Los rayos del sol se colaron detenidamente a través de los árboles, captando la silueta de una mujer recostada en el áspero tronco. El cabello azabache caía en cascadas ocultando el rostro de la joven y aquellas manos blancas se apretaban en puños lastimeros. Temblaba de miedo, resentimiento.
El uniforme verde marinero era trizas y mugre, cubierto de pequeñas piedras y manchas de barro.
Estaba desfavorable, sucia y humillada.
Levantó la mirada.
Sus ojos marrones habían perdido el brillo característico de su personalidad, estaban vacíos, sin vida. Probablemente porque había llorado más de lo habitual.
Nuevamente las lágrimas se desbordaron de sus impasibles ojos. Había pasado la noche allí, llorando como una magdalena. Contando los minutos y segundos, esperando a que él venga por ella. Pero sus deseos no se hicieron realidad, no cuando ya había amanecido.
Apretó los bordes de su camisa blanca, inquieta, tratando de reprimir otro sollozo.
¿Cómo había llegado allí?
Sonrió entre lágrimas, en verdad era una idiota.
Era una noche especial. Estaban sentados alrededor del calor de la fogata celebrando sus 16 años. Sí, ese día era el cumpleaños de Kagome, quién ahora sonreía gustosa. Las risas y las bromas no eran de más, todos estaban animados.
La azabache sonrió agradecida, sus amigos eran los mejores.
Al pasar los minutos sintió el ambiente tenso, dirigió su mirada hacia adelante, encontrándose con el hanyou.
—Inuyasha, ¿te pasa algo? —preguntó alarmada. Los inquietantes movimientos de éste se dirigían a su atrás, mirando cada vez que podía hacia su espalda.
El cuestionado le devolvió la mirada.
—No, no me pasa nada —respondió hostil y ella sintió un apretón en el pecho.
Si bien era malo para el trato con las personas, está vez sintió el tono de cólera.
"Es mi imaginación" pensó calmándose.
—¡Perro tonto, no le hables así a Kagome! —gritó desde su lado Shippo.
Kagome se tensó al instante.
—¡Ya callate, enano! —advirtió el hanyou, azotándole un golpe en la cabeza. ¡Todo se había salido de control de nuevo!
La azabache torció la boca molesta, sus labios se entreabrieron dispuesta a soltar la mágica palabra.
—¡Abajo! —gritó en reprimenda.
El sonoro golpe no se hizo de esperar, el suelo se agrietó al instante.
Inuyasha levantó la cabeza con furia, clavando la mirada ámbar en su dirección.
—¡Por qué siempre haces esto, Kagome! —Soltó con amargura.—Por qué eres así, deberías ser más como K...—calló de golpe. Su mirada parpadeó turbado.
Kagome sabía lo que iba a decir y se odió en ese instante...
—Yo no soy ella —susurró melancólica, bajando la mirada.—Nunca lo seré... —soltó antes de irse corriendo ante la mirada de todos.
Miroku y Sango se habían quedado callados, en especial Shippo. No oyó más, se alejó como si el lugar le quemase.
Su comportamiento era infantil, ella lo sabía. Había corrido sin importarle su bienestar, rasgándose con ramas y espinas. Cayendo cada dos pasos, no mirando nada por los ríos de lágrimas que surcaban de sus ojos. Era débil y cada vez se repudiaba al pensarlo.
Nunca, nunca sería como Kikyou. Era ella la sombra de ésta, incapaz de defenderse y jamás dependiendo de sí misma.
Su encarnación era poderosa, sabia en todo sentido y ella era lo opuesto. Saliendo sin sus flechas, sin protección alguna. Pero su mente aún le gritaba que Iuyasha iría por ella, que la buscaría y regresarían juntos. Fue tonta, era su culpa haberse perdido.
Bajó la mirada, reprimiendo las lagrimas que amenazaban otra vez desbordarse en sus mejillas. Era un caso total.
—Y estás sola —carraspeó una voz en su delante.
Su cuerpo saltó de pánico hacia atrás, chocando con el roble. Kagome levantó la mirada intentando no asustarse. El traje de mandril delató la turbia identidad de su enemigo. —Naraku —murmuró atónita.
El mencionado mostró una siniestra sonrisa enarcando una ceja. —Valla... Estás... sola —rió con vehemencia.
Horrorizada saltó al costado, alejándose por unos metros. Naraku la miró impasible.
—¡Mi amigos vendrán a derrotarte! ¡Inuyasha te sentirá! —gritó valiente. Las manos le temblaban, el cuerpo le sudaba, Kagome estaba asustada. Tenía que correr.
—¿Crees que él vendrá? —Naraku se acercó dos pasos—, te aseguro que se está divirtiendo con tu encarnación, niña —le afirmó con una voz burlesca.
¿Con Kikyou? ¿Divirtiendo? Kagome no sabía qué pensar, pero el sentimiento dolido hacia que su corazón latiera lentamente, a punto de parar. No quería creer, retrocedió tres pasos.
—La perla, tú muerte —habló despiadado acercándose a ella. Alargó una de sus extensiones a su dirección.
Kagome cayó de espaldas horrorizada. Se lamentaba una y otra vez, debía hacer algo...
"Inútil" susurró su mente, no tenía con qué protegerse. Cerró los ojos llorando, era frágil.
—¿Qué?
Desconcierto, oyó desconcierto en la voz de Naraku.
Levantó la vista.
Una espada se había interpuesto cortando la extensión de un solo golpe.
