Los personajes no me pertenecen, son creación de Mizuki e Igarashi...
Capitulo 1
"VEN A MI."
Su profunda voz retumbó en el silencio del gran salón. El ofreció sus manos, esperando.
Ella miró al hombre de pie ante ella, un guerrero alto y poderosamente elegante. La luz del fuego proveniente del enorme hogar jugaba sobre las rudas facciones de su rostro, brillaba sobre su dorado y largo cabello, convertía el color de sus ojos en un profundo y feroz Azul. Su mirada penetrante le daba calor, la impresionaba.
Caminó hacia él, lentamente. Lo alcanzó y posó sus manos sobre las suyas. Había callos en su piel, duros lugares donde la espada había dejado su marca. Él pasó sus pulgares sobre sus palmas, acariciando sus manos antes de tomarlas y deslizarlas alrededor de su cuello. A ella se le cortó el aliento mientras sus brazos la rodeaban y tiraban fuertemente hacia él.
-Oh, pero si eres una cosa bonita, mi Candy-dijo él, con voz ronca.
Bajó su cabeza y cubrió sus labios con los suyos. Tomó su boca, atormentándola con besos que hacían sus rodillas flaquear. Se asió a él mientras olas de deseo rompían sobre ella, dejándola débil.
Un timbre comenzó a sonar, inmiscuyéndose entre los sonidos de la madera chisporroteando en la chimenea y el áspero chirrido de la respiración del hombre.
Ella ignoró el sonido, pero éste continuó, persistente.
Se giró para ver qué era, y luego se sintió caer. Volvió a mirar al hombre con incredulidad.
-No, no me dejes. -dijo él, aferrándola más contra él.
Lo miró de hito en hito, en silencio, incapaz de detener la sensación de asirse a la nada. Ella se deslizó de entre sus brazos y sintió un agudo dolor...
Candy White hizo una mueca de dolor cuando su codo dio contra un sólido piso de madera. Abrió los ojos y pestañeó una o dos veces.
Luego se recostó y emitió un angustiado gruñido. Caerse de la cama no era la manera en la que se suponía que su sueño tenía que terminar.
Y ese timbre había sido el teléfono. Alargó el brazo y buscó a tientas el aparato en su mesita de noche. Más valía que fuera un emergencia, o iba a matar a quienquiera que había arruinado el mejor beso de su vida.
-¿Hola? -carraspeó.
-Si, ¿estoy hablando con "Eddie's Breakfast Pizza"?
Candy levantó su barbilla y escudriñó el reloj, mirando de soslayo los números brillantes. ¡Qué demonios!, eran sólo las 9 AM.
-Número equivocado, amigo -balbuceó y cortó la comunicación.
¿Había sido arrebatada del posiblemente más perfecto sueño de su vida por un idiota que quería pizza de desayuno?
Ojalá no fuera un augurio.
Se recostó en el suelo y contempló el techo, todavía envuelta en los recuerdos de su sueño. Casi podía sentir los brazos del hombre rodeándola, escuchar su encantadora voz sobre ella, saborear sus labios sobre los suyos. Su nombre pronunciado por aquellos labios había sido una caricia, un detalle posesivo que la había marcado como suya. ¡Si tan sólo hubiese sido real! No más salir con hombres que pudieran tomarla y dejarla. Había uno que estaría más interesado en ella que en la TV o los deportes. ¡Qué afligido había sonado cuando ella había empezado a escabullirse de él! Por supuesto que lo había encontrado en un sueño. De algún modo, encajaba.
Bueno, no había nada que ella pudiese hacer al respecto. Gruñó mientras se forzaba a sí misma a sentarse y enfrentar la realidad. Era suficiente para querer hacerla regresar a la cama.
Su departamento, amueblado como podía estarlo el de una aspirante a escritora, era una pocilga; un minúsculo desván en Manhattan en donde cada superficie disponible estaba cubierta de pilas de algo. En su mesa, que servía tanto para comer como para escribir, había pilas de libros de investigación, borradores de su novela y una colección de latas de gaseosa. Los platos estaban amontonados en el fregadero. La ropa, esparcida desde un extremo del lugar al otro. Era un completo desastre, uno del que había pospuesto encargarse durante semanas.
Bueno, no tenía sentido seguir postergando lo inevitable por más tiempo. Se puso de pie, luego cruzó decidida los poco más de noventa centímetros hasta su mesa. Para fortalecerse, bebió un sorbo de la lata de gaseosa que había abierto la noche anterior, luego se sentó y tomó el anotador que tenía su lista de quehaceres. Terminar carta de presentación para manuscrito. Hizo una pausa. Escribir una novela era lo suficientemente duro. Venderla en tres párrafos o menos era un asesinato. Tal vez se dedicara otro día a dar con algo brillante. Tachó el ítem de su lista con un rápido movimiento de lápiz. Ejercitarse.
