LAS CRONICAS DE NARNIA: EL RETORNO DE LA REINA.

Disclaimer: Las Crónicas de Narnia no me pertenecen.

Capítulo 2: La Lluvia Deja de Caer

El cementerio permanecía en silencio, el atardecer caía sobre las tumbas blancas como el mármol, pocas personas eran las que permanecían en este a esa hora del día. Pero Susan Pavensie aún permanecía frente a la tumba de sus hermanos y sus padres. Ese día se cumplía un aniversario más de la muerte de la última familia cercana que le quedaba, ya no lloraba como antes, es mas ya no lo hacía. De alguna manera se había resignado a su muerte, solo sentía un vacío en su corazón que sabía jamás acabaría de llenarse.

Ahora estaba mejor, sin embargo. Continuaba con su vida e intentaba encontrar su camino. No había sido fácil, aun no lo era pero al menos era más sencillo que los primeros días. En el primer año había sufrido una depresión muy grande hasta que había decidido regresar a América donde solo había pasado otro año intentando salir adelante pero al final se había resignado a que no podía, y en una histeria total había emprendido un viaje que la había llevado al camino de la redención. Después de eso loa años habían pasado borrosos, ya no los contaba, simplemente vivía el día a día.

Así era mejor.

Ahora vivía en Londres e intentaba hacer algo por la sociedad. Por las mañanas enseñaba en una pequeña escuela donde había descubierto su gran pasión por enseñar, y por las tardes se dedicaba a su familia. Sus amados hijos. Cuando los veía, Susan aun no podía creer lo afortunada que era de tenerlos consigo, ellos eran quien la sacaban adelante. Su salvavidas.

De alguna manera Susan lo consideraba un poco enfermizo, pues sabía que siempre se veía reflejada a sí misma y sus hermanos en sus pequeños hijos, los cuatro hermanos que luchaban contra la ausencia de un padre y la tristeza de su madre. Pero sus hijos eran felices y Susan mantenía la esperanza de que algún día Aslan los llevara a Narnia y estos pudieran conocer ese mundo que tanto amaban. Le preocupaba sin embargo pues sabía que llegaría un día, como a ella le había llegado en que sus hijos no pudieran volver a ese fantástico mundo y solo esperaba que no terminaran destrozados como ellos.

Pero como decía Aslan, nada ocurre dos veces de la misma manera dos veces, y ella veía en sus hijos muchas diferencias con ella y sus hermanos.

Caspian era el mayor, Susan aún se preguntaba porque llamarlo así, pero sabía que era su manera de reconciliarse con el recuerdo de su primer amor, y cuando lo veía no podía evitar recordar al rey de Narnia y sabía que su nombre había sido correcto. Su pequeño hijo era el mas inteligente de los cuatro, serio y muy curioso, demasiado maduro para su edad y era solo en eso en lo que a Susan le recordaba a su difunto hermano Peter.

Después estaba Leah, nombrada en honor precisamente de Peter quien siempre decía que si alguna vez tenía un hijo le pondría Leon o Leah si era niña. Leah no se parecía en nada a la misma Susan, era huraña, sarcástica y hasta problemática, siempre se metía en problemas por su genio. Leah le recordaba a Edmund en su época oscura después de la caída de Jadis cuando los cuatro habían gobernado desde Cair Paravel.

Su tercer hijo era Marco, aquel que había nombrado en honor a Edmund, este era en el que Susan veía ciertos rasgos que habían salido a flote en la época donde se negaba a reconocer a Narnia. Era arrogante y a veces presumido, pero era obediente y leal, y siempre seguía a Ian, como le decía a su hijo mayor, a todas partes.

La más pequeña de sus hijos era Emma, nombrada en honor de su pequeña hermana Lucy. Esta tenía apenas unos meses de nacida por lo que Susan no podría decir que se pareciera a alguien pero sin duda le recordaba mucho a Lucy cuando esta era una recién nacida.

Para Susan sus cuatro hijos eran la representación de todo lo que había perdido.

