Cada vez más cerca.
Los aliados de Roberto de Sable caían bajo su hoja oculta. Pero Altaïr sabía que algo fallaba. Su mente iba conociendo la verdad. Además, sus pensamientos se iban al momento en que aquella dama en Acre le había pedido ayuda.
Giulia Laforet.
Aquella dulce y grácil dama se encontraba encerrada en el castillo de Acre, bajo continua vigilancia por los guardias de Roberto. Apenas la permitían salir y, cuando lo conseguía, no sabía donde ir.
Altaïr no había vuelto a Acre desde aquél día. Aún no. Necesitaba conseguir información sobre el próximo objetivo: Nombre, dónde estaría, ocupación. Todo. Aquella información que le costaba conseguir. Palizas, robo de información, escuchas. Lo que fuera. La Hermandad lo necesitaba. Al-Mualim confiaba en él.
Pero ahora había vuelto, y Giulia lo sabía.
Se encontraba el asesino vagando por las calles como aquél día, sólo que ahora vigilaba que los guardias no se fijasen en él. Necesitaba pasar desapercibido. Entonces, una dama con la espalda recta, vestido de tela cara y bordados cuidados salió de una calle con una capucha que apenas tapaba sus rizos de color castaño. Altaïr movió los labios haciendo una mueca, que apenas se sabía si era una sonrisa o no. Con movimientos sigilosos la siguió durante unos minutos, hasta que ella desapareció entre el gentío, metiéndose discretamente en un callejón. Altaïr se puso nervioso y aceleró el paso.
En el callejón no había nadie.
El asesino observó el lugar con la mirada queriendo ver algún rastro de Giulia. Tan atento estaba que no oyó el susurro de un vestido arrastrando por el suelo.
Sus ojos fueron tapados por unas manos y Altaïr fue empujado hasta el fondo del callejón,de manera que la oscuridad los tapó. Altaïr intentó mover el brazo para clavarle al guardia la hoja pero una mano lo apresó y lo empujó hacia la pared. Cuando el mundo dejó de dar vueltas y estar oscuro, vio a Giulia Laforet mirándole fijamente.
-¿Qué hacéis aquí, Giulia?-
-La pregunta es, monseñor Altaïr, ¿Qué hacéis vos aquí? Roberto es peligroso y no dudará en acabar con vos-
Sus ojos no habían perdido aquél brillo que le hicieron perder la respiración un día atrás. Altaïr apenas se lo pensó y se acercó a ella. Giulia no ofreció resistencia alguna y suspiró levemente mirándole.
-Sois imprudente monseñor Altaïr-
Éste sonrió levemente y posó sus labios en los de ella, que no ofrecieron resistencia. No se conocían, pero algo hacía que pudiese confiar en ella. Como si la conociese desde pequeña. Las manos de Giulia se posaron en el torso de Altaïr, cubierto por la armadura y sus labios acariciaban los de él como si fueran pequeñas plumas hasta que el beso se hizo más intenso, de manera que sus labios se mordían, se arañaban y se hacían daño.
Giulia fue la primera que se apartó. No dijo una palabra y se puso la capucha, cogiendo de la mano a Altaïr, que la siguió sin rechistar. Caminar por las calles de Acre era peligroso, pero Giulia no parecía preocupada. Después de unos minutos caminando, Giulia entró a una callejuela oscura y sacó una llave de un bolsillo de su capa, metiéndola en una cerradura. La puerta se abrió y los dos entraron juntos, cerrando de un portazo.
