—ESCARLATA—
Por Zury Himura
Gracias por sus comentarios tan lindos. Y gracias a Edi también. Espero que les guste este segundo capítulo, disfruten.
Disclaimer: los personajes no me pertenecen, Sin embargo la historia sí.
SCARLET
SUNRISE AND THE NIGHT SKY
Capitulo 2
Muchas personas dicen que llorar es una terapia para el espíritu. Se supone que retiras todo lo que te hace daño durante ese proceso y reconstruyes las piezas de tu alma. Y, aunque es cierto, pensaba que había algo que faltaba para que funcionara, en su caso. Ya que en realidad no creía que se despojaba completamente llorando, sino que solo te bañabas interiormente para limpiar algunas manchas de dolor a base de desahogo. Esas marcas que no podías notar cuando te sumergías en la oscuridad y prescindías de todo. En su lugar, creía que se a travesaba por un proceso en el que tenías solo dos opciones: madurar o aceptar.
En otras palabras: el conformismo en tu vida para dejar de pensar en lo que te hiere o armarte de valor y pasar de página aunque te desgarrares al hacerlo. Y, tal vez, algún día, perdonar a los demás… o a ti mismo, por cederles el derecho a otros de dejarte agonizando en vida.
Luego, debías encontrar una motivación para aceptar las circunstancias en ella, las enfermedades o las despedidas. En sí, se trataba de mera resolución de valentía de un espíritu o la fuerza de voluntad, más no de una fuerza mística que curaba con polvos de hadas, según el tiempo. Para que esto ocurriera, había varios pasos.
El primero era sufrir, torturando el alma o como si estuvieran haciendo pedazos tu corazón. Entregarles a los fantasmas hambrientos de tus molestias las piezas de tu carne para saciarlos mientras te sentías morir. Deseabas consumirte para no experimentar el estar roto, quebrado y perdido. Hundido en una negrura de la cual no sabías si algún día despertarías y de la cual no había nadie para ayudarte a salir.
El segundo paso era negación. Normalmente, entramos en esa etapa cuando no creemos que nos puede estar pasando algo. Cuando le echamos la culpa a los demás o simplemente empezamos a actuar como investigadores o intento de genios queriendo reconstruir las piezas de nuestro pasado para culparnos o justificar alguna acción. Para descubrir en qué fallamos. Pero lo gracioso que siempre termina pasando son esas ganas tremendas de viajar en el tiempo y cambiar ciertas cosas, de amar imaginarnos el muy famoso: «que hubiera pasado si… o que hubiera cambiado si...»
Pero en realidad, estas ideas irrealistas son parte de lo que nos conforma. Pues somos humanos, pequeñas criaturas sin el control del destino que se desenvuelve a nuestro alrededor más que el nuestro. Lo cual a veces ni siquiera es suficiente para darnos cuenta de que si podemos ser felices o de lo que podemos controlar sin angustiarnos.
El tercer paso es la aceptación. Es anhelada por las personas a tu al rededor para que dejes de lamentarte, auto compadecerte y despiertes de una maldita vez. No obstante, para ti, es el martillo despiadado que te cae en la cara para sacarte de la nueve de en sueño o sufrimiento en la que has estado viajando. Aprendes a lidiar con tus emociones si no te aferras al pasado o a sus consecuencias, tales como el dolor, odio, coraje o resentimiento. Y como tal el conformismo. Saber que no hay manera de cambiar nada más y desde ahora en adelante tienes que vivir como puedas. Tal vez con otra oportunidad, o no, de enmendar tu error.
La cuarta parte es una que a ella le faltaba. El luto. Dar por concluido un círculo y cerrar el capítulo en tu vida. «Pasar de página» como mucha gente lo llamaba. Dejar de pensar en eso que te hizo feliz o infeliz. Que le dio alegría a tu vida o que también se la quitó. Eso que te hizo derrumbarte hasta caer a tus pies, postrarte en el suelo y acorrucarte patéticamente como…
Bueno, ya, estaba exagerando. En resumen, debías dar por muerto el asunto. Incluso si éste tenía el poder de ponerte de pie con tan solo un soplido. Por lo que darías varias cosas con tal de volverlo a vivir o tenerlo, con tal de experimentar ese momento de felicidad que anhelaste después de probarlo. Inclusive si esto significa que hay otra posibilidad de que vuelvas a morir en vida… y pasar por el mismo circulo «nuevamente». Claro, si no lo valoras o si simplemente nunca estuvo destinado a ser para ti.
Después de este nivel, seguía algo que a ella le gustaba llamar el 'movimiento' aunque seguramente los profesionales lo llamaban de otra forma. Pero no ella. Porque en su mente todo se asemejaba a mudarte de una casa nueva a una vieja. Reconstruyendo y creando cosas nuevas que en la otra residencia nunca pudiste. Es como una oportunidad innovadora de rehacer tus sueños. Como por ejemplo: derribar algunas paredes y construir otras, hacer espacio u organizar los cuartos. Elegir en cuál te sentirías bien para dormir y cuál es el más amplio para poner tu closet.
