Las horas como la vida misma en aquel entonces eran relativas, el tiempo era; lo que muchos consideraban, la oportunidad de despertar cada día burlando las terribles garras de la muerte. Aquella mañana se escuchaban un par de aves trinar alrededor de los árboles provocándole un leve fruncir de cejas. No quería despertar, de su cuenta continuaría dormido hasta no saber de si mismo o en el mas piadoso de los casos… Morir.

Sintió una ligera sacudida en sus hombros, también un rugido quejumbroso a su costado. Dan se encontraba totalmente alerta tratando de hacerlo levantar de la cama. Con movimientos perezosos logró espabilarse estirando sus brazos, sus ojos adormilados miraban con dificultad la guadaña recostada sobre el librero esperándolo para un día mas de ardua labor. Otro día para preguntarse si habría otro después para contarlo.

Se colocó debidamente sus zapatos estirándose los pliegues de la camisa sonriendo a su acompañante como cada mañana, no obstante aquel se encontraba inquieto caminando de manera torpe alrededor de la habitación intentando decir algo importante. Pudo acercarse a el abrazando su cuerpo por detrás posicionando con suavidad la barbilla en su hombro. Acarició sus brazos con demasiada ternura, besaba su helada mejilla como amuleto para ese nuevo amanecer como lo hacía todos los días. Pasó sus dedos mugrientos por la cabellera rubio cenizo de aquel quien consideraba su caballero andante.

-Tranquilo Dan—Susurraba. –Tranquilo, estoy aquí contigo.

Pareciera que esas palabras surtían efecto poco a poco, pues el rubio comenzó a relajar su cuerpo un poco emitiendo un pequeño gruñido. Mientras tanto pudo divisar por la ventanilla una congregación considerable de caminantes. Todos ellos con la mirada perdida y confundida volteaban torpemente a los rincones de la vivienda. Muchos de los supervivientes consideraban a los hambrientos con un alto grado de estupidez, sin embargo su resistencia al cansancio y perseverancia en la búsqueda era lo que en verdad los colocaba como enemigos potenciales.

-Mierda—Comenzó a alarmarse cargándose la mochila y empuñando con fuerza la guadaña.

Para su fortuna la ventana no permitiría dejarlos entrar pues era lo mas parecido a una ventila rectangular donde un gato difícilmente lo haría. No obstante tenían que buscar una salida ya que seguramente la principal estaría bloqueada. La única manera de poder salir sería subiendo hasta el ático.

-Maldita sea, debieron llegar durante la noche—Decía tan despacio como podía. Arió por fin la puerta para darse cuenta del intenso ruido que ocasionaban aquel conjunto golpeándola con algo de fuerza.

No resistiría por mucho si llegaban a congregarse más a ese punto.

La única opción era subir las escaleras y tratar de encontrar otra salida por el techo; no obstante aquel vecindario carecía de casas comunicadas entre si para poder cruzar con facilidad. Aquello se estaba convirtiendo en una situación alarmante y precaria.

Un hormigueo leve comenzaba a recorrer su espina dorsal cuando al paso de los segundos una serie de hambrientos llegaban acompañados de otros. Nunca se detuvo a entender la forma en que quizá ellos podrían comunicarse, bien la naturaleza misma les propiciaba incluso a ellos algunas técnicas como la utilizada por las abejas u hormigas, pero sencillamente no desperdiciaría el tiempo para comenzar una investigación.

Dan volteaba de un lado a otro también comprobando lo acorralados que estaban, todos los accesos principales como las puertas, las ventanas se obstruían por una cantidad en aumento de manos mugrientas, ensangrentadas, huesudas y descarnadas, una serie de gruñidos emanando de sedientas y hambrientas gargantas ansiaban por romper aquellos cristales para darse un festín que a final de cuentas no les saciaría por completo.

La única salida era subir al tejado y esperar a encontrar un distractor infalible para despistarlos.

-¿Listo Dan?- Preguntaba él escuchando un leve sonido por parte de su compañero en señal de acuerdo.

-Sería peligroso para ti subir- Suspiraba. -Debes salir con cuidado, pero por favor no rompas nada o te cortarás.- Sugería mirándolo. -No tengo suplementos para quitar la infección.

Aquel joven concluía tomando la guadaña con ambas manos en posición de combate, sabía de igual manera que enfrentarlos directamente era lo equivalente a una misión suicida, así que miró por las escaleras para darse cuenta que debía haber un acceso al tejado o al ático. Cualquiera de estas opciones sería totalmente válida y la tomaría sin chistar.

En aquel instante Dan miraba a la puerta principal acatando la orden de su compañero, movió sus nudillos un poco caminando con lentitud hasta ese objetivo donde el sonido gutural de los hambrientos aumentaba más y más a cada segundo. Una serie de brazos amontonadas trataban imperiosamente de derribar el acceso no importando si aplastaba a uno de los suyos, a final de cuentas… Muertos ya estaban.

Mientras tanto el otro joven subía las escaleras con sumo cuidado para observar de nuevo las habitaciones cerradas, miraba constantemente al techo para encontrar alguna cuerda de la cual tirar para encontrar una escalerilla y subir sin problemas; de no haberla tendría que tomar la opción de dirigirse a otra de las habitaciones esperando una razonable cornisa para sostenerse en pie.

Tenía que actuar con rapidez o de lo contrario los demás hambrientos entrarían como una horda de salvajes para olisqueando para rastrear el origen de aquel aroma a sangre y carne fresca. Tenía por bien sentado que Dan no sufriría daños, al menos no a manos de hambrientos.

