Dios, me tomó siglos poder retomar esto, no podría ni empezar a explicar la cantidad de obstáculos que se me presentaron (y que todavía se me presentan) en el medio. Un lunes a las cuatro y media de la mañana, finalmente puedo subir una actualización. ¡Lo siento, Zhena!
Ni Kuroko no Basket ni sus personajes son de mi propiedad, todos ellos pertenecen a Tadatoshi Fujimaki.
Kagami poseía escasos —si no nulos— conocimientos sobre psiquiatría. Sus pocos contactos con la locura habían sido esporádicos, ocasionales, tales como cruzarse con una vieja mendiga que hablaba sola en la calle, o leer en internet un artículo sobre un tipo que había matado a toda su familia y se la había comido en forma de empanadas. Lo menos estrambótico que sabía del tema lo constituía lo poco que le había contado Kuroko sobre los episodios depresivos que había sufrido en la secundaria baja —pero eso era todo.
Y aun así, estaba convencido —no, convencidísimo, de que estaba volviéndose loco.
Dormía mal. Muy mal. Momoi, el director del colegio —diablos, incluso los niños le habían preguntado si le había pasado algo, dado lo terrible de su aspecto. Unas negras ojeras bajo sus ojos indicaban sus pocas horas de descanso nocturnas. Intentaba compensar su mala apariencia con un buen humor que, lejos de resultar convincente, parecía antinatural e histérico. En el colegio le habían ofrecido tomarse algunos días de descanso y Kagami había estado tentado de aceptar —pero había acabado por rechazarlo, ya que sabía que si no se mantenía ocupado y adquiría todavía más tiempo para pensar sería mucho peor.
Todas las noches le pasaba exactamente lo mismo. Todas las noches se metía en la cama, se tapaba entre las frazadas, y su mente —en una suerte de mecanismo programado para iniciarse apenas cerraba los ojos, tratando de abandonarse al sueño— comenzaba a maquinar un sinfín de fantasías que le permitían cualquier cosa excepto dormir. Lo había intentado todo: beber leche caliente antes de acostarse, cenar en abundancia, tomar alguna infusión somnífera. Siempre sin resultados.
Aquel joven moreno volvía a aparecer en su mente, una y otra vez, dando lugar a las fantasías más perturbadoras; ronroneándole al oído en la oscuridad y abrazándolo en una trampa, un insomnio sin salida.
Kagami ardía ante todos estos pensamientos. La excitación no era algo exclusivo de sus horas de sueño —plagaba tanto su vida cotidiana, su día a día, que había tenido que aprender a manejarla para no quedar en evidencia. Incluso Himuro, cuando había vuelto a llamarlo para agradecerle que lo cubriera en el bar, se había dado cuenta de que algo andaba mal —o, como mínimo, de que algo no andaba exactamente bien.
Ni hablar de Kuroko. El muchacho le había preguntado varias veces qué sucedía, y Kagami había tenido que inventarse un sinfín de excusas: que tenía pesadillas, que había mosquitos en su departamento que no le permitían dormir, que sus vecinos escuchaban la música muy fuerte. En realidad, no sabía qué decirle. Desde luego, no la verdad. ¿Cómo podía explicarle a su novio de entre todas las personas que tenía fantasías sexuales con un completo desconocido al que había visto una sola vez en un bar? Era imposible.
La peor parte era, además, la naturaleza de dichas fantasías, de las ensoñaciones que lo consumían noche tras noche. Al principio, Kagami había intentado evitarlas —tratando de pensar en otras cosas, intentando poner la mente en blanco. No sólo porque sentía que no estaba siendo justo con Kuroko; también por el bochorno que le causaban. Al final se había rendido, quizá porque producían en él la misma atracción que produce la droga en un adicto, quizá porque se daba cuenta de que era imposible resistirse a ellas —que todos sus esfuerzos por evadirlas eran vanos, que gastaba más energía si intentaba eliminarlas que si se les entregaba por completo.
Kagami siempre se veía reducido por aquel joven moreno. Siempre por arriba de él, siempre en penumbra, esa imponente figura de sonrisas torcidas se cernía encima de él y lo dominaba. Las manos atadas, la mordaza en su boca —la impenetrable oscuridad de una venda negra sobre sus ojos. Los tormentos, la negación, las súplicas. Esa ronroneante voz profunda susurrando en su oído, haciéndolo arder cada vez que le recordaba que le pertenecía.
De más estaba decir que no había llamado a aquel número. Bastante tenía ya con ceder a semejantes ensoñaciones; Kagami sabía que no estaba haciendo nada malo realmente, pero no podía dejar de sentir que traicionaba la confianza de Kuroko. Y es que su novio era la otra parte del problema, porque desde que dichas fantasías habían tomado el control de su mente que no sentía absolutamente nada cada vez que mantenía relaciones con él. Estaba más allá de él, no podía controlarlo —y eso lo frustraba, porque no sólo Kuroko no tenía la culpa, sino que Kagami no sabía cómo remediarlo.
¡Maldito seas, Tatsuya! Ojalá nunca le hubiera pedido que fuera cubrirlo esa noche. Ojalá pudiera volver el tiempo atrás. Pero, en cierto modo, no quería hacerlo —había una parte de su ser que se rehusaba de forma rotunda a abandonar aquellos negros deseos, una parte que contemplaba con cierto desprecio o incluso con aburrimiento todo lo que había venido antes de aquel encuentro. Y, en el fondo sabía, Himuro tampoco tenía la culpa. No estaba seguro de que fuera culpa de nadie, pero si lo era, era suya propia y de aquel endemoniado extraño.