A pesar de lo mucho que su vida había cambiado, Susan volvia cada aniversario luctuoso de sus hermanos a Finchley donde visitaba a sus hermanos y se quedaba toda la tarde, regresando por la noche a casa. A veces Susan quería visitar a su primo Eustace pero su tia Alberta se lo tenía prohibido ya que culpaba a sus difuntos hermanos de la muerte de su único hijo. Lo que si hacia Susan era visitar la tumba de Jill Pole, la amiga de Eustace que también había muerto en el accidente de tren. Susan no la conocía demasiado pero el profesor Kirke la había convencido de hacerlo años atrás junto a él y la vieja señora Polly, lamentablemente para ese día ambos ancianos ya habían muerto pero Susan visitaba la tumba de Jill pues la familia de esta ya había muerto y no tenía nadie que la visitara.

De alguna manera también era su manera de reconciliarse con Narnia. Muchas veces en ese tiempo Susan había tenido la sensación de que Aslan se comunicaba con ella pero siempre terminaba por convencerse de que se lo había imaginado. Ese día tenia nuevamente la sensación, pero no le dio importancia y sentada a los pies de la tumba de Lucy continuaba leyendo el libro que se encontraba entre sus manos.

¨Querido diario:

Hoy soñé de nuevo con Narnia. Yo estaba en mi trono de Cair Paravel y un minotauro ponía a mis pies una ofrenda de flores. Ese día era festejada por mi decimoquinto cumpleaños. Recordé a la perfección la gran fiesta que fue ofrecida en mi honor, recordé la música y me vi a mi misma bailando con mis hermanos y mi amigo Tunmmus.

Vi al joven Dushelle, aquel que mi hermano Peter destinara para el cuidado de las puertas que daban a mi alcoba por las noches en tiempos de guerra, y recordé cada uno de sus rasgos sobre todo sus ojos color miel y la manera tan profunda en la que solía mirarme en ocasiones.

Tenía años que no recordaba a personas que habían formado parte de mi vida como lo era Dushelle y eso me hacía entristecer. Me pregunto si llegara un día de mi vida en el que olvide completamente lo que fue vivir en Narnia. Cada día que pasaba los días que pase en mi hermosa Narnia parecían cada vez más alejados, no quiero olvidar nada pero a medida que el tiempo avanza esto parece cada vez más inevitable.

Solo espero que llegado el día en que tenga que dejar este mundo pueda volver a ver, aunque sea un minuto a Narnia, y la vea justamente como la recuerdo, llena de esas personas que volvieron a Narnia tan inolvidable como lo es y entonces pueda ir en paz al país de Aslan para allí reencontrarme con todos ellos sin remordimientos.¨

-El único consuelo que encuentro querida Lucy- murmuro Susan, cerrando el diario de su hermana – es el de imaginarlos a los tres juntos en la nación de Aslan.

Susan acaricio la inscripción en la lápida de su hermana y dando un suspiro se levantó, ya era tarde y el tiempo destinado para perderse en sus recuerdos había acabado.

-Algún día quizás pueda reunirme de nuevo con ustedes- susurro la joven mujer dando un suspiro de nostalgia –cuando pueda ser nuevamente digna de estar en la presencia de Aslan.

Con el diario aun en sus manos, Susan tomo camino para su casa, la que alguna vez había habitado junto a sus padres y sus hermanos, ahora solo la utilizaba cuando iba a visitar a sus tumbas. Jamás llevaba a sus hijos, en realidad estos desconocían en gran medida por qué su madre no tenía familia. En la casa que Susan habitaba con ellos no había fotografías de ellos, no se sentía capaz de verlos diariamente, no cuando aún se culpaba en ocasiones por el abandono a su familia. Aun así Susan tenía su propia manera de que sus hijos tuvieran presentes a esa parte de su familia que jamás conocerían.

Cuando el sol ya se había puesto en su totalidad Susan llego a la casa en Finchley, la casa permanecía en penumbras como siempre que llegaba a ella en los últimos años, y como siempre sentía un nudo en su garganta. Vio la casa a oscuras desde el otro lado de la calle y recordó un buen momento de su vida.

