Disclaimer:Los personajes de Naruto son únicamente de Masashi Kishimoto. Solo los uso para este fic sin fines de lucro.
Resumen:AU-Una famosa pareja de hermanos juglares en el ágora del Reino del Mar a todos sus aldeanos reunió. Con sus instrumentos y memorias prodigiosas, cantan la leyenda de un grupo de jóvenes tocados por el Gran Dios quien, en consecuencia, el destino de éstos selló. No pudieron abandonar el camino, puesto que el Gran Dios los acompañó y tal como la profecía decía, la leyenda de la cruz blanca se cumplió.
Aclaraciones:
La leyenda de la Cruz blanca – narración presente
La leyenda de la Cruz blanca – narración de los juglares
Autora: -Dark Yuki-chan-
"La leyenda de la Cruz Blanca"
Cantar I: Cantar de la reunión
Capítulo 1: El retorno del caballero
El viento tibio de otoño mecía suavemente los cabellos de un par de juglares que estaban sentados sobre una carreta llena de paja y con una gallina. El dueño de la paja, la carreta y la gallina había llevado amablemente al par de juglares, hacía el reino más cercano, el cual era un reino que era conocido por ser los protegidos de Atenea, la Diosa de la Sabiduría.
El juglar más joven iba afinando su instrumento musical mientras que la juglaresa a su lado estaba observando calmadamente el claro cielo, adornado con algunas nubes.
El camino apedreado hacia que la carreta de ves en cuando se moviera bruscamente, pero ambos juglares lograban sostenerse en la carreta, para no caer al suelo de tierra. La calma se respiraba en el aire y el paisaje era tan bello, que ninguno de los dos juglares se dio cuenta cuando la carreta ya se había detenido y el dueño de la carreta, el cual era un anciano de cabello canoso, bastante arrugado pero con una expresión muy amable, ya estaba parado junto a ellos.
Aquel hombre era un buen granjero, el cual tenía un negocio bastante estable, pero debido a ello debía estar constantemente viajando de reino en reino. Lo encontramos por casualidad en el camino y éste amablemente se ofreció a llevarnos. En nuestra memoria y corazón lo recordamos, ya que gracias a aquel buen hombre, nosotros podemos estar aquí, como vuestros humildes servidores, cantando este relato.
-Bueno, ya hemos llegado jovencitos- anunció amigablemente a ambos juglares.
-Os agradecemos de corazón, buen hombre- agradeció la juglaresa de rubios cabellos y verdes ojos –Como agradecimiento, este humilde par de hermanos juglares os quiere entregar este humilde presente- dijo sacando de su bolso de lana con delicados bordados una pequeña cajita de madera, finamente tallada.
-No debieron. Sin embargo, acepto gustoso su presente jóvenes. Como ya os me he enterado por boca de ustedes, permanecerán un tiempo en este reino actuando para los aldeanos. En unos pocos soles iré al ágora de este reino, para ver su acto- dijo sonriendo con bondad.
-Os esperaremos encantados, noble señor- respondió sonriente el juglar de castaños cabellos y morena tez.
Y con aquella promesa de un reencuentro en el ágora del Reino Shiroi, los juglares y el granjero se separaron. Ambos hermanos comenzaron a recorrer las calles del Reino, contemplando la arquitectura del magnífico reino.
Mientras caminaban tranquilamente, admirando las construcciones y los negocios, se detuvieron en un pequeño parque con una fuente tan blanca como el marfil, con una bella estatua en medio de la Diosa Atenea. Allí, se encontraban 3 personas, posiblemente gitanos, bailando y tocando instrumentos para ganarse algo de dinero.
-No creí que hubieran gitanos honrados, como para trabajar en vez de robar- comentó el castaño observando el baile de la gitana, la cual danzaba al son de la música tocada por sus compañeros gitanos.
-No deberíamos dar prejuicios, antes de conocerlos- opinó la rubia, admirando la gracia de la gitana –Bueno, creo que debemos irnos. Hay que conocer el reino, para poder mañana dar nuestro acto- dijo mientras continuaba caminando junto a su hermano. Sin embargo, cuando pasó al lado de los gitanos, lanzó un par de monedas de plata a un tarro que usaba ese grupo de gitanos, para reunir sus pocas ganancias.