Tenías que elegir qué color de pintura estaría contigo por cinco años si no es que querías cambiarla de color. También, seleccionabas qué tapate usar o si simplemente dejarías una madera de buena calidad o hasta la económica. Amueblabas tu casa de acuerdo a lo que te hiciera sentir mejor. Ya fueran tonos oscuros para que luciera elegante, brillantes y llamativos para alegrar el ambiente o hasta claros para alumbrar más el espacio.
Pero, lo mejor de mudarse a una casa de la que te enorgullecías por como la habías construido por dentro y por como lucia, es que tú eras el único que tenía el poder de escoger e invitar quién podía entrar a ésta.
Entonces, todo se desenlazaba en el último paso. Valentía. Esto a pesar de ser solo una palabra y que muchos saben de lo que trata, para ella era una que contenía párrafos y párrafos de información. Miles de fotos que se provocaban en su cabeza al escucharla y otros billones de cosquilleos que sentía al pronunciarla. Claro, cuando se ponía a meditar.
Porque esta era la fase donde te dabas cuenta si estabas listo o no de salir del «anillo de la superación». Uno donde a muchos solo les gustaba girar y girar en esos diferentes niveles sin aprender, sin crecer y haciendo «nada» para enfrentar sus miedos. Y por ende iban de fracaso en fracaso, tristezas, dolores y perdidas.
Porque no sabían sanar, así de simple, y al igual que ella. No 'con el tiempo' o con esa famosa frase que todos ocupan: «el tiempo lo cura todo» ¡No! Muchos estaban equivocados, porque el tiempo es esa barita mágica y polvo de hadas a la que ella se refería. La expresión correcta y a la que ella se aferraba no era 'sanar con el tiempo' sino 'utilizar el tiempo para sanar'.
Todo dependía de uno mismo. Sufrir, aprender, dejar atrás y superarse.
Aunque muchos, como ella, que sabían lo que sabían y que tenían en claro lo que debían hacer, se quedaban traspasados y estancados, como una hoja de papel por un cuchillo atorado en la pared. No porque no podían salir de ese anillo de superación, como ella lo llamo con el tiempo. Sino porque no querían. Estaban tan aferrados a no pasar por el luto, que se quedaban esperando a que cada sol se ocultara y volviera a salir sin ningún progreso.
Esperando a que la puerta que se había abierto no terminara de cerrarse jamás.
En su caso, ella había puesto el pie para no cerrar esa puerta. Así evitaría varios movimientos de 'casa' porque no le gustaba empacar. Al menos eso pensaba y por eso se había quedado estancada, amargada y fracasada incluso a sus años de edad.
Porque en su pasado, desgraciadamente, le dejo el poder a una persona de romperle el mundo. Un amor al que ella enalteció y del cual no quería olvidarse al cien por ciento por temor a que desapareciera, pues a pesar de que ya no sentía lo mismo… era un bello recuerdo de lo que jamás podría volver a sentir en su vida.
Un paraíso que ya no podía tocar y un amor que le daba miedo olvidar.
Resoplando por el cansancio que le ocasionaba pensar en todo eso, continuó acomodando las cajas en las bolsas nuevas de reciclar que el súper donde trabajaba había optado usar. Y luego, le dio la bienvenida al siguiente cliente que había llegado con más regalos que solo acentuaban las épocas y fiestas que se acercaban.
Rodó los ojos y tuvo 'extra' cuidado con el oso de peluche que el hombre solicitó ser envuelto con papel para que no se rompiera. Así de ridículas, a veces, eran las exigencias de esos clientes de dinero que frecuentaban el lugar. Tan delicados, incluso con tonterías como esas.
—¡Por favor, un peluche que se quebraría como porcelana si se caía! —Recitó con un toque dramático en su mente.
Pero aun así le regaló una sonrisa fingida al entregarle las bolsas. Lo bueno de ahí eran las propinas, solo por eso se animaba a mezclarse con gente de ese estatus que le recordaba a su madre. ¿Cómo decían? Ah, sí. «La cara de la misma moneda» o como sea.
Solo quería salir de ese lugar e irse a su departamento de nuevo para cerciorarse de que nadie le había robado ninguna de sus cajas en ese «barrio de mala muerte» donde ahora vivía, y claro, el único que podía pagar. Sonrió, encontrando ironía en su vida al darse cuenta de sus preocupaciones. Pues, quién iba a decir que después de tener una familia ésta se había disuelto por causa de su madre y ese modelo con cara «chupada» que habían contratado en el pasado.
¡Sí…! Su mamá se había vuelto toda una 'asalta cunas' siéndole infiel a su padre por más veces que las que se dio cuenta, al cambiar de país. Aja, después de que le destrozara la juventud a ella también, ésta decidió divorciarse quitándole toda la pequeña fortuna a su padre le había costado juntar a base de sacrificios y trabajo, hasta dejarlo en la calle.
Como era de esperarse, quiso llevarla consigo. En serio, creyó que un par de portadas en una revista y los paseos en carpetas rojas podían comprarla. Pensó que le perdonaría lo que le había hecho no solo a ella sino a su padre, con el abanico de dinero con el que se había presentado para convencerla.
