Hola, gente. Muchas gracias por interesarse en esta historia. Publicaré todos los lunes y jueves. En este capítulo todavía no hay sexo propiamente dicho, pero sí escenas y lenguaje de alto contenido sexual. Como ya cumplí 18, recién estrenados, puedo leerlos. ¿Y tú?

Los personajes le pertenecen a Akira Toriyama.


Alerta: LEMON

POV Vegeta

¿Se había empalmado alguna vez con solo mirar a una mujer que estaba en la otra punta de la habitación antes de conocer a Bulma Brief? Mejor no pensar en la respuesta.

No tenía que preguntarse qué había debajo de esa pequeñísima falda, lo sabía. Unos muslos de ensueño con un liguero de algún color provocativo pensado para volver loco a cualquier hombre. Un tanga de encaje que revelaría mucho más de lo que cubría. Y debajo… la sensación y el sabor de sus pliegues resbaladizos e hinchados rugieron en su memoria y le hicieron hervir la sangre como si le hubieran inyectado algún combustible en las venas.

Tenía que trabajar con ella durante una semana. Santo Dios. ¿Cómo iba a evitar no recordar una y otra vez aquel encuentro que quería olvidar pero no podía?

«Eres un profesional. Tu obligación es cocinar, no tocarla». Además, no es que no tuviera más cosas en las que pensar. Las negociaciones que llevaba a cabo para realizar un programa para la televisión por cable estaban a punto de cerrarse y tenía que hacer la corrección de su último libro de cocina. No tendría demasiado tiempo libre durante esa semana y el poco que le quedara, lo ocuparía como fuera.

Era evidente que Bulma también sabía bien cómo ocupar su tiempo.

Aquel hombre enorme que tenía al lado y al que había besado en la mejilla hacía un momento, el que llevaba ceñida a un torso ancho y poderoso una camiseta de «Las sayas sexys», ¿sería un camarero?, ¿un guardaespaldas? Fuera lo que fuera, el gorila le había lanzado a Bulma una mirada tan posesiva que Vegeta no pudo dejar de notarla; luego el hombre lo miró con una furia casi palpable.

Aplastando los irracionales celos que se apoderaron de él, Vegeta se dijo a sí mismo que si Bulma quería tirarse a su empleado, era asunto suyo.

Aplacó el violento deseo de descuartizar al hombre.

Entonces, Bulma dio un paso en dirección a Vegeta, y luego otro.

—Señorita Bulma —gritó una mujer con voz aguda—. ¡Su turno!

Bulma se detuvo. Cerró los ojos. Suspiró. Entonces, como si aquella vacilación no hubiera ocurrido, ella le dirigió a él una fría mirada azul, le indicó una silla delante del escenario y se dirigió a la parte de atrás de las bambalinas. Vegeta no pudo evitar seguir con los ojos el balanceo de sus curvilíneas caderas como atraído por un canto de sirenas. Mierda.

De haber estado solos, nada hubiera impedido que Vegeta la tocara. Nada.

Pero a menos que quisiera volver a dejarse llevar por su lado salvaje e incontrolable, tenía que recordar la temeraria promesa que se había hecho: no tocarla y renunciar a ese trabajo.

A regañadientes, Vegeta se dirigió con paso tranquilo al escenario y se sentó en la silla que Bulma le había indicado. En cuanto ella terminara de hacer lo que fuera que tuviera que hacer y hablara con él, le diría que no podía cumplir su parte del trato. Estaba dispuesto a pagarle por las molestias.

Porque si se quedaba, su polla le metería en problemas. Vegeta acabaría por desnudarla y colarse debajo de su falda en menos que canta un gallo. Y eso sería malo. Debía recordar que estaba buscando a una mujer tranquila, alguien dócil y familiar a quien le gustaran los niños tanto como a él y le ayudara a mantener a raya a su bestia interior. Bulma Brief, la diosa de las strippers, no era, definitivamente, esa mujer.

De repente, la música comenzó a retumbar en los altavoces, con un gran estruendo y una cadencia provocativa y ardiente. Era la versión de Christina Aguilera de "Fever". Cada nota que sonaba hablaba de sexo. Sexo caliente, sudoroso y sin restricciones.

El tipo de sexo que le gustaba, el que había tenido con ella. El que le gustaría volver a tener.

