste tú quién hizo que lo prometiese.

- Pues volvamos al motel y que sea ella, quién te libere de tu estúpida promesa – le dijo, soltando su mano con fuerza.

- No digas tonterías, Mercedes. Me acompañarás y punto – Él se levantó, quejándose de dolor, mientras la buscaba de nuevo.

- No – ella negó con la cabeza efusivamente.

- ¡Sí! – le chilló él, llevándose una mano a su estómago, intentando no caerse.

Mercedes no pudo evitar preocuparse por él, corriendo a sostenerlo como había hecho la noche anterior.

- ¡Terco! ¡Siéntate de una vez! – La chica lo llevó hacia la cama de nuevo, a punto de caer encima de él.

Sus bocas se encontraban a escasos milímetros la una de la otra. Si deseaban besarse, ese era el momento que Dios les había regalado para hacerlo. Mas sus respectivos orgullos se lo impidieron, ladeando las cabezas al mismo tiempo. Sam la sostuvo para que no se cayese, quedando sentada en sus rodillas.

- Con una condición – le dijo Mercedes, levantándose rápidamente.

No vio como él había elevado sus brazos en alto tratando de impedir que se levantase.

- ¿Cuál? – le preguntó Sam, bajando los brazos rápidamente, antes de que la chica se diese la vuelta del todo.

- No te acostarás con ninguna chica mientras viajes conmigo – le espetó.

Sam abrió los ojos como platos, sin poder creer lo que estaba oyendo.

- ¿Por qué no? ¿Vas a ofrecerte tú a ocupar su puesto? – se rió el chico, burlón.

No lo hagas.

Mercedes negó con la cabeza, haciendo que el chico respirase aliviado.

- Entonces no hay trato – le dijo, a pesar de todo.

- Entonces no viajaré contigo – le dijo ella, cortante.

- ¿Te has propuesto matarme, verdad? – le preguntó, divertido.

Ella soltó una risita nerviosa, como si se tratase de una cruel diablilla.

- Creo que podré aguantar semana y media sin sexo. Acepto – le dijo, tendiéndole la mano para sellar el nuevo pacto entre ellos.

Mercedes la aceptó gustosa, sintiendo como miles de cosquillas alborotaban su mano, mientras se miraban fijamente a los ojos.

- Oye... – la llamó todavía sin soltarle su mano.

- ¿Si?

- Reza para que Anna no quiera que le pague el dinero de la fianza en especie. Porque si lo hace, presiento que nos quedaremos aquí a vivir – le dijo él, mientras tiraba de ella para sentarla a su lado.

- No estaría mal, Evans. Aquí tendrías comida gratis.

Y seguiría estando contigo, bonita.

Sam no pudo evitar imaginarse como sería su viaje ahora que ella le acompañaría. Estaba feliz, feliz por haberlo conseguido. En el fondo, había temido que ella se negase a su proposición, pero finalmente la suerte había vuelto a ponerse de su parte y ésta vez Mercedes Jones no se alejaría de él. Le había pedido como condición que no se acostase con nadie más mientras durase su viaje y él había aceptado de todas formas. Lo que más le preocupaba ahora era saber si podría conseguirlo. ¿Podría permanecer casi dos semanas sin sexo? ¿Sin poder tocarla? ¿Sin poder buscar consuelo en otros brazos? Era una dura prueba para él, pero valía la pena pasar por ella si así podía seguir teniéndola cerca.


Una hora y media más tarde, Sam bajaba las escaleras custodiado por Billy. Éste abrió la celda, metiéndolo dentro y sacándole las esposas.

Mercedes esperaba impaciente las noticias que el chico le traía.

- ¿Y bien? – le preguntó, esperanzada.

Él la miró triste, asustándola brevemente, para después mostrarle la mayor sonrisa del mundo.

- Ha aceptado. Viene para aquí – le dijo, haciendo que la chica saltase de alegría y se enroscase en su cuello.

- ¡Gracias a Dios! – gritó, mientras lo abrazaba con todas sus fuerzas y él rodeaba su cintura con sus brazos disfrutando del momento.