Y, aunque nunca, desde ese día, aceptó un no, se alejó. Mantuvo distancia para que la prensa y el mundo de los espectáculos que tanto amaba no los vinculara. No obstante, siguió recibiendo sus cartas, ropa de diseñador que nunca uso y la donó, cheques que nunca cobraba por las náuseas que le provocaba. Pagos de universidades a las que nunca atendía y llaves de departamentos en los que nunca vivió.
Porque con eso, con lo que pretendía maquillar su pobreza quiso desviar la atención del daño en el corazón que le había ocasionado al destruirle la vida. La puerta que le había abierto a ese anillo de dolor que nunca se volvió en uno de superación. Uno que dio vueltas y vueltas solo devastando la salud de su padre y los sueños de ella.
Por el progenitor por el que ahora trabajaba con tal de verlo mejorar y mantenerlo con vida. Sin importar sus sueños, sus promesas y aquella grandeza que se juró en su juventud, algún día tener.
Ahora, no era más que una simple mujer en sus veintes, empacadora y a veces cajera de un centro comercial. Una estudiante de medio tiempo en un colegio comunitario y a la que incluso le costaba pagar un libro y se las arreglaba con copias. Esa… que algún día idealizó el sueño de ser feliz con un hombre llamado Kenshin Himura y del cual solo había escuchado cosas buenas desde hacía tiempo.
II
Sin nada más que pensar más que el menú de esa noche, abrió la puerta de su departamento nuevo y prendió el televisor. Era lo único en su sala que estaba conectado y organizado sobre una mesita de madera que su papá le había regalado.
Pensó en cocinar alguna pasta y entonces hacer arreglos para doblar toda su ropa en estantes de plástico que había conseguido en una tienda de rebaja. Pero, tenía flojera, en su lugar solo cogió mayonesa, pedazos de pan integral y unas rebanadas de jamón de pavo para hacerse un emparedado que no le costaría ni un minuto. Pues su amiga Misao simplemente se había ido a su turno de noche sin dejar comida en su nuevo hogar que compartían.
Aunque lo entendía, su amiga tampoco había tenido nada fácil en la vida. En su juventud había sido la victima de dos padres divorciados que pelearon con todo, incluyéndola, solo para acabarse y por despecho. Durante esos juegos crueles entre los padres solo habían ganado que Misao se hartara y saliera huyendo de casa, encontrándose con otra persona igual de rota que ella que no pudo hacer nada más que echarle una mano para estabilizarse un poco mientras conseguía trabajo.
Después de varias semanas, Misao había conseguido empleo de limpieza en una de las oficinas de gobierno. Y bueno, como su amiga no había terminado el colegio pero seguía estudiando, con su sueldo dividido viviendo entre su carrera académica, no le alcanzaba sino compartir casa con ella.
Cambió los canales y se sentó en el sofá de piel enfrente del televisor, cogiendo una notita en el respaldo con la letra de Misao.
"—Lo siento, amiga. Hice un agujero en la pared de alado tratando de colgar un retrato. Lo tape con la cortina pero creo que deberías rellenarlo antes de que los vecinos se enteren y nos acusen. Siento dejarlo en tus manos, pero se me hacía tarde para el trabajo. Besitos."
¿En serio...? ¡¿En serio?! ¡Lo último que le faltaba! Después de un largo día de trabajo, con odiosa gente corriendo a su alrededor y dejando cosas por doquier… ¡tenía que llegar a casa para reparar un hoyo oculto con el pedazo de tela de una cortina!
Molesta, bajó los pies de su mesa y dejó su comida a un lado. Fastidiada con las morunas, sacudió sus manos en su pantalón y se dirigió hacia la pared. Quiera estimar daños y lo que le costaría repararlo. Cuidadosa, alzó la tela blanca para descubrir lo que su amiga había hecho; posiblemente con ese tamaño debía acudir a sus vecinos y decirles lo que había pasado. Pues fácilmente podía caber su mano en ese hoyo. Conseguía ver lo que parecía la cama y alguna que otra cosa de la habitación de alado, aunque no a plenitud.
Chasqueó la boca y metió la mano para sacudir algunas piedritas esperando que no se le subiera ningún animal. Pero entonces sintió cierta cosa extraña, fría pero suave. Con varias tiras largas con uñas… que la estremeció. Un… algo que la hizo gritar y echarse para atrás en un salto.
Agitada y horrorizada tocó su mano acariciando sus dedos, como si tratara de auto consolarse. Ella había sentido otro par de dedos ahí, estaba segura que era eso o una mega araña de tamaño irreal. Temblorosa, tomó su celular y caminó hasta posar su oído en la pared. No oía nada, pero tampoco quería asomarse de nuevo en ese hoyo para confirmar lo que estaba ahí.
¿Que tal y se trataba de un cuerpo?
"—Noticias de última hora. El grupo de hackers cibernético que dio su tercer golpe junto a una amenaza al dueño de la compañía de armas en las afueras del país, Sian Shio, hace doce horas, ha cumplido su amenaza. Se ha encontrado el cuerpo del señor Shio a las afueras de…"
Nerviosa, tragó en seco. Esa noticia que acababa de pasar en el televisor no ayudaba en nada con lo que había descubierto en el otro departamento. Pero tampoco podía llamar a la policía y denunciar lo que ni siquiera ella tenía confirmado. Debía averiguar primero, antes de mandar a quien fuera que vivía al otro lado a la cárcel.