Tenía dieciséis años, su padre se encontraba en un receso en su servicio militar y ese día celebraba un año más de casado con su madre. Para ese día los hermanos Pavensie ya sabían de la segunda visita de Eustace a Narnia pues este les había informado en una carta pero desconocían los detalles de la aventura.

Susan volvía de una reunión con sus amigas y se detuvo un momento frente a la puerta desde donde se filtraba la luz por la rendija de abajo. Por la ventana que daba hacia la cocina se podía ver a su madre cocinar con una sonrisa en el rostro, feliz de que su familia estuviera reunida. Por la otra ventana se podía observar la sala de la casa. Peter y Edmund se encontraban enfrascados en una partida de ajedrez, su padre tomaba té sentado en uno de los amplios sillones junto a la chimenea y recostada en su pecho Lucy le leía un libro que tenía entre sus manos. Esa era una rutina que la familia había adoptado desde antes de que la guerra estallara, solo que se había modificado un poco según fueron creciendo.

Ahora Peter y Edmund ya no jugaban recostados en la alfombra con sus soldaditos, y ahora su padre ya no le leía a Lucy sino al revés, la única que nunca cambiaba su participación era su madre. Siempre al pendiente de las necesidades de cada miembro de su familia, silenciosa y amorosa. Solo faltaba ella en la escena. La Susan de su recuerdo entro con una sonrisa a la casa y saludo a su familia para posteriormente sentarse frente al viejo piano y comenzar a tocar una melodía alegre. Su madre le había enseñado a tocar cuando era pequeña diciendo que una buena dama ingles debería de saber nimiedades como esa.

Con un suspiro la verdadera Susan cruzo la calle hacia su casa e ingreso en ella encendiendo la luz. Siempre era difícil ingresar a esa casa sobre todo al recordar los buenos momentos que había pasado en ella, pero hacía años que Susan había decidido el no evitar recordar lo bella que había sido su vida alguna vez.

Esa noche Susan tuvo un sueño extraño, vio un castillo de piedra edificado a lado de un volcán y miro a su hermano Edmund gobernar ese reino desde un altísimo trono de mármol. Eustace aparecía también, arrodillado ante su hermano en una clara muestra de respeto ante su rey, este murmuraba algo a lo que su primo asentía antes de levantarse y salir por las puertas de la sala.

Cuando Eustace volvía a aparecer era cabalgando por un frondoso bosque de pinos, a su lado un centauro con una pequeña ardilla en su lomo, su primo detenía la marcha y atreves de una rendija entre los arboles miraba una estrella que repentinamente brillaba descomunalmente y bajaba del cielo. El rugido de un león la despertó de su sueño, dejando en su retina grabada la imagen de su primo siendo alumbrado por el brillo de la estrella.

Susan no sabía lo que esos sueños significaban pero estos eran cada vez más frecuentes. Siempre soñaba con sus hermanos, a veces Peter en su trono de Cair Paravel, Edmund en ese castillo que no lograba reconocer o Lucy extrañamente en el castillo de Beruna desde el que alguna vez gobernara Miraz. Otras veces soñaba con una mujer pelirroja ya sea gritándole a Aslan o paseando a orillas del rio, a veces era una muchacha pelinegra que lloraba amamantando un bebe. Y en otras muchas ocasiones sus sueños se veían plagados de Caspian a quien veía caminar por un solitario pasillo que jamás tenia fin o a bordo de un gran barco mecido por las olas del océano, o con quien Susan suponía era su hijo Rilian, por el parecido que este guardaba con Caspian aunque este no era muy notorio. El joven siempre aparecía en sus sueños recostado en el suelo mirando el techo donde un cielo estrellado estaba bellamente pintado o sosteniendo su cuerno.

Una vez había soñado con una mujer rubia que lloraba amargamente encerrada en un pequeño closet, pero ese sueño jamás se había vuelto a repetir. Con el tiempo, Susan había decidió no prestar atención a esos sueños que antaño la llenaban de una gran nostalgia.

Con pereza, Susan se incorporó en su cama dispuesta a arreglarse para regresar con sus hijos. En sus años de adolescencia el proceso de arreglarse podía tomar bastante tiempo pero Susan había aprendido que la vanidad jamás sacaría a flote su vida por lo que prefería dedicar su tiempo a otras cosas.