Se colocó la camisa sobre el regazo para ocultar la erección y observó cómo Bulma se contoneaba encima del escenario, con su cortísimo pelo azulado con flequillo y una chaqueta corta de lentejuelas rojas. Él se moría por ver lo que llevaba debajo. La manera en que se movía era una invitación y… una promesa.

Bulma se colocó con sus altos tacones justo delante de él y comenzó a contonear las caderas, trazando un sensual círculo. La vio ponerse la palma de la mano sobre la piel desnuda del abdomen dorado y comenzar a bajarla. Y la siguió bajando… muy lentamente. Vegeta contuvo el aliento hasta que, finalmente, ella se tocó.

«Oh, Dios…».

Se deslizó los dedos entre las piernas y echó la cabeza hacia atrás como si estuviera disfrutando de un éxtasis absoluto.

Vegeta tragó saliva y comenzó a sudar.

Con una sacudida, Bulma enderezó la cabeza y volvió a mirarle a los ojos; los de ella eran como dos rayos láser azules que le estremecieron de los pies a la cabeza.

Maldición, desfilaron ante él nueve semanas de citas con secretarias parroquiales, decoradoras y maestras de primaria. Ninguna de esas mujeres le había provocado una erección. Durante ese tiempo, se había despertado más de una vez en mitad de la noche sudando, con la polla en la mano y el nombre de Bulma en los labios. Y ahora, tras cinco minutos en su presencia, estaba ya a punto de estallar.

Tenía que pensar en otras palabras que empezaban con la letra efe, como por ejemplo futuro y familia. Por desgracia, con Bulma cerca, el deseo de follar con ella otra vez iba a echar a perder todas sus buenas intenciones.

En ese momento, ella se acarició los pechos y coqueteó con su cintura. Luego se quitó la corta chaqueta y la dejó caer al suelo descuidadamente, exponiéndose ante un Vegeta que hubiera jurado que le veía las sombras de las areolas de los pezones a través del top. Ella pasó por encima de la chaqueta y se contoneó hasta la barra vertical que había en el centro del escenario. Cuando la agarró con las dos manos y se onduló hacia ella, apretándola entre los muslos, Vegeta pensó que se iba a asfixiar.

Ella continuó mirándolo fijamente mientras danzaba alrededor de la barra.

La música siguió sonando, desgranando notas que evocaban sensualidad y provocación. Bulma continuó con el espectáculo. Se metió un dedo en la húmeda boca y se lo chupó. Vegeta notó que su miembro se hinchaba aún más con otro aluvión de sangre al recordar su boca en torno a él, su lengua lamiéndole el glande con habilidad, provocándole e incendiándole por completo. Aun meses después, podía sentir el látigo de aquella lengua, la seda caliente de su boca. Se estremeció.

Con una provocativa sonrisa, Bulma se sacó el dedo de la boca y dibujó el valle entre sus grandes pechos con la húmeda punta del dedo. Luego apretó uno con la palma de la mano, ofreciéndoselo con una invitación al pecado en su hermoso rostro.

Santo Dios, no era de extrañar que hubiera levantado un imperio ella sola, allí, en la Capital del Norte. Aquella mujer era pura sensualidad y hacía muy bien su trabajo. Ningún hombre en sus cabales podría resistirse a algo tan intenso y provocador y seguir cuerdo.

Por el rabillo del ojo, Vegeta vio que el empleado de Bulma, el mismo al que ella había besado antes en la mejilla, se acercaba sigilosamente al escenario. Con un rápido giro de cabeza, Vegeta observó que el gigante de la ceñida camiseta negra estaba tenso y jadeante y que lucía una enorme protuberancia que decía por sí sola lo excitado que estaba.

Vegeta deseó poder decir que aquello no le importaba. Pero hubiera mentido.

Entonces, cuando volvió a mirar al escenario, estuvo a punto de olvidarse hasta de su propio nombre.

Bulma estaba de espaldas y se había inclinado por la cintura; le miraba por encima de un hombro casi desnudo de una manera que le dejó aturdido. Vegeta se agarró a los brazos de la silla, deseando levantarse, subir al escenario, tumbarla en el suelo e introducirse en su interior en ese mismo instante.