"—En otras noticias, esta tarde se le ha entregado el premio Vida al experto en medicina que ha dado mucho de qué hablar estos últimos días con sus nuevos descubrimientos. Kenshin Himura un hombre joven y que aún no ha dado su cara a los medios ha mandado decir con su vocero que esta agradecido por el apoyo de todos sus compañeros y que pronto tendrá informes de las pruebas de nuevas vacunas en las que trabaja. Así que si nos escucha, en nombre de todos los pacientes… muchas gracias."
Una sonrisa que pensó que nunca más se asomaría en su rostro, bueno al menos no en esa noche, apareció nuevamente, calmándola. Se sintió satisfecha, como hacia tantos años no había estado. No obstante, sus labios se apretaron con nostalgia y sus dedos se enroscaron contra su pecho mientras sus ojos eran cubiertos por su cabello.
Era difícil escucharlo. Incluso doloroso, pero esa era la razón por la que un día en el pasado había decidido 'perderle' la pista. Él era feliz, se hablaba de su compromiso con una de sus compañeras de trabajo y una mansión en las playas de la costa. Era todo lo que un día ambicionó y soñó a su lado. Sin embargo, con tan solo saberlo, ser consiente que lo había logrado, ella era feliz.
Resopló y gruñó cuando sus ojos de cristalizaron, dando pasos grandes y fuertes para apagar el televisor. No necesitaba saber nada más de él, solo que era feliz. Tampoco necesitaba a una reportera desconocida de las noticias restregándole en la cara lo de su primer ex.
Se detuvo un momento, volviendo con prisa hacia la pared al escuchar el cerrar y abrir de la puerta vecina. ¿Habían entrado o vuelto a salir? No lo sabía, pero solo había una forma de saber.
Cerró los ojos con asco al abrir la cortina de nuevo y meter la mano para volver a sentir lo que había ahí, pero, se llevó una sorpresa al sentir algo flojo con algunos dobleces, en lugar del miembro humano que se imaginó. Con un frunce de ceño, se agachó para revisar lo que había. Definitivamente no era lo que había sentido hacia un rato.
Concentrada, ladeó su rostro observando la oscuridad del otro lado. Una que no estaba antes. Seguramente la vecina o vecino se había dado cuenta del hoyo y ahora sí que los acusaría. Nerviosa e imaginándose lo peor de la situación, metió sus dedos para sacar lo que parecía una papel doblado.
No sabía en lo que se estaba metiendo, seguramente terminaría envuelta en asuntos de narcotráfico o asesinato en no sé qué grado. Con los locos de hoy en día seguramente era una amenaza de secuestro o rescate y para que le devolvieran a Misao con vida y entera, y, que jamás podría pagar. Oh, bien. Había sido un gusto en conocerla.
—Deja de espiar, al menos en lo que te dignas a reparar este 'incidente' —leyó en voz baja lo que decía la nota, sintiendo vergüenza y ruborizándose de pies a cabeza por lo que la reprendían.
—¡Maldición! —Murmuró arrojando el papel a un lado para ponerse sus sandalias e ir a hablar con la persona que vivía a un lado. Debía explicarle y justificarse inventando cualquier mentira para no quedar como la vecina metiche del edificio.
Pero nadie atendió la puerta, a pesar de estar varios minutos tocando e incluso esperando nadie salió a atenderla. Así que volvió a su departamento, arrancando una hoja en blanco y escribiendo con pulso forzado. Se disculpaba y prometía arreglar ese incidente lo más rápido que se pudiera al siguiente día, y esta vez no sería con una cortina.
—Qué ridiculez —murmuró entre dientes enrollando la hoja para meterla, pero en su lugar encontró una nueva en el hueco—. ¿Pero qué diablos...?
—No tenías que molestar a los vecinos con los golpes tan fuertes a mi puerta. Terminarán «echándote» —repitió lentamente, palabra por palabra la segunda vez que lo leyó. Eso significaba que… si estaba en su casa.
Furiosa rompió el papel que había escrito donde se disculpaba y volvió a redactar uno nuevo.
—¡¿Por qué no abrió la puerta?! Si no quería molestar a los demás debió abrir la mendiga puerta —Eso decía su mensaje. Lo metió como mejor pudo y esperó ahí, parada y cruzada de brazos.
A los pocos minutos recibió una respuesta que tampoco la convenció y solo agrando su ira.
—No tengo ganas de atender a nadie a estas horas de la noche. Además, acabo de salir de la ducha como para andarle abriendo la puerta a extraños. Bien puedes ser un asesino o un secuestrador. Valgo mucho como para que alguien tenga el dinero para pagar mi rescate.
—Bien, pues esto es ridículo. Usted es ridículo o ridícula. Deme su teléfono y al menos podemos llegar a un acuerdo —exclamó al escribir, no se la pasaría mandando recados a través de la pared todo la noche.