Dan Clark… era uno de ellos.

-Piensa Kyle, Piensa…-Miraba a ambos lados otra vez tratando de elegir la puerta adecuada, no había tiempo de colocar su oreja en la madera para detectar algún sonido; y en caso de haberlo era imposible separarlo del resto de gruñidos que esperaban afuera de la casa.

Tomó el crucifijo de plata que portaba por debajo de su camisa, besaba el frío metal como si de un amuleto de buena suerte se tratara, cerró sus ojos por un momento para darse valor y al cabo de un par de segundos volvía a abrirlos para concentrarse en el picaporte. Lo giró con lentitud observando que se encontraba en lo que debía ser el estudio, había una larga mesa inclinada con una lamparilla sostenida en la parte superior, algunas reglas y un par de grandes escuadras de aluminio todavía colocadas sobre ella. Quien dormía en aquel sitio debía dedicarse a la Arquitectura antes de todo el brote. Sostenía la guadaña con ambas manos con sus cinco sentidos en alerta mirando a uno, a otro, y a otro lado de la habitación esperando no hubiera sorpresas.

En aquel instante pudo distinguir que el sonido de los hambrientos iba en aumento, pues seguramente Dan había hecho lo que le correspondía saliendo por la puerta principal, mientras tanto ahora la casa se infestaba poco a poco. El sonido de los torpes pies intentaban subir las escaleras para poder encontrarlo, la madera crujía, la casa temblaba solo un poco a causa de la aglomeración de aquellos seres que seguramente se congregaba creando un cuello de botella. Al menos eso los detendría un poco.

Colocaba el seguro en la puerta, aunque aquella acción solo le daría algunos minutos de tiempo para encontrar alguna salida o el acceso al ático. Afortunadamente logró divisar un cordón blanco unido al techo. Tiró de él encontrándose con una escalerilla sonriendo aliviado, pues antes de entrar a registrar la casa pudo notar que la ventanilla redonda daba acceso al tejado.

Sin pensarlo una segunda vez tiró del cordón para después pisar el primer peldaño, tan solo deseaba llegar a la ventana ovalada para escapar por el tejado y encontrarse con Dan en otro sitio. Si lograba contener a los caminantes en aquella casa, difícilmente podrían darles caza si se amontonaban como en las escaleras principales.

Había poca iluminación en aquel escueto y frío lugar cubierto de algunas espesas telarañas, no comprendía el motivo por el que las personas olvidaban dar cierto orden a sus tejados para evitar cierto tipo de plagas; aunque ahora la aparición de algunas cucarachas, ciempiés o arañas serían el menor de sus problemas.

Limitado ante la falta de luz se vió obligado a conducirse en cuclillas hasta el siguiente punto, aquel lugarcito era más estrecho de lo esperado, con la guadaña sostenida con la mano derecha se arrastraba lo más que podía en espera de encontrar la dichosa ventana, no obstante la cantidad de cajas amontonadas difícilmente podían mostrarle el camino a ella. Respiró el aire apolillado del ático obligándose a continuar o de lo contrario quedaría atrapado en ese lugar en espera de que en verdad una araña venenosa terminase con su vida.

Escuchaba los golpes que los hambrientos seguramente le daban a la puerta tratando de derribarla, ya lo habían detectado y solo era cuestión de minutos para que uno a uno se agruparan en la habitación buscándolo con torpeza. Mientras tanto se arrastraba lentamente topándose con una enorme caja que le impedía continuar su marcha.

-¡Mierda!- Ahora debía tomar otra decisión a contrarreloj, sostenía la caja por los dos lados esperando moverlo con su fuerza, sin embargo aquella misma estaba algo pesada y en la posición que se encontraba no aplicaría el apoyo que se necesitaba. -¡Rayos!

No había alternativa, tan solo faltaba un poco de espacio para que pudiera caber libremente y permitirle el paso. Tomó su guadaña con ambas manos comenzando a golpear la caja de madera con suma fuerza, una, dos, tres estocadas deseando que se hiciera añicos lo antes posible; quizá si se tratara de cartón podría ser mucho más fácil y silencioso, no obstante era lo que había, por ende el sonido del metal contra el rústico contenedor comenzaba a llamar la atención de los hembrientos.

Dan estaba del otro lado de la casa esperando a su compañero, sus ojos grisáceos su fijaban en la ventana ovalada por la que seguramente saldría, así que se dirigió lo más rápido que podía a su encuentro para auxiliarlo en caso de ser necesario. Tan sólo podía escuchar los golpes a una caja, aquel sonido debía provenir del ático.

-K… K…- Intentaba decir aquel hombre apretando levemente sus nudillos, pues deseaba gritar, advertirle que parara de hacerlo, sin embargo era tarde, la congregación de hambrientos ya no se encontraba en la entrada sino en el interior de la casa.

Por otro lado el joven de cabello negro tenía todavía problemas derribando la caja, había podido romperla un poco, pero al mismo tiempo escuchaba el sonido gutural de aquellos caníbales a tan solo unos cuantos pies de altura. Esperaba que la madera no se quebrara y terminara hundiéndose para servirse como un cerdo en una charola de plata a ellos. Continuaba golpeando, golpeando, destruyendo, desbastando, sus ojos estaban concentrados en aquel objeto con la única finalidad de destruirlo. Mientras tanto los muertos vivientes jadeaban, arañaban las paredes, buscaban a toda costa el manjar que devorarían esa mañana.

