Capítulo 1: Nuevos amaneceres.

El día había comenzado como cualquier otro en el Templo Sagrado. El joven Kami-sama realizaba sus tareas cotidianas bajo la atenta mirada de su mentor; Mr. Momo disfrutaba de su tiempo libre viendo las mariposas revolotear por sus jardines.

Era un día como cualquier otro y nada ni nadie podrían quebrantar la serenidad del lugar...O eso se pensaba.

Desde hacía tiempo, algo rondaba por la cabeza de Piccolo, incomodándolo, haciendo que sus enfados fuesen más diarios y agresivos que antes.

La mañana pasó y cayó la tarde. Piccolo miraba la tierra por el borde de la plataforma celeste, observando la vida de los terrícolas y lo que parecía escenas que él difícilmente podía comparar con algunas que hubiera vivido jamás.

-¿Piccolo?- Pregunto Dende tímidamente, temiendo una regañina o grito por parte de su mentor.- Piccolo ¿Se encuentra bien?- Posa la mano en el antebrazo del namek mayor.

-¿Eh?- Piccolo reaccionó y miró al joven kami-sama.- Sí, estoy bien.- Vuelve la mirada al horizonte.- Solo pensaba.

-¿En serio se encuentra bien, Piccolo? Lleva unos días como...- Piensa un momento la palabra que lo describiera bien.- Ausente. ¿Le ha pasado algo con Gohan?

-Estoy bien. Descuida.- Gruñó el namek guerrero, empezando a perder la paciencia.

Aquella reacción la captó Dende, que decidió retirarse para dejarlo tranquilo.

-Sí necesita hablar de algo, no dude en hacerlo.- Le aconsejó.- No es bueno retener dentro las preocupaciones o miedos. No está solo.

Mirando un momento a su mentor, Dende se retiró para dejarlo pensar en sus palabras.

Estando allí, parado mirando el horizonte con tristeza y melancolía, pensando que, si únicamente diese un paso más hacia la perturbación de sus sueños y pensares, hallaría un mundo nuevo donde ya no estaría solo y conocería aquel sentimiento que tanto han disfrutado sus amigos por años.

-Me voy ha arrepentir de esto.- Pensó, sonriendo ligeramente por la descabellada idea que en esos momentos pasaba por su mente.

Volviendo la vista hacia el Palacio Celeste, se elevó de la plataforma y puso rumbo hacia su antiguo hogar.

El cielo estaba tormentoso y oscuro; la naturaleza en sí parecía saber lo que iba a pasar en aquel día.

-Maldita sea.- Gruño Piccolo, con una mano cubriéndose el rostro para que la lluvia no le entrase en los ojos.

Aumentando su Ki, el namek guerrero surcó a gran velocidad por medio de la tempestad, llegando a la cueva que en antaño le sirvió de refugio y hogar.

Se quitó la capa y turbante, escurrió su ropa y creó una manta con la que estar caliente mientras meditaba.

En la mente de Piccolo empezó a formase diversas imagines de su pasado… Recuerdos en los que estaba con Gohan a solas en el desierto o en el Templo Sagrado esperando antes de luchar contra Célula.

Sin poder remediarlo, suspiró. Aquellos momentos los tenía guardados en el corazón, con cada una de las palabras cariñosas que el chico decía hacia él. Sentía algo especial por Gohan; para él, el medio-saiyan siempre seria su hijo, a pesar de no ser iguales o tener la misma sangre. Había llegado a quererlo más que cualquier otra cosa.

Ahora su joven pupilo vivía lejos de él. Su padre había sido resucitado tan solo un año atrás, cuando él los cuidaba y protegía de cualquier mal.

-Gracias por cuidar de Chichi y los niños, Piccolo.- Recordó el namek guerrero.

-Muchas gracias, Señor Piccolo…

Aquella fue la última vez que lo vio sonreírle; después, parecía como sí hubiera desaparecido del mundo para él.

Suspiró de nuevo y miró el cielo negro. Todo había acabado. O, tal vez, no todo. Sí estaba allí era por algo; iba a cumplir con un cometido sin retorno, una empresa que ocuparía el resto de su vida, algo que llenaría el vacío de su corazón herido.

Piccolo cerró los ojos y se concentró. En su mente se fue delineando una pequeña figura detalladamente: manos, pies, ojos… todo cuanto necesitaba para ser persona.

-Ya esta.- Susurró cuando terminó.

Durante un largo rato se quedó quieto, esperando a que algo sucediese; pero ese algo tardaba mucho en llegar. Cansado de esperar, se quedo dormido.

No paso ni quince minutos, cuando un dolor agudo lo sobrecogió, despertándolo. Gimió de dolor con las manos en el vientre, retorciéndose en el sitio; no iba gritar, no se iba a dar tal lujo.

Pasaron cerca de treinta minutos antes de que un blanco huevo descansase a pocos centímetros de él.

Piccolo jadeó tras verse liberado de tan intenso dolor.

-¿Cómo podía soportar este dolor mi padre?- Se preguntó, mirando el gran ovaló descansando delante suya.- Es enorme.

Durante un largo rato observó el huevo inmóvil, quiero en el lugar donde había caído.

-¿Por qué no se abrirá?- Se preguntó, frunciendo el ceño con preocupación.

Con mano trémula, lo fue a cargar pero un ligero temblor en esté y el resquebrajamiento consiguiente, hizo que la retirase para dejar que la naturaleza siguiese su curso.

Los segundos pasaron, el huevo siguió abriéndose y Piccolo veía curioso como se abría pasó a la vida la criatura que había engendrado.

-Venga. Sólo un poco más.- Susurró, ayudando al pequeño con una partecita del huevo muy dura.- Eso es. Muy bien.- Sonríe.

Pero su sonrisa fue mayor cuando vio, por el agujereado cascarón, un pequeño bebé namek dormido.

Con sumo cuidado lo fue sacando de entre los pedazos de la cáscara, tomándolo por detrás del cuello para que no se le partiera.

-¿Qué hago ahora contigo?- Susurró, mirando a su alrededor.

No tenía nada a mano para taparlo ni cunita donde acostarlo. Reprochándose mentalmente, miró al pequeño durmiente, viéndolo con pena porque su cansado cuerpo no le podía proporcionar en aquellos momentos lo que él necesitaba.

Sabiendo que ya no había marcha y que tendría que dejar a su cuerpo descansar, Piccolo tumbó al bebé en su brazo, se cubrió bien con la capa para que ninguno de los dos pasase frío y acomodo el cuerpo contra la pared de piedra, esperando que la temperatura no bajase y la noche mejorará un poco.

Durante un rato cabeceó, luchando por no dormirse, pero el cansancio pudo con él y tuvo que dejar a su mente divagar por los senderos de la inconsciencia.

Una sombra sin cuerpo, esa noche se acercó con miedo, esperando no ser descubierta porque sabía que si la veían, no podría llevar a cabo su cometido. Como si fuese una luciérnaga, voló por delante del rostro de Piccolo, iluminando con su luz parpadeante.

El namek adulto se quejó, movió la mano por delante de su cara y ladeó la cabeza hacia un lado, dormido profundamente.

La sombra se apartó un poco del guerrero para observarlo, captando al con mirada al bebé que yacía en el brazo del adulto. Titilando, se acercó un poco a la criatura, curioso, cauto, esperando algún movimiento por su parte; más no hubo ninguno.

Alejándose del pequeño ser, la sombra voló hacia el pecho de piccolo, trazó un círculo y un cuarto en el aire y entró en el bebé.

La oscuridad era absoluta. La sombra se deslizaba con rapidez por las penumbras, como si por un pasillo caminase, deteniéndose delante de un viejo reloj cuco iluminado por un único foco de luz.

Lo miró con interés, como sonriendo, pero su luz disminuyó al ver que las manecillas estaban quietas, paradas a casi las doce en punto. Haciendo un sonidito de pena, tocó las agujas, haciendo retroceder el tiempo hasta unas horas más jóvenes, pero nada, el reloj no funcionaba.

Triste y apenado, la sombra se retiraba cuando el segundero empezó a moverse: un segundos, dos segundos, tres segundos… Contenta de ver como el reloj cuco empezaba a funcionar, saltó y brincó a su alrededor, introduciéndose en su interior.

Las manecillas fueron cogiendo vida y fuerza, marcando un poco hacía delante, para después retroceder a gran velocidad. Puntos luminosos salían del engranaje a medida que el tiempo retrocedía y el reloj cuco fue rejuveneciendo, reparándose las imperfecciones, pintándose de colores vivos y alegres, brillando con fuerza y potencia.

Las penumbras se disiparon y un hermoso jardín primaveral lo fue sustituyendo todo.

El bebé empezó a llorar con fuerza, despertando a Piccolo de su sueño. Al principio estaba un poco alterado, pero al recordar lo que había sucedido, el guerrero arrolló al pequeño, calmándolo con palabras dulces, arrullándolo para que se durmiese de nuevo.

Viendo que el bebé no callaba, Piccolo caminó por la cueva con él, meciéndolo a medida que se movía por el lugar.

-Ya esta. Tranquilo.- Dijo suavito para que no se asustase.

El bebé sollozó y quejó, moviendo sus bracitos y piernas con algo de fuerza. Pensando en lo que podría querer el pequeño, Piccolo miró hacia la cascada al oír un ruido; entonces se le hizo la idea.

¿Por qué otro motivo sino iba a llorar un recién nacido? Era evidente que la criatura pedía alimentos, y él pensando en otras cosas. Reprochándose a sí mismo su falta de experiencia, caminó hasta la cascada, cubriendo al pequeño con la capa para que no se mojase.

Concentrándose, creó un biberón, lo llenó de agua pura y salió de la cueva para que el aire fresco de la noche lo despejara mientras alimentaba al crío.

-Mira que cielo tan llenos de estrellas, hijo.- Comentó, mirando sonriendo tiernamente al bebé.

El pequeño lo miró y después volcó su atención en los puntos luminosos del cielo.

-Sí. Es una noche hermosa de estrellas.- Sentenció volviendo a mirar el cielo.

Con cuidado, se sentó en el suelo, cubriendo a su pequeño con la capa. Durante un espacio de tiempo estuvo en silencio contemplando las estrellas mientras alimentaba al pequeño.

-Ahora que lo pienso.- Mira al bebé.- Todavía no te he puesto nombre.- Retira el biberón vació y coge al pequeño por debajo de las axilas, alzándolo delante de sus ojos.- ¿Cómo debería llamarte?

El bebé ladeó la cabecita y eructó, haciendo reír al adulto.

-Creo que te llamaré…- Se queda pensando el nombre.

En eso, una estrella fugaz rompió el cielo, atrayendo la mirada del namek adulto por unos momentos. Como si el reino celestial mismo le estuviese mandando un mensaje para escoger el nombre adecuado, Piccolo sonrió y decidió el que su retoño llevaría.

-Orión.- Dijo sonriendo.- Te llamaré: Orión.

El bebé gorjeó imitando la sonrisa de su padre.

Riendo un poco, Piccolo abrazó a su pequeño, creándole un pijamita calentito para que no cogiese frío. Después, pasaron al interior de la cueva a descansar; el mañana, sería muy largo para los dos.

To be continued…

Comentarios del Autor:

Una vez, y porque mis neuronas me lo han permitido, estoy aquí para darles la vara un poco con mis idas de cabeza.

Para empezar, saludo a todos los que hayáis llegado hasta aquí y pido perdón por el cambio chungo que ha experimentado la historia. Creo que ahora ira para mejor y no tan lioso como el anterior.

Después, pido amablemente a los lectores (si les interesa o ven algún fallo) que dejen sus comentarios u opiniones. Siempre viene bien para el cuerpo saber que piensa la gente sobre el trabajo de uno.

Por último, y no por ello menos importante, nos vemos en el próximo capítulo. Seré buen y os aclarare las dudas que tengáis a lo largo de la historia.

Gracias por haber estado aquí conmigo. Nos veremos pronto.

Dark Kiba, escritora del fics.