Rosa Silvestre.
Aceptémoslo, ella nunca seria una rosa de jardín, no todos los días florecía, ni tampoco sus rosas eran enormes y rojas, como uno espera que sean, de hecho era más espinas que flor, pero no por eso dejaba de ser un rosal.
En su momento había estado esplendida, llena de flores, radiante, hermosa y feliz, pero un par de cuentos de hadas y tradiciones hechas realidad alcanzaron para sumirla en un invierno eterno.
El primer golpe fue el peor, la dejó totalmente abatida, perdió casi todas sus flores y se fue llenando de espinas, pero no termino ahí, siguió, golpe tras golpe fue perdiendo sus flores, hasta que una tarde la ultima flor cayó.
Ya no quedaba ni rastro del hermoso rosal, ahora solo se podía ver una maraña de espinas, de agudos dolores, de recuerdos punzantes, Él, que la conocía muy bien se lamentaba al no ver mas flores en su rosal, su conciencia se los hacia pesar, y ella lo sabia muy bien, porque sabia lo que pensaba, porque tenia que oír sus silenciosas disculpas todo el tiempo y sobre todo, porque la primera flor, la había arrancado el.