-Ya casi, ya casi- Poco a poco la caja perdía fuerza provocando en él una sonrisa, pero algo inesperado había pasado.

Escuchó de golpe la escalerilla venirse abajo.

-¡Mierda!- Se dijo a sí mismo para golpear después de manera desesperada.

El sonido del metal se hacía cada vez más progresivo, más penetrante, más urgente. Aquel joven de cabello negro fijaba su mirada en la caja, pudo escuchar la forma en que torpemente peleaban aquellos caníbales por ser quienes se adentraran al ático. Tan solo volvía a concentrarse en hacerla pedazos.

Unos comenzaron a subir incluso apoyados por otros recién llegados como si se tratara de una colonia de hormigas, mientras tanto aquel joven luchaba por destruir esa pesada caja y reunirse con Dan quien seguramente estaría preocupado. Por otro lado el sonido gutural de los hambrientos ahora se hacía cada vez mas presente en el ático, no deseaba mirar, no quería darse cuenta que estaba en serios aprietos y que probablemente sería mordido por más de alguno hasta convertirse en uno de ellos.

No quería pensar, no deseaba hacerlo, tan solo su mirada se fijaría en aquella caja para pulverizarla.

-Dan… no, no te dejaré solo, no te dejaré solo- Suspiraba.

Uno a uno, los hambrientos comenzaban a trepar el ático reptando como pudieran para llegar al objetivo que a cada segundo se hacía más latente, más fresco. El joven volvía a abrir los ojos apretando sus dientes con furia, con determinación colocándose una absoluta y contundente idea en la cabeza. Sobreviviría y no moriría en ese ático.

-Habrá un momento en el que no tenga escapatoria y me rinda a los brazos de la muerte- Hacía una pausa empuñando con fuerza la guadaña. - Habrá un momento en que no tenga opción y quizá por misericordia alguien me pegue un tiro en la cabeza- Respiraba profundo escuchando el jadeo de uno de los hambrientos aproximarse.

-Habrá un momento en el que quiera rendirme… Pero ese dia… ¡No es hoy!-

Por fin abrió los ojos impulsando con toda fuerza la guadaña hacia atrás provocando que la estaca puntiaguda atravesara completamente el cráneo de uno de los hambrientos que estaba a punto de morderlo. Aquel sonido era lo más parecido a un insecto siendo abruptamente aplastado, pudo escuchar la sangre; que aunque coagulada, salía por el gran orificio que le había creado.

Con los pies pudo apartar el cuerpo de aquel asqueroso caníbal para darle unos segundos de ventaja, comenzaba a reptar apartando los restos de la caja a otro lado abriéndose paso. Se arrastraba como nunca, el sonido del metal de la guadaña atraía más a los hambrientos pero se detenían a causa del cadáver del que el joven había dejado.

-Ese día no es hoy… ese día no es hoy… ese día no es hoy…

Se decía a sí mismo impulsando sus brazos y piernas en busca de la dichosa ventana ovalada, y al paso de unos segundos se desesperaba al no encontrar ningún indicio.

-¿Donde está maldita sea?

Se preguntaba deteniéndose un poco sintiendo a la vez su garganta rasposa, árida, auquel rejuego lo estaba deshidratando un poco contando con que había reducido su consumo de agua al mínimo. Sin embargo cuando todo lo creía perdido el sonido de una roca contra un cristal llamó su atención.

-Dan…

Aquel acompañante le estaba llamando desesperado, pero le había mostrado el lugar donde la ventana ovalada se localizaba, y ese sitio estaba cubierto por una caja. Con toda la prisa se arrastro a ella sintiéndose afortunado que la misma fuera de cartón, la tomó con ambas manos haciéndola a un lado para que no le estorbara.

Y ahi estaba la dichosa ventana.

-Gracias Dan… .- Pasó saliva con dificultad, no obstante le era imposible cantar victoria con todos los hambrientos abriéndose paso hasta llegar a su encuentro.

El tan aclamado acceso no era muy grande, pero era razonablemente cruzable, así que sin dudarlo otro poco comenzó a hacer añicos los cristales junto a la madera dejando a los pocos segundos tan solo la circunferencia ovalada.

-Disfruten el ático hijos de puta-

Estaba a punto de salir cuando alguien lograba abrise paso por la caja de cartón, en aquel instante estaba casi al borde de perder el equilibrio pudiendo contener al hambriento con la guadaña. Pudo observar los mugrientos y aceitosos dientes escurriendo quizá un sinnumero de infecciones, parásitos y demás cosas bacterianas. Se trataba de una niña que antes de ser mordida tendría unos doce años.

Si aquel joven hubiese tenido una hermana menor seguramente se parecería a ella, no obstante la negrura en sus ojos, la brea que emanaba de su boca putrefacta quitaban abruptamente esa imagen de su cabeza.

Sostenía su arma con fuerza compitiendo con la de aquella niña quien entre jadeos y rugidos ansiaba un suculento bocado aunque fuese de su brazo. Mientras tanto los demás hambrientos trataban de abrise paso ante la obstrucción de su compañero finado, poco a poco reptaban por encima suyo fijando el objetivo.

-Para ser una niña… tienes la fuerza de un jodido toro- Forcejeaba el joven maniobrando con la destreza que ese espacio reducido le podía permitir, no obstante aquella mujercita no mostraba rendición alguna. Si algo sabía él sobre los hambrientos era precisamente su constancia.