La chica se soltó, rápidamente, dándose cuenta de lo que había hecho. Él corrió a sentarse en la cama, aparentando sentirse mal de nuevo.

- ¡Bueno! Ahora solo nos queda esperar – le dijo, mientras apoyaba su cabeza en la fría pared y cerraba sus ojos, recordando su último abrazo.


Billy, sentado en su mesa del trabajo, vio como la puerta del edificio se abría y entraba en él la chica que había amado durante años.

Rubia, alta, delgada y con la mirada más triste que había visto en su vida.

El chico vio como ella se dirigía a uno de sus compañeros, deteniéndose a escuchar su conversación.

- He venido a pagar la fianza de Sam Evans.

- ¿Sólo la de él? – le preguntó el policía que la atendía.

La chica respiró hondo, antes de responder.

- No. También pagaré la de la chica que lo acompaña – le respondió, mientras notaba como alguien tocaba su hombro derecho.

La chica se giró esperanzada, pero su sonrisa se borró al darse cuenta de que la persona que tenía delante de ella, no era la que había esperado.

- ¿Anna? – la llamó el chico, sonriente.

La chica lo miró largo rato, tratando de recordar su cara pero no le resultaba conocido.

- Perdona... no... No sé quién eres.

- Soy Billy Maine, ¿no me recuerdas? Nos sentábamos juntos en nuestro último año de instituto.

Ella negó con la cabeza, mientras Billy reprimía una mueca de dolor.

- Señorita – la llamó el policía – Tiene que firmar aquí y aquí, y entregar el dinero en ventanilla.

Anna se giró agarrando los papeles y el bolígrafo.

- ¿Puedo verlos primero? – le preguntó una vez había firmado.

- Claro. Billy, acompaña a la señorita abajo.

El chico asintió con la cabeza, comenzando a andar seguido por ella.

Cuando llegaron abajo, Sam seguía con su cabeza recostada sobre la pared tratando de dormir y Mercedes se paseaba por la celda intentando que el tiempo pasase más deprisa.

Anna la saludó con un movimiento de cabeza, al tiempo que Mercedes llamaba a Sam para que se despertase.

- Has venido – dijo él, levantándose y andando hacia la puerta de la celda.

Allí, sus manos buscaron las de Anna, acariciándolas por encima de los fríos hierros de la celda.

- Te dije que lo haría – dijo ella en un susurro – Lo siento, Sam. Lo siento de verdad. Fui una estúpida. Pero todo se acabó – le dijo, sonriéndole – He firmado, pagaré y seréis libres. Podréis volver ya a la carretera.

- No podemos, Anna – le dijo él, con la mirada triste – He perdido el camión.

- No, no puede ser. Sam, el camión es tu vida.

Sam se encogió de hombros. Eso ya no importaba.

- Considéralo perdido, Anna. Sigue aparcado delante del Rouge Bar y no podemos volver a por él, nos volverían a atrapar – Sam se acercó más a ella, para decirle en voz baja – La volverían a atrapar y yo... no podría soportarlo.

La chica ahogó un lamento. Sam estaba renunciando al camión por ella.

Era amor.

Sam se había enamorado finalmente, después de tantos años, y no había sido de ella.

Sus ojos no pudieron evitar empezar a llorar. Lágrimas de dolor, de impotencia.

- Tiene que haber una solución. Necesitáis el camión, no puedes dejarlo allí – le dijo ella.

- Yo lo traeré – le oyeron decir a Billy Maine.

- ¿Cómo? – dijeron los tres chicos a la vez.

- Yo lo traeré, venga. Dame las llaves. Te devolveré tu camión sano y salvo, te lo juro – le dijo el chico, moviendo su mano para que se las lanzase.

- Espera... ¿Sabes conducir un camión? – le preguntó Sam, desconfiado.

- Si, claro. No puede ser tan difícil – le dijo Billy, con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Dios mío! El chico no tenía idea de cómo conducir un camión, pero francamente, a Sam le daba igual como regresase mientras él se lo trajese de vuelta. Hurgó en su bolsillo en busca de las llaves y se las lanzó, cogiéndolas rápidamente al vuelo.

