• Disclaimer: Los personajes no me pertenecen.
• Advertencias: AU, posibles confusiones.
• Nota (1): USA (Abel Reynolds) UK (Julian Connor)
• Nota (2): Un consejo... presten atención a las menciones cronológicas y/o relojes.
·~· La Vida Escrita en Sangre ·~·
• Capítulo 1: "Realidad Paralela" •
El sol le dio en la cara, cortando su perfecto mundo de los sueños, aquel donde era el rey.
Abel murmuro una blasfemia, pues no quería empezar el día, eso significaba ir a la escuela, asearse, comer, salir corriendo a buscar el bus porque de seguro llegaría tarde a la estación. Pero ya que, se levanto con toda la mala gana del planeta y fue directo al baño.
…Luego de terminar de darse una ducha, se miro al espejo del baño, pues estaba empañado así que con una toalla limpio la humedad y miro su rostro.
Un oscuro y cenizo cabello rubio; un mechón de pelo le caía sobriamente por un lado del rostro, rozando su parpado, casi nublándole la vista de aquel iris. Ojos azules, tibios, puros, misteriosos… como un profundo abismo oceánico. Sonrió de lado, era perfecto, estaba perfecto.
Pero seguía faltando algo… ¿Qué era? ¿Qué?
-¡Ah! Claro, casi me olvido… -De la banquilla que había a un costado del cuarto de baño, bajo una chaqueta escolar con un decoroso cincuenta en la espalda, extrajo unos lentes de marco cuadrado y los coloco sobre el puente de su nariz, modelo un poco de perfil y sonrió. - ¡Ya esta! –Canturreo, victorioso de si mismo. –
Como modelo final, paso su chaqueta con el cincuenta por sobre sus hombros, colocándosela habilidosamente.
Salió a tumbos del cuarto de baño, pasando por el reloj que había en la pared de la casa, y se dio cuenta, trágicamente, de que solo le quedaba una hora para comer, correr las cinco enormes cuadras que lo separaban de la para del bus, esperar dicho vehículo, el trayecto a la escuela, y finalmente, las siete cuadras que lo separaban desde la parada hasta la puerta de la escuela. "Todo seria mas fácil si tuviese una motocicleta" Pensó, con gran razón, pero sus padres no querían dársela.
-¡Hola mamá! ¡Hola papá! –Saludo velozmente, agarrando en el proceso su bolso y un improvisado desayuno y una bolsa con lo que era su supuesto almuerzo. - ¡Los quiero! –Beso respectivamente la mejilla de cada uno y salió disparado a la puerta. –
Sus padres se quedaron mirando con sencillez la escena, estaban acostumbrados a que el "pequeño" Abel hiciera siempre lo mismo en todas las mañanas.
-…Siempre igual este chico, ¿No, cariño? –Comento el hombre, de forma simple mientras le daba un sorbo a su café y releía el diario. –
-Si. Tienes razón… ¡Oh, rayos! –
-¿Qué pasa? –El marido volteo a ver a su esposa que estaba ahora sobre una silla. - ¿Qué haces? –
-Es este reloj, creo que ya esta inservible. –Comento de manera triste. – A decir verdad, no ha funcionado desde que lo compramos, creo que deberíamos tirarlo, ¿Tu que crees? –Miro a su marido, que la miraba pensante. –
-Hazlo, si después de todo el tiempo no importa… -
Abel estaba corriendo al bus, que ya se le había escapado como todas las mañanas.
-Wait, wait please! –Le gritaba, ante lo cual el vehículo freno de golpe. –
El chico pudo subirse, y a bocanadas de aire le indico al chofer el precio del boleto a pagar. El hombre le reprocho por hacer todos los días lo mismo, y que si no se cansaba de hacerlo, ante lo cual Abel respondió que no, que así la vida tenia un poco mas de adrenalina.
Se sentó al fondo del colectivo, en un solitario asiento, como aun era temprano no había mucha gente, solo él, una pareja y otra mujer eran los únicos habitantes del transporte.
Apoyo su cabeza en el vidrio, y se quedo viendo su tenue reflejo contra el cristal. Cerró los ojos, dejándose llevar a quien sabe donde.
"Un nuevo día comienza, y otra vez, desde que tengo uso de memoria, no se porque seguir haciendo esto." Se dijo para sus adentros, mientras las facciones de su rostro se tornaban melancólicas. "Una rutina… es siempre lo mismo…"
Cerró los ojos y sonrió, alejándose de aquel lugar terrenal.
Un nuevo día empezaba, y como a Abel, el día le dio, literalmente en la cara.
Contrario al estudiante, Julian Connor, un profesor de historia retraído y solitario, despertó normalmente, como cualquier ser común y ordinario. Abrió sus jades con lentitud, sin que nada le pesara. Se puso de pie y calzo unas cómodas pantuflas, yendo al cuarto de baño para alistarse para su usual vida.
