Corazón de hielo
Capítulo 02: Perdida
Natalia abrió los ojos con dificultad, con pocas ganas de despertar. Los rayos de sol le daban en los ojos, por lo que la joven se puso el brazo encima de ellos e intentó seguir durmiendo, pero por poco tiempo.
-¿Estás ya despierta?
Al oír una voz que no se correspondía con la de su criada, quien solía ir a despertarla cada mañana a su habitación, la joven Arlovskaya abrió los ojos de golpe, incorporándose rápidamente. ¿Dónde estaba? Había supuesto que en la cama de su casa, y que quizás la noche anterior se le había olvidado cerrar las cortinas. Sin embargo, esa voz le era familiar.
-Ah, eres tú.-murmuró con la boca pastosa al ver a su amigo ya levantado-. ¿Cómo estás? ¿Te puedes mover bien?
-Sí, sí, no te preocupes. Estaba vistiéndome solamente.
-¿Cómo tienes la pierna?-bostezó, bajándose de la litera.
-Pues diría yo que igual...-siseó sentándose en la cama baja.
Natalia se arrodilló y le levantó parte del dobladillo del pantalón para ver cómo iba la herida. Le quitó la venda y lo que vio le hizo fruncir el ceño.
-¿Hay algo grave?-preguntó Toris no sin una leve preocupación en la voz al ver la expresión en la cara de la chica.
-Grave no, pero está feo... Voy a volver a limpiártelo.-decidió Natalia poniéndose en pie y alcanzando el botiquín que había tomado prestado el día anterior.
Toris se mantuvo en silencio, observando a la chica hacer. A pesar de que le escocía bastante, no se quejó.
-Cuando lleguemos a París habrá que buscarte unas muletas.-suspiró Natalia levantándose, poniendo los brazos en jarra.
El chico asintió conforme.
Una vez Natalia se hubo arreglado, pasaron ella y Toris a desayunar al vagón restaurante, donde se conformaron con mucho menos de lo que estaban acostumbrados a desayunar.
-Pensaba que este tren era como cualquier otro, con servicio para la primera clase.
-Este es el vagón de la clase media, por ello es así.-explicó Toris. Estaban sentados en una pequeña mesa, frente a frente, donde más parejas y familias estaban desayunando también.-Anoche todas estas personas se apresuraron a comprar el billete, dándoles igual de cuál era la clase en la que viajaban. Lo importante era salir de la ciudad.
Natalia asintió, observando al resto de la gente. Muchos parecían ser, al igual que ellos, personas importantes de la nobleza que habían salido por patas ante las movilizaciones de la noche anterior.
El resto del desayuno charlaron sobre temas triviales, intentando evitar los temas delicados relacionados con la noche anterior, más por Natalia que por Toris. No quería recordar toda esa locura generada en menos de una hora que había cambiado su vida radicalmente.
Cuando volvieron a su compartimento, Natalia comprobó las heridas faciales de Toris, que estaban cicatrizando ya. Comparadas con la de la pierna, se podía decir que no eran nada.
Eran las cuatro de la tarde más o menos cuando pasaron la frontera de Polonia. Sin embargo, para Natalia el paisaje se seguía viendo igual que el de Rusia. Lleno de bosques.
-Al menos ya hemos salido de Rusia.-dijo Toris con un suspiro. Estaba sentado encima de su cama, mirando por la ventana el paisaje que se desvanecía ante él tan rápido como aparecía. Natalia estaba tumbada en su cama intentando dormirse. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, y sólo quería olvidarse del mundo durante unas horas.
-Oye, Natalia, ¿has visto...?-preguntó Toris incorporándose, llamando la atención de la chica, quien abrió los ojos y clavó su mirada somnolienta en la los ojos de su amigo.
Sin embargo, Natalia nunca supo qué quiso decirle Toris.
El sonido de algo explosionando le llegó a los oídos y en menos de un segundo vio como todo volaba en pedazos. Ella también salió disparada contra algo, golpeándose la cabeza y cayendo inconsciente entre todo ese caos.
Cuando Natalia abrió los ojos, casi todo estaba cubierto por oscuridad. Debía de ser el crepúsculo vespertino. El aire olía a quemado y a sangre, y la superficie sobre la que la joven se encontraba no era para nada cómoda. Se movió un poco y sintió un punzante dolor recorrerle por todo el cuerpo. Gimió de dolor, dándose cuenta de que tenía las extremidades entumecidas, y le costaba moverlas. Poco a poco, consiguió poder mover el brazo izquierdo, el cual se llevó a los ojos, que le picaban.
Desde que se había despertado no había dejado de preguntarse dónde estaba. Lo último que recordaba... había sido estar en el compartimento con Toris, tan tranquila tumbada en su cama, intentando conciliar el sueño.
Hasta las explosiones.
La joven recordó como había salido literalmente volando contra vete tú a saber qué, y había perdido el conocimiento. Se había pegado un golpe fuerte en la cabeza, pero no tenía pinta de haber sido algo grave... o eso pensaba.
Agobiada, comenzó a moverse más hasta que consiguió incorporarse. Pero lo que vio alrededor de ella fue completamente macabro y desolador: El tren en el que había estado viajando hasta esa misma mañana estaba tirado, ahí en medio de lo que parecía ser un bosque, con algunas partes totalmente destrozadas y chamuscadas, aparte de estar rodeada de cuerpos de los demás pasajeros, que seguramente estaban muertos. Entonces le vino Toris a la cabeza, y tuvo un mal presentimiento. Se levantó a duras penas y comenzó a llamar a voces a su amigo. Sin embargo, no recibía respuesta. Cada vez más preocupada, comenzó a correr mientras buscaba entre los cadáveres y heridos el cuerpo de su amigo, hasta que finalmente, consiguió dar con él.
Lo encontró en una postura forzada y antinatural, con el cuerpo lleno de sangre y algunas magulladuras por la cara. Natalia se agachó y comenzó a sacudirle desesperada, exigiéndole una respuesta.
Como por arte de magia, el chico abrió levemente los ojos, clavando la mirada a duras penas en Natalia.
-¿Cómo estás?-preguntó quitándole con suavidad, o al menos intentó en medio de ese ataque de nervios que le estaba dando, las prendas que llevaba puestas encima hasta llegar al pecho desnudo, donde comprobó que había incrustado un objeto filoso. Abrió los ojos desmesuradamente, sabiendo muy bien que nada podía hacer para curar eso perdida en medio de un bosque, y sin recursos.
-Mal...-consiguió articular el muchacho débilmente.
-Oh dios mío esto no puede estar pasando.-se dijo Natalia desesperada-El botiquín está en el tren, podría volver a por él, pero no quiero dejarte solo... Y además no sé dónde puede estar, entre todo ese follón.
-Natalia, déjalo.-pidió tomando a la chica de la muñeca apenas sin fuerza. Ésta le miró a la cara para ver a un pálido Toris sonriente.
-¿C-Cómo que lo deje? ¡No puedo dejar que te desangres!¡No quiero!¡No puedo dejarte morir!-exclamó la chica dejando escapar un sollozo. Sabía que le iba a ser imposible salvarle, pero quería mantener la esperanza. No por ella, sino por Toris. Era demasiado bueno y joven para morir.
-Ni se te ocurra ir allá.-advirtió Toris en un intento de sonar autoritario que no consiguió, pero que la chica cumplió.-Como has dicho, está todo hecho un follón, caos.
-P-Pero...
-Escucha bien, Nat.-siguió el chico con dificultad mientras llevaba una mano a la mejilla de la chica y acariciársela con cariño.-Déjame aquí y corre hacia el sur. Corre hacia Hungría y Suiza, y de ahí ve a París. Si tiras por las zonas menos cercanas al norte estarás segura.
La chica negó con la cabeza, tomando la mano de Toris entre las suyas, apretando los ojos. Varias lágrimas rodaron por sus mejillas hacia abajo, pero ella no se molestó en quitárselas.
-No puedes morirte.-susurró abriendo los ojos. Cada vez se le veía con menos fuerza.-te necesito a mi lado...
-Perdóname, Nat, pero no podré acompañarte hasta Francia.
Natalia soltó otro sollozo, sin querer asumir que eso estaba pasando. Simplemente tenía que ser mentira. Tanta desgracia en menos de veinticuatro horas no podía ser real...
Natalia no supo cuando tiempo estuvo llorando, pero para cuando se calmó Toris ya no respiraba.
Haciendo de tripas corazón Natalia soltó la mano de su amigo y le besó la fría mejilla. Sintiéndose una persona horrible al no poder dar sepultura al que hasta ese momento había sido su mejor amigo y mayor aliado, abandonó el lugar con andares pesados.
Estaba en Polonia, o eso recordaba que habían dicho en el tren. A partir de ese momento, comenzó su infierno personal. Si creía que la "traición" de su hermana había sido lo peor que le había pasado en la vida, era por que no conocía realmente el sufrimiento.
