Bienvenida Reina Elsa, a las Islas Del Sur – La regordeta mujer dijo, con un tono casi tan emocionado como su expresión. Mis ojos se abrieron de par en par, muy lentamente, ante sus palabras, al igual que mi boca, preparándome para volver a gritar. Pero ni un mínimo susurro salió de ella.

Ellas se me quedaron observando, como si esperaran que yo dijera algo; sus ojos brillosos que reflejaban buna voluntad, consiguieron ablandar mi helado corazón, que rechazó la idea de decirles algo grosero. Adoptando un aire de solemnidad, moví mi cabeza en un ligero asentimiento, así agradeciendo su cálida bienvenida.

Quién sabe, al final, si fuera algo amable con ellas, podrían contarme algo de lo que estaba sucediendo, y talvez, como escapar de ahí.

El Príncipe Hans nos comentó su delicada situación. Al parecer ya él a curado y vendado varias heridas –La misma mujer se aproximó a mi, removiendo ante mi vista horrorizada, la falda de mi vestido completamente rasgada, dejando ver allí enormes trozos de gasa rodeado varias partes de mis piernas, manchadas por la sangre, y con un intenso olor a sal.

¿Él lo hizo? –Pregunté con incredulidad.

Claro su Alteza. Mejor dicho, fue él quién la trajo hasta aquí en brazos –Repentinamente, un coro de románticos suspiros se hizo sonar, haciéndome fruncir el ceño- Disculpe la actitud de las chicas su Alteza, pero toda mujer que aquí trabaja fantasea con el menor del linaje, ya que es el más atractivo de todos- Supuse que con sus palabras solo buscaba disculparlas, como si pudiese leer mi mente.

Entiendo – Mi contestación apenas fue reconocible debido al quejido de dolor que la cubrió, causado por el insistente movimiento de los dedos de la mujer que persistía en revisar los vendajes que tenía hechos- Y….¿El príncipe le comentó donde fue que me halló? ¿O algo referente a eso?

La verdad, no. El señor casi no habla con nadie; luego de su incidente con….bueno, de todo lo que ocurrió en su Reino, a penas a salido de su habitación o se dirige a alguien para otra cosa que no sea pedir algo. En la cocina rumorean que está deprimido –Mi expresión cambiaba a cada momento, revelando la gran cantidad de sentimientos que todas sus palabras causaban en mi. La estaba volviendo loca, por lo que terminó zanjando el tema - ¿Puede levantarse su alteza?

Tomó mi mano para ayudarme a erguir, pero apenas conseguí sentarme. Noté como lentamente el hielo que había cubierto el suelo se iba derritiendo, y admiré el esfuerzo de ellas al mantenerse en pie sobre él.

Mis cabellos cayeron por mis hombros, desordenados, sucios y…. ¿Húmedos?

¿Podría tomar un baño? –Pedí de repente, sintiendo la desesperación de estar en mis peores fachas.

Ellas ni se detuvieron a contestar, rápidamente se movilizaron hasta otra puerta de la habitación, para prepararme el baño pedido. Luego de listo, se retiraron, avisándome que la cena estaría en una hora, y que debía bajar. La idea no me agradaba, pero mi estómago gruñó en respuesta.

Me deshice entonces de mi vestido hecho pedazos, pateándolo a un lado al caer al a mis pies. El agua en la bañera de lo que identifiqué como mármol, tenía un aspecto cristalino y apetecible, y a pesar de estar caliente, el simple toque de mi piel en el agua la heló. Sonreí ante eso y me introduje por completo en ella, comenzando a frotar con delicadeza mi piel al encontrar los jabones junto al borde. Lavé cada centímetro de mi adolorido cuerpo, retirando las vendas para poder cubrir los daños con agua. La sangre ya no salía.