Hoy no era un día tan usual, cruzaba el pensamiento de aquello. Había conseguido un nuevo empleo en una escuela bastante buena, de calidad por así decirlo. Necesitaba algo cerca, a donde poder ir en su cómodo auto.
Termino de alistarse, dándole los últimos y desaliñados retoques a su cabello rubio. Se miro vagamente en el espejo, sin mucha expresión o intranquilidad. Acomodo su gabardina de color café y alisto su portafolio con todos los temas para ese día en su nueva ocupación en aquel instituto.
Salió de su casa, a paso lento, y abrió la puerta del auto y se adentro. Apenas hubo estado bajo la guardia de aquel coche, acomodo sus cosas en el asiento del copiloto para después encender la radio.
"Sin señal… otra vez, maldición" Pensó bastante hastiado de aquello, todos los días era lo mismo con la sintonización, nunca funcionaba. Pero seguía intentando, lo seguía haciendo para un día despertar y que su vehículo le de la sorpresa de una buena señal. Pero tal deseo, era imposible.
No le quedo mas que irse sin ningún sonido de compañía, salvo por el de las ruedas contra el asfalto.
Cruzo calles, infinitas y largas, casi interminables, eternas. El cielo estaba indetectable, los enormes rascacielos que abundaban en aquella ciudad impedían la visión del firmamento, salvo por los rayos de sol que danzaban entre dichas arquitecturas, no había nada que pudiese distinguirse del cielo.
Llego al establecimiento donde era su nuevo trabajo, y aparco en el estacionamiento de la parte de atrás, junto a todos los autos de los otros profesores. Bajo, tomando su maletín y marcho hacia dentro del edificio, debía estar presentable, serio. No el daría el gusto a los que serian sus nuevos alumnos de ver a un hombre harto de la rutina y que las radios no funcionen. No, después de todo… el era inglés, un perfecto caballero inglés.
Tuvo una charla corta con el director, el cual le dijo el aula al cual pertenecería el resto de aquel año. Ahora estaba frente a esta, mirándola como si tuviera un reto sobre ella.
"3-D… un nuevo comienzo…" Pensó, con una sonrisa de satisfacción, adentrándose en el salón.
Abel se divertía con sus amigos, algunos de los cuales no había podido ver en todo el verano. Como siempre era el centro de atención de una gran junta de gente, su gente, sus amigos. Era realmente feliz ser popular, contar con tanta gente que te distraiga del aburrimiento. Simplemente era increíble.
La puerta del salón se abrió, dejando pasar a un hombre medianamente alto, con un desordenado cabello rubio, que llevaba puesto una gabardina café, y un traje formal negro, como ejecutivo. Pero eso no era lo mas extraño de aquel tipo, sino sus cejas amorfas y grandes, como las de un perro o algo así.
-¡Ajajaja! –La risa estruendosa de Abel resonó por todo el salón que hasta esa acción estaba en perpetuo silencio. - ¡Miren la cara de este tipo! ¡Sus cejas son monstruosas! –Apunto al profesor, mientras un pequeño bullicio de risas se oía detrás. –
-… ¿Cuál es tu nombre? –Julian tenia una vena que le palpitaba en la sien, todos sus planes de parecer normal y todo un sabio ser se fueron a un lugar inalcanzable gracias a aquel chico de nombre desconocido. –
-¿Qué acaso no lo sabes, viejo? –El de ojos azules se paro sobre la silla, y puso una de sus piernas sobre la mesa, mirando con altanería al que no sabia era su nuevo profesor. - ¡Soy Abel Reynolds! ¡El héroe de este lugar! –
Acto seguido: muchas personas le aplaudieron. Se sentía en el cielo.
-"Típico estadounidense…" –Pensó el inglés, dando un suspiro y sacando su libreta de anotaciones. - ¿Abel Reynolds? OK, es el primer día y ya tienes una marca roja. Lo que significa un punto menos en tus notas. –Dijo tranquilamente el profesor, a lo que el estudiante casi se cae de posición. –
-¡¿Qué? ¡¿Eres el profesor de este año? –Todos, incluido Abel, estaban sorprendidos, mirando al hombre nuevo que creían era un preceptor. –
-Si… me llamo Julian Connor, y soy el nuevo profesor de Historia. –Se presento, haciendo una elegante reverencia, que dejo a las chicas pasmadas y sonrojadas. – Espero que podamos llevarnos bien, y que cumplan con lo que les digo. –Sonrió de lado, y todas aquellas damas quedaron instantáneamente enamoradas, algunas de ellas tenían novio incluso. –
Abel no se trago el cuento de aquel tipo que tenia algún que otro delirio de grandeza, ¡Maldito infeliz! Robándole a sus chicas…
La verdad era que nunca, en su vida, alguna persona de aquella ciudad le había dado importancia a algo como la historia o los recuerdos, todo eso no servía, porque el pasado no importaba. Solo importaba el presente y el futuro, nada más. Por eso Julian había elegido esa carrera, porque a él le importaba el pasado más que nada y vivía una vida abstracta, llena de recuerdos y voces que no entendía.
