LAS CINCO VECES QUE TE OLVIDÉ
SEGUNDA VEZ: 1989
Su padre piensa que es raro. Su madre también, pero ella no cree que sea algo necesariamente malo, al menos eso decía hasta que su marido la convenció de lo contrario.
Le han enviado a una psicóloga "para que arreglen al crío este." Palabras textuales de su padre.
Así que por eso, se ha pasado una hora de su vida hablando con una mujer de ojos oscuros que parecía obstinada en someterle a juegos ridículos. Así mismo se lo ha dicho a ella, pero añadiendo un lo siento y cambiando el ridículos por aburridos. Ella solo le ha sonreído y han dejado los muñecos de lado para pasar a hablar de una forma que le resulta algo más cómoda a él. No es mala persona, parece confiable y por eso, al terminar la consulta se sincera más de la cuenta.
- No creo que me pase nada malo, pero supongo que si algo fuera mal en mi cabeza yo podría no darme cuenta de ello.- Se encoge de hombros, un poco preocupado de que su padre tenga razón.
- No hay nada malo contigo Alaric, eres un chico muy inteligente y maduro para tu edad.- Ve un cierto brillo en sus ojos y un rictus en su boca, pero aunque suele ser bueno leyendo las señales, estas no tiene ni idea de lo que significan.
Tampoco es que fuera a tardar mucho en averiguarlo.
Dos días después, regresa a su consultorio, pero no para hablar sino para que haga una serie de ejercicios vagamente entretenidos.
Casi una semana después estalla la bomba: tiene un CI por encima de la media. Su madre le abraza asegurándole que siempre ha sabido lo listo que es, su padre le rompe el brazo por dos sitios y la psicóloga recomienda que le delante varios cursos o lo envían a una escuela especial.
Ella también dice que su madurez es inapropiada para un niño de nueve años. Pregunta si hay alguna razón para eso. Alaric continúa a unos metros de sus padres, mirando por la ventana y fingiendo que no escucha a su padre negar.
Es la una de la mañana y no puede dormir.
Siente que el miedo palpita dentro de él y quiero correr, huir a alguna parte. Quizá llevarse a su madre…
Se escapa por la puerta de la cocina. Al doblar la esquina su corazón de paraliza cuando divisa una sombra al otro lado de la calle, sólo necesita un segundo para darse cuenta de quién es.
No corre hacia él, aunque quisiera, teme que si lo hace se espante, se vaya y jamás lo vuelva a ver. Aunque es un vampiro, no debería verlo nunca más.
No debería haberlo visto la primera vez.
- Damon.- Su voz suena dulce sin que pueda evitarlo, es el sonido que tiene en su cabeza cada vez que le ha llamado con el pensamiento.
- Mocoso- Inclina la cabeza, saludando y burlándose de él, a partes iguales.- Veo que te las has arreglado para meterte en algún lío.- Señala su escayola, consiguiendo que se sonroje.
- No fue mi culpa.
- ¿No salvaste a alguna dama en a puros?- Agita la cabeza y observa a su casa. Se pregunta si es cierto que los vampiros tienen un mejor oído y si él está escuchando los insultos que su padre le estará obsequiando a su madre.
- Dicen que soy un genio.- Una mueca de desagrado se le pinta en el rostro al pronunciar esa palabra. No sabe porque le cuenta eso, pero quiere que lo sepa. Quiere… Otra vez esa sensación de asfixia y sigue sin saber qué es lo que necesitaba de él.
- Ya te había dicho que eras raro.
- Genio no significa raro.
- Pero puede serlo.
Se quedan callados, en un silencio completamente ridículo. Al final, toma valor para preguntar lo que está deseando saber.
- ¿Cómo me has encontrado?
- … Tú apellido es bastante especial, sólo hay cinco Saltzman por esta zona.
- ¿Cuántas casas has visitado antes de encontrar la mía?- El vampiro abre mucho los ojos y sonríe exageradamente. Vergüenza. Damon siente vergüenza por el hecho de haberle buscado, de interesarse por alguien. Alguien que no sea comida.- ¿Me llevas a alguna parte?- Pregunta sintiendo que quiere escaparse con él a cualquier parte, aunque sólo sea un rato.
- Los sitios a los que suelo ir no admiten niños pequeños.
- Pues llévame a donde no suelas ir.- Damon le observa con seriedad antes de examinar con curiosidad su casa, como si pudiera ver lo que allí ocurre y eso le confundiera.- Está bien, lo entiendo, no quieres que te vean con un niño pequeño.- Miente para distraerle, miente para protegerle.- Yo tengo que entrar en mi casa antes de que noten que no estoy.- Retrocede unos pasos y voltea, pero el vampiro se mueve más deprisa y le interrumpe el paso, poniéndose delante.
- Puedo matarle, sólo tienes que permitirme entrar en tú casa.- La sangre se le congela en las venas y la fractura en el brazo palpita repentinamente para hacerse notar.
- No quiero que le mates.
- Tú decides.- Damon le permite el paso, confuso y enfadado.
Alaric recuerda cuando le dijo que él había elegido no tener corazón, no tiene del todo claro lo que eso significa, pero puede adivinar que hace tiempo que algo no le importa. Debe confundirle, asustarle y tiene la sensación de que eso conlleva que se enfade y haga estupideces. Pero Alaric es paciente y pude aprender a serlo aun más, si con eso consigue llegar a despertar sentimientos en ese vampiro. Por eso no presiona, por eso va a esperar.
- ¿Volverás? Quiero que vuelvas.-Él no le responde sólo camina hasta una moto y se sube a ella.
CONTINUARÁ...