-No tengo tiempo para tí, y tampoco para ellos… además… un colega mío indicó que puedo tener el colesterol alto- Curvaba media sonrisa recordando su vida antes del brote.

No había tiempo para continuar la lucha, si no hacía algo en aquel instante sería una comida fácil para los caníbales. Fijó su mirada en la ventana ovalada, no habia logrado llegar hasta ese punto par terminar siento la cena de aquellos infames, por lo que con toda la fuerza colocaba a la niña contra el espacio circular logrando sacar su cabeza.

-Bien, creo que tu vendrás conmigo- Afirmaba tomando la guadaña con fuerza deslizando poco a poco la hoja en dirección a su pequeño cuello.

-¿Preparada para el impacto?

La niña solamente continuaba rugiendo.

-Eso es un sí. -

Sin prepararse, sin pensar si quiera en tener una excelente caída impulsó su propio cuerpo apoyado con sus pies rompiendo parte de la pared de madera. No sintió el tiempo, el espacio, incluso dudaba si continuaría con vida después del impacto contra el suelo, solamente deseaba salir de ese lugar infestado a como diera lugar. Por lo menos estaba seguro de una cosa, no sería presa facil para esos hambrientos.

No se atrevió a cerrar los ojos, quizá la adrenalina y el coraje no se lo permitieron, pero se concentró en el rostro de la niña que caía junto a él para darse valor. Si bien moría por la caída al romperse todos los huesos esperaba que fuese rápido y se quebrara el cuello para no volverse uno de ellos.

Uno, dos, tres segundo pasaron cuando Dan; quien estaba a unos metros de distancia observaba algo aterrado un par de cuerpos caer al suelo. El golpe fue amortiguado por el pasto y el musgo, no obstante aquello no aseguraría que alguno de los dos se pusiera en pie una vez tocando tierra. De manera torpe aunque presurosa se dirigía a verificar los daños. Rugía, sin embargo aquel no era un sonido como el de los otros clamando por un cuerpo fresco, era lo más parecido a un lamento, como aquellos cachorros que sienten algo terrible.

Cayó de bruces con torpeza, sus manos tocaban a su acompañante haciendo sonidos guturales en pausas, aquel sonido se enfatizaba al finalizar como si intentara formular una pregunta. Probablemente intentaba preguntar si estaba bien; no obstante el otro joven no respondía con rapidez, asi que Dan lo tomaba de los hombros sacudiéndolo como podía de forma tan brusca y urgente.

Aún en su condición pudo sentir terror, un verdadero y profundo temor de perder a su compañero de andanzas.

-K… K…- Intentaba articular Dan sintiendo los labios temblorosos, pues en verdad estaba asustado.

Al pasar unos segundos el otro joven sintió a primera instancias sus manos aferrándose a la guadaña, había caído encima de aquella niña utilizando su arma como una especie de freno. Abría con lentitud los ojos, sus párpados cada vez le brindaban claridad pudiendo observar que la hoja de la guadaña había hecho su trabajo. La cabeza de la mujercita estaba separada de su cuerpo, la había decapitado.

-Dan… perdoname, no debi preocuparte así. - Poco a poco intentaba moverse tratando de no hacerlo de manera brusca. No deseaba comprobar que alguno de sus huesos se había fracturado por la caída, sin embargo no había tiempo para descansar unos minutos, los hambrientos se darían cuenta que su desayuno se les había caído del plato y no dudarían en volverse a congregar hasta perseguirlo.

-Debemos irnos- Por fin volteaba con su compañero. -Tenemos que buscar suplementos y algo para que te alimentes - Poco a poco lograba incorporarse observando que debía limpiar la guadaña en cuanto tuviera oportunidad, pues detestaba tenerla sucia. -Necesitamos recolectar y clasificar.

Aquel rubio cenizo pudo esbozar una complicada sonrisa emitiendo un rugido lento, despacio, como si haber visto a su compañero de pie le diera ánimos. Mientras tanto el otro joven de cabello negro se acuclillaba a su altura observandolo con una sonrisa, tomaba su rostro pálido con ambas manos observando sus ojos enrojecidos.

-No quería asustarte Dan, además sabes que no te dejaría solo. -Cerraba sus ojos colocando sus cálidos labios sobre la helada y árida frente del rubio. -Sabes que te amo más que a mi propia vida.

Sin pensarlo otro minuto, otro segundo, un necesitado Daniel Clark tomaba el cuerpo de su acompañante por los hombros hasta pegarlo a su propio cuerpo. Mientras tanto aquella accion hizo sonreír al pelinegro quien solo emitía una leve risita.

-En otras circunstancias… haríamos el amor aqui mismo, pero no puedo hacerlo con todos estos hambrientos observando- Hacía una pausa sintiendo una indescriptible tranquilidad al ser abrazado por quien era considerado su ángel guardián. - Tienes un cuerpo que logra mojarme y ponerme duro, asi que no dudaría en comerte.

Separandose poco a poco ayudaba al rubio a levantarse, sacudía sus rodillas alisando después su camisa observando la casa. Podía distinguir todavía los gruñidos de aquellos hambrientos que habían quedado atrapados como si se tratara de una lata de sardinas, a decir verdad no imaginó salir con vida de aquella situación tan "Apretada"

-Hora de irnos- "K" le indicaba a Dan con suavidad. -El sonido puede atraer más.