Pero eso solo no le pasaba él.
Nadie sabe como, ya que los relojes o el tiempo no funcionan, han pasado ya dos meses desde el comienzo de clases y el arribo del profesor Julian Connor.
Era impresionante lo que ese hombre logro con sus alumnos, la gente de esa ciudad era conocida por no saber absolutamente nada de la historia antigua, media, moderna, o contemporánea. El profesor británico hizo de su clase, una clase modelo. Todos cumplían a tiempo, la redacción, la forma de escribir y hasta la verborrea les había modificado en tan pocas semanas.
Aunque todo rebaño tenia su oveja negra, y esta era una que se dignaba a no hacerle caso, me refiero a Abel Reynolds obviamente. El estadounidense tenia todas marcas y notas rojas en esa asignatura, que era hasta imposible de levantar con un diez o alguna nota excelente. El joven de anteojos era un caso perdido, según Connor, por eso lo dejaba, algún día aprendería que del futuro no se puede vivir. Todas las personas necesitan un pasado, porque ese pasado era su identidad. Pero a Abel parecía no importarle.
Hoy era un día normal, se notaba que era de tarde, pues la luz filtrada por los enormes rascacielos era imperceptible. Ya había terminado su jornada de hoy, y estaba dispuesto a marcharse, subiendo a su auto, pero antes de hacerlo, vio la sombra que reconocería hasta en el Tíbet.
-¡Reynolds! –Grito el profesor, ante lo cual su alumno volteo a ver quien lo llamaba. –
-Oldman? ¿Qué quieres? –Miro con confusión al que era su superior, ¿Qué hacia ahí? –
-¡No me digas así, mocoso! –Quiso darle un zape, pero el otro se giro a tiempo y entre risas. –
-¡Esa palabra es de viejos, viejo! –Dijo entre risas el más joven. - ¿Qué pasa, profe? –
-¿No tienes a nadie que te lleve a tu casa? Digo… estas aquí esperando… -
-¿Huh? A decir verdad, mi padre tenia que haber venido a recogerme hace ya rato, pero no se ha pasado, quizá le haya pasado algo para no venir… o quizá no se ha dado cuenta de que tiene que venir por mi. –Lo último lo dijo en un tono misterioso, con un aire que despertó la curiosidad en el docente. –
-¿Qué no se ha dado cuenta? –
-Si… los relojes nunca funcionan, el tiempo, el tiempo no le importa a nadie. Es por eso que no sabe que tiene que venir. –Contesto, con normalidad, pero al mismo tiempo con un tono lejano. – Las personas no se dan cuenta de que el tiempo no pasa en esta ciudad, para ser precisos, el tiempo no pasa en este mundo. –
Julian abrió los ojos, era lo mismo que él pensaba. No podía ser… que ese chico pensara como él, ¿O si?
-Te llevo, si quieres, claro. –Le ofreció, ante lo cual el de ojos azules se rió, aceptando. –
Se subieron al auto del inglés, y cuando estuvieron los dos ya sobre el vehículo, el mayor puso en marcha el móvil. En ese momento algo lo jalo hacia un lado.
Ese algo era la mano de Abel.
Lo ultimo que recuerda, es estar besando al de ojos azules, de una forma en la que jamás había besado a nadie. Antes de perderse para siempre en la oscuridad con aquel estudiante, sintió como el frio invadía su piel y era recostado en el asiento de su propio auto.
Hoy, se cumplen ya dos años de la muerte de Alfred F. Jones y Arthur Kirkland.
Era una ceremonia que se hacia costumbre para todas las naciones, el saludar a sus compañeros caídos, perdidos porque el egoísmo de los humanos los había separado.
Ahora, en algún otro lugar, querían pensar que estaban juntos. Besándose y abrazándose como no pudieron hacerlo en la vida que les toco vivir.
Gracias enormes a todos los que dejaron review (: !
Sé que tiene una trama complicada y confusa, pero ya veran que de a poco se irán resolviendo las incognitas. Con respecto al bloqueo; espero que esta semana se me vaya, aunque tengo par de dudas con respecto a ello, ya que esta semana tengo prueba de inglés, lengua y biológia, entregar dos cuestionarios; uno para biológia y otro para fisico-quimíca, aparte de tener que terminar las tareas de historia y geografía. O sea, mucho xP
Muchas gracias a todos ^^ Bye~~
Próximo Capítulo: L de Locura