Treinta minutos después se encontraba lista. Su cabello castaño, largo hasta por debajo de sus caderas se encontraba amarrado de las puntas con un lazo rojo, su cuerpo era cubierto por un vestido color carmesí que tapaba incluso la punta de sus pies. Se había maquillado levemente y unos zarcillos dorados adornaban sus orejas.

Al verse en el espejo, Susan intento sonreír pero de alguna manera desde un tiempo para acá se le hacía difícil el verse en el espejo.

-Sonríe Susan- susurro a su reflejo –aun estas viva.

Pero la sonrisa no floreció en sus labios, así que la joven madre se resignó y tomando su maleta partió a Londres, donde sus hijos la esperaban.

Susan vivía en una modesta casa en Londres sin vanidades ni excentricidades solo lo esencial para vivir cómodamente. Había tres habitaciones, sala, cocina, biblioteca y un sótano en el que Susan resguardaba todos los recuerdos de su antigua vida.

Ya era de noche cuando llego así que entro con cuidado, creyendo a sus hijos dormidos pero a penas pisar el relleno de la sala la luz se encendió rápidamente revelando a su familia en compañía de Selena y Frederick, sus queridos amigos de América.

-MAMA- grito Marco abalanzándose hacia ella y abrazándose a sus pies con una gran sonrisa en sus labios.

-Hola mis amores- respondió Susan, agachándose y abrazando al tercero de sus hijos. Desde los brazos de Frederick la pequeña Emma reía feliz de verla, y Leah sonreía levemente también. Caspian en cambio se acercó a ella y la abrazo junto a Marco de manera tierna.

-Me alegra que estés de vuelta- susurro el pequeño al separarse de ella, mirándola con sus profundos ojos cafés.

-Yo igual- sonrió Susan, poniéndose de pie al liberar a su hijo menor de su abrazo -¿Leah tu no me darás un abrazo?

La pequeña de cabellos negros camino hacia ella y le regalo un impersonal abrazo pero que significaba mucho para su madre.

-Siempre tan cariñosa, Leah, querida- murmuro Selena acercándose a Susan y abrazándola antes de entregarle a la bebe –Se portaron estupendamente como siempre.

Desde hacía años, Selena había adoptado la costumbre de visitarla por dos semanas durante la fecha de la muerte de sus hermanos pues sabia lo difícil que era para Susan, y que esta no quería ser acompañada por nadie en su lugar por lo que ella se dedicaba a cuidar de los cuatro hijos de su amiga para que esta pudiera ir a Finchley sin preocupaciones.

-Sabes que te agradezco el estar aquí- sonrió Susan, estrechando contra ella el cuerpecito de su bebe –igual tu Frederick.

El moreno le regalo una pequeña sonrisa, restándole importancia, siempre esperando de ella algo más. Hacia años cuando Susan lo rechazara después de que las mentiras de Winnie se descubrieran, Frederick se había resignado a perderla y durante un tiempo no la había buscado, para posteriormente reaparecer en su vida, buscando su amistad, volviéndose poco a poco en un amigo indispensable. Jamás le había vuelto a declarar un amor distinto al de amigos pero cuando la veía, ella sentía aun ese cariño que alguna vez le profeso. Lo que le hacía preguntarse por qué no se había casado después de tanto tiempo.

-No es molestia, Su- negó el morocho –siempre puedes contar conmigo.

Sintiéndose de nuevo incomoda, Susan aparto la mirada y enterró la cabeza en el cabello castaño de su hija.

-La cena esta lista, querida- anuncio Selena –y tranquila no la hice yo, la mande pedir.

Sonriendo, Susan los acompaño al comedor donde no se extrañó de encontrar su comida favorita. Siempre era lo mismo, pera a ella le alegraba siempre esos gestos. Cuando Selena había servido ya el postre, una tarta de zarzamoras, Frederick se atrevió a anunciar lo que lo había estado inquietando durante esos días de ausencia de Susan.

-¿Sabías que Andrea se casara pronto?- pregunto el hombre con aparente tranquilidad.