Pasó una semana; pasaron dos, pasaron tres. Con el transcurso de los días, Kagami fue aprendiendo a controlarse —empezó a recuperar sus horas de sueño, su rostro recobró un aspecto si no normal, como mínimo aceptable. Pero el deseo seguía ahí, infranqueable; era sólo que el pelirrojo había aprendido a dominarlo, a mantenerlo bajo control. Si es que eso era posible.
Se entregaba a aquellas fantasías todas las noches. Las abrazaba, en lugar de rechazarlas; las perseguía, en vez de permitir que ellas lo persiguieran a él. Era la única manera que había encontrado para mantenerlas a raya; atraparlas y saborearlas hasta el final, en vez de permitirles ahogarlo.
Aun así, estaba frustrado. Estaba frustrado porque el deseo, a pesar de ser controlado, no abandona su insistencia, su absorción de la vida diaria. Se convierte en objeto de frustración, en una ensoñación platónica que no se conforma con ser tal, en unas ansias que se trasladan a la vida cotidiana en forma de malos humores, en impotencia. Y Kagami no manejaba para nada bien esta última sensación.
Se sentía un idiota, la persona más absurda del mundo, pero había tomado una decisión y no iba a echarse atrás. Así, el cuarto viernes después de aquel en el que había cubierto a Tatsuya en su trabajo, le tocó convencerse a sí mismo de que era todo pura casualidad y de que no había ningún motivo oculto para que acudiera al bar a por una bebida. Sólo, ehh… quiero pasar a ver qué tal está Tatsuya. Eso es, se repetía —a sabiendas, sin embargo, de que no podía engañarse a sí mismo. No convencía a nadie con esa excusa; a nadie excepto a Kuroko, que no mostró reparo alguno cuando el pelirrojo le comentó que iba a pasar por el bar esa noche para saludar a su amigo de toda la vida. Kuroko era demasiado bueno, y confiaba demasiado en Kagami. Ni siquiera él hubiera confiado tanto en sí mismo —pero quizás eso se debía a que él sí conocía sus fantasías, la naturaleza de sus ensoñaciones.
La sorpresa de Takao fue grande cuando llegó a su mesa para tomar su pedido y se dio cuenta de quién estaba sentado allí. Kagami pensó que había sido un idiota al creer que podría escabullirse dentro del bar sin que nadie se diera cuenta de que se trataba de él. Mayor fue el asombro de Himuro, que se apartó de la barra para ir a saludarlo —ni siquiera sus enigmáticas facciones, siempre escudadas en una indescifrable cara de póquer, pudieron ocultar su perplejidad. Kagami despachó sus preguntas sin responder nada en concreto, y tras soportar unas cuantas burlas de Takao, pidió un vaso de whisky y esperó.
De inmediato lo invadió la ansiedad. Había acudido allí casi por impulso —hacía apenas unas dos o tres horas que había resuelto ir al bar. Aunque hasta que había puesto un pie ahí dentro se había negado a reconocerlo siquiera para sus adentros, ya no podía continuar evadiendo el motivo por el que lo había hecho. Y la verdad era que ¿qué diablos haría si a aquel tipo moreno se le ocurría aparecer? Se había rehusado a llamarlo por teléfono porque sabía que eso ineludiblemente significaría traicionar a Kuroko. Diablos, ya el haber acudido al bar constituía, en cierto modo, una traición —más aun si se tenía en cuenta el motivo por el que había ido hasta ahí. Había estado tan ocupado pensando en todas esas cosas que no se había detenido a pensar en qué hacer una vez que el moreno apareciera. ¿Lo vería? ¿Se daría cuenta de su presencia allí? ¿Se acercaría a hablarle o le tocaría a Kagami hacerlo? Y de ser así, ¿qué diablos iba a decirle? "Hola, la verdad es que todas las noches tengo fantasías en las que me follas contra la pared, así que como no puedo llamarte por teléfono porque eso implicaría traicionar a mi novio al que de todas maneras estoy traicionando ahora mismo por el simple hecho de hablarte, vine aquí para ver si por casualidad aparecías. ¿Quieres follar?"
… Era absurdo. Y largo. E imposible. De verdad, no había manera de que le dijera algo así, pero tampoco sabía qué otra cosa decirle. El nerviosismo se lo comía por dentro y una parte suya se devanaba los sesos pensando en qué decir, mientras la otra tenía ganas de mandar todo a la mierda y salir corriendo, arrepintiéndose de siquiera haber ido a ese lugar.
Pero los minutos pasaron, y tras ellos las horas, y el moreno no aparecía. Una mitad de Kagami se ponía más nerviosa a cada segundo que transcurría, mientras que la otra sentía un profundo alivio. Si el moreno no aparecía, no había traición. Pero eso también significaría que había acudido allí en vano; y lo que era peor: que sus fantasías continuarían siendo, de hecho, fantasías, y no realidad. Sólo darse cuenta de esto último lo llenaba de una mezcla de impotencia y asco de sí mismo. El rostro de Kuroko no cesaba de aparecer en su mente, contemplándolo con sus insondables ojos celestes.
Llegó la hora del cierre y Kagami todavía estaba ahí sentado, esperando. Había bebido tres vasos de whisky y estaba un poco mareado, pero no era nada que no pudiera controlar. Takao limpiaba las mesas y el cajero contaba las ganancias del día cuando Himuro se acercó a él, tomando asiento justo en frente suyo y contemplándolo con ese ojo analítico suyo —el otro permanecía oculto detrás de su brillante cabello negro.
—¿Todo bien, Taiga? —le preguntó con suavidad. Kagami asintió, todavía aturdido por el hecho de que su plan hubiera salido tan ridículamente mal—. Se te ve raro. ¿Pudiste dormir los últimos días?