El tirante del pequeño top se le había deslizado por el brazo. Y aquella indecente y minúscula falda… Al estar inclinada se le insinuaba el inicio de las nalgas desnudas que asomaban intermitentemente por debajo de la seda negra. El liguero era rojo. El tanga —que apenas se veía— hacía juego con él.

Bulma se pasó juguetonamente los dedos por la espinilla, el muslo y luego los hizo desaparecer por debajo de la faldita. Tenía los ojos entrecerrados y separó los voluptuosos labios emitiendo un silencioso gemido de placer. Vegeta se tensó.

Tenía que salir de allí.

Entonces, Bulma deslizó las manos por las ondulantes caderas y cogió la falda. Tiró de la prenda negra y ésta revoloteó hasta el suelo. Dos bellísimas nalgas, separadas por la tira roja de encaje del tanga, le hicieron sentir una nueva oleada de lujuria y se le hizo difícil respirar.

Bulma tenía un trasero impresionante. Pero él ya lo sabía. Vegeta cerró los ojos para impedir que la tentación de la piel desnuda se burlara de él. En vez de eso le golpearon los recuerdos de esas increíbles seis horas que pasaron juntos. Le había permitido que la tomara de todas las maneras que quiso. Recordó la húmeda estrechez cerrándose sobre él. Las gotas de sudor que les cubrían mientras se sumergía en ella. Los gemidos.

Cristo, tenía que detener aquella oleada de lujuria; al menos el tiempo suficiente para decirle a Bulma que no iba a quedarse.

Rogando que cesara pronto aquella tortura, Vegeta abrió los ojos. Y se quedó sin respiración.

Bulma le brindó una pícara e invitadora sonrisa mientras tiraba bruscamente del top para revelar un sujetador rojo que apenas le cubría los pezones. Unos pezones duros y rosados. Recordaba demasiado bien cómo se habían derretido en su boca.

Vegeta se removió en la silla, casi como si fuera un niño revoltoso. Estaba muy excitado, tenía la polla tan sensible que solo sentir la textura de la tela contra el glande hacía que estuviera a punto de correrse.

Tenía que irse de allí. A la mierda cualquier conversación educada. Le enviaría un correo electrónico con una explicación, porque si se quedaba se olvidaría de todos sus buenos propósitos y la follaría hasta perder el sentido.

Mientras se levantaba, Vegeta repasó mentalmente una lista de cocineros —todas mujeres, por supuesto— a las que pagaría de buena gana para que ayudaran a Bulma esa semana. Era una lista corta, solo algunos nombres. Él le enviaría las recetas…

El sujetador rojo cayó al suelo a los pies de Bulma.

Tenía los pechos grandes, tan blancos como el resto de su cuerpo, y se bamboleaban graciosamente con cada giro, con cada paso. Aquellos pezones, que tan bien recordaba, le hacían señas como diciendo: «cómeme, cómeme».

«Vete de una vez», se exigió a sí mismo.

Las piernas no le respondieron.

Bulma siguió bailando mientras bajaba los escalones, sosteniendo sus pechos en alto como si se los ofreciera. Pasó junto a su excitado empleado, al que le dirigió una sonrisa mientras le acariciaba la cara. Vegeta se tensó cuando el gigante musculoso intentó cogerla entre sus brazos. Pero Bulma fue demasiado rápida y se zafó de sus manos, corriendo… hacia Vegeta.

La humedad que brillaba en la parte delantera de su tanga le hizo sentir una opresión en el vientre. Vegeta apretó los puños cuando ella siguió bailando cada vez más cerca…

Bulma se dejó caer de rodillas ante él y levantó la vista. Sus miradas se cruzaron. Ella jadeaba con fuerza. A pesar de los vaqueros que le cubrían, él sentía su aliento en la polla. Tenía los testículos a punto de estallar y ni siquiera la había tocado.

Era imposible no alargar la mano, no enredar los dedos en sus cabellos y acercar más la boca de Bulma. Pero cuando lo hizo, solo agarró el aire. Ella ya se había alejado con aquel divino cuerpo que le hacía olvidarse de que tenía cerebro.

La música siguió sonando in crescendo hasta el final mientras ella se dejaba caer en el escenario, con las piernas abiertas, las rodillas dobladas y los pechos cubiertos con las manos. Arqueando la espalda… como si estuviera preparada para él, para que la poseyera.

Vegeta dio un paso hacia ella. Pero se obligó a detenerse y a respirar hondo.