Menos cuando no sabía nada de esa persona que bien ya se estaba burlando de ella faltándole el respeto y levantándole falso testimonio. ¡¿Quién se creía?!
—Mujer, relájate, tomate tus calmantes o algo. En lo que a mi concierne ese hueco fue hecho de tu lado así que no tenemos nada de lo que tengamos que discutir por teléfono o en alguna parte. Además, ¿crees que soy tan idiota como para darle mi teléfono a cualquiera? No. Menos a alguien que puede ser un secuestrador, como ya lo dije.
¡Ash! ¡La estaba sacando de sus casillas! Arrugó el papel en su mano respirando profundo para calmar sus nervios. En serio que necesitaba calmantes con esa vieja del otro lado. Sí, porque seguramente era una señora amargada que quería hacerles la vida imposible. De esas que no les parecía nada y que esperaban por un error para amenazarlas o meterse en sus vidas hasta que salieran del edificio.
—Mire, dije que lo arreglare así que ya, eso es todo lo que diré. Hasta mañana.
Asintió decidida de que esa era la mejor respuesta que podía darle en lugar de ponerse a pelear con alguien tan necia con la que seguro solo perdería su tiempo. Se tomó de las caderas y esperó ahí más de diez minutos, sin recibir otro papel o algún mensaje que le diera rienda suelta a lo emoción que había sentido con esa pelea de papeles.
Para descansar, jaló una silla y movió el televisor en otra posición, para que ella pudiera estar al pendiente de cualquier respuesta. Pero no obtuvo nada y eso, aunque no quiso aceptarlo, la decepcionó.
¿Que? ¿En serio ya no iba a pelear?
Diablos, eso era lo más emocionante que le había pasado desde hace años.
Arrugó su frente y se inclinó un poco para observar del otro lado. Podía ver un par de pies sobre la cama. Eso era todo lo que alcanzaba a visualizar. Se movió y con su dedo empezó a escarbar más. ¡¿Qué más daba si se hacía más grande?! ¡Si de todos modos mañana estaría rellenado!
Rio con discreción, si seguía así podría ver un poco más. Quién era esa vecina metiche en la que no quería convertirse.
¡Esperen! Los pies se estaban moviendo. ¡Habían desaparecido!
—¿Dónde, dónde están piecitos bonitos…? —susurró Kaoru moviéndose a los lados para obtener mejor visión, pero entonces, el hoyo por donde estaba espiando fue oscurecido por la tela de una camisa azul y luego por un par de dedos dejando otro papel. Uno que si no se hubiera hecho para atrás a tiempo le hubiera sacado un ojo.
Asustada se hizo a una lado, respirando profundo y tocándose el pecho acelerado. ¿La había visto? ¡¿La había visto?!
¡No! No había manera. Ella estaba viendo los pies, no su rostro. No había forma de que esa persona se diera cuenta que estaba espiando. ¿O sí?
Desdobló el papel temerosa de que se tratara de una amenaza o algo que la delatara. Por primera vez en más de muchos años no había sentido esa clase de emoción. ¡Parecía una niña, por todos los cielos!
—Me iré a dormir. Mañana tengo trabajo temprano. Descansa.
¿Qué? ¿Cómo? ¡¿Solo había escrito eso?!
Bien, pues ella también tenía que irse a dormir. Mañana le tocaba el turno matutino y no debía faltar porque irían los dueños del centro comercial para organizar un gran evento de caridad. Habría mucha gente importante y debía estar ahí para asegurarse de que… las bolsas estuvieran en su lugar.
—Yay, qué emocionante, —murmulló sin ninguna clase de ánimo, olvidándose contestar el mensaje que recientemente había leído.
Refunfuñando se fue a lavar los dientes para luego irse a la cama. En su mente no había nada que no hubiera estado por los últimos años. Una sola tristeza con la soledad que vivía con sus recuerdos.
III
El sol estaba radiante, los pajaritos cantaban y cielo era claro. La temperatura estaba templada y las personas incluso se alcanzaban a escuchar tan temprano en la mañana. Sin duda, ese día era uno espectacular para salir y pasear. Y ella… tenía que ir a trabajar. Todo el bendito día.
Arrastrando los pies, salió de la bañera, se arregló y luego sacó el desayuno instantáneo que había puesto en el horno para que conservara el calor. ¡Ese día era horrible! Y no solo por el hecho de que tenía que ir a trabajar y aun tenia tarea que hacer, sino porque no había podido pegar el ojo en toda la noche.
—Ese maldito hoyo —blasfemó mordiendo el último pedazo de su pan tostado—. Tiene que desaparecer… o hacerse más grande —sonrió cuando se le ocurrió algo, sacudiendo sus manos para verter su café en un termo y salir de su casa lo más pronto que pudo.
Tenía una idea, una bastante buena. Esperaría al otro lado del corredor, con una gorra escondiendo su largo cabello, los lentes oscuros y enormes de Misao y la mega camisa que Aoshi seguramente había dejado en su casa mientras su amiga lo metía a escondidas para hacer el amor.