- Gracias, tío – le dijo Sam, mientras Billy se daba la vuelta y subía ya las escaleras.

- Voy con él – le dijo Anna, tratando de soltarse de sus manos.

- No puedes, Anna. Es demasiado peligroso. Quédate aquí, con... con nosotros.

- No – le respondió ella, negando también con la cabeza – Alguien tiene que cuidar de él, no llegará lejos sin mí – le dijo, divertida.

Sam le sonrió, dejando que se soltase de sus manos, observándola correr escaleras arriba.


- ¡Billy! ¡Espera! Voy contigo – chilló Anna, mientras trataba de alcanzarlo.

- ¡Ni de coña! – le dijo, girándose y chocándose con ella – Tú te quedas aquí – la separó de él, nervioso.

- Alguien tiene que llevarte allí, Billy – le recordó la chica.

¡Cierto! Si iba a traer el camión, lo primero era ir allí. Vale... no había pensado en eso.

- Se lo pediré a Peter. Tú paga la fianza y siéntate a esperar a que los liberen – le dijo él, dándose la vuelta de nuevo.

Pero ella no le hizo caso, siguiéndolo hacia la salida.

- ¿Por qué lo haces, Anna? – le preguntó, deteniéndola de nuevo – Te estás poniendo en peligro.

- Lo sé – suspiró la chica – Pero siento que debo hacerlo.

Billy la miró, viendo como la chica de la que había estado enamorado durante años todavía seguía viva dentro de ella.

- ¿Por qué lo haces tú, Billy? – le preguntó ella, sacándolo del trance.

- ¿No lo has visto? Se quieren, Anna. Y se necesitan el uno al otro. Les vendría bien algo de ayuda ahora mismo.

La chica respiró profundamente, cerrando los ojos al oírlo. Billy también se había dado cuenta. Se secó las lágrimas que habían comenzado a bañar de nuevo su rostro y lo empujó hacia la salida.

- Pues no perdamos tiempo, vamos – le dijo.

Anna salió a la calle, buscando el aparcamiento, con Billy detrás, vigilando a cada lado.

- Te llevo en mi coche – le dijo ella, sacando las llaves de su bolso.

- No. Toma, llevarás el coche de la Policía – le dijo, alcanzándole las llaves.

- ¿Estás loco? No puedo conducir un coche patrulla. ¡Es delito! – le dijo, deteniéndose mientras él le dejaba las llaves en su mano.

- ¿Quieres ayudarlos o no?

- Si, si – le respondió ella, asombrada por la valentía del chico.

- Pues siéntate y conduce – le dijo él, abriéndole la puerta del coche y ayudándola a subir.

- Vale, vale – le respondió ella, esperando que Billy diese la vuelta al coche y se sentase en el asiento del copiloto.

Ella introdujo las llaves en el contacto, y las giró, encendiendo el motor con manos temblorosas. Era una locura lo que iban a hacer, ¡una verdadera locura! Pero Sam merecía recuperar su camión, lo merecía a toda costa.

- ¿Sabes? – Billy llamó su atención durante el camino hacia el bar – Me gustabas, Anna.

Él la tomó por sorpresa, provocando que por unos segundos perdiera la concentración y la vista en la carretera. Billy le sujetó el volante, mientras ella volvía a calmarse.

- Todos los días me levantaba y acudía a clase solo para poder verte – continuó confesándole el chico – Para ver tu sonrisa y oír tu voz.

Anna lo miró de refilón, notando como las mejillas del chico habían empezado a teñirse de rojo.

- Esperaba que un día, vinieses y me dijeses: "Billy, me gustas. Quiero salir contigo" pero el tiempo pasó, y eso no sucedió.

- Lo siento – le dijo Anna, rompiendo a llorar de nuevo, tratando de secarse rápidamente las lágrimas que impedían que sus ojos viesen la carretera con claridad.

- ¡Ey! No pasa nada, Anna. Ya está olvidado, de verdad – dijo él, intentando calmarla.

Billy la observó, dándose cuenta que el amor que sentía por ella jamás podría morir, por mucho que lo intentase. La chica seguía ocupando su corazón, a pesar de todo.

