Gracias a todos los que se tomaron el tiempo de leer el primer capítulo. Como dije intentaré actualizar semana a semana, preferentemente los días sábados.
No recuerdo si ya lo aclaré pero la conocida historia de Mad_Lori, Performance in a leading role fue una especie de inspiración para este fanfic. Sino la han leído, les recomiendo que lo hagan.
Elegí el universo futbolístico porque es algo que conozco y amo. Si alguien tiene dudas sobre cualquier cosa que nombre, no dude en consultarme.
Saludos!
Solo una pequeña porción de las luces del Emirates Stadium estaba encendida.
El cuidador del campo lo miró con desconfianza cuando le dijo que Mycroft, mánager del club, había autorizado un entrenamiento nocturno. Quizás debido a que ni Lestrade, ni el resto de sus compañeros se encontraban allí. Por fortuna, o más bien por repetición, el personal del club ya había aprendido que discutir con él solo podía derivar en una rápida evaluación y consecuente exposición de sus secretos más íntimos.
Sherlock comenzó su rutina trotando alrededor del campo, dejando que el frío aire de la noche londinense le inundara los pulmones. Disfrutaba correr de noche. Gran parte de la prensa estaba convencida de que él nunca realizaba un entrenamiento físico. Idiotas. Nadie sería capaz de jugar como él lo hacía sin un trabajo aeróbico y anaeróbico completo. Que Sherlock prefiriese hacerlo en soledad a moverse como ganado de feria junto al resto de sus compañeros, era otro tema.
Para él correr era la oportunidad de analizar todos los datos que acumulaba en su "disco rígido" -término que solía utilizar para referirse a su mente-, un centro de cómputos lleno de estadísticas de pases errados y concretados, efectividad en disparos, quites, cantidad de faltas cometidas y recibidas, errores y aciertos de cada uno de sus compañeros y rivales de turno. Y este era el momento en el que, sin la odiosa distracción de sus pares, fans, fotógrafos y periodistas, podía utilizar ese caudal de información para sacar conclusiones que le garantizaran un resultado positivo el día del partido, o en palabras de Lestrade "los tres puntos".
Sherlock cerebrito Holmes lo llamaban la prensa y muchos de sus colegas. A decir verdad, no le incomodaba ese apodo.
Muchos de sus compañeros a lo largo de los años no habían sido tan sutiles y directamente lo tildaban de freak. Y en definitiva, algo de razón tenían. Sherlock no era el típico jugador de fútbol. A diferencia de las grandes figuras, su habilidad no pasaba por la fuerza o la velocidad física, ni por la destreza con la pelota, o por el ímpetu o la mentalidad ganadora. Era más bien una combinación de todas esas características, sustentadas por la capacidad de dilucidar qué movimiento causaría mayor daño a su contrincante.
Los comentaristas y analistas del juego a menudo se sorprendían por sus maniobras. Cuando parecía que ya habían visto todo lo que podía ofrecer, el número diez los maravillaba con una nueva gama de recursos.
Sherlock se inclinó para elongar y sonrió al recordar el titular del diario Times después de su última actuación frente al Hull City:
El cerebrito saca a relucir su manual.
Lo que ni los medios, ni los demás jugadores y técnicos parecían comprender es que para él, el fútbol era una sucesión de eventos previsibles y manipulables. Solo hacía falta capacidad para analizar la información correcta y, en consecuencia, tomar la decisión más lógica.
Y en este momento la lógica le decía que su equipo de ineficientes necesitaba un mediocentro con una buena estadística de recuperación de balones, una técnica depurada, un promedio mayor a nueve kilómetros de recorrido por partido, llegada al arco contrario y una media mínima de seis goles por torneo.
Tras repasar los candidatos en su mente durante toda la semana y, teniendo en cuenta otra infinidad de datos, había reducido las opciones a dos nombres:
Miles Smith, volante defensivo del Liverpool, veintidós años, 1,80 mts de altura, 75 Kg. Ambidiestro, gran juego aéreo.
Promedio de 10,5 Km. recorridos por encuentro (el más alto de la liga)
Mayor cantidad de pases concretados de los últimos dos torneos
10 goles en la última Premier League (2 de cabeza, 1 de tiro libre)
Habitué de las selecciones juveniles desde los 15 años
Figura indiscutida de su equipo
Jugador Más Valioso del partido en 10 encuentros de los últimos 28 disputados por el Liverpool Citado con regularidad a la selección nacional desde hace 2 años, este último dato sería realmente de utilidad si Sherlock confiara en el criterio del actual director técnico inglés, lo que no era el caso.
La segunda opción era una jugada más arriesgada.
John Watson era prácticamente un jugador del montón para la prensa "especializada".
De menor envergadura física, aunque -al menos en apariencia- muy fuerte.
Jamás había sido convocado a ninguna selección.
Tenía un promedio de 6 goles por torneo, pero en la última Premier solo había conseguido marcar en 2 ocasiones.
