Capítulo 2

Una imaginaria taza de sopa

La celda estaba atestada.

¿Era de día?, ¿tal vez de tarde?

Dentro de esas paredes nadie estaba seguro de nada. Algunos sollozos o quejidos. Alguna leve suplica o quizás un rezo carente de sentido. Era lo único que llegaban a los oídos de Hermione.

¿Cuánto tiempo duraría? ¿Cuánto más podría soportar?

Arrollada en una esquina compartiendo el mismo aire con cuarenta o cincuenta personas, no lo sabía realmente, había pasado día tras día.

¿Cuántos días? ¿Unas semanas? ¿Un mes…cinco? En un principio había marcado en la pared con una pequeña piedra una rayita por lo que ella suponía que eran veinticuatro horas, pero no podía estar segura. El tiempo pasaba diferente en ese espantoso sitio.

El aire era pastoso, húmedo. De las frías paredes de piedra brotaban diminutas gotas de un líquido pegajoso. Tal vez era por el vaho que provocaba tantas respiraciones unidas.

La oscuridad era pasmosa. Suponía que estarían en lo alto de Azkabán, sino no entendía como por la única ventana de la congelada habitación no se colaba ni un pequeño rayo de luz.

Los guardias sólo hacían acto de presencia cuando querían chicas para sus asquerosas fiestas o para lanzarles restos de comida, una o dos veces a la semana, como si fueran animales enjaulados.

Hermione no sabía que había sido de los dementotes. Al ingresar allí, pensó que les darían el beso de inmediato, pero no. Y no tenía que pensarlo mucho, por supuesto que hubiera sido mejor recibirlo y morir. Eso no era vida, sólo era seguir respirando…nada más.

¿Cómo había terminado de esa manera?, se repetía una y otra vez, castigando su cordura. ¿En qué momento se había esfumado todo lo que ella conocía y apreciaba?

Sus amigos, su familia, sus creencias…su mundo completo había desaparecido para siempre. Ahora dominaba la más pura oscuridad.

—Harry— susurró acongojada.

Su amigo había muerto como tantos otros. Una y otra vez, las imágenes volvían a su mente. ¿En qué habían fallado? ¿Cómo habían perdido la guerra? ¿Cómo fue que no vieron venir a los Mortífagos infiltrados? ¿Cómo no sospecharon de Nymphadora Tonks y de Lupin?

—¡Tonks, Remus!—escupió sus nombres, llena de odio—. ¡Malditos traidores! ¡Por su culpa!

Aunque ya lo sabían, Snape siempre fue un Mortífago, pero a cambio del resto no podía simplemente detestarlo.

El ahora director de Hogwarts visitaba Azkabán una o dos veces al mes. Al principio a la castaña le había parecido una confusión, pero a la segunda visita supo que lo hacía intencionalmente.

Snape, pedía para ingresar a las celdas, y simulando anotar cierta información en una agenda dejaba caer tres o cuatro manzanas y con suerte algún trozo de queso que podían compartir entre todos. No era la gran cosa, pero para ellos significaba un día más de vida sin morir de hambre.

Al contrario de lo que podían pensar, los esclavos se cuidaban entre sí. Si arrojaban una rebanada de pan, por más pequeña que fuera, la compartían entre todos. Así era siempre. Y cuando Snape, deslizaba las frutas por los pliegues de su túnica, inmediatamente la persona más cercana a ellas las ocultaba debajo de sus piernas para luego repartir los trocitos cortados cuidadosamente con una piedra chata y afilada que habían conseguido.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué Severus Snape se arriesgaba de esa manera?

La culpa es un bichito que carcome el alma, dicen. Y a pesar de que Hermione intentó, en varias ocasiones, hablar con él fue en vano. Así como entraba a la celda, sin levantar la mirada, así salía de ella.

Estaba sola, completamente sola.

No sabía cuando había ocurrido, pero un día vio como se llevaban a Luna sin poder hacer nada. Cuando la ingresaron a Azkabán y la lanzaron a ese pozo a la única que reconoció fue a ella. Por lo menos sus días junto a alguien que sabía quién era habían sido más llevaderos….duró poco. Le parecía que habían pasado meses desde la última vez que la vio salir por esas rejas.

Entre los detenidos se escuchaban rumores de todos los colores acerca del destino que llevaban las personas que abandonaban Azkabán, pero para Hermione eran sólo eso, rumores. Si se ponía a pensar en la mirada de terror cuando decían un nombre, aparentemente al azar, y se llevaban a esa persona a rastras por el pánico infligido, en vez de morir por falta de comida, moriría de tristeza. Ella quería creer que Luna estaba en un lugar mucho mejor que ese. Que su amigo del alma, Ron, también estaría disfrutando una taza caliente de sopa y una cama abrigada donde dormir. No podía darse el lujo de pensar o imaginar cosas que no sabía y si algunos la llamaban ilusa, bueno…ella prefería serlo antes de sumirse en el peor estado que un ser humano puede llegar…

La paranoia no estaba en sus planes. Quería conservar dentro de ella cada recuerdo. Olor, risa, besos, navidades, vacaciones en la casa de los Weasley, ahora cada momento vivirían en su memoria. Tenía que mantenerse lúcida si quería seguir abrazada a ellos.