-Lo sé- asintió Susan sonriendo –con tu primo Agustin según se.

Al ver que la mujer no parecía afectada por la noticia de la pronta boda del que alguna vez fue su pretendiente.

-Es un matrimonio arreglado- intervino Selena –al parecer sus padres no pueden entender el porqué de que ninguno de los dos se hayan casado, pero ellos no parecen reusarse al matrimonio.

Susan se sintió incomoda ante la mirada de ambas personas mayores, esperando que no la culparan a ella y a el difunto Peter por esto. Contadas veces había vuelto a ver a Agustin desde el baile donde lo había conocido, una de esas veces había sido para rechazar sus pretensiones, pero sin embargo Susan sabía que era imposible que este albergara aun atracción para ella, y amor definitivamente no podía ser.

Y en cuanto a Andrea, la relación que había mantenido con Peter no había sido lo suficientemente fuerte como para que esta le guardara algo más que un afecto de amigos. Ella la conocía bien.

No podía decir lo mismo de Lavander, quien seguía visitándola cada aniversario de la muerte de sus padres, jamás en el día del fallecimiento de sus hermanos desde la última vez, hacia años atrás, cuando Susan la corriera de su casa alegando que no se merecía a una persona tan fabulosa como su hermano. Por ello no visitaba la tumba de Peter ni en su cumpleaños, solo en el aniversario de ese día en que había iniciado su breve romance. Susan jamás iba en esa fecha.

Lavander se había casado con un rico terrateniente tiempo atrás que no había hecho más que hacerla sufrir engañándola con las mucamas de su casa y reprochándole que no pudiera darle un heredero.

-Mis padres han insistido en que asista a la boda que será dentro de un mes- hablo nuevamente Frederick –y puesto que Selena regresa en una semana a Chicago pensé que quizás tú y los niños podrían acompañarnos.

Susan dejo de comer su postre y miro a Frederick quien estudiaba su cara con rostro ansioso. Hacía años que no visitaba Chicago, no desde que había tenido una crisis nerviosa tan fuerte que Andrea había decidido que lo mejor era irse al mar donde podría recuperarse de sus heridas en las playas de California, y no viajaba en un barco desde que Ian llegara a su vida, y a decir verdad no tenía fuerzas para hacerlo con lo que esto le recordaba al Telmarino Caspian.

-Hace mucho que no vas por allá, Andrea y Agustin quieren que estés allí y además creo que a tus hijos y a ti les vendrían bien unas vacaciones- continuo Frederick –podríamos tomarnos un tiempo para recorrer algunas playas en nuestro camino a America.

-No lo creo, Fred- negó la mujer castaña –sabes que ya no me gusta viajar.

-Pero sería una gran oportunidad para que le recuperes el gusto Su- hablo Selena entusiasmada y mirando a quienes ella consideraba sus sobrinos pregunto- ¿O no les gustaría conocer America, pequeños?

-¿Viajar en barco?- pregunto el pequeño Caspian –Seria fabuloso.

-Y conocer Chicago- murmuro Marco con sus ojos brillando de emoción –Siempre quise visitar los lugares de los que hablaba mama en sus historias.

Susan miro a sus dos hijos varones, pensando en lo ilusionados que parecían y en la amarga sensación que bajaba por su garganta, no tenía ganas de traer a colación viejos recuerdos.

-Seria lindo- se escuchó de pronto la voz de la pequeña Leah –conocer otro continente.

Susan dudo en ese momento. Su hija casi nunca se interesaba por las cosas que ocurrían menos si esto era para alguna cosa banal como ella llamaba a las bodas y las vacaciones.

-Supongo que..- dudo la joven madre –podríamos intentarlo.

Enseguida Selena y Marco comenzaron a festejar, felices del emprender pronto el viaje.

Así una semana después, Susan Pavensie y su familia abordaron el trasatlántico ¨Luzbel¨ rumbo a Estados Unidos de América. El viaje resulto ser maravilloso, a pesar de la evidente incomodidad de Susan quien tenía la extraña sensación de que algo la estaba esperando a lo lejos, pero no sabía dónde.