—Sí —respondió, aunque era cierto a medias. Himuro ladeó la cabeza, poco convencido, y el pelirrojo se apresuró a distraerlo—. ¿Y tú? ¿Cómo va la facultad?
El pelinegro sonrió y le contó que la última semana había tenido exámenes pero que por suerte todo había salido bien. Kagami no se sorprendió —a Himuro siempre le iba bien en sus estudios. No recordaba que hubiera desaprobado nunca.
Tampoco recordaba que sus técnicas de distracción hubieran funcionado alguna vez con él.
—¿Y bien? ¿Vas a decirme por qué viniste? ¿Estabas esperando a alguien? —le preguntó su amigo, no sin un tinte divertido salpicando su voz. Kagami sacudió la cabeza con fastidio.
—Claro que no.
—¿Está todo bien con Tetsuya?
—Por supuesto que sí —masculló Kagami. Himuro era su mejor amigo, pero vaya si odiaba esa cualidad suya para dar siempre en el blanco. ¿Cómo diablos había sabido que al menos la mitad de la amargura de Kagami tenía que ver con que sentía que estaba traicionando a Kuroko? Himuro volvió a sonreír.
—Vale, no te enojes, sólo preguntaba —señaló risueño, aunque Kagami ya sabía que se había dado cuenta de que no estaba siendo del todo sincero. Sin embargo, el pelinegro no insistió.
Una hora más tarde, el pelirrojo se hallaba de vuelta en su casa. Había tenido que volver más despacio de lo que había ido por los efectos del alcohol. Fue un alivio volver a hallarse en su departamento, en su zona de confort, seguro de que no había nada que esperar ni nada que pudiera ocurrir. Se desvistió, se lavó los dientes; y apenas se hubo echado en su cama, sintió cómo se prendía fuego —cómo, una vez más, la excitación lo invadía de punta a punta, tomando el control, acelerando su respiración y haciéndolo transpirar.
Diablos, masculló para sus adentros. Todavía estaba un poco mareado, y el alcohol en su sangre no hacía más que acelerar su pulso y su expectativa. Notó la erección alzándose bajo su ropa interior y apretó los dientes. Otra vez.
«Taiga».
Como un shock eléctrico, aquella voz ronroneante, surgida de las profundidades de su imaginación, lo hizo estremecerse de pies a cabeza. Siempre lo llamaba por su nombre de pila, algo que nadie hacía —a excepción de Tatsuya, pero sólo porque era como su hermano— y que bastaba para que su cuerpo entero ardiera. Era absurdo, aquel tipo no tenía idea de cómo se llamaba; y aun así, la manera en la que oía su voz llamándolo por su nombre era tan convincente que casi parecía real.
Que les den a todos, pensó, y en un movimiento ágil se quitó la ropa interior y rodeó su erección con una mano. Ésta en seguida se lo agradeció, palpitando ante su tacto —expectante, ansiosa—; empezó a realizar suaves movimientos arriba y abajo, en una lentitud tan dulce como torturante. En seguida su imaginación echó a volar y, cómo no, aterrizó en el joven moreno.
De pronto éste se hallaba sobre él, respirando justo contra su oído, masturbando su erección por él. Lo hacía tan despacio que Kagami quiso suplicarle que acelerara, pero de alguna manera sabía que no tenía permitido hablar. El moreno estaba vestido —casi tal cual aquella vez que se habían visto, excepto que se había quitado la campera de cuero negro y llevaba una camiseta sin mangas del mismo color. Kagami, por el contrario, se hallaba totalmente desnudo, expuesto en una vulnerabilidad que no hacía otra cosa que excitarlo todavía más.
El contrario era inmenso encima de él; el pelirrojo se sentía minúsculo. La mano que cubría su miembro se apartó, y Kagami lo contempló entre confuso y desesperado, ante lo que el moreno sonrió.
«¿Y si me detengo aquí, qué pasa?»
«N–no…»
Una risa pagada de sí misma.
«¿Cómo dices?»
«P–por favor… no…»
El moreno pareció satisfecho, porque Kagami en seguida volvió a sentir su mano sobre su miembro y no pudo contener un jadeo; de inmediato sintió cómo una fuerte mano le cubría la boca, ahogando sus exhalaciones. Kagami cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás cuando sintió que la mano sobre su pene aceleraba sus movimientos.
Unos labios se posaron sobre su cuello, primero tanteándolo con suavidad; repentinamente, una lengua se deslizó sobre su piel, dejando un rastro húmedo detrás de sí. Kagami soltó un suave gemido, ahogado por la mano que todavía cubría su boca, y oyó cómo el contrario emitía una suave risita de satisfacción. Diablos, no podía aguantar tan poco tiempo, pero se iba a correr en cualquier momento, estaba a punto…
Pero justo entonces ambas manos del contrario se retiraron, con éste irguiéndose sobre sus rodillas —casi obligando a Kagami a abrir los ojos y contemplarlo ansioso, siempre desde abajo. El moreno lo miraba con una sonrisa socarrona.
«Date vuelta.»
No era una petición, era una orden —y Kagami nunca se había apresurado tanto a cumplir una. En un instante yació boca abajo, con su espalda y su trasero al descubierto; oyó el sonido metálico de un cinturón al ser desabrochado —y no pudo contener un fuerte jadeo cuando de repente una forma caliente y dura se deslizó justo sobre la línea entre sus nalgas, en una sensación ligeramente húmeda que lo hizo enloquecer.