La sonrisa se le desapareció del rostro y bajó el periódico con que se ocultaba. Arrugó la nariz y cogió la prenda que había tomado prestada para olerla, a causa del último pensamiento que tuvo. Mierda, ¿en qué había pensado al ponérsela? ¡Ahora olería a sexo durante todo el día! Ojala… -pidió en voz baja-, ojala y no hubieran terminado usándola.
Sus planes de ir a quitársela en seguida se esfumaron al oír la puerta que había esperado, abriéndose y cerrándose. Discretamente, alzó el pequeño cuadro, entre las letras del periódico, que había recortado, y observo con atención.
Era la figura de un hombre. Y, aunque no podía calcular su edad al estar de espaldas e ir caminando hacia el lado opuesto de donde ella estaba creía que no era tan viejo. Aunque estaba totalmente de negro, podía estimar por el estilo con el que vestía y caminaba. Sus manos metidas en pantalones de mezclilla negra, un suéter justo con gorro que tapaba su cabeza y un par de botines con las agujetas bien atadas. Parecía… ¡no se parecía…!
¡A la viejecita que se imaginó durante toda la noche!
Interesada en seguirlo, se puso de pie y se echó a caminar. Si acaso tenía diez minutos extras antes de ir corriendo a su trabajo y excusarse por llegar tarde. Pero al final de cuentas nada de lo que pensó que pasaría se cumplió. No cuando él se detuvo en la puerta de ella, atorando un papel en la fisura de abajo y después se volvió a echar a caminar, tomando el asesor hacia abajo.
—¿Huh? ¿Por qué no uso el hoyo que hicimos? —Exclamó reprochando el hecho de que se tomara la molestia de dejarle un recado ahí. Entonces dejó el periódico en el suelo y sacó la nota para leerla.
—No es necesario que finjas leer un periódico dedicado a la medicina, solo para espiarme. En serio, es un halago saber que soy importante lo suficiente… pero creo que se te hace tarde para el trabajo. Ayer estuviste 'murmurando' tanto que pude oírlo hasta mi dormitorio. ¡Buen día!
Esta vez, Kaoru dobló la hoja de papel con cuidado y la guardó en su bolsillo. No por el hecho de que significara algo para ella, sino por lo otro que había captado su atención al leer la nota en el encabezado del periódico en el suelo.
—Doctor Kenshin Himura, discurso y donación en un evento caritativo. ¿El joven genio, al fin dará la conferencia frente a frente o, por las cuestiones de seguridad y privacidad que lo rodean junto a su prometida, volverá a mandar a otro vocero?
—Kenshin… —susurró en voz baja, acariciando con las yemas de sus dedos cada línea de su nombre—Himura. —Sonrió con tristeza sintiendo un hueco enorme en la boca de su estómago.
Curiosa, arrancó la hoja del periódico y lo demás lo descartó. Siguió leyendo en su camino hacia el trabajo, más animada pero arrepentida por no haber leído antes esa pieza de papel. Tocó su cabello atado en un simple moño al tope de su cabeza, la camisa de cuadros de Aoshi y sus pantalones de vestir. Una rara combinación que nunca hubiera escogido si hubiera estado bien descansada.
Pero bueno, peor era nada. Mejor era eso cuando volvería a ver a Kenshin aunque fuera de lejos, ya fuera de la mano de su amada, comprometido o casado. Frente a frente, arrastrada por los de seguridad, o algún representante hablando por él. Pero al fin, podría saber de él.
IV
Sus ojos se desviaron hacia donde caminaba ese grupo de gente importante en el centro comercial. Todos esperaban el preciado discurso de quien también, secretamente, era parte de un pasado preciado para ella. Tan amado que incluso su estómago podía pagar las consecuencias de su moción. De ansiar verlo y descubrir cómo lucia ahora. Lo importante, majestuoso, triunfante, realizado y satisfecho que estaba consigo mismo.
Eran un hecho, uno que quería presenciar sin ser notada.
Sonrió y le dio la bienvenida a una mujer hermosa, un poco más alta que ella y con gestos más sutiles. Más elegantes y más de todo, que todas esas cajeras juntas. El maquillaje que usaba incluso era perfecto, seguramente tan caro como la renta de su casa por tres meses, y sus ropas... Bueno, era una mujer que lo tenía todo y a la que ella no le envidiaba nada a causa de sus recuerdos.
—Bienvenida —dijo con una sonrisa y sin recibir ni un agradecimiento a cambio. Pero no le importo. Con personas peores había lidiado y ser 'despreciada' por alguien que ni conocía y ni le importaba no era cosa suficiente como para andarse quejando. No dentro de su vida. Donde en serio trataba de darle prioridades a otro tipo de cosas y personas.
El resto del grupo de personas le siguió, guiado por el suave sonido de su voz.
—Tú, —La apuntó, borrando su sonrisa con el solo gesto de su dedo. Oh, no. Cada vez que la apuntaban eso solo significaba una cosa—. ¿Puedes ayudarme con bolso? Es muy pesado.
¿Qué? ¡¿Qué?!
Rápidamente miró a Tae, la persona que estaba a cargo del personal esa mañana. A ella le pagaban para empaquetar y saludar a los clientes. No para servirle a alguien que ni siquiera había comprado en la tienda.