Faltando solo un día para desembarcar en América una intensa lluvia comenzó a caer.

-Es una pésima fecha para la boda- dijo Selena por la tarde en el comedor bajo techo –dicen que en la costa está cayendo una gran tormenta.

-Ni tanto- negó Frederick –dicen que en Chicago solo llueve levemente y por momentos.

-Solo espero que podamos llegar a salvo a casa- murmuro Susan, suspirando con angustia al mirar a sus cuatro hijos que comían tranquilamente.

Esa noche Susan soñó con una boda, no podía ver el rostro de la novia pero veía la cola del vestido blanco perla arrastrar sobre el frio y reluciente mármol del piso. Caminaba a paso lento, solitaria por el largo pasillo. La imagen cambiaba entonces a un pueblo de casas de madera, lleno de faunos y creaturas parlantes, donde de pronto el frio comenzó a invadirlo todo hasta convertirlo en un páramo de hielo. De pronto estaba de nuevo en un largo pasillo pero esta vez ella era la novia, su velo le cubria la cara nublando su vista. Peter la llevaba del brazo al altar donde el novio la esperaba, al llegar su hermano le entrego su mano al novio, quien le retiro el velo de la cara volviendo posible el distinguir su rostro, era Frederick.

Susan retrocedio asustada y miro a su alrededor, estaba en Cair Paravel, pero no era posible que Frederick estuviera allí, en Narnia, ni siquiera ella debería de haber regresado. Miro a los invitados, estaban todos. El señor Tummus, los señores castores, Ripichip, el Querido Amiguito de Lucy. Estaban sus tres hermanos, Jill y su primo Eustace. El señor Kirke y la señora Plummer. Y estaba Caspian llevando del brazo a una hermosa mujer rubia que parecía brillar sonriendo alegremente, a su lado un muchacho idéntico a Caspian también le sonreía.

Susan espero sentir la acostumbrada punzada de dolor al pensar en Caspian y su esposa, mas al estarlos viendo en persona y ya no en su imaginación, pero no pudo. Caspian sonreía, era feliz ¿Quién era ella para negarle la felicidad? Ella misma estaba feliz, al fin estaba en casa.

Pero entonces noto algo. ¿Dónde estaban sus hijos? Susan solto el ramo de flores blancas que llevaba en sus manos y solto la mano de Frederick, este la llamaba, pidiéndole que regresara para iniciar la ceremonia, pero Susan solo corria entre los invitados buscando a los cuatro niños sin encontrarlos jamás.

Aslan apareció entonces.

-¿Crees en mi de nuevo, Susan?- pregunto con tono severo el león. Susan cayo de rodillas ante él, haciéndole una profunda reverencia, hacia tanto que no estaba ante el que parecía una eternidad.

-Perdóname, Aslan- murmuro la mujer sin despegar la mirada del suelo.

-Mírame, reina Susan- ordeno el felino, acercándose a ella y acariciando su cabeza con el hocico –ya puedes ver claramente de nuevo.

Cuando Susan levanto la mirada hacia Aslan, despertó.

Afuera llovía aun con intensidad pero sin importarle salió a la cubierta sintiendo las gotas de agua mojar su largo camisón para dormir, estaba fría, muy fría, pero era como si con ella al fin Susan lograra despertar de un largo sueño. Se acerco a la proa del barco y miro las aguas turbulentas del océano, cuando sus padres habían muerto y fue condenada a jamas regresar a Narnia ella se sentía como esas aguas. Oscuras y desesperadas por tragarse todo a su paso. Pero cuando sus hermanos murieron comenzó una lluvia interminable que no había parado en todo ese tiempo. Hasta ese dia.

Susan extendió los brazos y sintió que volaba, haca mucho que no se sentía tan libre y feliz. ¿Qué importaba si sus hermanos y padres habían muerto? Dolía, pero solo a ella, ellos ya estaban en un lugar mejor así que ¿Por qué lamentarse? Ni separando las aguas del mar podría hacer que revivieran. Ella al contrario aún vivía, y si conocía bien a su familia ellos querían que disfrutara su vida. Jamás los olvidaría pero quizás podría perdonarse por no haber podido estar con ellos.