Pasamos junto a una plaza, que parecía de ensueño. Tan blanca como el marfil y tan brillante como las estrellas. Para bendecidnos estaba una estatua blanca de la Diosa Atenea, quien la sabiduría posee. Allí, con gracia y pureza danzaba una gitana de larga melena rosa y brillantes ojos jade. Hipnotizantes eran sus ojos y su baile era muy elegante. Nunca en su vida verían un baile similar, ya que solo una gitana verdadera lo podría interpretar.
Los gitanos no despegaron sus ojos de ambos juglares, sino hasta que éstos desaparecieron por la esquina de la calle. Su música detuvieron y sus pasos también. Entre los tres, intercambiaron miradas curiosas y extrañas.
-Creo que es suficiente por hoy. Debemos regresar antes que los guardias comiencen sus rondas del medio día- dijo uno de los jóvenes, de cabello rojizo y ojos castaños. Sus compañeros asintieron y el tarro con monedas levantaron, con sus instrumentos y la manta púrpura sobre la que estaban situados.
Unas capuchas negras se colocaron sobre sus hombros y se cubrieron de la cabeza a los pies. Con pasos ágiles y livianos, rápidamente comenzaron a caminar a paso apresurado entre las calles y callejones del reino, en dirección a lo que momentáneamente era su hogar. El hogar de los gitanos.
Mientras caminaban rápidamente, pasaron junto a un carruaje muy elegante, guiado por caballos blancos con adornos de oro. El carruaje en sí era de un material ligero, pintado de color blanco con detalles lilas y plateados, con incrustaciones de diamantes y zafiros. Todas las personas que pasaban por allí, pudieron reconocer que era uno de los carruajes reales, del rey del Reino Shiroi.
Dentro del carruaje, iba la princesa del Reino, la primogénita del rey. Era una joven de ojos aperlados, como todos los hijos de Atenea, tez blanca como la nieve y largo cabello azul oscuro. Vestía un simple, pero elegante vestido grisáceo brillante de seda, con bordados blanco invierno y con las mangas blancas.
La princesa del reino Shiroi. Una joven de una extraordinaria belleza y un buen corazón. Nació con todo en bandeja de plata, pero ella era humilde y amable con todos. Admirada por pocos y amada por muchos. Su cabello oscuro era idéntico a la noche iluminada por la Luna y sus ojos eran tan aperlados como las más bellas perlas del fondo del mar, tal y como una hija de Atenea se debe mostrar.
El carruaje iba a una velocidad moderada y la princesa iba muy alegre, observando y saludando a su pueblo. La mayoría de los aldeanos conocía a la princesa, la cual seguido bajaba al pueblo del reino, y le tenían un gran cariño. Ella era muy cariñosa y amable con todos y siempre los escuchaba sobre sus problemas o sobre cualquier cosa que éstos quisieran contarle.
El carruaje de a poco fue aminorando la marcha hasta detenerse en una esquina ocupada por una tienda de comida y una panadería. La princesa con cuidado bajó del carruaje y caminó por la calle mientras que saludaba a un grupo de alegres niños que se dirigían a sus casas luego de una mañana de juegos en la plaza.
La princesa de largos cabellos azulados caminó un corto tramo, hasta detenerse frente a una humilde tienda de armas. Al ingresar a la tienda por la puerta de madera, una campanita sonó, anunció la llegada de un nuevo cliente.
-Bienvenido a nuestra humilde tienda- dijo una chica que estaba atendiendo el local – ¡Princesa! Es un honor tenerla nuevamente en nuestra pequeña tienda de armas. ¿El príncipe nuevamente va a la guerra?- preguntó la joven alegremente, mientras hacia una pequeña reverencia como se ordenaba ante la presencia de la princesa.
-No es necesario que te inclines ante mí. En jerarquía poseo un rango más alto, pero como personas somos iguales- dijo con una voz bondadosa la princesa –Esta vez no va a la guerra, pero su espada se ha roto durante la anterior. Como aliados debe asistir con nuestro ejército, sin embargo, su espada llevaba muchos años de uso entonces su filo ya no existía y termino por quebrarse debido a lo oxidada que estaba- dijo con una cierta inexplicable tristeza.