Unas fuertes manos tomaron sus muñecas y las juntaron, encerrándolas en conjunto entre sus dedos. Estaba completamente inmovilizado por debajo de aquel extraño, que frotaba su miembro entre sus nalgas con una lentitud que lo exasperaba. Quería que lo penetrara ya mismo, que inmovilizara su cuello contra la almohada y le levantara la cabeza tirando de su cabello, que le murmurara al oído lo puta que era y cuánto le gustaba que se lo follaran…
Volvió de golpe a la realidad por sus propios gemidos, justo en el instante en que su cuerpo entero se estremecía al alcanzar el orgasmo. Sintió el semen salpicar su zona abdominal al tiempo que el cuarto se llenaba con sus jadeos; el calor lo invadía, las sábanas a su alrededor estaban húmedas por el sudor.
Joder. Joder.
Inhaló y exhaló despacio, intentando recuperar el aire, recuperar fuerzas. De pronto estaba agotado —y aun así, las imágenes de aquel moreno todavía pululaban por su mente, sin dar tregua a su excitación. Trató de tranquilizarse y, con el transcurso de los minutos, recuperó el control de sí mismo.
Yació sobre la cama, contemplando el techo en penumbra —intentando no pensar demasiado en lo que acababa de hacer. No era la primera vez —a la semana de su encuentro con el moreno se había visto obligado a ceder, incapaz de controlar el deseo—, pero siempre que llegaba a este extremo sentía una enorme inquietud en su interior: por la naturaleza de sus fantasías, por el descontrol, por Kuroko…
Se incorporó sobre la cama, decidido a no pensar. Permaneció ahí unos segundos antes de levantarse y dirigirse al baño para darse una ducha —lleno de una mezcla de culpa y expectativa; y ansioso porque, muy en el fondo, sabía que había una sola forma de parar esto.
—Kagami–kun.
—¿Hmm…?
—Estoy hablando solo, ¿no es así?
Kagami levantó la vista para encontrarse con unos grandes ojos celestes que lo contemplaban impasibles. Era una mirada indescifrable, pero penetrante; como un fantasma que acecha silenciosamente en la oscuridad, sin intenciones de atacar, de causar ningún susto —pero observando, siempre observando…
Tal era el efecto que ejercía la mirada de Kuroko en los demás. Esto es: cuando se daban cuenta de que los estaba mirando, algo que no sucedía demasiado a menudo. Kagami y él llevaban años siendo pareja, pero ni siquiera así se había acostumbrado el primero a las silenciosas y súbitas apariciones del segundo, que parecía materializarse siempre desde la mismísima nada.
Kagami carraspeó, sintiendo cómo sus mejillas se encendían.
—L–lo siento, ¿qué me estabas diciendo?
Kuroko suspiró, sacudiendo sus cabellos celestes mientras mecía la cabeza hacia un lado y al otro, en un gesto de frustrada negación.
Maji Burger era un gentío. Eso no era nada raro: era el local de comida rápida más popular de los alrededores, por lo que era sólo natural que estuviese siempre repleto de grupos de gente de todas las edades. La mayoría eran familias con niños, que corrían de un lado a otro jugando a la mancha o al escondite mientras sus padres ordenaban la comida. Además, en el piso superior había una sala de juegos, por lo que los pequeños lloraban y berreaban con tal de que los llevaran allí, emocionados al imaginarse el gran tobogán o el laberinto repleto de pelotitas de colores.
Sin embargo, no eran sólo los niños los que acudían al negocio, porque los juegos no eran la principal atracción del lugar; las hamburguesas de allí se encontraban en el top diez de las mejores hamburguesas de todo Japón, y las papas fritas resultaban casi adictivas. Incluso la gente grande, que muchas veces se rehusaba a comer comida chatarra por temor a dañar su salud, era incapaz de resistirse, y aunque fuera de vez en cuando iba allí a comer.
Kagami no era la excepción. Amaba esas hamburguesas. Eran tan solo perfectas: el bacon, el queso derretido, la carne jugosa, y la lechuga y el tomate… Era su comida favorita en el mundo. Y tenía la bendición de poseer un estómago lo bastante grande como para no saciarse hasta haberse comido unas cuantas de ellas.
A Kuroko, por su parte, le encantaba el batido de vainilla que allí vendían. Era lo que siempre se pedía, no importaba el día, ni el clima, ni la hora, ni tampoco lo que fuera a comer después. El batido de vainilla era más que una bebida para Kuroko: era una costumbre, un rito, una religión.
—He obtenido la beca que entrega mi universidad —le estaba diciendo éste a Kagami, que por primera vez en lo que parecían siglos no se había terminado todas sus hamburguesas de un bocado. La última de ellas descansaba a medio comer sobre la bandeja, semi–envuelta en su papel blanco con el logo del local.
—Sí, sí, me lo dijiste —respondió él—. Pero ¿y eso qué significa?
Kuroko arqueó una ceja, y el pelirrojo volvió a carraspear. Era evidente que ya se lo había dicho. Con toda probabilidad, más de una vez. Pero Kagami se encontraba lejos de estar en su mejor momento, y considerando que ya de por sí era una persona bastante distraída…
—Significa —dijo el otro con voz cansina— que voy a irme durante tres meses a Londres.
—¿Que vas a qué? —inquirió el pelirrojo, recuperando la lucidez de repente, como si acabaran de despertarlo de un largo sueño dándole una bofetada. Estaba incrédulo. ¿De viaje? ¿A Londres? ¡¿Durante tres meses?!
Kuroko suspiró una vez más.
—Te lo dije, Kagami–kun. Hace unos meses presenté un trabajo sobre literatura inglesa para poder participar de un intercambio a Londres. Elegían solamente a cinco personas de entre todas las de la facultad, y yo tuve la suerte de quedar entre ellas.