Jamás había sido masoquista, y no pensaba empezar a serlo ahora.

A su lado, el musculoso gorila aplaudió y silbó ruidosamente, como un hombre poseído.

—Eso sí que ha sido todo un espectáculo, jefa. ¡Maldita sea!

Bulma se levantó y sonrió. Tenía los brazos a los costados como si no le importara nada estar desnuda ante su empleado y el cocinero.

Se recordó a sí mismo que ella se ganaba la vida de esa manera. Que exhibía su cuerpo ante desconocidos con los que sabe Dios qué más hacía. ¿Por qué iba a importarle quién le viera los pechos?

—¡Gracias! Es el número que he preparado para el aniversario.

—Pues si necesitas que alguien babee a tus pies, me ofrezco voluntario —dijo el guardaespaldas, guiñándole un ojo.

—Lo recordaré.

Bulma recogió la chaqueta del suelo y se la puso, cubriéndose los pechos con las solapas. O por lo menos intentándolo. La prenda no tenía botones ni broches, así que estaba prácticamente abierta cuando bajó los escalones, dejando a la vista el escote y las abundantes curvas de sus pechos.

—Señor Ouji, me alegro de verte. —Le tendió la mano.

¿En serio esperaba que la tocara? Vegeta se preparó para la corriente eléctrica que le atravesaba cada vez que rozaba a esa mujer. Pero nada le hubiera podido preparar para la brutal descarga que le recorrió cuando le estrechó la mano.

—Señorita Brief, tenemos que hablar. ¿Podríamos hacerlo en algún lugar más tranquilo? ¿Un lugar más… —Vegeta recorrió con los ojos al guardaespaldas, que les miraba con curiosidad— privado?

—Broly —dijo ella, chasqueando los dedos—. Ponte a trabajar. Ya son las cuatro, ¿verdad? Es hora de abrir la puerta. —Entonces volvió a mirar a Vegeta—. Sígueme.

¡Cómo si él se hubiera podido resistir a seguirla cuando ella le mostró aquel provocativo trasero mientras se alejaba de él! Imposible.

La siguió fuera de la sala por un pasillo pintado de negro. Las luces rojas del escenario quedaron a su espalda, dando un aire gótico a la parte de atrás en contraste con la zona pública. Llegaron hasta el fondo, donde había una elegante habitación pintada de blanco. Un remanso de paz con fotos en blanco y negro en las paredes. Las flores de seda y el sillón del escritorio daban un alegre toque de color rojo.

Bulma sostuvo la puerta para que él entrara y cuando lo hizo, la cerró. Él se dio cuenta de que no se oía ningún sonido del club. Ladeó la cabeza, escuchando el silencio.

—Esta habitación está aislada acústicamente —le confirmó ella, apoyando la cadera en el borde del escritorio en una actitud relajada que, de alguna manera, exudaba sexo—. Es muy difícil concentrarse en la contabilidad, a las dos de la madrugada, con la música de Pussycat Dolls resonando en los oídos.

Un comentario muy racional, pero no tenía nada que ver con el objeto de aquella reunión.

—Mira, yo…

—Antes de centrarnos en otros asuntos, ¿puedes darme tu opinión sobre el número? Hace dos años que no bailo en una barra. Estoy algo desentrenada.

¿Hacía dos años que no bailaba en la barra? Vaya… Vegeta no solía frecuentar los clubs de striptease, así que no podía comparar, pero pensó que sufriría un ataque cardíaco si alguna vez veía bailar a Bulma cuando ella considerara que estaba en forma.

—¿Por qué me lo preguntas?

La joven frunció el ceño.

—Eres el único que me ha visto, además de Broly, y él no es demasiado objetivo. Necesito una opinión masculina. ¿Te ha gustado?

«Si solo fuera eso».

—Hum… ha estado bien.

—¿Bien?… —Bulma suspiró—. Tiene que resultar espectacular. ¡Maldita sea! Esta noche es el quinto aniversario de «Las sayas sexys» y prometí actuar. Ya no lo hago nunca. Intentaré esforzarme más después, cuando represente el número. Gracias por tu sinceridad.

Cómo se esforzara más, la mitad de la audiencia se correría en los primeros treinta segundos.