Estiró las piernas, las sentía adormecidas. Le crujía cada hueso del cuerpo. Sentía los pies helados. Ninguno llevaba ropa abrigoza. Los habían despojado de sus pertenencias al ficharlos, entregándoles unos trapos remendados.

—Discúlpame—pidió cuando sintió pisar a alguien en su intento de levantarse.

Estaba acalambrada, necesitaba caminar solo un poco, ¿pero cómo? Era imposible, si a su alrededor no cabía un alfiler.

Frustrada, decidió que movería sus piernas en el lugar. Tal vez si las masajeaba lentamente se le iría esa sensación de no tenerlas.

Alguien estaba mal del estomago. El olor era insoportable, y entre mezclado con la mugre y la enfermedad se hacía intolerable.

Al otro extremo de la celda había un agujero en el piso. Ahí era donde todos hacían sus necesidades, sin acepciones.

La insalubridad era extrema. Tres habían muerto ya a causa de la peste, y ni así habían mejorado la situación.

¿A quién quería engañar?, a nadie le importaba un soberano comino si se morían o dejaban de morirse. Para ellos o mejor dicho para Voldemort, era mejor que se extinguieran de una vez por todas.

Sintieron ruidos en los pasillos. Eso no podía ser bueno. Los guardias les habían tirado comida ayer o eso creían.

Un grupito de chicas empezaron a llorar, arrastrándose lo más lejos posible de la reja de entrada.

Hermione quedó inmóvil, pensó que quizá si se mantenía quieta y lo mayormente acurrucada no la verían y no la llevarían nuevamente a las instalaciones de esos cerdos.

El ruido metálico que hacían las llaves al rebotar y golpearse entre sí, en el cinturón del guardia, se sentía cada vez más cerca.

—¡Córrete, asqueroso!—bramó un hombre robusto y con pinta de sucio. Tenía un enorme chorrete de comida en su túnica, y parecía que ni se había molestado en limpiársela siquiera—. ¡Estos malditos lo hacen apropósito!—se quejó, abriendo de golpe la pesada reja y pegándole un puntapié en las costillas a el desafortunado muchacho que se encontraba obstruyendo la entrada. A pesar de su corta edad, el joven no lloró ni se quejó y eso pareció surtir resultados. El guardia lo olvidó y pidiéndole la planilla a su compañero, detrás de su espalda, alumbró las letras con su varita.

—¡HERMIONE GRANGER!—gritó, apuntando la luz de un lado a otro.

A Hermione se le cortó la respiración.

Nadie contestaba ni decía una palabra.

—¡HERMIONE GRANGER!—volvió a gritar el guardia, pero esta vez con voz más amenazante.

No tenía escapatoria. Si no se hacía ver sabía que empezarían a castigarlos a todos. Ya había ocurrido en una ocasión, y no quería que ellos sufrieran por su culpa.

Lentamente se levantó. Aterrorizada y temblando de pies a cabeza, dijo casi sin aliento:

—Aquí, señor.

—¡Bien, acércate!—ordenó desde la entrada, agitando su mano.

Hermione, apoyándose en los hombros de sus compañeros de celda que se encontraban sentados y con las cabezas gachas, avanzó hasta llegar a donde se encontraba ese horrible hombre.

El guardia le tomó con rudeza el mentón y le levantó el rostro para observarla, iluminándola con su varita.

—He visto chicas más lindas, no sé por qué te han elegido—rumió con desprecio—. ¿A ti qué te parece, Karl?

—¡Me da igual!—contestó el segundo guardia con un encogimiento de hombros.

¿Elegida?, pensó Hermione mientras era sujetada bruscamente del brazo.

—¡Vamos! ¡Camina!—exigió el guardia, empujándola para que saliera de la celda así podía cerrarla nuevamente.

Entre cinchones y empujones, la obligaron a caminar por el helado pasillo.

Hermione no sabía que le esperaba, pero estaba segura que no sería lo que su mente había imaginado todo este tiempo para mantenerse cuerda.

Su destino no era ni una taza de sopa caliente, ni tampoco una cama donde dormir…eso era un hecho.


No sé cómo, pero pude actualizar otro capítulo, jaja. Aquí se los dejo para que lo lean y por supuesto, comenten. Abrazos.


Anónimo: Gracias por seguir la historia. Una luciérnaga en la bruma, va por la mitad, recién, jeje. ¿Trío?, en esta, claro que sí. Abrazo.

Guest: Gracias por tu comentario, espero seguir leyéndote. Saludos.