Al finalizar mi baño, me enrollé en una toalla ante de acercarme al tocador cubierto de oro, bien colocado al final del inmenso cuarto. Allí. Reposaban unas hierbas, perfume, y más vendas. Busqué envolverlas con delicadeza, asegurándolas bien para que no se deshicieran. Mastiqué las hierbas para refrescar mi aliento, terminando por peinar mi cabello y trenzándolo. Lo único que omitieron fue traerme un vestido limpio y nuevo, pero eso no me afligió. Con solo un movimiento de mis dedos, por mi cuerpo se recreó un nuevo vestido muy parecido al de mi temporada en mi castillo de hielo. Observé por unos momentos mi imagen en el espejo, sintiéndome satisfecha al lucir finalmente como la soberana que era.

El recuerdo de que debía bajar a la cena me angustió; no me apetecía realmente encontrarme cara a cara con Hans, y tener que tolerar sus educadas y falsas palabras. Tenía que encontrar la forma de marcharme, pero solo cuando estuviera recuperada. La presión de mi pierna estirada y soportando peso, a pesar de ser poco, hacía que mis heridas latieran y que fuera complicado mantenerme levantada. Me acerqué, cojeando un poco hacia la ventana, esperando poder ver el puerto del pueblo, buscando los barcos; más por alguna razón, no había ni uno solo. ¿Por qué? Mordí mi labio inferior, buscando controlarme, al ver que congelaba poquito a poco el cristal al apoyar mi mano sobre él.

"Knock, Knock" –Escuché tocar en la puerta. Me giré hacia la puerta, más sin acercarme- ¿Quién es?

Soy yo su Alteza; –La voz de la mujer de antes sonó por el otro lado de la estancia – La cena ya está en la mesa. ¿No piensa bajar?

No –Mi mente rechazó la idea al momento - ¿No podría traerme una bandeja con la comida aquí?

Me temo que el Príncipe Hans no desea que coma en otro lado que no sea en el comedor.

"Ese maldito" - Dije en mi interior – Entonces no se preocupe. Estoy bien así.

No escuché nada más, lo que me confirmó que ella no seguiría insistiendo. Eso me alegró.

Me acerqué a la cama de dosel que se lucía en el medio de la sala, y me recosté en ella, luchando por ignorar el dolor de mi estómago. Una noche sin comer no me haría daño.

El sol se había ocultado cuando mis ojos se volvieron a abrir, dándole paso a su esposa Luna en el cielo estrellado. El silencio de la habitación me inquietó; no había estado acostumbrada a estar sola durante tanto tiempo después de que Anna y yo volviéramos a estar juntas. Decidí echar un vistazo hacia fuera, asegurándome de que no había moros en la costa. Reduje el tacón de mis zapatillas de hielo para evitar cualquier ruido que me delatara.

Las velas ya se habían apagado, por lo que debía ser bastante tarde. Me introduje en la oscuridad, deslizándome por ella y recorriendo el extenso pasillo hasta encontrar las escaleras. Bajé por ellas, encontrándome con otro largo pasillo, idéntico al otro. Seguí bajando y buscando algo índice de luz, de algún criado que estuviera despierto. "Sería mucho mejor si encontraras la cocina" me susurré, al llegar al primer piso, donde la sala de trono se extendía. Casi no podía distinguir los adornos ni las banderas que colgaban elegantemente por la habitación, y a diferencia de mi castillo en Arendelle, en el centro se encontraban dos tronos, por lo que entendí que los padres de los príncipes seguían con vida. Por un momento los envidié.

Continué mi marcha, encontrando finalmente los cuartos de la servidumbre y de limpieza. Imaginé que la cocina no estaría muy lejos. Efectivamente, la puerta de la cocina seguía abierta, y sus respectivos candelabros todavía alumbraban sus mesas de trabajo. Entré en ella, recibiendo al momento, todas las miradas y reverencias de los trabajadores.

La mujer regordeta de antes, también estaba trabajando entre ellos, lo que me alivió. Me aproximé a ella con una sonrisa; la verdad la primera de todo el tiempo que llevaba allí.

-Hola... – Cerré mi boca al darme cuenta de que no conocía su nombre.

-Margaret, su majestad.

-Margaret –Asentí, conservando mi sonrisa- Lamento incomodarte en tus horarios laborales, pero me preguntaba si le importaría prepararme algo que pudiese comer. Estoy sin fuerzas, y el hambre está, por desgracia, comiéndome viva.

