2. Pureza

Cada vez que uno de sus hijos hacía algo que no estuviera a la altura del linaje de la prestigiosa familia Black, Walburga les daba una lección. Porque debían aprender a llevar su apellido con orgullo, y si para ello tenían que ver la sangre que fluía por sus venas, entonces la verían –literalmente-.

A fuerza de golpes y palabras duras, Sirius aprendió lo que significaba ser un Black. Y lo odió con todo su ser. Por eso era que ésta vez, Walburga le daba una paliza inolvidable. Pero no por los motivos que ella pensaba.

Ésta era especial porque fue la primera que dejó heridas tan profundas como las de Remus, y al mismo tiempo, fueron las primeras que el licántropo le curó al animago.

Las primeras heridas… las que estaban tanto por sobre la piel, como las que llevaba en el alma.