-Ya veo princesa. Entonces, esta humilde aldeana personalmente forjará la mejor espada para el príncipe. Comprometo estas simples manos, que utilizo para forjar armas, a que forjaré la mejor espada- dijo observando sus delicadas manos, las cuales estaban un poco maltratadas por el constante trabajo.
-No debería entregar sus manos por una simple espada- dijo la princesa mientras que tomaba cálidamente las manos de la chica entre las suyas –Sin embargo, si ese es vuestro deseo no la detendré- dijo con sinceridad, soltando las ligeramente maltratadas manos de la joven.
Todos en la aldea conocían a la chica, la cual era alta, de largo y ondulado cabello tan castaño como sus grandes y brillantes ojos. Ella era hija de unos humildes aldeanos, que trabajaban en esa tienda, forjando las mejores armas del reino. Éstos, hacía muchos soles atrás habían sido llamados por un reino aliado que estaba constantemente en guerra y el rey del Reino Shiroi los envió para que ayudaran al reino aliado. Desde ese momento, ella se había quedado a cargo de la tienda junto a una pareja de amigos de sus padres, los cuales tenían un hijo que creció junto a ella, como dos estrellas en el firmamento.
-Hermana, ¿puedes llevar este envío a unas casas más acá?- dijo un joven entrando a la tienda por la habitación trasera –¡Princesa! N-No sabía que nos honraba con vuestra presencia- dijo algo nervioso reverenciándose ante ella.
La princesa rió levemente. Luego, le ordenó al joven que no reverenciara, ya que ella era una persona igual a él. Éste, algo incómodo se levantó y agradeció en voz baja el trato de la noble. La princesa observó el paquete que el chico llevaba entre sus brazos cuidadosamente. Era una bolsa de simple papel, y desde el interior de la bolsa emanaba un delicioso aroma.
Él era un caballero de dorados cabellos y azules zafiros por ojos. Su vida hasta el momento era simple y sencilla, sin aventuras ni desafíos por delante. Mas nuestra hermosa Diosa Atenea, la que la sabiduría posee, tenía un destino distinto planeado para él. Un destino brillante como sus ojos, junto a su hermana, una delicada ninfa del bosque.
-¿Eso que lleva en las manos es ramen?- preguntó la princesa inhalando profundamente, deleitándose con el delicioso aroma del alimento caliente.
-Así es princesa- asintió alegremente el joven –Si desea comer un buen plato, puede pasar a nuestro local. Mis amados padres están en este momento atendiendo la tienda ya que la Diosa Atenea, la que posee sabiduría, ha traído a algunos viajeros a nuestro humilde local- dijo señalando con los ojos a la tienda de a un lado, que pertenecía a su familia.
La princesa aceptó gustosa, ya que el sol estaba en lo más alto del firmamento, anunciando que ya era hora de la segunda comida diaria. Mientras que cerraban momentáneamente la tienda de armas, el rubio escoltaba a la princesa a la tienda de sus padres, al tiempo en que la chica de castaños cabellos iba a entregar el pedido de un buen carpintero que se establecía a unas pocas casas de allí.
Caminaba a un paso ligeramente moderado, para que la comida que llevaba no se enfriara. No pasaron muchos minutos antes de que se viera frente a la casa del carpintero, la cual era de madera como la mayoría de las casas de los aldeanos. Antes de que pudiese cruzar hacia la casa, ya que se encontraba en el lado opuesto de ésta, se escuchó una trompeta anunciando la llegada de los caballeros del rey.
Frente a sus ojos pasaron un sinnúmero de caballeros, vestidos con su armadura de guerra y montados sobre sudorosos caballos con sus respectivas armaduras de protección. Se notaba que habían llegado hace poco de alguna guerrilla vecina ya que estaban algo sucios, algunos estaban levemente heridos y sus rostros denotaban cansancio.
Cuando por fin el desfile de caballeros terminó, la joven sin despegar sus ojos de éstos se acercó a la casa del carpintero en donde éste la estaba aguardando. Ambos estaban observando fijamente a los caballeros de brillantes armaduras ya que no era algo muy común ver a la caballería real por las calles del pueblo.