Decidieron emprender de nuevo la marcha esta vez asegurándose de no hacerlo por la carretera principal, pues por aquel lado serían más detectables por los hambrientos. Si lograban camuflarse con el bosque tendrían tiempo de utilizar aquellas raíces salidas, ramas y obstáculos en su propio beneficio, aunque a estas alturas también podrían encontrarse trampas sorpresivas colocadas por carroñeros; aquellos que todavía eran humanos y que harían lo necesario para sobrevivir… Incluso matar a otros vivos para quedarse con sus suplementos.

La lucha por la supervivencia no solo la llevaban los caníbales, sino los pocos que lograron conservar la vida hasta ese momento.

Caminaron por horas, de vez en cuando se detenían para tomar un sorbo de agua y aunque Dan no la necesitaba, su compañero no dudaba en mojarle los labios para mantenerlo en marcha, así mismo lo obligaba a beber para hidratarse. La mochila comenzaba a sentirse pesada, la guadaña se encontraba en su costado y al mismo tiempo del andar observaba cada una de las plantas esperando identificar las que más pudieran servirle.

-Corteza de abedul- Miraba un arbol cercano empuñando una navaja dentada que sacaba para esas ocasiones. Aquella misma no la utilizaba como arma ya que podía impregnarse de infecciones. - Una… planta de Marihuana o amapolas no me vendrían nada mal- Indicaba mientras perforaba la dura madera para extraer la corteza que necesitaba.

Aquel joven y su acompañante no solo saqueaban alimentos, sino que aprovechaban lo que la naturaleza misma les proporcionaba. En su anterior vida el pelinegro era un experto en identificar plantas, conocerlas por su textura, su forma e incluso por el color de las mismas; pues en la universidad había tenido una especialización en herbolaria nacional y extranjera misma de la cual había hecho su tesis para graduarse en la carrera más importante para esos tiempos… La medicina.

-K… ¡K..! - El pelinegro escuchaba a su compañero emitir un sonido, así que dejó lo que estaba haciendo para prestarle la atención debida.

Al acercarse lo suficiente pudo notar una serie de frutillas esparcidas en el suelo además de algunas que aún eran sostenidas por un arbusto.

-¿Belladonas en este lugar?- Se sorprendía sobremanera abriendo los ojos, se colocaba en cuclillas para tomar unas cuantas con ayuda de la navaja. -Para conservarlas tendré que usar vinagre, me queda muy poco y espero que en alguna casa podamos encontrar. - Cortaba la más que podía colocandolas debidamente en una bolsita.

Aquella planta se le consideraba altamente tóxica, sin embargo "K" sabía que también tenía otro uso peculiar además de un eficaz mecanismo de defensa contra herbívoros, así que no dudaba en tomar algunas para utilizarlas en caso de ser necesario. - Estas plantas son tan raras como las cerezas negras. -Finalizaba.

Cuando por fin pudo obtener lo necesario continuaron su camino hasta Alaska, aunque no se encontraban lo razonablemente cerca debían emprender marcha para acortar lo más posible los días. El único consuelo de aquel joven pelinegro era que durante el viaje bien podía encontrar otro tipo de plantas, y si bien le iba en la recolección quizá también pudiera extraer algo de veneno de abeja y serpiente.

Caminaron alrededor de una hora sobre los bosques, de vez en cuando se encontraban a un hambriento fácil de lidiar prefiriendo rodearlo para no sostener una batalla o llamar la atención. No quería desgastar sus fuerzas inútilmente, pues en caso de necesitarlas tendría que usarlas cuando hordas los amenazaran, o incluso si algún carroñero deseaba robarlos.

El bosque comenzaba a mostrar algunas viviendas pequeñas, mismas que habían sido saqueadas por otras personas. Entrar a esas casas sería lo equivalente a perder más tiempo del necesario, así que sin pensarlo dos veces prefirieron continuar su marcha hasta que por fin un edificio se levantaba poco a poco ante su vista. El inicio de una ciudad llena de hambrientos estaría esperándolos, y sin un mapa difícilmente podrían rodearla. El camino más corto hacia el otro extremo de la interestatal era pasando la ciudad.

-Bienvenidos… a una sucursal más del infierno. -Se repetía a sí mismo mientras que Dan tan solo emitía un leve gruñido.

Con toda la resignación decidieron adentrarse a esa selva llena de asfalto, "K" sostenía su guadaña listo para usarla en caso de ser necesario, ahora todo dependería de la suerte misma y de no toparse con una horda completa de hambrientos.

De repente sintió la mano de Dan tomar su muñeca, y con ceño fruncido le prestaba atención para verificar lo que deseaba.

-Dan… No hay tiempo para juegos, es mejor mantenernos lejos de la luz del sol para no ser interceptados. -Indicaba el pelinegro; sin embargo Dan se mostraba estático emitiendo un sonido gutural un tanto distintos a los que le conocía. -Dan, en serio, no tenemos tiempo para juegos.

Aquel rubio cenizo dirigía su mirada al lado izquierdo conduciendo con dificultad su mano señalando a ese mismo punto con el dedo índice, como si algo en aquel sitio fuera importante y requiriera toda la atención, algo especial que deseaba pregonarlo pero desafortunadamente sus cuerdas vucales estaban atrofiadas para hacerlo.

-Dan, sea lo que sea no hay tiempo.