—¿No era… una beca? —inquirió Kagami aturdido.
—Una beca de viaje. De estudios. A Londres. —Señaló Kuroko, no sin cierta impaciencia.
Kagami se quedó callado. Vale, no se esperaba esto para nada. Recordaba con cierta vaguedad que su pareja le había dicho algo sobre una monografía, y que ésta estaba relacionada con una beca. ¿Había especificado de qué tipo de beca se trataba? Probablemente. ¿Por qué diablos no podía prestar más atención?
Bueno, en parte, no era su culpa. Definitivamente no era su culpa. Él no era el causante de su propia distracción.
—¿Y eso cuándo sería? —preguntó al fin, luego de cavilar sobre la situación unos instantes.
—La semana que viene.
—¿Que qué? —La incredulidad volvió a invadirlo—. ¿Tan pronto?
Kuroko asintió, dando un largo sorbo a su batido de vainilla. Kagami se quedó mirándolo con aturdimiento, pero parecía que el contrario ya se había resignado en intentar recordarle que ya le había hablado del asunto y sólo lo miraba impasible con sus grandes ojos celestes.
Transcurrieron algunos minutos tras los cuales Kuroko empezó a contarle algunos detalles sobre el viaje, como el sitio donde se iba a hospedar, la enorme biblioteca londinense que tendría la oportunidad de visitar, las largas horas del viaje en avión. Kagami lo escuchaba a medias; una parte de él intentaba no perderse detalle de lo que su novio le contaba, mientras que la otra continuaba atontada por lo repentino de la noticia.
—Necesitaré que cuides de Nigou —le dijo al final. Kagami hizo una mueca. Nigou era el pequeño perro de Kuroko; la verdad era que, si bien de vez en cuando hacía alguna que otra travesura, en general era bastante inofensivo. Pero al pelirrojo no le gustaban nada los perros —apenas había aprendido a soportar a Nigou sólo porque era el cachorrito de su pareja y no había tenido más remedio que aprender a tolerarlo. Cuando era pequeño había sido mordido por un perro y desde entonces había intentado mantenerse lo más lejos posible de todos ellos.
Pero no había forma de que se negara. Kuroko todavía vivía con sus abuelos, pero estos estaban ya muy ancianos como para atender las necesidades de un cachorro, de modo que era siempre el muchacho quien se hacía cargo de él. Era sólo natural que fuera Kagami quien lo cuidara mientras éste estaba de viaje.
Kagami tragó con fuerza. De pronto Kuroko se iba de viaje, él estaba atrapado con su perro, y encima todavía no había encontrado una solución a ese asunto que le quitaba el sueño noche de por medio. Para colmo pronto sería el cumpleaños de Tatsuya, y el pelirrojo se había comprometido a organizarle una fiesta en su casa, ya que Himuro vivía en un departamento chico y no tenía espacio para hacerla él mismo. No era que éste fuera a enojarse ni a decirle nada si Kagami le avisaba que no podría dar la fiesta, pero Himuro era alguien importante para él y de veras no quería decepcionarlo de esa forma.
¿Cuántas cosas más podrían sucederle?
El sonido de la pelota al rebotar contra el suelo era uno de sus favoritos en el mundo. Esos consecutivos golpes secos, a veces infinitamente suaves —otras, causando un gran estrépito, acompañando los firmes movimientos de muñeca del jugador. Aun mejor si los pequeños golpes venían en compañía de los agudos chirridos de las zapatillas deportivas contra el lustroso suelo; y ni hablar de la euforia que sentía al oír el frufrú de la red de la canasta cuando la pelota lograba abrirse paso a través de ella.
En un enfrentamiento normal, estos tres sonidos convivían en armonía —acompañados por los jadeos de los jugadores y los cánticos del público, de cuando en cuando interrumpidos por el estridente chillido de la bocina que anunciaba el fin de un cuarto. Claro que todo esto no era lo que se daba donde él se encontraba ahora: el rebotar de la pelota era desigual, rara vez chirriaban las zapatillas puesto que el suelo no estaba para nada lustrado, y el frufrú de la red rara vez se escuchaba —de hecho, era más frecuente oír la vibración metálica del aro cada vez que la pelota rebotaba contra éste y se perdía a lo lejos. Tampoco había público, y los jugadores… bueno, no se cansaban nunca. Así eran los niños.
—¡Keita! —protestaba una voz, haciéndose oír por encima de los pasos del resto de los niños. Pero Keita no le prestó atención. Una vez más echaba a correr, atravesando la pequeña cancha de punta a punta con una resolución que pocas veces se veía en individuos de su edad. Los esquivaba a todos a su paso, niñas y niños, tanto a aquellos más altos como más bajos que él. Así, llegaba hasta la canasta del equipo rival.
Pero al arrojar la pelota hacia ella, ésta siempre rebotaba contra el aro y se desviaba hacia otro lado, sin lograr nunca entrar en la canasta. Kagami nunca dejaba de asombrarse: aquel niño poseía una agilidad impresionante, pero su puntería era… vale, pésima, no había otra palabra para describirla.
—¡Ya van como cien veces que haces lo mismo! —Esta vez era Hana la que le gritaba, acercándose a él con las manos en las caderas. Ryō, que era el que había llamado su atención antes, también se aproximó con cara de decepción y disgusto. Mientras otro niño corría a recuperar la pelota en una de las canchas de al lado, Keita frunció el ceño y se cruzó de brazos con gesto ofendido.
—¡No es mi culpa! —refunfuñaba—. Ese aro está mal puesto.