¿Qué importaba si Caspian había formado una familia? ¿Acaso no había hecho ella lo mismo? Ahora entendía por qué lo había hecho. Un hijo siempre era felicidad y consuelo. Y una manera de enamorarse de la vida.

Estaba cansada de llorar, de lamentarse y de no poder vivir en paz. Estaba cometiendo los mismos errores que tanto le reprocharan sus hermanos cuando sus padres murieron. Ese sueño le había mostrado que a pesar de todo lo que había hecho por salir adelante aun llevaba a cuestas el fantasma de su familia muerta que no la dejaba en libertad porque era ella la que se aferraba a ellos. Si ella era feliz, su familia también lo seria, aunque no pudieran estar allí con ella para compartirlo. Ni ellos ni Caspian. Su amado rey telmarino.

-TE PERDONO- grito la mujer al océano, a la lluvia, a quien la escuchara –TE PERDONO CASPIAN, PERDONAME TU.

La lluvia comenzó a menguar, no la que caía en ese momento sobre el océano pacifico, sino la que caía dentro de Susan y que no la dejaba ver claramente en esos años de dolor.

-PERDON PETER, LUCY, EDMUND, PAPA, MAMA- grito de nuevo Susan llorando esta vez de alivio –LOS DEJO IR, VAYANSE YA LGUN DIA LOS VOLVERE A VER.

Y entonces la lluvia del exterior también dejo de caer, como si el cielo también dejara de llorar las pérdidas de la reina benévola. Susan durmió lo que quedaba de la noche empapada pero feliz, al fin, y más que en eso en paz. Lo último que escucho al dormir fue el rugido de un león.

Sin embargo al desembarcar en América la lluvia había vuelto, Susan, sus hijos y sus amigos abordaron un carruaje que los llevaría a la casa de campo de la familia de Frederick donde se quedarían hasta que la lluvia parara definitivamente pues era demasiado peligroso el recorrer el camino hasta Chicago con ese camino.

Susan miraba por la ventana, la lluvia lo empañaba todo y una neblina había comenzado a invadirlo todo. Pero aun así nada sería capaz de empañar esa paz interior que se había apoderado de Susan. A su alrededor sus hijos charlaban emocionados con Frederick y Winnie quien tenía a la pequeña Emma sentada en sus piernas. Susan la miro levemente antes de regresar su mirada a la ventana, una figura en medio de la lluvia y la neblina capto su atención. Era un león, pero no cualquiera, sería capaz de reconocerlo donde sea.

Impresionada, Susan abrió la puerta del carro y salto de este aun en movimiento, corriendo hacia la figura del león que se alejaba de ella poco a poco.

-SUSAN- gritaban a sus espaldas sus amigos, sorprendidos por sus acciones.

-MAMA- vagamente capto la voz de Marco gritándole pero ni aun asi se detuvo hasta que ya no pudo distinguir el carro detrás de ella, ni la figura solitaria de Aslan. A ciegas debido a la lluvia corrió sin saber a dónde se dirigía. Entonces perdió el equilibrio y resbalo, rodando por una colina cuesta abajo.

-SUSAN- lo último que escucho antes de caer inconsciente fue el grito de Frederick seguido del rugido de Aslan.

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Este capítulo fue difícil pues hay demasiadas cosas que Susan ha vivido en esos años, si se fijaron en ningún momento especifique cuantos años han pasado desde la muerte de Peter, Edmund y Lucy, esto porque tendrá un gran relevancia en la historia, no se confundan, Susan aún guarda muchos secretos. Describí el cómo Susan siguió con su vida pero aún se sentía culpable lo que ocasionaba que ni siquiera fuera capaz de hablarle a sus hijos de su familia ¨muerta¨. Fue necesario, como ven, el que se perdonara y quedara en paz para que Aslan pudiera llevarla de vuelta a Narnia.

No quiero que se decepcionen por los hijos que Susan tiene, al contrario serán un factor de mucho drama. El próximo capítulo seguirá siendo desde el punto de vista de Susan.

Dejen sus comentarios, opiniones, sugerencias por favor.

Fanny