—¿Qué tal te han ido las cosas? —La sonrisa de Bulma iluminó toda su cara, toda la habitación. Maldición, incluso iluminó a Vegeta.

—Genial. He estado muy ocupado. ¿Y a ti?

—Oh —Bulma puso los ojos en blanco—. ¡Ha sido una locura! No sabía que poner en marcha un restaurante fuera tan difícil. Por supuesto, sé lo que cuesta abrir un negocio, pero me queda mucho que aprender. De todas maneras, me alegro de que estés aquí. Hace mucho tiempo que espero ver cómo te pones manos a la obra. —Bulma le lanzó una pícara sonrisa—. Me refiero en la cocina, por supuesto.

La temperatura corporal de Vegeta aumentó de nuevo. Como no se fuera pronto de allí, ella vería cómo se ponía manos a la obra en la cocina y en cualquier otro lugar donde pudiera follarla. Pero ¿cómo podía comunicarle sus intenciones sin que se enfadara? Definitivamente le había hecho una promesa a ella.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Bulma—. ¿Quieres una copa?

No. Lo que tenía que hacer era irse de allí antes de que su polla tomara el control y le hiciera olvidar el hecho de que necesitaba encontrar a una mujer aceptable que quisiera tener un hijo tanto como él. Bulma… ella era sexy, decidida, femenina, le volvía loco; pero no encajaba en su ideal de madre. Si terminaba recurriendo a la adopción, los trabajadores sociales le echarían una mirada y saldrían corriendo espantados. Incluso aunque ella quisiera tener hijos —que ¿por qué iba a querer?—, no creía que estuviera dispuesta a recurrir al banco de semen más cercano ni a someterse a una fecundación in vitro. Querría concebir a sus hijos de la manera tradicional.

Había pasado el sarampión en la adolescencia, lo que había provocado en él indeseados efectos secundarios. Los médicos le habían dicho que poseía tan pocos espermatozoides, que la probabilidad de dejar embarazada a una mujer era prácticamente nula. Entonces tenía diecisiete años y la noticia le provocó una reacción agridulce. Por un lado una profunda tristeza al saber que no tendría hijos y por otro, una exultante alegría al darse cuenta de que sus novias y él no tendrían que tomar medidas contraceptivas.

Pero después de algunos años, el tema le comenzó a preocupar. Regresó al médico con veintisiete años y se sometió a nuevas pruebas. A pesar de haber mantenido relaciones sin importancia con otras mujeres, comenzó a desear tener mujer y familia propias. El médico aplastó aquella posibilidad con rapidez. Vegeta incluso llegó a tomar unas pastillas de citrato de clomifeno durante unos meses para intentar mejorar su recuento espermático. Los análisis revelaron que sí, tenía más posibilidades que antes de tener hijos, pero éstas seguían siendo muy inferiores a las de cualquier otro hombre.

No volvió a someterse a más análisis. ¿Para qué molestarse en repetir algo tan humillante y devastador?

Vegeta tenía treinta y cinco años, debería haber superado ya esa fase inmadura de vivir para follar; esa clase de obsesión que hace olvidar cualquier pensamiento lógico. Bulma no iba a proporcionarle lo que más quería en la vida, así que no le quedaba más remedio que controlar la polla.

Maldita sea, nunca antes había deseado ser impotente en vez de estéril. Le gustaba el sexo.

—No, gracias. Bulma, no puedo quedarme.

—¿Te vas? Bueno, no importa. Estoy segura de que estarás cansado. Podemos ir al restaurante mañana por la mañana. Está a solo unas manzanas de aquí. He encargado todas las provisiones que tu ayudante…

—Me refería a esta semana. No te puedo ayudar.

—¿Te ha surgido otro compromiso? —El tono controlado de su voz indicaba que estaba enfadada aunque su expresión no reflejara nada.

Vegeta podía mentirle, pero no quería hacerlo. Si lo hacía, la estaría insultando y ella no se lo merecía.

—Es por lo que ocurrió entre nosotros.

—Mantuvimos relaciones sexuales, ¿qué tiene que ver eso con cocinar para mí?

Vegeta cambió el peso de pie. Mierda, aquello no estaba saliendo cómo él quería.

—Mira, siento lo que te hice…

—¿Lamentas haberme llevado al orgasmo tantas veces que perdí la cuenta? Sigo sin encontrarle la lógica a todo esto.