El rubio cenizo no se movía, tan solo lo escuchaba gruñir y sin decir nada más se conducía con torpeza a ese lugar que parecía estarlo llamando. El pelinegro al ver que se apresuraba hacía lo mismo para seguirlo esperando no fuese una emboscada o una trampa creada por los carroñeros de esa ciudad. Durante su andar por los bosques, las ciudades y todos los sitios donde hubiera personas vivas también existía un patriarcado, líderes o cabecillas de grupos que incitaban a los más débiles a comerse unos a otros si era preciso.

-¡Dan ven acá!- No deseaba gritar, sin embargo susurraba lo bastante y razonablemente fuerte para que su compañero lo escuchara; no obstante aquel rubio hizo caso omiso a su petición continuando con su torpe caminata hasta ese sitio donde consideraba debía estar.

Accediendo a ese nuevo arrebato por parte de su compañero desistió de hacerle entrar en razón decidiendo seguirlo para evitar que fuera a lastimarse o incluso a perderse. Caminaba detrás suyo con la guadaña sostenida por el mango y con la otra la culata de una pistola que llevaba para casos de emergencia; si bien no la utilizaba continuamente, le servía para protegerse de los carroñeros y ladrones. Agradecía no verse en la necesidad de gastar munición inútilmente.

Dan continuaba la marcha como si en verdad algo muy importante lo llamara desde lejos, sus pasos eran un tanto apresurados; a pesar de no contar con varias habilidades psicométricas pudo conservar algo de destreza en sus extremidades. El pelinegro lo seguía a una distancia prudente por si algunos caníbales se encontraban para emboscarlos, pero al pasar algunos segundos miró con que el rubio cenizo se detenía. Echó un último vistazo a la periferia sintiéndose aliviado de estar fuera de ojos putrefactos, merodeadores, y acechantes.

-¿Qué carajos haces Dan? debemos irnos- Espetaba el pelinegro hincándose a un par de centímetros de donde el otro se encontraba.

-Ghhr- El rubio cenizo miraba con ojos perdidos el suelo, como si algo en la tierra le llamara la atención.

-No hay nada aquí, no hay comida, ni un maldita manzana mordida y enterrada- Daba un largo suspiro detestando decepcionarlo. -Hora de cruzar la ciudad o será mas tarde- Volvía a colgarse la mochila mirando el objetivo que seguramente los esperaría infestado de un centenar de caníbales. -Debemos estar preparados, sin auto no creo que podamos hacer mucho, tenemos que caminar en las sombras.

El pelinegro hacía una referencia a replegarse lo más posible a la oscuridad para evitar ser interceptados por hambrientos o ladrones. Conocía las anarquías que se habían creado apartir del brote y probablemente en aquel sitio existiría una organización mínima de ocho sobrevivientes contando al líder junto a los sub líderes. No le apetecía ser atrapado, pues si alguno de ellos llegase mirar a Dan no dudaría en atravesarle el cráneo con una bala de nueve milímetros.

Tenía por bien sentado que la cautela podría abarcar mucho más territorio que la fuerza bruta. Muchos con quienes se había topado desde el inicio de la catástrofe pensaban que la unidad, los grupos, las comunidades podía significar la supervivencia de todos los miembros. No obstante como toda buena multitud, también era llamativa tanto para humanos como hambrientos.

Se sentía afortunado al contar con sigo mismo, la compañía de Dan y ahora esa guadaña tan eficaz como cualquier arma de fuego le daban toda la seguridad con la que contaría hasta tiempo indefinido.

Miraba que la atención de su compañero se centralizaba en en el suelo, en aquel espacio de tierra donde no existía nada salvo algunos restos de basura, unas cuantas envolturas de lo que anteriormente era comida para perro y hojas secas. Nada salvo el espacio que con tanta concentración el rubio cenizo se encontraba.

-Dan- El pelinegro le tocaba el hombro. -Es hora de irnos, aqui no hay nada, si oscurece será complicado encontrar refugio ¿Si comprendes?

No esperaba que le respondiera, nunca lo hacía, tan solo su forma de mirar, de gruñir, de hacer sonidos guturales era el único canal de comunicación que sostenía. Había aprendido a interpretarlo durante ese tiempo que a esas alturas le parecía completamente normal. Sin embargo esta vez aquel rubio no le hacía caso alguno, colocaba ambas manos con dificultad sobre la tierra tomando dos puñados generosos.

-¿Que haces? ¡Deja eso Dan!-

En aquel instante el pelinegro sintió un rechazo al intentar detenerlo, le había retirado la mano de manera algo brusca. Dan no tenía fuerzas, al menos no las de un humano normal que podía luchar o disparar, mientras tanto su compañero solo se quedaba estático ante esa acción pues jamás lo había visto comportarse de esa manera tan terca y caprichosa. Lo consideraba como un niño, como un crio al que cuidaba como si fuera una extensión misma de sí, pero contadas ocasiones lo había visto actuar de esa manera.

El rubio cenizo tomaba una, dos, tres puñado de tierra arrojándola al otro extremo con tanta fuerza, o al menos la que su cerebro le daba a comprender. Su compañero intuía que trataba de desenterrar algo, como si fuera pate de un juego parecido al de la búsqueda del tesoro escondido. No obstante le parecía descabellado permitirle continuar con ese arrebato de lo más tonto.

-Dan.. esto es demasiado ¡Hora de irnos!- Aquel chico de cabello negro intentaba levantarse, sin embargo el rubio lo tomaba con algo de fuerza la muñeca obligandolo a desistir. Esa acción le inquietó un poco, a decir verdad comenzaba en verdad a asustarle.