Sin embargo, en un análisis más profundo, los números de Watson eran dignos de admiración. El promedio de pases concretados estaba apenas por debajo del récord de Smith, pero su incidencia en el juego era muy superior. La mayoría de ellos eran verticales y en muchos casos asistencias que los registros no contabilizaban como tales por la ineficacia de los receptores. Asimismo Watson tenía la costumbre de jugar siempre con la cabeza levantada por lo que su visión del campo y, por ende, su lectura de las posiciones de sus compañeros era estupenda. Esto le permitía lo que tal vez era su mejor cualidad, la capacidad para robar balones y dar un pase a un compañero en el mismo movimiento. Sherlock consideraba a este atributo de suma importancia. No eran muchos los jugadores capaces de hacerlo, y mucho menos de hacerlo con continuidad. La mayoría sentía la -errónea- necesidad de estar mayor tiempo en contacto con el balón, lo que hacía perder tiempo de creación al equipo y, en definitiva, al mismísimo Sherlock.
Además, viendo los partidos de Watson versus el Arsenal, el diez gunner pudo deducir que el hombre era hincha fanático del club rojiblanco, lo que no solo facilitaría las negociaciones sino que garantizaba que no escatimara el esfuerzo si finalmente resultaba fichado.
Aunque el esfuerzo no era algo que preocupara particularmente a Sherlock, ya que otra de las características de este jugador era su gran despliegue y su compromiso con el equipo.
Y he aquí la causa de la gran desventaja del fichaje de Watson. Su reciente lesión en el hombro. Sherlock había visto el video de la acción en la que resultó herido y aunque la brutalidad con la que Moran había intervenido no lo sorprendió, sí lo hizo la decisión del juez de ni siquiera amonestar al arquero. Y aún más lo deslumbró la tenacidad y obstinación del mediocampista y capitán del West Ham que, tal vez porque su equipo se jugaba la permanencia en primera división, decidió continuar en el terreno de juego con una lesión que sin dudas le producía un dolor intolerable.
Mycroft le había proporcionado los detalles de la ficha médica del rubio jugador y esta revelaba que su tozudez podría jugarle una mala pasada. Era probable que sufriera un trastorno crónico en el hombro izquierdo como consecuencia de la atención tardía de la fractura.
Además, al no poder entrenarse hasta un mes antes de empezar el campeonato, habría que pasar al menos tres partidos sin poder contar con él en el once titular. Y Sherlock sabía que continuar con Seymour Denting como mediocentro solo podía derivar en la pérdida de puntos contra equipos que supieran aprovechar sus deficiencias.
Cuando realizaba su tercera repetición de ejercicios de explosión en velocidad, una sombra en el banco de suplentes local llamó su atención.
—¡¿Mycroft te envió a vigilarme?! —exclamó mientras se acercaba al borde del campo dominando el balón en zig-zag por entre varios conos naranjas.
Lestrade salió de su escondite y fingiendo indignación respondió:
—Tu hermano no me dice cómo hacer mi trabajo.
Sherlock resopló irritado y pateó al arco desde casi treinta metros.
—No sabía que el trabajo de DT incluyera entre sus tareas hostigar a los jugadores.
La pelota ingresó cerca del ángulo superior derecho. Lestrade silbó en señal de admiración y Sherlock lo miró de soslayo, torciendo la boca en una mueca de falsa indiferencia. Greg sin embargo, conocía a Sherlock desde antes de su debut en la primera del Arsenal, y sabía que la veneración era una de las formas de llegar a él.
—Vine porque el libro de pases cierra en tres semanas y aún estoy esperando el nombre del jugador que según tu extremadamente exhaustivo análisis necesitamos para entrar a la Champions del año que viene. O, al menos, al repechaje —agregó con una mirada esperanzada.
Sherlock volvió a patear con más fuerza, el balón pasó por encima del travesaño y se perdió entre las gradas.
—No convencí al fastidioso de mi hermano de que te deje ser DT para clasificar a la Champions —siseó con desdén.—Si jugamos bien nuestras cartas, estaremos en condiciones de ser campeones de la Premier.
Lestrade contuvo la respiración un par de segundos. El camperón de entrenador le protegía el cuerpo del aire húmedo pero el color de su nariz evidenciaba el frío que reinaba en la ciudad.
—¿En serio crees que estamos para pelear el campeonato? —preguntó incrédulo.
No era ningún secreto que habían terminado la liga anterior en alza, ganando 6 partidos al hilo, todos gracias a las estrategias que Sherlock ideaba y Lestrade, ex arquero y DT interino -desde la partida de Vilas Boas que renunció tras una discusión en la que el mediapunta lo puso en ridículo delante del resto del equipo- ponía en práctica.
La alianza había tenido buenos resultados en la última parte del torneo, pero en esas seis fechas no les había tocado enfrentar a ninguno de los equipos comúnmente denominados grandes, y Lestrade tenía sus dudas acerca de si estaban en un nivel equiparable a estos.
Sherlock se acercó al banco y se puso su buzo del club.
—Dije "en condiciones de ser campeones", Lestrade. Intenta prestar atención —afirmó dirigiéndose hacia la zona de vestuarios.
Lestrade aceleró el paso para alcanzarlo.
—¿Entonces ya sabes a quién deberíamos fichar? —inquirió, permitiéndose el entusiasmo que las palabras de Sherlock generaban.
El delantero lo miró por última vez, con una media sonrisa arrogante
—Dile a Mycroft que consiga a John Watson.— la puerta que daba a los vestidores se cerró tras él.