Por supuesto su majestad – Su respuesta afirmativa no tardó en llegar, mientras hacía una seña a uno de sus compañeros – Por favor, lleve a su Alteza, la Reina Elsa a el salón comedor, para que pueda ponerse cómoda mientras le llevamos su cena. O bueno, casi desayuno –Ella rió – ¿Desea alguna cosa en especial?

En absoluto. Lo que pueda preparar está bien, mientras sea lo más rápido posible –Fueron mis últimas palabra, antes de seguir al muchacho hacia el comedor. Fijándome en él, por puro aburrimiento, noté que era bastante bien parecido; algo más flacucho de lo que debería, pero con un bonito rostro. El pareció notar mi mirada examinadora, pero no dijo nada.

Apartó la silla de la mesa para que así yo pudiera tomar asiento, al llegar. Le agradecí con un asentimiento, y coloqué en mis piernas la servilleta con delicadeza. Este se retiró, dejándome a solas en la grande habitación. La mesa era larga bastante ancha, lo suficiente para acomodar a unas 50 personas, o tal vez más. Yo me encontraba acomodada en la punta de esta, iluminada por un candelabro que ya se encontraba encendido, pero que no iluminaba lo suficiente como para dejarme ver el resto de la sala.

La falta de ventanas me hacía sentir prisionera y encerrada; me entretuve con los brazos de la silla, congelándolos y descongelándolos, buscando imitar las imágenes talladas en ella.

No había estado mucho tiempo en eso, cuando vi una sombra pasearse por el pasillo que se mostraba frente a la mesa, iluminada por una enorme vela que al parecer cargaba en su mano, tras unas no lo suficientemente recostadas enormes puertas. Como por lo visto, la comida todavía tardaría un poco, me levanté para seguir su camino. Me mantuve lo suficientemente alejada de la luz para así ocultarme en las sombra, y caminé en silencio, siguiendo al desconocido. Subí tras él por las escaleras, reteniendo en mi memoria detalles que me llevaran de regreso a la habitación de la mesa.

Sentí como si hubiese pasado una eternidad; el individuo continuaba subiendo por escaleras que no parecían tener fin, recorriendo pasillos, y a veces, abriendo puertas por las que ni siquiera entraba. Es como si estuviera buscando algo.

Al final, llegamos al final de un pasillo, donde no divisé ninguna otra escalera. Probablemente estaríamos en una torre, o algo así. Este entró a la última habitación, apagando su vela y dejando la puerta entreabierta. Me quedé escondida por unos segundos, esperando a que volviera a salir o algo. Pero no lo hizo. El tiempo siguió transcurriendo, y tuve el valor de avanzar un poco hasta la puerta. Me incliné cuidadosamente, para observar por la rendija que había dejado la puerta, esperando, en una remota parte de mi mente, que el perseguido estuviera esperándome ahí para atraparme con las manos en la masa.

Pero en cambio, pude ver sin dificultad la pequeña estancia. En ella solo había una sencilla camilla, y una mesita de madera desconchada. Allí había posado la vela apagada, y la el individuo se encontraba cómodamente sentada en el borde de la cama. Pero estaba decaído; su figura expresa tristeza, observando directamente al suelo, y su cabello rojizo era lo único que la luz de la luna iluminaba….

Espera. ¿Rojizo? Me pegué un poco más a la puerta, para observar, para confirmar si estaba cierta.

Aquella deprimente sombra no era más que la Hans.

No sabía si seguir observando o marcharme; nunca había pensado ver al Príncipe que había conocido en Arendelle, tan orgulloso y altivo, de esa manera tan penosa. Mi mente pasaba rápidamente las pocas imágenes que tenía de él, cuando una puntada terriblemente dolorosa me hizo chillar involuntariamente. Eso hizo que este alzara la cabeza, y en vista de que sería descubierta, salí casi arrastrándome por el pasillo antes de que este pudiera reconocerme.

No me había fijado en el rastro de hielo hasta que volví al comedor.