-Dan, sabes que esto no esta bien- Le tocaba el hombro con tacto, con ternura, apesar de la musculatura prominente del rubio podía sentirlo tan frágil como una hoja de cristal.

Nunca se atrevió a pensar lo que había sucedido con Dan desde aquella noche en la que sin desearlo había llegado a su vida. Recordó con detenimiento el momento exacto en el que luchaba por la supervivencia enfrentando el brote mismo, las sirenas de las patrullas, observar como primer espectador un sin numero de coches estrellarse hasta explotar. No deseaba hacer memoria sobre la hora desesperada, el momento exacto en que no había hambrientos; sino pánico esparcido ante toda la población.

Tampoco comprendió la nueva naturaleza de Dan, la manera en que había perdido todos sus sentidos como si un retraso mental de suma seriedad lo invadiera segundo a segundo. Consideraba que ese hombre era ahora el nuevo eslabón perdido, la especie más rara entre los suyos. Un hambriento… Sin serlo. Pero ahora lo observaba comportarse como uno, perder los estribos al empecinarse en cavar con sus propias manos con la espera de encontrar algo, como si lo que estuviera esperándolo fuera importante.

Sintió miedo.

-Dan..- Intentaba tranquilizarse, pues a diferencia de los otros aquel rubio no lo había atacado, de hecho no atacó a nadie desde que lo encontró hace algunos meses atrás.

El rubio continuaba desenterrando, tomando puños de tierra con sus manos llenandose las uñas con las que su compañero tendría que lidiar cuando lo ayudaba a asearse. Constantemente miraba la forma desesperada en que lo hacía, lo escuchaba emitir gruñidos a causa del esfuerzo, de la poca adrenalina que su cuerpo quizá producía; pues todo aquello no era adjudicable a los impulsos nerviosos como los demás caníbales.

Sintió un poco de lástima que lo hiciera solo, dio un largo suspiro tomando otro puñado de tierra junto a el para sonreir de manera amplia. Lo miraba empatizando con él, después de todo jamás le negaba algo con lo que se sintiera cómodo, y si aquello le satisfacía por el momento lo haría con gusto.

-Está bien, lo haremos juntos pero espero que en dos o tres minutos te hartes de esto Dan Clark- Le volvió a mirar. - Si no te amara tanto te cortaría la cabeza por fastidiarme mi plan perfecto de cruzar esa jodida ciudad. - Espetaba burlonamente, sin embargo tan solo su compañero le correspondía con un leve gruñido.

Continuaron cavando como si toda la vida se les fuera en ello, puñados de tierra eran arrojados al otro extremo logrando hacer poco a poco un hueco. El pelinegro lo hacía con un poco mas de fuerza, con más ahinco que el rubio apesar de no estar deacuerdo con esa loca idea. En aquel instante, al pasar unos minutos , el pelinegro pudo sentir que la tierra había terminado, una textura lisa se palpó contra sus dedos provocándole un escalofrío.

-Dan, espero que esto no sea lo que creo que es- Lo miraba atónito, sin embargo aquel rubio cenizo esparcía como podía el resto de tierra para despejar la madera con la que se toparon.

-Esto es un ataúd- Inmediatamente el pelinegro se levantaba del suelo mirando contrariado a su compañero, le había extrañado que alguien se dignara a enterrar a una persona sin un señalamiento, pues en aquel sitio no había crucifijos o algun tumulto de piedras como parte de un funeral medianamente decente. Caminó de un lado a otro considerando todo aquello como una pérdida rotunda de tiempo.

-¿Lo ves? Eso era lo que tanto querías encontrar, ahora debemos irnos Dan, la noche está a punto de caer y no quiero lidiar con mas putas sorpresas.- El pelinegro deseaba fumar, pero se vió limitado por la escasez de nicotina.

Mientras tanto el rubio cenizo no se movía de su lugar, se quedaba mirando a ese féretro terminando de despejarlo de la tierra lentamente; lo hacía con mucho cuidado, incluso con cierta devoción, como si lo que se encontrara en el interior fuera algo preciado.

-Quizá… sea un familiar tuyo- Concluía volviéndose a sentar para observar. - Creo que después de todo también recuerdas a los que perdiste- Lo tomaba del hombro. -Dan, si quieres podemos guardar un minuto de silencio en su honor pero debemos continuar.

El otro se quedaba estático por un momento, no obstante sus dedos se dirigían a la abertura frontal que se utilizaba para mostrar el rostro de quienes estaban dentro. Dan intentaba abrirlo con su fuerza nula comenzando un poco lento hasta casi desesperarse por abrirlo. Mientras tanto el chico de cabello negro le tomaba las manos para que no continuara.

-Déjalo Dan, no puedes hacer eso… si lo haces probablemente… Salga de ahí dispuesto a comerme, así que si no deseas que sea la cena de este familiar tuyo es mejor que lo dejes por la paz. - Intentaba que el otro le comprendiera, pues si llegaba a liberar lo que había en el interior era casi seguro que emergería con ganas de carne fresca.

El rubio cenizo omitía la sugerencia, pues se esforzaba por abrir aquel espacio de manera arrebatada. Mientras tanto su compañero sabía que no era fácil hacerlo entrar en razon, no había aprendido a tratar con él desde el brote, lo unico que le restaba era prepararse para cualquier cosa, así que empuño de nuevo la guadaña posicionando la punta de la guadaña al frente.