La caballería real del rey consistía en hombres de impresionante fuerza, grandes habilidades y muy leales a su reino. Vestían armaduras de brillante metal, con algunas pocas incrustaciones de oro blanco, la piedra preciosa que representaba la pureza y sabiduría de Atenea, la Diosa que la Sabiduría posee.
Cabalgando uno de los cansados caballos, estaba uno de los caballeros reales de mirada perdida, como si algo en su vida le faltase. Junto a él, estaban sus compañeros de toda la vida, compañeros de guerra, de amistades y de vida.
-¿Sucede algo?- preguntó uno de los caballeros que cabalgaba a su lado, el cual tenía rubios cabellos y azules ojos.
Sin embargo, su compañero no lo escuchó. Estaba sumergido en un mar de pensamientos, recuerdos y sentimientos confusos. Siempre se cuestionaba el motivo de su existencia, el porqué se encontraba allí. Siempre pensó en que no valía la pena vivir, ya que la vida era efímera y no era eterna. Que todos los humanos eran solo seres imperfectos y eso no era lo que él estaba buscando. El buscaba la perfección, lo inmutable, lo eterno. Sin embargo, sus deseos al parecer no eran escuchados por los Dioses, ya que nuevamente, la voz de su compañero lo trajo a la realidad que no deseaba.
-Estás muy distraído. Digo, más de lo normal. Enserio, ¿sucede algo?- insistió el rubio, trayendo a la realidad a quien tanto deseaba alejarse de ella.
-No sucede nada- respondió cortante y molesto al ser alejado de su mundo ideal. Un mundo donde no hay imperfección ni lo efímero, solo lo inmutable, lo perfecto y lo eterno.
El joven de los ojos de zafiro suspiró cansinamente. No podría cambiar nunca la actitud del pelirrojo, pero eso era un rasgo de su personalidad que tanto le agradaba. No por nada eran mejores amigos desde la infancia, desde que tenía uso de razón, desde que sus almas conocieron lo que se llamaba vida.
Divisaron a lo lejos, ambos caballeros, las grandes puertas blancas que dejaban entrar solo a algunos privilegiados al castillo del Reino Shiroi. Al ser vistos por los guardias reales del castillo, las puertas fueron inmediatamente abiertas para ellos, siendo recibidos con elogios y reverencias, por todos los empleados del recinto.
Elegantemente y con gran postura, el grupo de caballeros reales se adentró al palacio real del gobernante del Reino Shiroi. Al llegar a las imponentes puertas de madera delicadamente tallada, los caballeros desmontaron a los agotados animales los cuales fueron llevados por sirvientes del palacio hacia los establos reales. Los caballeros, a pie entraron al palacio.
El lugar era de un inmenso tamaño, tal como se podía deducir al verlo desde fuera. Las paredes eran de color perla suave con hermosos tapices de simples pero elegantes diseños, propios de Atenea. El piso era de cerámica fina de bellos tonos claros y estaba tan brillante que producía un efecto espejo, permitiendo a quien lo pisara ver su reflejo en ella. En las esquinas estaban colocados perfectamente, vasijas de vidrio adornadas con bellas flores traídas especialmente para el palacio, los candelabros de oro puro y vidrio soplado que colgaban desde los altos techos, le daban al lugar un toque mágico, que daba la sensación de estar dentro de un cuento de hadas del cual no deseaban salir.
El palacio real del Reino Shiroi era lo más similar al Olimpo. De bello color blanco perla como las más bellas de Poseidón y finos candelabros de vidrio soplado, el palacio era un lugar de mágico en el cual solo ingresaban los reyes de verdad.
Tras caminar un largo trecho al interior del palacio, el grupo se dividió. Solo 4 hombres, los caballeros de total confianza del rey, siguieron su camino hacía el salón principal en donde se encontraba el rey. Caminaron una corta distancia desde que se separaron sus compañeros, cuando se vieron frente a unas grandes puertas de níveo color y excelentemente tallada de gruesa madera de araucaria, las cuales pertenecían a las puertas de ingreso del salón real.