Como Toris le había indicado, fue acercándose a Francia por los caminos del sur, aunque allá por donde pasaba estaba todo devastado. Toda Europa se había arruinado con la guerra, y a Natalia, quien había sido toda su vida una señorita con criados que le hacían todo tipo de cosas, se vio envuelta en asuntos que jamás imaginó que haría como robar para sobrevivir o pasar noches a la completa interperie en pueblos abandonados, incluidos bosques o zonas forestales.
Pasaron dos semanas sin ningún altercado de suma importancia en la vida de la rusa, más allá de ser pillada robando y haber tenido que correr huyendo como si no hubiera mañana, hasta que llegó a una ciudad cercana a Budapest.
Contenta de haber dejado por fin Polonia y Checoslovaquia atrás, Natalia bajó la guardia al llegar a Hungría. Allí las personas parecían estar más devastadas que en otros países a causa de la Gran Guerra, y muchas estaban en su misma situación.
La tarde estaba cayendo, y la oscuridad de la noche iba inundando la localidad.
Natalia se dirigió hacia el centro de la ciudad, donde estaban aún algunos comercios. No le fue muy difícil robar una barra de pan, aunque la tarea se complicó cuando necesitó agua, pero no era nada a lo que no estuviera acostumbrada.
Comió sus recién adquiridos alimentos hasta quedar saciada dentro de una casa de un edificio abandonado, en lo que alguna vez debió de ser el salón.
Una vez hubo terminado, Natalia se dirigió hacia el interior de la vivienda, buscando algún sitio lo suficientemente cómodo como para poder conciliar el sueño y caer en los brazos de Morfeo para poder seguir con su camino al día siguiente. Encontró en la que, supuso, debía de haber sido la habitación de un matrimonio, una cama de grandes dimensiones que no estaba en muy mal estado, por lo que se decidió a pasar ahí la noche. Natalia se sentó en la orilla de la cama, descubriendo que aún quedaba una colcha en ella con que arroparse.
Tras tumbarse no tardó mucho en quedarse dormida. El sueño fue muy confuso, provocándole pesadillas y algún que otro temblor.
Se despertó de madrugada al oír unas voces que venían de cerca... demasiado cerca. Natalia aguzó el oído y distinguió varias voces. Tres, se atrevería a decir. Se fueron acercando hacia ella, y al poco vio aparecer a varias personas en la habitación.
-Vaya, pero mira qué tenemos aquí.-dijo un hombre alto y con pinta de ser fuerte. Los otros dos miraban a Natalia con una mirada que la chica supo interpretar como lujuriosa, sintiendo asco. Se incorporó asustada, alejándose lo más posible de los hombres.
-¿Qué quieren?-preguntó con desconfianza, mirando con miedo al primer hombre que se acercaba hacia ella con andares pesados. Cuando estuvo a un palmo de ella la tomó por los hombros con fuerza y la besó violentamente en los labios.
Natalia gritó y pataleó, pero el hombre la inmovilizó tumbándose encima de ella, dejándola aprisionada entre él y la cama. Le tomó los brazos y se los levantó encima de la cabeza, manteniéndola con menos movilidad.
-Mis colegas y yo solo queremos divertirnos un ratito, chica.-respondió cuando se separó de ella con una sonrisa malévola.
Natalia le escupió sin miramientos en la cara, dándole en los ojos. El hombre dejó de sonreír, sujetando a la chica de los brazos con una sola mano, mientras se limpiaba el gapo con la otra mano.
-Veo que no me estás entendiendo, preciosa.-murmuró gravemente el hombre. Natalia sintió un escalofrío, comenzando a respirar agitada. No sabía cómo se iba a quitar a esos tipos de encima, y estaba claramente en una situación de desventaja.
Entonces, como accionada por un resorte, Natalia levantó la rodilla con fuerza y le dio al hombre de lleno en los genitales. Éste la soltó dejando escapar un chillido de dolor, soltándola. Natalia aprovechó para incorporarse y salir debajo de ese hombre. Sus otros compinches se acercaron hacia él al ver que se quejaba. La chica por su parte sacó del bolsillo de su chaqueta (robada, como casi toda la ropa que llevaba) un puñal que había encontrado en un pueblo abandonado cercano al lugar en donde tuvo el accidente de tren, y apuntó con él a los hombres. Éstos la miraban con fiereza, en especial el que se había llevado el rodillazo.
-Lo vas a pagar, sucia perra-
Pero antes de continuar amenazándola, Natalia se le echó encima y le hundió el arma en el brazo derecho, el que le quedaba más cerca. El hombre volvió a proferir un aullido de dolor, pero esta vez Natalia no se cortó ni un pelo y atacó a los otros dos hombres. Uno de ellos la enfrentó, pero Natalia era más rápida y antes de poderle hacerle daño, la chica le había metido tres certeras puñaladas en los brazos. El otro simplemente se acobardó y salió corriendo por patas del lugar, siendo poco después seguido por sus compañeros, quienes insultaron a la chica, quien se mantuvo con el arma ensangrentada en alto por si a alguno se le ocurría volver a atacarla.