Oh, definitivamente no.
Sintió una punzada de remordimiento al tachar ese recordatorio. Limpiar departamento era el número tres.
Ella estaba bastante segura de que no había cuentas sin pagar escondidas por ahí, así que a lo mejor no tenía mucho sentido perder tiempo organizándose. Sabía que todavía tenía ropa interior limpia en su cajón, así que, ¿cuál era el punto en ordenar el lugar, si de cualquier manera volvería a ser un caos otra vez? Especialmente ya que tenía cosas mucho mejores que hacer con su tiempo esa mañana, principalmente fantasear sobre aquel hombre de su sueño. Dejó su anotador sobre una pila de material de investigación, y luego se sentó de vuelta, lista para dar rienda suelta a su imaginación.
Cerró los ojos y luchó para traer de vuelta su imagen. Alto, de pelo rubio, de ojos azules. La sensación de sus brazos alrededor de ella era algo que estaba segura nunca iba a olvidar.
Abrió los ojos repentinamente, preguntándose por qué no se le había ocurrido antes. Escribiría un libro acerca de él. Si no lo podía tener en carne y hueso, podía ciertamente tenerlo en papel. Tenía perfecto sentido, dada su pasión por el romance. Leerlo, escribirlo, pensarlo: le era indiferente. Siempre y cuando hubiese una historia de amor y un final feliz, ella estaba completamente a favor.
Todo había comenzado de una manera lo suficientemente inocente. Había empezado por re-escribir mentalmente finales para todas las tragedias. Después de haber visto a Romeo y Julieta instalados en una pequeña villa italiana con cinco hijos, había continuado manipulando la mente de Ofelia y los tiempos de Hamlet. De algún modo, todo esto la había inducido a pensar que tal vez debiera empezar desde cero con sus propios personajes. Su primer intento la había preocupado poco y quedado en la nada. Pero el manuscrito sobre la mesa era diferente. Había agonizado durante meses por él, poniendo su alma entera en la construcción de los personajes. Y ahora estaba finalmente terminado y listo para enviar excepto por su carta de introducción. Se detuvo y lo contempló pensativa. Quizás realmente debiera terminarlo antes de empezar con cualquier otra cosa.
Ven a mí.
Candy se quedó helada. Su departamento era muy pequeño para que cualquiera hubiese entrado a hurtadillas sin que ella supiera, a menos que lo hubiesen hecho en algún momento de la noche. Tal vez lo habían hecho, y tan sólo estaban esperando que ella se diera cuenta antes de hacerla polvo. Respiró hondo. Ahora se enteraría. Se movió en su silla lentamente, esperando encontrarse cara a cara con el extremo de un arma letal.
Se encontró cara a cara con una pila de ropa sucia que merecía ser lavada desde hacía un mes.
Sacudió su cabeza, como si al hacerlo solucionara su repentino problema de oído. El departamento estaba vacío, pero ella había escuchado una voz, se sentía tan segura de ello como de que estaba sentada allí.
«Ven a mí».
¿No era eso lo primero que el hombre de su sueño le había dicho? Sintió escalofríos recorriéndole la médula, y la piel se le puso de gallina. O bien estaba volviéndose loca, o alguien estaba tratando de decirle algo. Quizás aquel hombre increíblemente sexy la estaba llamando. ¿Realmente quería tener su propio libro?. Asintió con la cabeza para sí misma. Tenía que ser eso; tenía una vívida imaginación. Sus personajes estaban cobrando vida propia y exigiendo su cuota.
Eso les pasaba a otras personas. No podía pasarle a ella.
Apúrate Candy.
Chilló a pesar de sí misma. De acuerdo, o bien estaba escuchando cosas, o su departamento estaba embrujado. Cualquiera fuera el caso, obviamente era una señal; la cual ella no tenía escrúpulos para tomar como tal. Si el hombre quería que su libro fuese escrito de inmediato, ¿quién era ella para decir que no?
Se puso de pie de un salto y empezó a revolver entre sus pilas de papeles. La semana pasada su prometido había dado con un par de libros que pensó ella podía encontrar útiles. A pesar de que él colaboraba y era complaciente, no se sentía exactamente maravillado por la carrera que Candy había elegido. Pero como no era exactamente su prometido, en realidad no tenía derecho a decir mucho acerca de lo que hacía.
James Allen, trabajaba en la Biblioteca Pública de Nueva York. Ella había estado merodeando en el salón de lectura un día, estudiando algo acerca de una litografía de la mesa de comedor del rey Duncan cuando James la había visto. Le había recomendado más libros, luego, con el tiempo, pasado de contrabando otros. La había cortejado con materiales de investigación y chocolates Godiva. ¿Cómo podría haberse resistido a dos de sus cosas favoritas? Cuando él le había presentado una propuesta y un diamante, ella había dicho que sí a ambas. Y bien, él no era el hombre de sus sueños. Era agradable. Había mucho para decir por "agradable".
O por lo menos esto pensaba ella hasta la noche pasada. Había empezado a sentirse preocupada porque James no se había, exactamente, comprometido a una fecha de boda. Haberlo presionado con eso mientras cenaban pollo al marsala, había revelado que no estaba tan interesado en casarse pronto, pero sí en mantener un compromiso que hacía que su madre lo dejara en paz. Cómo había mantenido la calma hasta el final del pastel de chocolate estaba más allá de su comprensión. Ella había aceptado los últimos libros regalados por James, pero no había aceptado su propuesta de dejarlo pasar. Era todo lo que podía hacer para no matarlo a golpes en la cabeza con la biografía de Robert Bruce que él le había dado. Ese hombre del sueño ciertamente no hubiera sido tan indiferente con respecto a ella, no señor. Ningún compromiso fingido para él.
Candy se sentó de golpe. Estaba perdiendo la razón. ¿Cómo sabía ella que haría ese hombre o no? Estaba tomándose sus sueños muy en serio. Era una cosa mala, para empezar. ¿Quién sabía hasta dónde podía llegar?
Candy, ¡ahora!
Como eso, asintió para sí. No sólo estaba comenzando a alucinar a plena luz del día; sino que sus alucinaciones empezaban a darle órdenes. Era una muy mala señal.
-De acuerdo, -dijo en voz alta- ¡Sujétense!
Trabajo en ello. Buscó a través de los montones, los papeles, revistas, platos de cartón, lapiceras de colores en el suelo, en busca de aquellos libros que James le había traído la semana pasada. Eran sobre Escocia. A pesar de que su novela actual transcurría en Inglaterra, allí era donde yacía su pasión.
Aye (Si), era Escocia que la fascinaba. Soñaba con páramos escoceses y campos de brezo, lúgubres torreones con feroces lairds, despiadados guerreros con el tamaño de defensores de fútbol americano quienes manejaban espadas contra sus enemigos y cortejaban a sus mujeres con dulces palabras y besos gentiles.
No era que ella no se hubiese relacionado con defensores. Lo había hecho, con sus cinco hermanos adoptivos. Había habido veces en las que estaba segura que habría gritado si tenía que aguantar más historias acerca de sus partidos. Pero ahí era que su pasado terminaba y el resto de su actual situación comenzaba.
Había ido a Nueva York, segura de que la ciudad la inspiraría a escribir libros maravillosos. Había encontrado inspiración, pero no se había cruzado con ningún cruel guerrero que le exigiera permiso para cortejarla. Había, sin embargo, sido pretendida por aquel bibliotecario pelado que quería su dedo de compromiso.
Candy por todos los santos...
Los pelos de la nuca se le erizaron sin su permiso. Bien, así que su héroe estaba realmente impaciente. Levantó una colección de diarios y dio con el tesoro, allí estaba lo que necesitaba. Empujó el resto de los contenidos de la mesa al piso, luego desparramó los libros frente a ella y miró sus títulos: Soberanos de Escocia; Escocia: Una perspectiva histórica; Hecho o icción: El pasado turbulento de Escocia; Vida en una casa señorial del Medioevo; Lairds escoceses y sus clanes. Tomó el de la vida en la época medieval y le echó una ojeada.
El torreón era definitivamente el mejor lugar para estar. Al menos se conseguía ropa y una comida de vez en cuando. El bañarse, sin embargo, no parecía haber sido una prioridad por aquel entonces. Candy sólo podía especular acerca del olor, no sólo del torreón, sino de los cuerpos sin lavar en el interior. Vivir de los ahorros y de la pequeña cantidad que ella se permitía aceptar de sus queridos padres que la habian adoptado cuando ella solo contaba con 6 años, era duro, pero por lo menos tenía su propia cama, libre de bichos y segura en cuanto a hombres con ideas de violación en sus mentes. No, la vida medieval no era para ella. Ella sintió lástima por las mujeres que hubiesen tenido que soportarla.
El libro de los soberanos escoceses llamó su atención. Pasó de un siglo a otro, desde Kenneth MacAlpin a James IV. ¿Robert Bruce? Había gobernado de 1306 a 1329. Por alguna razón, las fechas la atrajeron. Sí, definitivamente, este período de tiempo encajaría con el hombre de su sueño. Ahora todo lo que quedaba era encontrar un clan sobre el cual pudiera gobernar. Por supuesto que sería un laird; un hombre de la altura de su guerrero no se encontraría más que a la cabeza de una compañía de guerreros de igual fiereza.
Tomó el volumen de los clanes escoceses. Cayó abierto en una página acerca del clan Andrew. Un escalofrío la recorrió, como si el Destino hubiese aparecido y soplado suavemente en su nuca. Devoró todo lo que pudo acerca del clan, su historia, sus guerras y sus enemigos.