Kagami rió, aproximándose también.
—Claro que no está mal puesto —señaló—. Es que necesitas más práctica. Si en las clases practicaras los tiros a la canasta, en vez de molestar a tus compañeros…
Keita bufó.
—¡Pásanos la pelota! —le exigió Hana, ajustándose sus anteojos e inflando las mejillas—. ¡Siempre te vas por tu cuenta y nunca nos dejas jugar!
Los niños del otro equipo sólo observaban la escena, riéndose. Keita volvió a bufar y Ryō emitió un suspiro de irritación. Justo entonces llegó el muchacho que había ido a buscar la pelota, y reanudaron el partido. Kagami volvió a activar el cronómetro de su reloj de pulsera.
Ver a los niños jugar lo relajaba. Le traía muchas emociones nostálgicas, recuerdos de cuando era más joven y pasaba su tiempo libre jugando al baloncesto en canchas públicas con Tatsuya, incluso de sus épocas en el club de baloncesto de la secundaria.
A decir verdad, por hoy necesitaba ese rato de relajación. Ese día tenía que hacer tantas cosas que no quería ni pensar en ellas. El sábado era la fiesta de cumpleaños de Himuro —tenía que invitar a Momoi, buscar un buen regalo, y comprar los ingredientes para el pastel y la comida. Esto último no era demasiado complicado, a Kagami le encantaba cocinar y se le daba muy bien. Pero no sabía qué diablos regalarle a su amigo de toda la vida, y para colmo tenía que ordenar el departamento y comprar el alcohol —no era que tuvieran planeado emborracharse, pero… no podía organizar una fiesta para su amigo bartender sin que hubiera alcohol en ella. Era contra natura.
De modo que, apenas terminó su turno en el colegio, salió de la institución y se pasó la tarde yendo de un lado a otro. Antes de irse había acudido a la enfermería, donde una entusiasmada Momoi le había prometido que iría al cumpleaños. La mitad de su tarde se le escapó mirando vidrieras y entrando a negocios, indeciso sobre qué regalarle a su amigo. El año anterior le había regalado unos zapatos, por eso pensaba que no sería buena idea volver a regalarle ropa este año. Relojes de pulsera tenía a montones, perfumes tampoco le faltaban; pensar en un regalo era mucho más difícil de lo que la gente quería admitir.
Después había tenido que ir al súper, y allí había tirado otro largo rato haciendo la compra. Aunque tenía el dinero para vivir bien, no le gustaba tirarlo así como así, de modo que se tomaba su tiempo evaluando la relación entre calidad y precio de los productos, y tratando de escoger las mejores opciones. Además, por el horario, el supermercado estaba bastante lleno, así que tuvo que hacer una fila de longitud interesante antes de poder pagar e irse a casa.
Para cuando llegó a su departamento, ya había anochecido. Acomodó las cosas en la heladera y la alacena; al día siguiente se preocuparía por preparar el pastel. Había decidido hacer una torta de crema y duraznos que le gustaba mucho a Himuro; aunque no era una preparación fácil, tampoco era demasiado compleja, por lo que la tarde del día siguiente le bastaría. De manera que acomodó todo, se preparó la cena, y luego de darse una ducha se fue a dormir; viendo el lado positivo, se dio cuenta de que había pasado toda la tarde tan ocupado y yendo de un lado a otro, que no había tenido tiempo de acordarse del moreno —ni la más mínima ensoñación había surcado su mente.
Feliz en su agotamiento, no tardó en dormirse, sumiéndose en un descanso sin sueños.
Había venido más gente de la que esperaba.
No tanta como para que el lugar, la comida, o la bebida no dieran abasto, pero sí la suficiente como para que más de la mitad fueran completos desconocidos para él. Vale, en realidad esto no era nada nuevo: que no conociera ni a la mitad de los amigos de Himuro era algo normal. A pesar de su carácter enigmático y reservado, su amigo de toda la vida era bastante carismático y extrovertido —a su manera. Tenía conocidos en todos lados.
—Shin–chaaaaan —suplicaba una voz nasal e insistente; su dueño no era otro que el camarero del bar —«Takao» recordó Kagami—, que tironeaba de la manga de una persona alta y de mirada severa. Ésta estaba sentada en uno de los sillones del living del pelirrojo, y fruncía el ceño mientras se ajustaba unos anteojos detrás de los cuales se veían unos ojos verdes, iguales que su cabello corto.
—Takao —contestó el tipo con tono solemne—, por milésima vez, no pienso ir a bailar. —La música no estaba demasiado fuerte, Kagami tenía cuidado en no subir demasiado el volumen porque no quería soportar ni las protestas de sus vecinos ni un fuerte dolor de cabeza. Así que la conversación entre ambos jóvenes podía oírse a la perfección; el pelirrojo no se cansaba de preguntarse qué clase de relación tendrían. No conocía al joven de pelo verde, si bien Takao solía mencionarlo con frecuencia. «Shin–chan».
—¡Vamos, Shin–chan! ¡No seas amargado! —Insistía Takao. Sobre su cabello negro brillaban las luces de colores que Kagami había hecho instalar para la ocasión. Eran sólo provisorias y las retiraría apenas terminara la fiesta; no quería que su living se convirtiera para siempre en una pista de baile. Del mismo modo, había eliminado la mesa central y había desplazado los sillones contra la pared, de manera que en el centro del recinto quedaba un espacio lo bastante amplio como para que unas veinte personas pudieran bailar y charlar en él sin problemas. Ventajas de vivir en un departamento grande.