- ¿Estás enamorada de él, verdad? – le preguntó, sabiendo ya la respuesta.

Anna asintió con la cabeza, mientras se secaba otra de sus lágrimas.

La chica lo miró, echándose a reír forzadamente.

- ¿Sabes? Fui una idiota. Siempre supe lo que sentía por él, pero quise engañarme a mí misma. Y también lo engañé a él, no se lo dije.

Anna suspiró profundamente, antes de seguir hablando.

- Nunca le dije que le quería porque en el fondo, sabía que jamás se enamoraría de mí. Y no quería alejarle. Me conformaba con momentos aislados en el tiempo, días, noches, todo lo que él pudiese regalarme. Pero nunca pudo darme más que amistad y cariño, Billy, y yo quería amor.

Su voz se apagó durante unos segundos, reuniendo fuerzas de flaqueza para seguir confesándole como se sentía.

El chico posó su mano sobre la de ella en el volante, dándole apoyo, animándola a seguir.

- Yo quería que él me amase, aunque sabía que eso nunca sucedería. Y sentí celos. Sentí celos de ella por como la miraba, por como le sonreía. Y la odié. La odié sin razón alguna, porque ella no tenía la culpa. Ella no tuvo la culpa de que Sam se enamorara de ella y no de mí.

Billy apretó su mano con fuerza, haciéndole ver que para él si era importante.

- Fui yo quién la mandó al Rouge Bar, Billy. Y debo ser yo, quién les ayude a salir de aquí.

La chica posó una mano sobre la de él, agradeciéndole el gesto, y él la separó finalmente. Comprendiendo que jamás podría sacarla de su corazón.

Nada más se dijeron durante el viaje. Anna lo dejó delante de la puerta del Rouge Bar y en cuestión de segundos, Billy se subió al camión, que contrario a lo que habían pensado seguía en perfectas condiciones, y lo arrancó sin perder tiempo.

Cuando volvieron a la jefatura de policía, Anna pagó la fianza y los soltaron tiempo después. Ella se había negado a que Sam le devolviese el dinero de la fianza y él le había dicho que jamás podría olvidar su gesto.

Los chicos vieron finalmente la luz del día, sonriéndose el uno al otro felices de estar libres por fin. Mientras Anna los observaba con tristeza.

Los cuatro se dirigieron al aparcamiento donde Billy había dejado el camión.

El momento de la despedida había llegado.

- Gracias, chico – le dijo Sam, chocándole la mano y abrazándolo, dándole unos toques en su espalda – Te debemos una enorme.

- No. No fui yo. Fue Anna, ella me ayudó – le respondió.

La chica bajó la cabeza, al ver como Sam se dirigía a ella, mientras Mercedes se despedía de Billy con un abrazo.

- Gracias por todo – le dijo Sam, levantándole el rostro y abrazándola con fuerza.

Anna rodeó su cintura, cruzando los brazos, mientras su cabeza reposaba sobre el cuello de Sam. No quería separarse de él. Sabía que esa sería la última vez que volviese a verlo. Sus ojos comenzaron a llorar de nuevo, mojando la camiseta de él.

- Lo siento, Sam. Lo siento de verdad – le dijo al separarse.

Él asintió con la cabeza, mientras le susurraba al oído.

- Nos vamos, Anna. No regresaré en mucho tiempo.

Ella sabía a que se refería. Ambos sabían que el no volvería a verla. Ya no.

Sam agarró su rostro con cariño entre sus dos manos y se acercó a ella, dándole un suave beso en la frente, mientras ella cerraba los ojos tratando de detener su llanto.

El chico la soltó, alejándose de ella y subiéndose con cuidado al camión, donde ya se encontraba Mercedes.

Billy la abrazó por la cintura, pegándola a su pecho, mientras ella comenzaba a llorar sin consuelo.

- Volverá, Anna. No te preocupes – le dijo el chico, secando una de sus lágrimas.

- No lo hará – le respondió la chica, abrazándose a él con fuerza, observando como Sam se alejaba para siempre de su vida.


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