¡Argh! A quien engañaba…
Suspiró. En realidad, lo haría sin ningún problema por cualquier otra persona sin esa clase de actitud, sobre todo la de una persona rica. Lo que le molestaba era esa fachada forrada de dinero que la seguía, que por un segundo le recordó a la actitud de su madre.
—Mi nombre es Tomoe Yukishiro, te daré una propina discente al final del día si me ayudas a conocer este lugar —Le dio su bolso cuando Tae accedió a prestar a uno de sus empleados 'por el bien de la tienda'.
Y ella, no tuvo de otra más que comportarse como una buena 'carga bolsa cara de la señorita Yukishiro'. Ah, pero conste que no quería dramas ni deseaba que la culparan de nada extraviado. Y por eso se mantenía a la vista de todos. Para que la vieran a todo momento.
—Ah, señorita Yuki —Uno de los organizadores le besó la mano—. Me dijeron que usted es la prometida del señor Himura —dijo el otro hombre encerrando su palma entre las suyas.
La mujer la separó con lentitud—. En realidad no todavía aunque se ha anunciado en los periódicos —La llamó con el gesto de su mano—. Mis padres arreglaron ese matrimonio cuando lo conocimos. Pero solo es cuestión de que se formalice por parte de él. Pronto me mudaré a su mansión, incluso.
—Ah, ya veo…
Ah, con que ella era la muy famosa prometida. Aunque sentía un dolor profundo en el alma que le arrebataba algunos de sus más bellos recuerdos, aceptó que esa mujer era muy hermosa y por lo que atestiguaba también era un poco amable. Era un poco extraño como recordaba a Kenshin, alguien tan humilde y sencillo, era un poco inusual que escogiera a alguien como ella para hacerla su esposa.
Por otro lado…
Habían pasado muchos años. Con el engaño seguramente el había cambiado, y sus logros y dinero seguramente habían influenciado en su actitud. Si tan solo… si tan solo lo hubiera encontrado todas esas veces que lo buscó...
Todo sería diferente... Ella no se hubiera rendido.
—Código rojo, codigo rojo. Se solicita a todos los clientes de la tienda seguir con rapidez a los empleados. Por favor mantener la calma y obseder todas…
Kaoru miró hacia la bocina cuando la voz femenina fue interrumpida y sustituida por una distorsionada. En cuanto a los clientes y los invitados del centro comercial comenzaron a correr despavoridos, todos hacia su dirección.
—Solo obedezcan 'nuestras' órdenes.
Tomoe se dirigió hacia Kaoru arrancándole la bolsa de sus manos para sacar su teléfono celular.
—No sé qué pasa aquí, pero esto no es parte de nuestra ceremonia.
—Ah, y no se preocupen —la misma voz volvió a hablar— para la seguridad de todos ustedes se ha sellado cada entrada e interferido cada aparato electrónico mandando toda señal a nuestro computador. Solo queremos a una mujer…
Varios hombres armados aparecieron, justificando porque todos corrían aterrorizados mientras gritaban. Estos hombres vestían de negro y aparentemente equipados de pies a cabeza con un uniforme especial. En la manga de su pecho solo sobresaltaba un 'e' mayúscula y roja en medio de un circulo. Como si fueran parte de las fuerzas especiales o algo parecido.
—Ven acá —Tomoe se adelantó y la sostuvo de la mano—. Dime qué demonios está pasando.
—¡Y yo que sé! ¿Sabe? Las empacadoras no siempre tenemos todas las respuestas —se zafó haciéndose a un lado para alejarse.
—Si nos entregan a Tomoe Yukishiro hija del millonario que está a punto de derribar la parte de la costa para sus negocios 'legales' estaremos más que agradecidos. Mientras tanto, mis hombres, disfruten de la compra.
Kaoru la miró de reojo cuando los hombres empezaron a buscar entre todos los demás, mientras gritaban y pedían a la persona en cuestión entregarse con tal de salvarlos. Unos decían: —Tomoe entrégate, no seas cobarde —y muchos otros hablaban de las docenas de hijos que tenían. Al parecer no estaban tan seguros de como lucia la tal Tomoe como para haber hecho todo ese alboroto, a excepción de las personas que la acompañaban. Los que habían tomado el centro eran lo que seguramente no sabina como lucia.
—No es eso —masculló a la que buscaban jalándola de la manga de la camisa hasta ocultarse en medio de las prendas de ropa—. Normalmente traigo conmigo a una que otra doble. Por eso quieren asegurarse de que no miento. Es como un juego el que están haciendo con nosotros. Solo para dejarme en claro de lo que son capaces.
—Comenzaremos a matar a los rehenes si no se cumple lo que pedimos. Ella ya ha sido reconocida en la multitud, solo queremos que salga en las cámaras y su padre la vea.
Bueno. Bien y pobre de ella. Pero como era Tomoe y no Kaoru... Era un gusto haberla conocido, también. Lentamente se separó de la mujer pero esta le impidió seguirse moviendo. —Por favor, ayúdame.
—¿Pero cómo si ni siquiera me parezco a ti?