Momoi también estaba allí, charlando animadamente con otra chica baja y de cabellos castaños y cortos a la que Kagami no conocía, excepto por cruzársela ocasionalmente en los pasillos de la escuela. Si no se equivocaba, se trataba de la profesora de biología y ciencias naturales de la institución; aunque era la fiesta de cumpleaños de Himuro, que no la conocía, Momoi le había suplicado que la dejara invitarla, puesto que no conocía a demasiadas personas allí y no quería estar tan sola.
El cumpleañero se encontraba en el centro del living, bailando despacio con una mujer rubia de figura escultural; a ella sí la conocía Kagami: no era otra que Alex García, había sido algo así como la madre postiza de ambos cuando eran niños, ya que solía llevarlos a la cancha pública a practicar y enseñarles baloncesto.
Había muchísimas personas más a las que Kagami no conocía de nada: un muchacho bajo que se había presentado como Izuki y desde entonces no había parado de hacer chistes tan ridículos que sólo lograba que todo el mundo le pidiera que se callase la boca; un amigo suyo de anteojos y aspecto irritable que en ningún momento se había despegado de la mesa de las bebidas; una mujer de lacios cabellos negros y mirada seria que contemplaba a todos desde una esquina, en completo silencio; y tantísimas personas más que resultaban demasiadas incluso para que Kagami las contara.
Al principio todo fue tranquilo. Himuro había roto su típica cara de póker para denotar verdadero entusiasmo cuando había desenvuelto el regalo del pelirrojo: una botella de un licor carísimo que resultaba bastante difícil de conseguir. La idea de regalárselo había cruzado la mente de Kagami en un arranque inesperado de inspiración: nunca antes le había regalado una bebida, así que se había esforzado por encontrar una que tuviera clase y que se adecuara a los gustos de Himuro. Los invitados habían ido llegando poco a poco, dejando otros regalos para el pelinegro; Kagami les había indicado que dejaran sus objetos en su habitación, cosa que no tuvieran que andar cargándolos encima todo el tiempo. La música estaba en un volumen razonable y todos charlaban con mucho ánimo.
Pero a medida que fueron transcurriendo los minutos, el alcohol empezó a hacer efecto. Para colmo, Takao había decidido organizar uno de esos clásicos juegos de bebida: consistía en que cada uno de los invitados debía servirse un vaso de una bebida a elección hasta el tope, y cada vez que ocurrieran determinados sucesos deberían tomar un profundo trago. En la lista de sucesos se encontraban que «Shin–chan» dijera nanodayo, que mencionara Oha Asa, y que se ajustara los anteojos —entre otras cosas bastante similares. Era muy fácil seguir los movimientos de una sola persona, que además resultaba ser lo suficientemente despistada como para realizar al menos una de todas esas acciones por minuto; de modo que apenas había transcurrido menos de una hora cuando el nivel de alcohol en sangre de la mayoría de los invitados ya había alcanzado límites insospechados.
Kagami, a pesar de todo, no estaba pasando un mal rato. Sí, habían estado a punto de derribar la lámpara del living unas diez veces, y Hyūga —que no era otro que el muchacho de aspecto enfadado y anteojos que había venido con Izuki— no dejaba de maldecir e hipar. Al parecer Hara —el cajero del bar— había logrado convencerlo de que participara en el juego a pesar de que no se conocían de nada, y el tal Hyūga tenía una resistencia al alcohol muy, muy mala. En realidad, resultaba bastante sorprendente que Takao hubiera sido capaz de organizar un juego en el que participara una treintena de jóvenes adultos que no se conocían demasiado entre sí. Los únicos que habían declinado habían sido la silenciosa mujer pelinegra y el propio Shin–chan —aunque realmente no podía decirse que no estuviera participando, dado que la totalidad de las consignas del juego lo involucraban a él.
Momoi fue quien dio por finalizado el juego tras casi dos horas de sufrimiento, alegando que si continuaban bebiendo podrían tener algún percance serio de salud. Sin embargo, que el juego hubiera terminado no impedía que la gente continuara bebiendo si quería hacerlo; y a eso había que sumarle que Takao aprovechó el aturdimiento general para subir el volumen de la música al máximo e inaugurar una intensa sesión de baile a la que casi todos se sumaron en seguida.
Kagami pronto se encontró bebiendo del pico de una botella entre medio del gentío danzante. Himuro se reía a rienda suelta justo frente a él, bailando con Alex y con él a la vez. Shin–chan continuaba negándose a hacer nada, en el sillón, con gesto hosco; Izuki y Hyūga bailaban juntos —aunque decir que Hyūga «bailaba» era ser demasiado amable, ya que más bien se bamboleaba dando tropezones—, incluso la misteriosa mujer pelinegra mecía la cabeza al ritmo de la música, todavía con la espalda descansando contra una pared.
La música estaba tan fuerte que aturdía, los vecinos iban a matarlo… Pero en ese momento se encontraba tan satisfecho que no le importaba. Las risas en general, los gestos graciosos que hacía Takao mientras bailaba, lo feliz que se veía Himuro de estar festejando su cumpleaños… Todo se sentía tan bien que casi que pensaba que se estaba olvidando de algo…
Entonces, como una pesa de plomo que caía sobre sus hombros, la realidad lo golpeó. Recordó, recordó aquella noche en el bar y aquella silueta feroz como la de una pantera, recordó la falta de sensación por Kuroko, recordó su ida a Londres; pero por sobre todo lo demás recordó el océano ardiente de sensaciones y emociones que aquel desconocido lo hacía sentir.
