1

Regalo de cumpleaños

No era la primera vez que tomaba esa dirección deliberadamente, Alexandra caminaba deprisa por la estrecha calle peatonal dando rápidas zancadas y girando la cabeza para comprobar que sus padres todavía la seguían.

Por fin llegó a su destino, un escaparate lleno de móviles. Espero nerviosa a que su madre llegara para abordarla.

—Mira, ese es el que yo quiero— señalaba con excitación a un móvil del escaparate central.

La madre observó con cara de resignación el aparato (por quinta vez esa semana).

—Ya lo sabemos vida

—Es un iPhone

—Lo sé, es igual que el mío— respondió su padre medio divertido, medio aburrido.

—Ya, pero ese es blanco.

—Uy, si no me había dado cuenta—ironizó la madre.

Toda la familia volvió a reanudar la marcha, Alexandra seguía enumerando las cualidades y aplicaciones del teléfono como si hiciera un anuncio para la teletienda.

—Ya te lo he dicho muchas veces, eres muy pequeña para tener un móvil, todavía no lo necesitas— explicó cansinamente su padre.

—Pero todos los niños de mi clase lo tienen, y seguro que en el nuevo instituto lo van a tener todos. Yo creo que deberíais comprármelo como regalo de cumpleaños.

La señora Robinson miró a su hija, que estaba parada en medio de la calle con cara de protesta, tenía el pelo corto que le llegaba por encima de los hombros recogido con dos horquillas, no era demasiado alta para su edad y vestía comúnmente con vaqueros y camiseta. Pero el rasgo que más destacaba de su hija eran esos ojos grises, que parecían refulgir cuando la pequeña se proponía algo, como en ese caso.

—No quiero volver a escucharte hablar de teléfonos en lo que queda de camino— el tono de su padre era cortante y Alexandra prefirió dejar el tema, pero en su cabeza ya estaba planeando un montón de estratagemas para conseguir el dichoso móvil.

0—0

Ese día se levantó temprano por la mañana. Después de mucho insistir su madre le había dado permiso para ir a la piscina con sus amigas. Irían y volverían en autobús. Pero Alexandra sabía que esa no era solo una oportunidad para disfrutar con sus amigas, era el momento ideal para poner en marcha su plan de conseguir un móvil.

Después de haber estado saltando desde el trampolín, echando carreras con sus amigas, y manteniendo la respiración debajo del agua, la pequeña Alexandra salió del recinto deportivo cansada y feliz. Se despidió de sus amigas y cogió el autobús que pasaba puntualmente cada media hora, una vez en su calle se dedicó a dar largos paseos haciendo tiempo para llegar tarde a casa.

Media hora después (tras haber comprobado el reloj decenas de veces, pues el aburrimiento comenzaba a hacer mella) sonrió con satisfacción. Ya era suficiente, su madre estaría tan preocupada que no dudaría en comprarle un móvil para poder localizarla.

Subió las escaleras de dos en dos y llegó al primer piso, metió la llave en el ojo de la cerradura y enseguida oyó la voz de su madre.

—Alexandra ¿eres tú?

—Sí mamá

El tono de su madre cambió rápidamente del alivio a un enfado notable:

—Puede saberse que horas son estas de llegar, me tenías preocupada.

Alexandra se felicitó a sí misma para sus adentros y comenzó su magnífica actuación, digna de un Premio de la Academia.

—Se nos hizo tarde en el vestuario y perdí el "bus"

—Pues podías haberme avisado

Genial, todo estaba saliendo a pedir de boca, fingió indignación y tristeza a la vez:

— ¿Cómo, si no tengo móvil?

Pero a su madre no le valía esa justificación:

—Otras veces me has llamado desde el teléfono de Kate, así que no me pongas excusas.

—Es que Kate no tenía saldo— se apresuró a mentir.

Su madre la observó de arriba abajo evaluando la expresión de su cara, al fin decidió que todo estaba en orden porque se marchó a la cocina a hacer la comida dando un expresivo bufido.

Alexandra se dirigió a su habitación, aunque no sonreía estaba llena de júbilo y en su cabeza ya se veía a ella misma tirada en su cama hablando por WhatsApp con Kate, Sally y Peter.

0—0

Aunque estaba segura de que su madre ya se tomaba más en serio su objetivo de que le compraran un móvil, Alexandra decidió asegurarse del todo, y para ello estableció un plan maestro con su mejor amiga Kate.

Las dos eran inseparables desde pequeñas, se habían conocido con tres años en el colegio y habían estado juntas desde entonces. Ahora que acababan de terminar el colegio primario, iban a estudiar juntas en el William Shakespeare High School, y lo mejor de todo era que su prima Sally se iba a mudar a Londres ese año, e iría al mismo instituto.

—Mamá he quedado con Kate en el parque de en frente.

—Está bien, pero no llegues muy tarde.

—Vale.

Sonrió maliciosamente, dentro de 10 minutos su madre recibiría una "interesante" llamada.

Abrió la puerta del portal y cruzó la calle por el paso de peatones para internarse en un enorme parque lleno de árboles, avanzó por el camino de piedrecitas y se sentó en un banco apartado, bastante difícil de divisar a simple vista.

Bostezó y espero, alabándose a sí misma por sus geniales ideas y su capacidad para salirse con la suya.

Ya estaba bastante aburrida, jugando a contar las palomas que veía, cuando apareció su madre con cara cansada y gesto de preocupación.

—Me acaba de llamar Kate, se ha torcido el tobillo y no va a poder venir al parque.

Alexandra fingió sorpresa y preguntó:

— ¿Pero está bien, no? ¿No lo tiene roto ni nada, verdad?

—No, cree que es el golpe, pero si no le pasa pronto la madre la llevara al médico. Vamos a casa.

Las dos volvieron a atravesar el parque en dirección a su vivienda, y entonces Alexandra paso a la acción:

—Ves mamá, si tuviera un móvil no me pasarían estas cosas, Kate me habría avisado a mí, yo ya estaría en casa y tú no tendrías que haber salido a buscarme.

—Si no te pusieras en el sitio más raro del parque yo no hubiera tardado tanto en encontrarte— le contestó su madre recriminándola. Pero algo en la expresión de su cara hizo comprender a la pequeña manipuladora que ya había cumplido su objetivo, dentro de 5 días en su cumpleaños, estaba segura que desenvolvería un magnífico iPhone.

Tenía muchas ganas de contárselo a Kate, menos mal que ella siempre estaba allí para ayudarla con sus planes. Y mirando al frente sus ojos grises volvieron a brillar con esa extraña determinación.