Al final del capítulo había un grabado de un bosque dibujado con pluma y tinta. Lo familiar que le resultaba el lugar la impresionó como un golpe. Parecía tan real que estaba medio asustada como para tocarlo, por temor a que un elfo saliese de él, tomara su mano y de un tirón la introdujera en su mundo mágico.
Ridículo. Resistió la urgencia de mirar sobre su hombro y asegurarse de que no hubiese una docena de espectros allí, haciéndole guiños desde los oscuros rincones de su departamento-junto con su hablador hombre del sueño, por supuesto-. No, el bosque parecía familiar porque lo había visto en otro libro. Dios sabía que había leído lo suficiente acerca de Escocia.
Pero eso no justificaba los susurros mágicos en el aire. Tal vez era culpa de su abuelito. Había llenado su cabeza de cuentos sobre encantamientos escoceses desde que llegara a su nuevo hogar siendo apenas una niña y, de alguna manera, en el fondo de su mente, ella casi creía en ellos. Eso y el regalo de su lenguaje gaélico era su legado para ella. Quizás entretejer un poco de magia en su historia en su honor no era tan mala idea. Aun cuando nada mágico le había ocurrido a ella, no había motivo por el cual su heroína no pudiera disfrutar de un destino distinto. De acuerdo. Ahora que ya había encontrado un marco, necesitaba sumergirse en lo que ella había aprendido y visto, y dejar que su imaginación fluyese con ella. Tal vez debiera vestirse e ir a caminar para que fluyera su creatividad.
Aye (Si), ven a mí, mi amor.
Candy saltó como si la hubiesen pinchado con un alfiler. Tenía el descabellado deseo de vestirse en el baño para que quien fuere que insistía en hablar con ella no la viese.
Sacudió la cabeza. Ridículo. No había nadie en su departamento. Quizás lo único que la estuviese llamando fuera esa caja de emergencia de trufas debajo del sofá.
Bueno, lo que fuese, era algo de lo que definitivamente tenía que alejarse. Sacó un par de jeans, un sweater azul de talla muy grande, un par de zapatillas, y una chaqueta de cuero que recientemente se había apropiado del ropero de su hermano.
Alex era un gran abogado empresarial, que ganaba mucho más de lo que incluso él podía gastar en ropa. Candy trataba de husmear en su ropero lo más que podía.
Se aseguró de tener en sus bolsillos la llave y otros ítems necesarios, luego salió corriendo del departamento. No le asustaba estar ahí ella sola, sólo porque sus personajes le estaban hablando. No, en absoluto. Solamente necesitaba aire fresco. Sí, eso era. Un lindo paseo a Gramercy Park donde pudiese trazar su historia en paz.
Se subió el cuello de la chaqueta alrededor de las orejas mientras caminaba calle abajo. El fresco viento de otoño revolvía sus cabellos alrededor de su rostro y esparcía hojas delante de ella. Había un cosquilleo en el aire, como si el mundo contuviese su respiración, esperando que algo mágico ocurriese. No era que creyese en la magia. Era una muchacha práctica con los pies firmemente puestos en la tierra. Que era, sin duda, la razón por la cual se pasaba la mayor parte de su tiempo, escribiendo acerca de hombres que sólo existían en su imaginación.
Para el momento en que llegó al parque, estaba lista no para una trama, sino para una rosquilla y algo caliente de tomar. Estaba, también, comenzando a sentirse un poco tonta. Tenía una muy vívida imaginación. Aquello, en adición a la última e importante novedad de James la noche anterior, la volvían loca. Los amantes de ensueño no estaban merodeando en su departamento, ordenándole que fuera y los encontrara. Ella podía ir a casa en cualquier momento y sentirse perfectamente segura, y perfectamente tonta.
Bueno, tal vez más tarde. No había ninguna razón para desperdiciar el aire fresco. Asintió para sí misma, en señal de acuerdo. Media hora meditando en un banco de la plaza, luego un apetitoso desayuno y una taza de chocolate caliente con crema batida. Quizás también buscara ese numero de Eddie's Breakfast Pizza.
Primero lo primero. Miró alrededor, notó las madres con niños pequeños y la falta aparente de matones, luego se encaminó hacia su banco favorito. Estaba desocupado, al sol, y libre de excremento de pájaros. Candy sonrió. La vida no podía ofrecer nada mejor.
Se estiró y cerró los ojos. El respaldo bloqueaba el viento, y el sol era tibio en su rostro. Esto era vida. Mucho más confortable que un oloroso y sucio castillo. Su héroe puede que hubiese tenido que aguantarlo, pero ella no. Nada como el aire fresco de otoño para realmente hacerte feliz en el siglo XX.
Mientras se relajaba, la imagen del bosque que había visto volvió a su mente, llenando incluso los bordes de su visión mental. ¡Parecía tan real! ¿Dónde en el mundo la había visto? Había leído incalculables libros sobre Escocia, pero seguramente hubiera recordado tan hermoso lugar. Era probablemente, más bello en persona. Necesitaba ir a Escocia. ¿Cómo olía el brezo realmente? ¿Y quién diría que no se tropezaría con un atractivo highlander con un caballo a su disposición y un montón de tiempo en sus manos? Podía imaginarse maneras peores de ver el campo. Ahora, si tan sólo hubiera podido encontrarse con aquel hombre de su sueño, habría estado verdaderamente contenta. ¡Qué guía turístico habría resultado!
Un escalofrío la invadió. Se envolvió en su abrigo. El respaldo del banco se suponía tenía que impedir ese viento fresco. A lo mejor éste había cambiado. Giró el rostro, y quitó de un solo movimiento la molesta brizna de pasto que le hacía cosquillas en la oreja.
¿Pasto?
Se enderezó, su corazón latiendo ensordecedoramente contra sus costillas. Miró a su alrededor lentamente; sus ojos notando cada mata de maleza, cada pedacito de corteza en los árboles y el suelo de bosque, cada pila de hojas mohosas. La comprensión emergió, luego resonó a través de ella, como si hubiese sido un gong tocado por un miembro de orquesta enormemente enojado. Temblaba desde el corazón hasta la punta de los pies. Los alrededores se le hacían temerosamente familiares, y había una simple razón para aquello. Era el mismo bosque que había estado viendo en el libro. Únicamente que ahora estaba en él.
Se recostó, con la intención de sentir la dura madera del banco bajo su espalda. Estaba soñando. O bien estaba delirando. Sí, eso era. Veinticuatro años tomando refrescos de desayuno finalmente mostraban su consecuencia, y ella había comenzado a alucinar a causa del azúcar. No más gaseosa de desayuno. Cruzó los dedos mientras hacía aquel juramento. Aquella caja de trufas definitivamente iba a la basura. No más mantequilla de maní ni jalea tampoco. ¿Quién sabía que clase de cosas terribles podía hacerle el maní al estado mental de una persona? ¿Y la pizza? No volvería a tocar nada de eso nunca más.
Desafortunadamente, su solemne juramento no la ayudó a olvidar los montículos y depresiones del desparejo suelo bajo sus piernas y espalda.
Respiró profundo y abrió los ojos nuevamente. El cielo estaba apenas ganando luminosidad. Bueno, sí, eso era el cielo. Lo había visto antes y conocía su apariencia. Se sentó y se estiró para tocar el pasto. Se sentía tieso y resistente bajo sus dedos. Arrancó una brizna de pasto y le dio un mordisco. Sabía lo suficientemente real. Se puso de pie tambaleando, se giró y puso una mano temblorosa en el árbol. La corteza era áspera al tacto.
Se miró de arriba a abajo, con la esperanza de ver si tenía alas o algo más que la convenciera que estaba soñando. Todavía tenía los mismos jeans que se había puesto esa mañana, el mismo par de zapatos, el mismo sweater enorme y la chaqueta de cuero de Alex.
Pero no tenía alas. Ni brillantes escamas de monstruo. Ni dedos puntiagudos.
Revisó sus bolsillos. Tenía la llave de su casa, su licencia de conducir y su tarjeta American Express. Su padre siempre le había dicho que nunca saliera de casa sin ella y, como él pagaba la cuenta al finalizar el mes, ella seguía su consejo religiosamente. Pero no tenía dinero en efectivo. Ni siquiera un tisú en caso que se volviera histérica. Trató de no pensar en aquella atrayente alternativa. Bueno, por lo menos tenía ropa abrigada. Eso era un punto a favor. Podría haber enloquecido sin sus zapatos.
Pero ahí era donde los puntos a favor terminaban y comenzaban los puntos en contra.
Lentamente presionó su frente contra el árbol, colocando sus manos sobre la corteza en un esfuerzo por recobrar el equilibrio. De acuerdo, entonces tenía una imaginación fantástica y estaba actualmente fluyendo con ella. Pronto se despertaría en el parque y se sentiría muy estúpida por haber entrado en pánico.
¿Verdad?
Verdad. Estaba soñando. ¡Wow!, que imaginación tenía. Visualizó un libro en el futuro titulado Azúcar e Investigación Histórica:Nunca hacerlo a la vez.
Después de otro profundo respiro, se alejó del árbol y miró alrededor. Y, ya que era sólo una ilusión provocada por el azúcar, ¿qué importaba lo que hiciera? Simplemente pondría un pie delante del otro y caminaría hasta estar cansada. Al menos no escuchaba voces. No era un mal negocio.
El sol de la temprana mañana caía en el bosque, sus rayos separándose en finos hilos de luz al dar entre los árboles. El aire era frío y vivificante. Candy se frotaba los brazos mientras caminaba. Extraño. Nunca había percibido la temperatura en un sueño como ahora. Quizás debiera agregar el helado que había tomado la noche anterior, Deep Chocolate-Chocolate Chip con salsa caliente, a la lista de Dulces Prohibidos. Definitivamente no quería una repetición de la situación actual.
Caminó hasta que los árboles comenzaron a ralear a su derecha. Se detuvo. Bueno, estaba donde estaba. No tenía sentido no echar una buena mirada alrededor.
Un bello prado se abrió ante ella. Lo contempló por varios minutos con puro deleite. Deliciosos, florales aromas flotaban en una corriente de aire que era sutil y limpia. Levantó la vista hacia el lado más lejano de la llana extensión y vio otro bosque de altos árboles, iguales en belleza al bosque que tenía detrás. Luego miró hacia su izquierda.
Casi se sintió en shock.
Emergiendo del prado, en la base de una escarpada montaña, había un castillo. No un elegante castillo francés como Versalles, ni un confortable castillo inglés como el palacio de Buckingham, sino un castillo medieval. Y no eran los restos de una casa señorial los que se situaban en la tierra con tanta firmeza; era una casa señorial en perfectas condiciones.
El humo salía de las torres en finos chorros, y distinguibles figuras se movían en la aldea fuera de las paredes del castillo.
El piso comenzó a moverse bajo sus pies, y comprendió con retraso que iba a desmayarse. Se sentó de golpe, y puso sus manos en la cabeza para que parara de darle vueltas. La fantasía era buena, pero esto era ir demasiado lejos.
La tierra siguió temblando. Candy miró hacia arriba a tiempo para ver a dos jinetes que venían hacia ella. Sueño o no sueño, no tenía porque ser pisoteada. Se paró de un salto y corrió por su vida.
Segundos después sintió que el suelo venía a su encuentro. Abruptamente. Un cuerpo pesado la sujetó boca abajo contra la hierba. Perdió el aliento, incapaz incluso de gritar a causa del dolor que sentía, luego dio un gritito de sorpresa por lo que vio. Un hombre no más alto que ella estaba de pie turbadoramente cerca de ella, con la expresión más sombría que hubiera visto nunca. Su cabello era de un rubio rojizo y caía pasándole los hombros. Mientras había una pequeña parte del mismo que estaba trenzada a cada uno de los lados de la cabeza, el resto era un enmarañado y apelmazado desorden. No era atractivo, y su enojada expresión lo hacía parecer positivamente espantoso.
Al verla, su expresión cambió. Esta nueva expresión la alarmó aun más que la primera.
-Och, pero si eres una moza guapa -barbotó.
La tiró contra él y aplastó los labios de ella bajo los suyos.
Candy se ahogó ante el horroroso aliento. El hombre la empujó contra el piso y se colocó sobre ella. Hurgó en su ropa, luego maldijo de sorpresa al encontrar sus jeans. Antes de que Candy pudiese abrir la boca para rogar clemencia, él ya había salido de encima de ella y sacado su cuchillo. Ella se sentó y trató de alejarse, pero no con la velocidad suficiente para evadir la mano que la tomó de su chaqueta.
-Quédate donde estás, moza.
-¡Suficiente, Nolan! -dijo otra voz detrás de él.
-Vete al diablo, Angus. -el primer hombre gruñó- Voy a cortar sus ropas y a tenerla de todos modos.
-A Albert no va gustarle. -dijo el otro firmemente- Guarda tu cuchillo y déjamela a mí. Se la llevaré a Albert para que decida su futuro. Mejor que él te la dé y no que tú la tomes y te arriesgues a encolerizarlo.
La respiración de Candy salió medio sollozante cuando el cuchillo despareció.
-Eres una moza extraña. -dijo el hombre llamado Notan- ¿De dónde eres? ¿Dónde encontraste esas prendas?
Tiró de su abrigo.
Candy sólo podía mirarlo, demasiado conmocionada para hablar. ¡Dios Santo, esto no era ninguna alucinación!
Nolan sin más ni más, se levantó y escupió con disgusto.
-Tómala, Angus. No puedo tomar mozas extranjeras, no importa que tan extrañas sean. Aunque voy a hacer lo mío cuando Albert termine.
Candy se llevó las manos a la cara y se estremeció. Las maldiciones de Nolan cesaron, y sintió el piso vibrar bajo ella cuando éste cabalgaba alejándose de ellos. El sonido de una rodilla apoyándose contra el suelo y la sensación de una callosa mano bajo su barbilla hizo que su pulso se acelerara otra vez. Levantó la vista cautelosamente.
-¿Cuál es tu nombre, pequeña? - preguntó el hombre.
Ella tragó, y casi se asfixió por el miedo instalado en su garganta.
-Candice -se las arregló para decir.
-Un lindo nombre, muchacha -dijo con una sonrisa; la piel alrededor de sus ojos arrugándose mientras lo hacía. Le faltaban uno o dos dientes y parecía tener alrededor de cincuenta años, aunque era sólo una suposición. Todo lo que ella sabía era que sus ojos eran amables y su expresión gentil. Instintivamente, sabía que había conseguido un aliado.
-¿Quién eres? -preguntó.
Sonrió otra vez.
-Angus, milady. Ven, te llevaré con los Andrew.
¿Los Andrew? Candy sintió que sus temblores empezaban otra vez.
Angus la ayudó a ponerse de pie, luego tomó su brazo.
-No es seguro para una joven muchacha como tú andar vagando. ¿Has perdido a tu lord?
-Ah -dijo esquiva-. No tengo lord.
-¿Cómo llegaste aquí?
-Desearía saberlo.
La miró, evaluándola, pero comenzó a caminar hacia el castillo, su mano firme bajo el codo de ella. Su caballo le seguía como un perro obediente. Candy sentía que atraía terriblemente la atención mientras pasaban a través de la aldea, a pesar de que Angus había obviamente elegido una ruta trasera. Los aldeanos que la miraban se santiguaban. Ella no quería especular la razón por la cual lo hacían.
Angus la guió a través de varias y pesadas puertas de madera hasta que llegaron a una oscura caverna. «Ah, el Gran salón». Candy le echó una mirada y empezó a resollar. Los juncos estaban esparcidos por todo el piso. Los perros estaban recostados cerca de la enorme chimenea que dominaba la habitación. Mesas de madera estaba dispuestas alrededor del salón, y las antorchas colgaban de las paredes en pesados soportes de metal. El mismísimo olor del lugar era cegador.
-Aquí, muchacha. -Angus dijo suavemente-. Toma asiento y descansa un rato.
Candy se sentó agradecida en una dura silla de madera cercana al fuego, luego aceptó una copa de metal. Olfateó el contenido. ¿Vino? Angus colocó sus manos sobre las suyas e inclino la copa hacia ella.
-Bebe, niña. Calmará tus nervios. Volveré para buscarte pronto.
Candy escuchó a Angus alejarse, pero no miró para arriba. Podía sentir otro par de ojos observándola. Se concentró en la copa en sus manos y en el frío vino deslizándose por su lengua y su garganta. De ninguna manera levantaría la vista y vería a quien quizás estuviese mirándola de manera tan interesada.
Subió los pies a la silla y trató de ocultar sus rodillas, cubiertas por el jean, bajo la chaqueta de su hermano.
«Concéntrate en el fuego», se dijo a sí misma, girando hacia el hogar y prestándole atención sólo al calor que susurraba contra su rostro. Con suerte, quien fuere que se encargaba del lugar, sería un amable y anciano elfo que la llevaría de vuelta al bosque y le mostraría el camino para salir de sus alucinaciones.
Como una respuesta a su plegaria, la puerta principal se abrió. Y se cerró de un resonante portazo.
-Que alguien me consiga cerveza -tronó una voz-. ¡Angus!
Candy rezó para que el creador de tal bramido la pasase por alto. Se quedó perfectamente quieta esperanzada de que se camuflaría con el mobiliario.
Un pisada pesada se encaminaba hacia ella y contuvo el aliento. Hirientes manos la sujetaron de los brazos y la pusieron de pie de un tirón. Ella miró al frente, encontrándose con que la parte superior de su propia cabeza llegaba al pecho del hombre, justo a la clavícula. Inclinó la cabeza hacia atrás y miró su rostro. Se quedó sin respiración y soltó la copa. Si su captor no la hubiese estado sujetando de los brazos, se hubiese desplomado a sus pies.
Era el hombre de su sueño.
Ahora estaba segura de que estaba alucinando. El ser que se encontraba de pie a una mano de distancia era alto y fornido como sus camaradas. Su rubio cabello era grueso; colgaba bien pasados los hombros. La lumbre destellaba sobre sus precisamente cincelados rasgos, resaltaba sus pómulos, sus firmes labios y su inflexible mandíbula. A pesar de que su rostro estaba hermosamente esculpido, sus ojos fueron lo que atrajeron su mirada. Eran del color del cielo primaveral, enmarcados por largas y abundantes pestañas que hubiesen sido la envidia de cualquier mujer.
La boca de él quedó floja, y una expresión de asombro se formó en sus facciones.
La miro fijamente por varios minutos, su boca crispándose como si luchara para hablar.
-¿Quién eres? -preguntó finalmente.
¡Qué voz tenía! Oscura, cálida, intensa. Tenía el descabellado deseo de acurrucarse en sus brazos y pedirle que le contara una muy larga historia, algo que requiriera que hablara por horas interminables. Lo miró fijamente, incapaz de hablar.
Y él la estaba contemplando como si acabara de ver un fantasma.
-Tu nombre -dijo él, con esa mirada de estupefacción todavía plasmada en su rostro- Creo que te he preguntado tu nombre
-Candy -susurró.
El hombre la miró todavía más perplejo.
-¿Candy? -repitió.
Ella asintió.
-Candice White .
Continuó mirándola fijamente por lo que pareció una eternidad. Candy sólo podía hacer lo mismo, sin habla. Era el mismo hombre. Su acento era el mismo. La manera en la que decía su nombre era la misma. Sus ojos, aquellos hermosos ojos azules, eran exactamente como los había soñado. Podía haberlos observado para siempre. Miró su boca y vio que estaba moviéndose. Sacudió su cabeza para despejarse del ataque de vértigo que había tenido hacía unos momentos.
-Lo siento -dijo-, no estaba escuchando. ¿Qué dijo?
-Dije que suenas inglesa y nosotros no tenemos ingleses aquí.-dijo él frunciendo el ceño- excepto como siervos.
-¿Eh? -dijo Candy, volviendo a la realidad.
-Siervos -el hombre repitió, agudizando su entrecejo.
Fue entonces que ella cayó en la cuenta de que él también se había librado de cualquier trance en el que hubiese entrado al comienzo. Su mirada de asombro había sido reemplazada por una de disgusto.
-Pero no soy inglesa. -protestó rápidamente.
Santo Dios, era lo último que le faltaba, ser confundida con una sierva- Soy americana.
-¿Americana? -repitió-. ¿Qué es americana?
-¿Estados Unidos? ¿Debajo de Canadá? -miró con el ceño fruncido por su expresión vacía. Santo Dios, ¿que clase de delirio era este?- ¿Ganamos nuestra independencia de Inglaterra hace doscientos años?
Él gruñó, obviamente rechazando su respuesta.
-Sea como fuere, de todas maneras entraste ilegalmente en mis tierras. ¿Cómo llegaste aquí?
-No estoy exactamente segura de cómo llegué aquí- dijo, a la defensiva. - No pedí que me dejaran en este sueño.
-Tu acento se pasa de extraño -rugió-. ¿Quién eres? Maldita seas, mujer, ¿eres una Fergusson? -Ella negó con la la verdad, si eres capaz de hacerlo.
Por más magnífico que el hombre pudiera ser, acababa de tocar un punto débil. Candy se puso tiesa a pesar de sí misma al escuchar el tono arrogante de su voz. Era el mismo tono que tendían a utilizar sus hermanos para expresar con palabras sus dudas acerca de su inteligencia y/o sentido común.
-¿Quién eres tú? -replicó, levantando la barbilla.
Hablar más de la cuenta frente a un hombre que era el doble de su tamaño no era muy diplomático, ni tampoco excepcionalmente sabio, pero había crecido en una casa llena de hombres y sabía como defenderse. Había que mostrarles desde un principio que una no tenía miedo, a menos que no le molestara parecer cobarde.
-Soy Albert Andrew -el hombre dijo en tono cortante.
Lo miró y sus ojos se pusieron en blanco.
-¡El Andrew! -gritó él-. ¡Maldición! Pero sí que eres una moza insolente. Una buena zurra te vendría bien.
Bueno, ciertamente sus modales habían sido mejores en su sueño. Esto no estaba funcionando para nada. Se suponía que él tenía que estar tomándola en sus brazos y diciéndole que no lo abandonara. No se suponía que la viese como una sierva potencial, ni que planeara hacerle daño corporal.
Lo que necesitaba hacer era salir de la residencia de él hasta que pudiese resolver que estaba pasando. Quizás le diera la dirección de un agradable y pequeño hotel y le sugeriría que se encontrasen para tomar un capuchino.
Candy se quitó de encima las manos de él con esfuerzo.
-Si me disculpa, me voy.
-No te moverás.
De acuerdo, entonces con ser educada no bastaba. Candy pasó detrás de él y se encaminó velozmente hacia la puerta. Su pesado caminar la siguió. Afortunadamente, ninguno de sus hermanos estaba presente para llamarla cobarde por lo que estaba por hacer. Sin pensarlo dos veces, dejo su orgullo atrás y huyó.
Los juncos no cooperaban. No sólo eran poco colaboradores sino que se revolcaban en una capa de fango. Antes de que Candy se diera cuenta, sus zapatillas se habían vuelto tan resbaladizas como zapatos de tacón en alfombra y estaba fuera control.
Se sintió caer, directamente hacia el banco de madera que se parecía mucho a la mesa de picnic en el jardín trasero de sus padres, directamente hacia los fuertes brazos de Andrew,, directamente hacia la nada.
Sintió un agudo dolor cuando su cabeza chocó contra la madera, y su codo contra el piso de piedra bajo el fango.
De buena gana, se rindió ante la oscuridad absoluta, su último pensamiento una plegaria: que se despertarse en su confortable y sucio departamento.
Continuara...
Hoa espero disfruten mucho esta hermosa historia que comparto con ustedes. Abeazos