Y aunque fue una realidad tan pesada que lo golpeó al caer sobre él, no lo hizo de modo desagradable. De pronto, fue como si todos los astros se hubieran alineado —como si todo lo que se había mostrado en tensión hasta el momento, de repente encajara en un rompecabezas perfecto. Kagami se rió con ganas al darse cuenta de esto, sintiéndose un idiota por haberse sentido tan conflictuado todo este tiempo, pero carcajeándose con ganas ante esta sensación.
¿Qué más daba? ¿Qué importaba lo humillante de sus fantasías; que en sus ensoñaciones se viera degradado por aquel moreno, minimizado, —dominado por él? ¿Qué importaba Kuroko? ¿Qué importaba nada de todo a lo que había dado tanta importancia hasta ahora?
Siguió bebiendo hasta el final. Su resistencia al alcohol era tal que ya había perdido la cuenta de los vasos que había tomado, de cuántas botellas había agarrado para beber directamente del pico. Sólo rió mientras ayudaba a los invitados a buscar sus cosas para que pudieran retirarse; mientras le pasaba un trapo y desinfectante a Izuki para que Hyūga limpiara el enchastre de vómito que él mismo había provocado en el suelo del baño; mientras observaba cómo «Shin–chan» levantaba a Takao en brazos, quien se había quedado dormido sobre el sillón luego de clamar su victoria en una supuesta batalla de baile.
Tras despedir a los últimos invitados, y luego a Himuro y Alexandra —que se iban juntos—, por fin se quedó solo en el departamento. Afuera todavía no amanecía, aunque siendo las cinco de la mañana, ocurriría pronto; el recinto era un auténtico caos. Serpentinas tiradas por el piso, vasos de plástico repartidos en desorden sobre toda superficie más o menos plana, botellas vacías y restos de comida plagando la mesa. Había quedado una pequeña porción de la torta que había preparado: todos la habían atacado con afán luego de que le cantaran el feliz cumpleaños a Himuro, clamando que aquel pastel era delicioso y alegando que Kagami tenía mano divina en la cocina.
Al día siguiente —no, ese mismo día más tarde— lo ordenaría. No porque estuviera cansado: se sentía con más energía que nunca, como si aquella fiesta de cumpleaños lo hubiera devuelto a la vida. Pero no tenía ganas de ordenar ni de limpiar.
Se retiró a su habitación, donde se dejó caer sobre la cama y miró el techo durante unos minutos. Entonces ocurrió; era inevitable, terminaría pasando tarde o temprano, era el ciclo natural de cada uno de sus días.
Una vez más, recordó al moreno. Excepto que esta vez fue diferente. Porque el alcohol continuaba corriendo por sus venas, imparable; y en él se habían ahogado todas las dudas, todas las preocupaciones de Kagami.
Con su último vaso de alcohol, habían muerto todas sus inhibiciones, junto con su capacidad de raciocinio y autocontrol.
Tomó su teléfono móvil, que descansaba sobre su mesita de luz. De igual forma, abrió el cajón de la misma y de éste extrajo un papel arrugado: el ticket en el que el moreno había anotado su número. Apenas algunos segundos después ya lo había transcripto en la pantalla su celular, y había seleccionado la opción para agendarlo; sólo entonces se acordó de que no sabía su nombre.
Pensó un seudónimo que resultara adecuado, pero no se le ocurrió ninguno.
Al final, lo agendó de la única manera que le pareció razonable.
«Él».
Inmediatamente tipeó su primer mensaje.
«Hey».
Ya había presionado el botón de enviar cuando se dio cuenta de que el moreno no tenía su número y él no había indicado su identidad de ninguna forma en el texto, y de que eran las cinco y pico de la mañana, de modo que no vería el mensaje hasta el día siguiente.
Decepcionado, estaba devolviendo su teléfono a la mesa de luz cuando lo sintió vibrar entre sus dedos. Sus ojos se abrieron con sorpresa al leer el enigmático nombre que había puesto a su contacto en la pantalla.
«Era hora».
Sólo esas dos palabras, nada más. Y sin embargo bastaron para que Kagami sintiera que se prendía fuego; fueron suficiente aliciente para que el pelirrojo procediera a escribir una respuesta.
«No esperaba que respondieras tan pronto».
Menos de treinta segundos después, su teléfono volvió a vibrar.
«Ni yo que tardaras tanto en escribirme, pero supongo que no todos tenemos lo que queremos. ¿Ansioso?».
Kagami tragó. No sabía qué esperar, y aun así la expectativa se lo estaba comiendo por dentro. Llevaba tanto tiempo queriendo hacer esto, que la sensación sólo podía compararse a la de beber agua tras una eterna caminata por un árido desierto.
«¿Tú qué crees?».
«Aquí el que hace las preguntas soy yo».
Kagami volvió a tragar, esta vez con más fuerza que antes. ¿Era esto un sueño? Bien podía serlo. Quizás se había desmayado producto del alcohol, y todo esto no era más que otra de sus recurrentes ensoñaciones.
Aun así, su excitación era real, de eso estaba muy seguro.
«Sí» admitió al final.
La respuesta fue casi inmediata.
«El viernes que viene, a las 21. En el Joker».
Joker era un bar que se encontraba cerca del sitio donde Kagami y él se habían visto por primera vez. El pelirrojo gimió; su erección latía expectante, y faltaban más de cinco días para el viernes —pero no tenía más opción que aceptar la oferta, aunque no lo satisficiera. No sabía por qué, pero sentía que no podía —no, que no debía discutirle a aquel extraño.
«Tenemos un trato» respondió al final.
«No me decepciones».
Apenas unos instantes después de leer esa respuesta, se quedó dormido.
Sus comentarios son más que bienvenidos, ya lo saben. Nos leemos en el próximo capítulo (que, espero, no tardaré tanto en subir... tanto...).