Las puertas se abrieron ante sus ojos, aunque éstos no quedaron para nada impresionados, a excepción del joven de dorados cabellos, ya que el salón era conocido por ellos de antemano.
El salón tenía un color claro como el resto del castillo, en consecuencia, dando un toque cegador al que la vista debía acostumbrarse. Al contrario del resto del palacio, repleto de bellas obras de arte y elaborados arreglos florales, el salón solo contaba con una gran alfombra de color rojo como las rosas, dos grandes ventanales adornados con cortinas color kaki y tres grandes elegantes sillas las cuales pertenecían a los futuros herederos al trono real.
En la silla de la izquierda, se encontraba una joven de apenas una década de edad, o un poco más, de largos y lacios cabellos castaños y ojos brillantes y aperlados como una hija de Atenea debe ser. En el trono de la derecha se encontraba un apuesto joven de aperlados ojos como su familia, castaños y largos cabellos y de facciones masculinas y aire imponente. Finalmente, en el trono de mayor tamaño se encontraba sentado el soberano del Reino Shiroi, un hombre de facciones duras, ojos perlados y cabello castaño oscuro, lacio y atado en una cola baja.
El soberano del Reino Shiroi, su majestad, era alguien que amaba a su pueblo. Como un padre protector, sin una madre protectora a su lado, gobernaba justamente a su pueblo, con espada en la mano y balanza en la otra, era un soberano que equilibraba todo. Con un conocimiento espiritual elevado, entregaba su corazón y alma a su pueblo.
Los 4 caballeros se arrodillaron ante su señor, demostrando su gran lealtad al reino y al rey de éste. El rey les ordenó levantarse y contarle acerca de su recién cumplida misión.
-Mi señor, hemos cumplido exitosamente la misión encomendada. Las tierras de aquellos moros han sido conquistadas en su nombre, las banderas flamean en lo alto de las catedrales y las riquezas les hemos traído devuelta- resumió uno de los caballeros, el cual era de cabello grisáceo y de ojos negros como dos piedras ónix.
-¿Han llegado todos bien?- preguntó tranquilamente el joven al lado del soberano del reino. Parecía demasiado tranquilo, sin embargo, quienes lo conocían bien como sus caballeros y su familia sabían que realmente estaba preocupado por sus compañeros.
-Sí, mi señor. Hemos aquí los 4 comandantes de sus tropas y todos hemos llegado con bien. Las tropas están descansando y los caballos están en los establos-dijo el caballero al lado del primero, el cual era de tez morena y cabello y ojos negros –Si me permiten opinar, debo decir que el comandante Deidara lo ha echo bastante bien para ser su primera vez a cargo de la tropa norte- dijo refiriéndose al caballero rubio, el cual hacía poco tiempo lo habían ascendido a comandante, tomando en cuenta lo joven que era.
-Concuerdo con el comandante Asuma, mi señor. Aunque es un caballero bastante joven, contando solo con 22 años ya se ha vuelto un gran comandante- dijo con orgullo el primero de los caballeros.
El rubio ante tales halagos simplemente se ruborizó y desvió su mirada avergonzado. Una imperceptible sonrisa curvó sus labios, la cual rápidamente se desvaneció antes de poder ser vista por alguien.
-S-Soy yo quien debería agradecer a su majestad por otorgarme tal cargo. Y-Yo solo realizo mi trabajo y sirvo como el humilde vasallo que soy- dijo con voz temblorosa, intentando sonar lo más convincente posible. El ojizafiro no estaba acostumbrado a los halagos y siempre que se le era otorgado alguno, simplemente se ruborizaba y su humildad y sencillez aparecían.
-No debe ser tan humilde, joven caballero. Los halagos son bien merecidos, ya que en batalla vuestro valor has demostrado y muy agradecido te está el Reino Shiroi por tu protección entregar- dijo al nuevo comandante. Fijó sus perlados ojos en las 4 figuras frente suyo y con voz potente y autoritaria ordenó que debían descansar y que podían disponer de los servicios del palacio cuando lo deseasen.
Los 4 caballeros hicieron una gran reverencia y besándole las manos a su señor, al heredero al trono y a la hija del soberano, se retiraron con sonrisas esbozadas en sus rostros.