Con trabajos, al cabo de algunos minutos Dan logró hacer que cedieran las cerradoras, el rechinido lento y acompasado era el comienzo de lo que sería una espeluznante película de terror si no estuviesen ya dentro de una. El pelinegro pasó saliva con dificultad dispuesto a estaquear el cráneo de quien estuviera en el interior; no le diría a su compañero del plan, no obstante no podía arriesgarse a recibir una letal mordida.

Cuando por fin el rechinido cesaba, algo en aquel chico de la guadaña se removió un poco, pues efectivamente había una persona en el interior del féretro, un cadáver debidamente cuidado con el afán de darle una sepultura solemne y decente. Abrió los ojos como platos, se sorprendía sobremanera al comprobar el estado de lo que identificaba como una chica de aproximadamente diez y nueve o veinte años de edad.

-Dan…

Se atrevía a decir quedándose sin habla, sin palabra alguna al comprobar que jamás en su vida había visto un cuerpo en un estado casi perfecto. Ese mismo no despedía el aroma típico de los cadáveres, el olor putrefacto que ocasiona el estado progresivo de descomposición, ni siquiera alguna muestra de ropa sucia.

-¿Esto es lo que tanto querías encontrar?- Lo miró. -¿Ella es algo tuyo?

El rubio cenizo continuaba con la mirada fija en la joven finada y al mismo tiempo giraba su cabeza negando como respuesta ante la pregunta. Si bien Daniel Clark no podía comunicarse por lo menos comprendía el lenguaje básico de señas; en ese instante su compañero de cabello negro la observaba.

-La tierra lleva compactada algunos dias, yo diría que aproximadamente de uno a dos meses- Daba un largo respiro. -Lo que no comprendo es la razón por la que no se ha convertido en un hambriento.

No esperaba a que Dan le propiciara las respuestas, sin embargo tan solo tomaba la mano de su compañero incitandolo a tocarle el cuello tan blanco y suave cuello aún al descubierto junto a una blusa de color amarillo claro. La mano levemente temblorosa se dirigía poco a poco a ese sitio donde el rubio lo conducía. Tenía por bien sentado que de tratarse de una amenaza no se atrevería a realizar dicha acción tan suicida.

Cuando por fin pudo tocar a la chica notaba la frialdad en su piel, las bajas temperaturas y la falta de pulsaciones eran la clara muestra de ello. El chico de la guadaña miraba a su compañero algo confundido, no comprendía el motivo por el que se había empeñado en desenterrar un cadáver de algunos días; aunque bien conservado, de algunos días.

-Dan… Esta chica esta muerta- Indicaba de manera contundente; no obstante su compañero le sostenía la mano con más fuerza ejerciendo presión sobre sus dedos índice y pulgar.

-Dan.. En serio que esta chica esta muerta, no es una broma- El rostro del pelinegro se mostraba serio, a veces tenía que tener mano firme con Dan para evitar que hiciera locuras.

Haciendo caso omiso al comentario tomaba con algo de fuerza la mano de su compañero indicandole que no debía soltar aquel cuerpo. Emitía un leve gruñido, concentraba toda su atención en aquella chica que yacía sobre la madera fría recién exhumada, su mirada grisácea, sin vida, tan apagada colocaba sus pupilas en la rubiecita.

-Dan…

Al escucharlo, aquel rubio cenizo colocaba su mano libre sobre el rostro de su compañero, aquello le daba a entender que debía cerrar los ojos por algún motivo. Entonces, a regañadientes accedió como si se tratara de uno más de sus tontos caprichos infantiles y arrebatados. Respiró profundamente continuando con aquel juego que le parecía absurdo, sin embargo algo llamaba su atención sobremanera.

Unos segundos pasaron para que un acontecimiento inesperado se presentara. Tomó aire por segunda ocasión ejerciendo ahora por si mismo la presión contra el cuello de la chica; conocía de mediciones, de tiempos, los mismos que se utilizaban en la medicina básica. Se quedaba atónito negándose a dar crédito de lo que sus propios dedos testificaban, contuvo la respiración por un par de segundos para comprobar una y otra, y otra vez que no era producto de su imaginación.

Aquella chica rubia todavía tenía pulso.

Tomó otra gran cantidad de aire, aunque a estas alturas hubiese preferido la nicotina para tranquilizarse. Si bien aquella chica había sido sepultada en aproximadamente uno o dos meses simplemente se hubiese convertido en otro más de los hambrientos. Se dedicó a observar alguna causa del ahora supuesto deceso, tomó con cuidado su cabeza mirando que tenía una apertura craneal.

-Herida de bala, aproximadamente nueve milímetros- Examinaba. -Trauma en parietal derecho. -Suspiraba, pues había muchas dudas, demasiadas incógnitas que ni en su calidad de médico podía responderse. - ¿Cómo es que su corazón sigue latiendo?

Aquel descubrimiento fue algo totalmente diferente y radical comparado con todos los días que habian estado como nómadas luchando por la supervivencia. Habían visto de todo un poco, desde hambrientos descuartizados, desmembrados arrastrándose por los suelos para conseguir aunque fuese un bocado de carne fresca, no obstante nada igual como aquella chica sepultada en el féretro de madera. Al mismo tiempo sentía más curiosidad por el comportamiento de su compañero, del hombre convertido en hambriento que había descubierto, intuído, percibido el debil latido de aquella chica como una señal de ayuda.