Cuando finalmente se fueron los tres, Natalia se dejó caer al suelo. Las piernas le temblaban, y estuvieron así bastante tiempo hasta que por fin la chica consiguió tranquilizarse. De todas las cosas que podría haber hecho en ese momento, Natalia decidió la más racional, una vez más a sangre fría: No dejaría que ese incidente le afectase en lo más mínimo, sino que a causa de éste se apresuraría por llegar en cuanto antes a la ciudad parisina.
Entonces, tirada en el suelo aún y sin haber soltado el puñal, se dijo que jamás confiaría en un hombre. Nunca más. Todos acababan haciéndole daño, algunos de una forma más física que otros.
Para empezar, siempre había estado su padre. El hombre, más que cumplir el cargo de una figura paterna, había sido una especie de guardián que siempre había estado controlando todos sus movimientos.
Luego estaba Iván, quien no sólo le había roto el corazón de la manera más doliente posible al comprometerse con Yekaterina, sino que también la había tratado a lo largo de todos esos años con una frialdad increíble. Para él, Natalia siempre había sido la hermana pequeña de Yekaterina, quien no era más que una ilusa que pensaba que podía tener la oportunidad de comprometerse con el heredero de los Braginski.
Después tenía a Toris... ese podía decir que había sido el único hombre que la había tratado bien, en todo lo que abarcaba la palabra bien. Siempre fue muy atento con ella, y fue su hombro en el que llorar desde que apenas tenían 5 años, edad que tenía Natalia cuando le conoció.
Y finalmente estaban esos tres hombres que aquella noche la cambiaron por completo. No habían llegado a nada sexual, pero estaba claro que ese era su propósito. De no ser por ese puñal, quién sabe lo que le hubiesen hecho...
Natalia agitó la cabeza, pensando que definitivamente los hombres no le merecían la pena. Le habían causado ya demasiado daño, y no estaba dispuesta a que esto ocurriese de nuevo.
Pasaron casi tres semanas tras ese incidente hasta que Natalia llegó a París, y allí fue donde, curiosamente, la joven se sintió más perdida que nunca. Le habían indicado que fuera a París, y le habían dicho qué ruta seguir. Sin embargo, nadie le había dicho qué hacer ni a dónde ir en una vez en dicha ciudad.
Por primera vez en su vida se vio haciendo uso necesario del francés, idioma que su padre tanto se había empeñado en que aprendiera. Tenía buen nivel, el suficiente como para mantener conversaciones coherentes y saber defenderse. También sabía inglés, pero dudaba que muchas personas allí supieran hablarlo, más allá de los nobles (los que quedaran).
Llegó a la capital de Francia una mañana soleada de principios de marzo, en la que aún hacía frío, a pesar de que la primavera estaba a nada de llegar. Al no tener un lugar en el que hospedarse, Natalia vagó por las calles de la ciudad buscando algo de comer, y como las otras veces en la que ya había hecho eso, le resultó fácil quitarle una barra de pan, que allí conocían como baguettes, a un panadero despistado. No era mucha comida, pero al menos con eso su estómago dejó de rugir.
Siguió vagando una vez que hubo terminado de comer por las calles hasta llegar a las Tullerías. El gran parque cercano al Louvre fue el lugar donde decidió quedarse para pasar la tarde. Estaba demasiado cansada como para seguir andando y no encontrar nada. Se tumbó en un banco a la sombra y el sopor no tardó en venirle. Estuvo tumbada casi unas dos horas en el banco durmiendo, sin preocuparse de nada, ya que el sitio estaba lo bastante concurrido como para que no le pasase nada malo; total, se notaba que no tenía nada de nada, y no iba a ser fácil intentar violarla en medio de tanta gente. Al recordar esto, Natalia tuvo un escalofrío y se incorporó, ya habiendo recuperado unas pocas horas de sueño. Si quería evitar que le pasase otro incidente, tenía que buscar un lugar seguro para pasar la noche.
Buscó y buscó, pero en París la gente no parecía tan mal como en los otros lugares por los que había estado. Hasta los más pobres tenían viviendas en la ciudad. Natalia comenzó a agobiarse. No encontraría nada antes de que anocheciera, y no sabía cómo era la París nocturna. Entonces, una idea surcó su mente y sonrió con malicia. Era algo cruel, y tendría que aprovecharse de la bondad de otros, pero era la única manera para estar resguardada.