Ya a las afueras del salón, tanto el rubio como el pelirrojo se despidieron de sus compañeros y decidieron dirigirse a los jardines del palacio. Tras caminar por los interminables pasillos blancos y decorados del palacio, ambos caballeros estuvieron frente al magnífico jardín sur del palacio.
El lugar era simplemente un paraíso. Con una gran variedad de flora y fauna distintiva del Reino, el jardín era un lugar con verdísimo pasto, bellísimas flores de diversos colores y que emanaban distintos aromas, diversos tipos de aves volaban cortando el aire; al centro del jardín había una gran fuente de mármol blanco, con incrustaciones de amatista y rubíes, la fuente contenía agua tan cristalina y pura que al observarla, el reflejo era perfecto y el agua adquiría el mismo color blanquecino del mármol.
Ambos caballeros se retiraron las pesadas armaduras y se sentaron a descansar entre algunos girasoles que crecían alegres y fuertes en aquel singular jardín. Respiraron profundamente el aire, de tan diversos aromas por las flores que allí crecían, inundando sus pulmones de distintas fragancias que lograban relajar los presionados músculos de los comandantes.
El silencio entre ambos era su método de conversación. Ambos disfrutaban el silencio y conversaban a través de él, de una manera tan única como ellos. Desde que eran pequeños hablaban en silencio y aquello había mantenido su amistad, desde tan temprana edad.
La mente del rubio apenas maquinaba alguna idea, ya que el cansancio estaba muy presente en él y pronto el sueño se apoderaría de él, dejándose caer en los brazos de Morfeo.
Mientras que la mente del pelirrojo no se encontraba en aquel mágico jardín, sino que se encontraba muy lejos. Nuevamente se había trasladado a su mundo de perfección, inmutabilidad y de eternidad. Un mundo donde solo él podía estar, donde podía sentirse vivo. Le gustaba pasar su tiempo allí, en su mundo.
La calma era algo tan valioso que no era desperdiciada por el pelirrojo. Su respiración era acompasada y su mente se encontraba en su mundo perfecto. Nada podía interrumpir aquel letargo. Sin embargo, de pronto lo invadió una extraña sensación que lo hizo volver bruscamente a aquel mundo efímero e imperfecto. Abrió desmesuradamente los ojos y cada vez esa extraña fuerza lo invadía aun más.
Se sentó involuntariamente al mismo que aquella sensación se apoderó de él. Giró la vista para ver al rubio, el cual estaba en las mismas condiciones que él. A través de sus silenciosas palabras, ambos supieron que el otro también había sentido lo mismo. Observaron el cielo azulado que estaba sobre ellos y una brisa meció suavemente sus cabellos.
Al igual que ellos, ambos jóvenes que trabajaban en la tienda de armas, la primogénita del soberano del Reino Shiroi, el heredero al trono del Reino Shiroi, los otros dos comandantes de las tropas del Reino, los hermanos juglares y la gitana de exótico cabello rosado, fueron invadidos por aquella extraña sensación.
Tan repentino como los relámpagos, una extraña sensación invadió cada parte de nuestro cuerpo. Fue algo como si algo dentro de nuestra conciencia despertase, mas ninguno pudo descifrar aquel vago significado.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó en voz alta la gitana, la cual se encontraba en una carpa junto a una mujer, aparentemente joven, de cabello rubio y ojos miel.
La carpa olía intensamente a incienso y la mujer de ojos miel estaba sentada sobre un maltratado cojín color burdeo, frente a una mesa vieja de madera cubierta con una simple tela púrpura. La mujer observaba fijamente unas cartas sobre la anticuada mesa y sus ojos poseían un brillo un tanto intimidador.
-Vaya, parece que él por fin volvió- dijo con una voz tan baja, que casi parecía un susurro –Y al parecer no llegó solo- murmuró desviando sus penetrantes ojos miel hacia la carta que estaba a la derecha de la carta central, la cual era la carta de un viejo mago de larga barba blanca, extraño traje e imponente postura -Por fin llegó la hora. Es tiempo de que los engranajes del tiempo comiencen a funcionar-
Fijó sus amielados ojos en la carta de las dos estrellas en el firmamento invertidas.
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-Dark Yuki-Chan-