—No sé. Puedes distraerlos en lo que me dices una de la salida más secreta que tú sepas. Esas a las que solo le dicen a los empleados y empacadores.
No. No lo haría, menos por un asunto que ni siquiera le pertenecía. En su mente solo estaba salir de ahí con vida, junto a los demás, e ir a ver a su padre. Ver la tele como todas las noches, pelear con Misao sobre los platos sucios y por qué no, contestarle a ese hombre con mensajes patéticos en la pared.
—Señor, Kenshin Himura, el doctor millonario ha pedido hablar con usted sobre la situación —Escuchó a uno de los hombres armados, hablando a través de un aparato alto en tecnología que colgaba de su oído—. Sí, señor, al parecer ese doctor también está aquí por Tomoe. Dice que dará lo que pida si la devuelve sana y salva. Incluso podemos intercambiar rehenes.
Kaoru cerró los ojos y respiró profundo. ¡¿Qué diablos estaba por hacer?! Ah, ya le daba igual. De por si… ¿qué tenía que perder? Nada. Mas no podía permitir que Kenshin se expusiera a un peligro descomunal como ese. Si Tomoe era lo que necesitaba para ser feliz eso le daría.
Soltó su cabello e intercambio su camisa con la otra mujer, dándole las instrucciones que necesitaba para salir sin que nadie pudiera verla, aunque nada estaba garantizado. Bueno, y si era discreta suficiente como para arrastrarse en el suelo sin que nadie lo viera.
—Yo soy Tomoe Yukishiro… o algo así —murmuró lo último en voz baja al salir de entre las ropas del local a donde los habían llevado, tomándose de sus caderas y moviendo el bolso de mano LV para comprobar su identidad.
Uno de los hombres, con rostro cubierto por un pasamontañas dio un paso de entre todos los demás, tomándola de la mano para acercarla. La sujetó de la barbilla y la estudió de pies a cabeza, riendo. En seguida, la haló tras él separándola solo dos pasos de la multitud de gente rica a la que había guiado, atemorizándolos al acercarse.
—Ah, creo que tienes que bajar a ver esto, jefe —dijo el hombre dejándola a un lado mientras hablaba por su auricular alzando las manos y excusándose por las cosas que la otra persona le decía—. No para nada. Se trata de Tomoe la tengo aquí, conmigo…Sí, ya sé que vio todo en las cámaras. Está bien, baje a saludar a nuestra Tomoe.
Kaoru sonrió. Su plan había funcionado. Todo estaba saliendo como quería.
—Dime si la matamos o no… —dijo el chico mirándola de reojo.
Bueno, no todo estaba saliendo como quería. Tragándose su miedo, alzó la barbilla y lo miró directamente. Tal vez, si pudiera apreciar mejor sus ojos o su voz y si salían vivos de ahí, podría ayudar a las autoridades a dar con él.
—Entendido, jefe. Aguardaremos aquí.
Eso fue lo último que le escucho decir. No quería armar sus propias conclusiones pero, parecía que había algún desacuerdo entre ellos. Tan vez podía tomar ventaja de lo que ocurría. Divide y vencerás.
Después de más de diez minutos de planeación y espera, otro sujeto vestido de negro llego hasta ahí. Cubierto de pies a cabeza y con un teléfono celular en su otra mano.
—Desperdiciamos tiempo con reuniones sociales —le reprendió el recién llegado al otro guardando su teléfono en su bolsillo—. Muéstrame a la mujer.
—Ah, entiendo, jefe. Como ya sabe, mire lo que tenemos. —El otro hombre hablo de forma extraña cogiéndola e interponiéndola entre ambos.
—Ah... —exclamó tomando las hebras de su largo cabello que le cubrían la cara.
—Bueno, aquí esta nuestra Tomoe Yukishiro…
Kaoru tuvo miedo de alzar el rostro. No quería ver a ese hombre y llevarse esa última imagen al cementerio. Sin embargo, tuvo que hacerlo cuando la obligaron a alzar el rostro al jalarla del cabello.
—Maldición… —murmuró el hombre con voz distorsionada por el aparato que usaba, aflojando las hebras que guardaba en su puño. Entonces, suspiró relajando su voz—. Muy bien, Tomoe, después regresaré para que empaquetes algunas de mis compras —soltó risueño.
Ella bajó la mirada enfocándose en algún lugar del suelo, pero no tardó dos segundos en regresar su vista en el mismo lugar que se había enfocado originalmente. Sus ojos. Esos ojos color ámbar…
—Larguémonos —repitió el hombre dando media vuelta, sujetándola e ignorándola mientras le pedía que esperara.
No entendía. Posiblemente solo era su imaginación. Era ella queriendo ver cosas donde era obvio que no las había. Era un error. Su error. Se repitió mientras era arrastrada por el mismo sujeto hacia el sótano junto a los demás rehenes. Después, los dejaron ahí, apagando todas las luces y sellando las puertas.
Eso les daría tiempo antes de que la policía se diera cuenta que ya no corrían peligro y les diera a ellos su ruta de escape.
Kaoru se sujetó la muñeca sobándose con suavidad y preguntándose qué era lo que ocurría y quién era ese sujeto.
Continuará….
Notas de Autor:
