SALVANDO A ALBERT

CAPÍTULO 2

Candy se dirigió de inmediato al jardín de la parte trasera de la mansión; las lágrimas eran tan rápidas como sus propios pasos, el aire le faltaba y ya sin poder contenerse se tiró en el pasto debajo de un árbol.

Con las piernas recogidas, los brazos sobre estas y la cabeza oculta, siguió llorando sin poder controlar el mar de lágrimas que brotaba de sus ojos.

—señorita Candy— escuchó la voz de George después de haber llorado por largo rato— ¿qué le ocurre? — preguntó cuando Candy levantó la vista y vio su rostro.

—nada George, nada— respondió limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—para no tener nada llora con demasiado sentimiento— dijo sentándose a su lado—

—tiene razón George, si me pasa algo, pero no sé exactamente cómo explicarlo. Es algo que tengo aquí, en el pecho, algo que me oprime; que no me deja respirar, sólo me asfixia y me provoca ganas de llorar— explicó Candy llevándose una mano al pecho, justo en el corazón.

—es un sentimiento muy fuerte. Una pena muy grande para alguien tan joven como usted— dijo George con una dulce voz.

—a veces siento que no soy tan joven, he pasado por tantas cosas— dijo Candy.

—creo que sé lo que siente. — dijo respirando profundamente— ¿quiere mucho a Albert? — preguntó sin darle vueltas al asunto.

—sí George, demasiado— respondió Candy aceptando sus sentimientos por primera vez— me dolió mucho saber que va a casarse con esa señorita. Pero si con eso él es feliz no me queda más que hacerme a un lado— dijo Candy con profundo pesar.

—hay amores que uno debe dejar ir— dijo George tras un breve silencio. —y otros por los que se debe luchar hasta no poder más.

Candy lo miró sorprendida, nunca se imaginó que George podría decir eso. Eso que era un gran consejo y también una locura.

—pero él la ama— se quejó Candy.

—tal vez no. Tal vez solo esté deslumbrado por las cualidades de la señorita Hale

—¿Hale? — preguntó Candy.

—sí, ese es su apellido.

—Albert no lo mencionó, estaba tan emocionado. ¿Hay algo más que no sepamos de ella? — preguntó.

—mucho, he comenzado a investigar desde que Albert no se separaba de ella, pero es difícil encontrar información de la señorita Hale. — respondió George.

—¿podría decirme lo que sabe?

—claro, en cuanto tenga información más precisa será la primera en saber todo.

—gracias— sonrió Candy tras un leve suspiro.

—luche señorita Candy, luche por la persona que ama y sáquelo de su error, porque esa boda no es más que un terrible error— dijo George tras unos segundos de silencio.

—va a ser muy difícil George.

—nadie dijo lo contrario, pero yo sé que el amor es capaz de lograr muchas cosas y si eso no fuera suficiente cuente conmigo— agregó George ayudando a Candy a levantarse del suelo.

—gracias George, muchas gracias— dijo Candy dando un abrazo al hombre que le acababa de dar un gran apoyo.

—aún no tiene nada que agradecer— sonrió George— ¡pero vea qué tonto he sido! Yo venía a darle una noticia que la animará.

—¿qué noticia?

—¿conoce al doctor Colson? — preguntó George.

—es el médico de cabecera de la señora Elroy— respondió Candy.

—cuando estábamos en la estación de trenes de Chicago lo vi y me dijo que planea poner un consultorio muy cerca de aquí, en el pueblo donde una vez usted huyó con el joven Anthony ¿lo recuerda? — Candy asintió— bueno, pues dijo que pondrá un consultorio y que necesita una enfermera que lo asista. Tuve el atrevimiento de hablarle de usted y dijo que estaría encantado de conocerla si es que le interesa el trabajo— explicó George sin omitir detalle.

—¡es verdad lo que me dice! ¡Es una espléndida noticia! ¡Claro que me interesa volver a trabajar!, ¿dónde puedo verlo?, ¿cuándo? — preguntó Candy emocionada cambiando por completo su estado de ánimo.

—tan pronto como pueda, si quiere yo mismo la puedo llevar en cuanto me diga— respondió George

—¿podemos ir mañana mismo?

—claro que sí señorita.

—¿podría llamarme simplemente Candy? — pidió la joven.

—lo intentaré— fue la respuesta de George.

Una semana después Candy ya tenía trabajo; nuevamente como enfermera con el doctor Colson. Un médico respetable de suma confianza para todos sus pacientes.

Candy iba todos los días al consultorio que no había tardado tanto en ser instalado. El trabajo era demasiado y eso sirvió a la joven enfermera para tener la mente despejada algunos días mientras todos se acostumbraban en casa a la presencia de Lucy Hale.

Una tarde, mientras Candy estaba en el consultorio, George en Chicago y Albert trabajando en su despacho; Lucy se acercó a la señora Elroy para tomar el té.

—permítame que yo se lo prepare— dijo amablemente la prometida de Albert— ¿le gusta así? — preguntó dándole a la mujer la taza.

—está bien así, gracias— respondió Elroy sin ninguna expresión en particular— ya que ha comenzado con los preparativos de la boda me gustaría que me diera su lista de invitados para compararla con la de la familia, debe saber que vendrán muchas personas pues se casa la persona más importante del clan— dijo Elroy

—me parece que no será necesaria una lista, al menos de mi parte ya que... ¡Vaya!, ¿cómo decirlo?, yo no tengo familia que viva aún. Mis padres murieron hace mucho tiempo y fui hija única— respondió Lucy con un dejo de tristeza.

—William no me comentó nada al respecto, aunque no me extraña. Últimamente no me dice nada— dijo la mujer de más edad un tanto molesta.

En ese momento Candy llegó hasta la sala que compartían Elroy y Lucy.

—buenas tardes, lamento la demora— se disculpó Candy con Elroy— buenas tardes Lucy— saludó con cortesía.

—hola Candy, qué bueno que llegas, ¿quieres un poco de té? — ofreció la joven señalando la tetera que descansaba sobre la mesita de centro.

—sí, gracias— aceptó Candy sentándose al lado de Elroy.

—iré por más azúcar, ahora vuelvo— dijo Lucy levantándose de su lugar.

Cuando Elroy y Candy estuvieron solas la primera habló.

—Candy, por favor tira esto en la planta de allá— dijo dándole la taza de té.

—¿qué? — preguntó Candy confundida.

—sólo hazlo— ordenó la anciana y Candy obedeció.

Al día siguiente, una hora antes que la cena fuera servida Candy paseaba cerca del despacho de Albert, la puerta estaba entreabierta y sin querer escuchó una conversación.

—me parece que quieres mucho a Candy— decía Lucy con cierta molestia.

—así es— respondió Albert.

—¿es alguien muy especial para ti?, quiero decir, le consultas cada paso que das. Parece que te importa más su opinión que la mía— Candy pensó que eso no era cierto, pero no podía negar que le agradaba un poco molestar a Lucy. — creo que, aunque yo vaya a ser tu esposa ella será siempre más importante para ti.

—pero, ¿qué estás diciendo? — exclamó Albert— es cierto que Candy es muy importante para mí, pero no más que tú. Ella es sólo una niña que adopté hace muchos años.

Estas palabras se clavaron en el corazón de Candy provocándole nuevas ganas de llorar así que tratando de no hacer ruido se alejó y fue hasta su habitación de la que no salió ni siquiera para cenar, enviando a una mucama a que dijera que no se sentía bien y que no bajaría a cenar con la familia.

Cuando fue la hora de dormir salió a darle las buenas noches a la abuela que no hizo ninguna pregunta o reclamo por su ausencia. Después bajó para pedir un poco de té y galletas a la cocina, pero en el camino se topó con Albert.

—Candy, ¿podemos hablar? — pidió serio como nunca lo estaba con ella.

—sí

—vamos al despacho— dijo señalando el camino con la mano.

Candy caminó seguida de Albert hasta el lugar mencionado.

—¿por qué no bajaste a cenar? — fue lo primero que preguntó.

—me dolía la cabeza y no tenía hambre— contestó Candy.

—¿te sientes mejor? — preguntó con su tono y actitud normal hacia ella.

—sí Albert, gracias— sonrió Candy conmovida por esa simple preocupación que no era fingida.

—desde que volví no hemos tenido mucho tiempo para hablar

—has estado ocupado, lo entiendo— dijo Candy encogiéndose de hombros.

—no creo que sea excusa— dijo Albert señalando un sillón para que ambos se sentaran— quiero preguntarte algo y quiero que seas completamente honesta— dijo una vez que estuvieron sentados.

—está bien, pregunta— contestó Candy nerviosa.

—¿qué piensas de Lucy?

Esa era una excelente pregunta para Candy para la cual tenía una respuesta aún mejor, pero sus principios, y su amor por Albert impedían que dijera lo que realmente pensaba.

—es... toda una dama. Es linda, agradable y… parece amarte— respondió la joven mirando al piso.

—pero...— añadió Albert y Candy levantó la vista hacia el rostro de él.

—pero no sabes nada de ella Albert. La conociste hace un par de meses y dices estar enamorado de ella y con planes de boda. Creo que has ido demasiado rápido con todo esto.

—sé lo suficiente sobre ella para darme cuenta que la amo— dijo Albert con voz seria y un tanto molesta.

—tienes razón— contestó ella poniéndose de pie— además, ¿qué puedo saber yo? — agregó también molesta— qué puedo saber yo que te conozco desde hace tanto tiempo, yo que conozco tu manera de ser y de actuar. Qué puedo saber yo que...— iba a continuar, iba a decirle que lo amaba, pero prefirió callar caminó hasta la puerta en silencio.

—¡Candy, espera! — exclamó Albert levantándose deprisa deteniéndola por el brazo haciendo que ella girara y quedaran frente a frente.

El encuentro entre azul y verde detonó chispas en toda la habitación. Al sentir la mano de Albert tocando su piel Candy no pudo evitar estremecerse y sentir que su cuerpo en cualquier momento iba a desfallecer.

—Candy... Yo...— Albert se había quedado mudo, perdido en las pupilas de ella que lo miraban fijamente.

La boca de Albert se acercó peligrosamente hasta los labios de ella tocándolos ligeramente; Candy no fue capaz de pensar y un calor intenso se expandió por todo su cuerpo.
El contacto fue suave y apasionado a la vez llevando a ambos a un lugar lejos de la realidad.

—lo lamento Candy— dijo Albert cuando dejó sus labios— no debí...yo no... Yo me casaré con Lucy y tú...— sus palabras no tenían sentido alguno, ¿cómo iban a tenerlo si ni siquiera sus pensamientos tenían sentido?

—yo sólo soy una niña que adoptaste hace mucho tiempo— dijo Candy con voz ronca intentado reponerse a ese beso.
Con fuerza se soltó de la presión que Albert ejercía en su brazo y salió lo más rápido que pudo del despacho.