Pidió indicaciones y logró llegar al hospital más antiguo de París, el Hôtel-Dieu, situado en la Isla de la Ciudad, al lado de la impresionante Catedral de Notre-Dame. Natalia se hizo algunas heridas a cosa hecha y fingió estar mareada, con ganas de vomitar y sentirse débil.
Entró en el hospital y tardó en ser recibida, a causa de que estaban tratando a heridos de la guerra, concretamente soldados supervivientes de las trincheras.
La hicieron pasar a una sala en la que Natalia fue llevaba hacia una cama donde se tumbó, siendo examinada por una enfermera.
-Esto no es nada grave, chica.-susurró la enfermera al tiempo que limpiaba las heridas de Natalia. Esta se reprendió mentalmente por no haberse hecho los cortes más profundos, con algo cortante, en vez de hacérselos con sus propias uñas.
-P-Pero...aún así me sigo encontrando fatal.-murmuró Natalia, actuando como la perfecta enferma que no era.
-Bueno, ya verás que de aquí a mañana ya te encuentras mejor.-le dijo dulcemente la enfermera, una mujer que debía de estar en la cuarentena, incluso entrando en la cincuentena.
Natalia no respondió nada. ¿Había dado a entender que se podía quedar esa noche allí?
Como esperaba y había deseado, Natalia pasó su primera noche en la capital francesa en el hospital, donde la atendieron y le curaron de paso algunos restos de magulladuras que se había hecho por el camino.
Por primera vez en meses, Natalia pudo dormir toda la noche tranquila, sin temor a tener que despertarse en mitad de la noche para huir de quien sabe qué.
Cuando despertó, a causa de los rayos de sol entrando por las ventanas, Natalia escuchó varias voces femeninas hablando muy quedo. Debían de ser enfermeras.
La rusa aguzó el oído, pillando así parte de la conversación.
-... necesitamos a más gente, pero al parecer Madame Marie no encuentra a nadie más.
-Algo he oído, sí, pero no podemos hacer nada.
-Habrá que conformarse con lo que hay...
-Pero cada día llegan más y más heridos del norte.
-Lo sé, pero no nos podemos multiplicar.
-¿Es que acaso no hay más enfermeras en París?
Natalia prestó aún más atención.
-Haberlas tiene que haber, pero la gran mayoría está dispersada por todo el país.
Necesitaban enfermeras, y Natalia sabía un poco de la profesión. Su sueño siempre había sido ser una, o en su defecto, médica, y esa era su oportunidad.
Recordó entonces todo lo que había aprendido de los libros de Toris, pensando que conocía bastante bien la teoría, siendo la práctica lo único que le faltaba por hacer.
Le dieron el puesto de enfermera tras haber asistido a una operación de un soldado que, afortunadamente, había logrado sobrevivir. Natalia había demostrado tener unas grandes dotes de enfermera al ayudar al médico dándole los instrumentos que necesitaba sin ninguna vacilación, con bastante pulso. Fue llevada al ala norte, donde estaban en cuidados intensivos algunos de los heridos más graves, y generalmente todos los que salían de alguna operación de riesgo.
Madame Marie se ofreció a hospedar a la joven rusa en su casa, a cambio de que ésta se encargara del mantenimiento de la casa. Natalia aceptó casi con lágrimas en los ojos. Comía a diario y tenía un techo seguro bajo el que poder dormir segura. Aquella casa del tercer distrito era bastante acogedora, y los días que no tenía trabajo se quedaba junto a la chimenea leyendo los periódicos para enterarse del panorama internacional. Aunque, cuando se cansaba de todo, simplemente tomaba un libro de los pocos de que la mujer tenía en su estantería, y se los devoraba. Tanto era así que acabó yendo a una biblioteca cercana a sacar libros.
Pronto, Natalia se sintió muy distinta a como había sido durante toda su vida. Podía ejercer la profesión que siempre había deseado, sin ningún impedimento por parte de nadie, y con un lugar al que ir acabada su jornada.
La joven rusa tenía que tratar con todo tipo de enfermos, desde los leves que tenían alguna que otra herida fea, nada que Natalia no pudiera curar, hasta otros cuya gravedad era tal que a veces estaban en el filo entre la vida y la muerte. La gran mayoría no solía darle conversación, y los que se la daban normalmente le contaban historias sobrecogedoras en las que, a veces, veían morir a un familiar o amigo. A Natalia esas historias le llegaban al corazón de manera muy hiriente, pero la chica no decía nada.
Y entonces, una mañana a principios de abril, llegó una persona que cambiaría la vida de Natalia para siempre.