«¿Cómo diantres iba a encontrársela si no la tenía?».

Vegeta se pasó la mano por el pelo y emitió un gruñido.

—Maldita sea, me volví loco. Literalmente me enterré en ti. No fui ni tierno ni considerado contigo. Y te pido disculpas. Y estoy seguro de que no te pedí permiso antes de… —Santo Dios, ni siquiera podía hablar con ella de sexo anal sin empalmarse otra vez—. Bueno, no sería buena idea que me quedara.

Bulma tiró de las solapas de la chaqueta en un inútil intento por cubrirse los pechos. Pero lo único que consiguió fue ofrecerle una vista mejor de su escote y que se le pusiera más dura la polla.

—¿Y te pareció que me importara?

Él tragó saliva.

—Ni siquiera sé si me pediste que me detuviera y no lo hice. ¿No lo entiendes? No recuerdo haberte oído. Si me quedo aquí esta semana, no puedo garantizarte que no vuelva a perder la cabeza. No quiero hacerte daño.

—No soy de cristal —le aseguró ella con un susurro que hizo que le atravesara un escalofrío por la espalda.

—Hay otra persona.

Pero tres citas no constituían una relación y, observando los exuberantes atributos de Bulma y su cuerpo de playmate, Vegeta no hubiera podido recordar la cara de Zangya ni aunque le fuera la vida en ello. Tenía pensado casarse con Zangya. O con alguien como ella. Sencillamente, Bulma no era el tipo de mujer que imaginaba como madre cuando lograra ser padre.

—Me da igual quién sea, solo espero que comprenda que tienes un trabajo que hacer aquí. Si yo puedo olvidarme de lo que pasó y centrarme en el restaurante, tú también.

Vegeta la recorrió de los pies a la cabeza con una mirada voraz.

—Ni siquiera me has tocado y ya no estoy centrado.

Él atravesó la estancia, le cogió la mano y la apretó contra su dolorida erección. Al instante todo fue mejor… y peor. Santo Dios, quería que ella moviera la mano, que se desnudara, que se introdujera su miembro en la boca, en su cuerpo.

Antes de perder el control, apartó la mano de Bulma.

—Eres la mujer más sexy que he conocido y no soy capaz de contenerme cuando estoy contigo. No puedo quedarme.

Bulma respiró hondo expandiendo el pecho. Caramba, justo lo que no necesitaba. Pero no pudo marcharse cuando ella se apartó del borde del escritorio y se acercó a él con actitud felina.

—Primero, para que tu preocupación tuviera algún sentido, tendría que estar dispuesta a mantener otra vez relaciones sexuales contigo. Te aseguro que hoy no lo estoy. Y ya puestos, creo que tampoco mañana. En segundo lugar, me prometiste que cocinarías en mi restaurante durante una semana. Ya he anunciado que serás tú el que estará aquí. He invertido un año de trabajo y todos mis ahorros en ese lugar. Si este restaurante no funciona, me veré obligada a volver a bailar desnuda para ganarme la vida.

—Lo siento —murmuró—. Conseguiré que me sustituya alguien cualificado para ello. Entiéndelo.

«No puedo estar cerca de ti y no pensar en sexo»

—Me diste tu palabra y yo confié en ti. ¿De verdad me vas a dejar colgada?


Hasta aquí un nuevo capítulo. El próximo lunes veremos si Vegeta se anima o no a 7 días con esta sensual estríper.

Esta historia está basada en un libro de Shayla Black, conocida por sus historias de contenido sexual. Es una adaptación al tercer libro de una saga, del que he eliminado las connotaciones a gustos sexuales de los restantes personajes, o de estos mismos en los libros previos (sexo compartido, sumisión y dominación, etc.). No me gustan mucho este tipo de prácticas (ni ver ni leer sobre ellas), por eso esta adaptación es muy libre, con pensamientos y situaciones agregadas y otras eliminadas. No obstante, como el primer encuentro sexual entre nuestros Bulma y Vegeta se produjo en un libro anterior, tengo intenciones de agregarlo próximamente en un flashback. No se lo pierdan...

Además, estoy escribiendo una nueva historia (también VegetaxBulma), enteramente mía, que publicaré semanalmente a partir de marzo. Vegeta es un policía y Bulma una víctima de secuestro... ¿o no?