Capitulo 2
Por la noche, cuando no tenía nada que hacer, se dedicaba a pasear. Pero aquella noche no lo haría. No, aquella noche iría a averiguar algo. Algo que ya le traía de cabeza varios días, desde que la había visto donde no debía, haciendo lo que –por su propia seguridad-, no debía. Sin embargo, nunca se atrevió a acercarse e interrumpirla. Dios sabe que eso es aún más peligroso para él. Pero hoy lo haría. Ya le pasó varias veces lo mismo; llegar a la calle, verla 'trabajando', no tener ganas de acercarse, irse a casa, encontrarla dormida en la tienda de empanadas, esperándole. Y eso no era normal. Era imposible que fuese más rápida que él y que le diese tiempo a llegar a su casa, cambiarse de ropa, desmaquillarse, servirse ginebra y dormirse profundamente antes de que él llegase. Simple y técnicamente irrealizable e imposible. Así que aquella noche iría corroborar la verdad, a desmentir su, seguramente, engaño.
-Sr. Todd, ¿adónde va? –le preguntó ella, saliendo de la tienda. Hacía varios meses que salía a la misma hora, justo después de cerrar, iba a Dios sabes dónde y volvía cuando ella estaba dormida. A la mañana siguiente, ella estaba en su cama, con la ropa aún puesta. Él la miró expectante, un poco molesto por la pregunta-.
-Cuando me vea ya lo sabrá –contestó secamente y se fue, dejándola en la más profunda de las confusiones.
Llegó a la predicha calle y allí la volvió a encontrar. A veces iba de blanco, otras de rojo, y otras de verde, ¡pero él sabía que ella siempre iba de negro o marrón! Y además, ¿cómo demonios del infierno se las ingeniaba para cambiarse y llegar tan rápido a su esquina? ¿Acaso tenía un pasaje secreto… o algo?
Sin más cavilaciones posibles, vio perplejo cómo ella se le acercaba, con paso insinuante y sensual. Él, no muy seguro de cómo reaccionar, decidió lo más simple, quedarse estático en el sitio.
-Buenas noches, amor… -posó su dedo en los botones de la camisa de él, hablando suave y claramente. Sí, estaba seguro. Esta era ella-. Llevo varios días viendo como me miras… tal vez… si quieres, puedo hacerte un hueco en mi… 'apretada' agenda.
Lo que hizo a continuación lo dejó sin aliento. Entre el "mi… 'apretada'" le había cogido de la parte más… íntima de nuestro queridísimo barbero, provocándole una no muy buena reacción. La cogió bruscamente del brazo y la arrastró groseramente hasta la calle contigua, donde ni siquiera llegaba la luz. La empujó contra la pared y la miró severamente. La expresión de ella cambió radicalmente. Apenas unos momentos estaba segura de que ganaría algún dinero extra con el misterioso hombre, pero al verse estampada contra la pared y su mirada, supo que lo que le iba a pasar no iba a ser nada bueno.
-¿¡Cómo diablos se atreve, Sra. Lovett!? ¡Sabe perfectamente que yo aún amo a mi esposa! –bramó-.
-¿Có-cómo sabe mi nombre? –preguntó sin aliento ella-.
-¡Por favor! ¡La conozco desde hace más de quince años! –ella no entendía-.
-Lo siento, señor, pero no se a que se refiere. Si me disculpa… -trató de salirse por la tangente, arrastrándose por la pared, intentado escabullirse. Él decidió que no-. ¿¡Qué hace!? –exclamó
al verse arrastrada por sus fuertes manos lejos de su esquina-. ¡Oiga! ¡Déjeme! ¡Por favor! –sollozó-. ¡Me hace daño! –él bajó su presión, pero no la dejó ir-. ¿¡Adónde me lleva!?
-Volvemos a casa, Sra. Lovett. No pienso dejar que se distraiga de sus obligaciones.
-¿¡PERO DE QUE (inserte palabra malsonante aquí, por favor) ME HABLAS!? –él estaba arto ya, así que no contestó-.
Llegaron a la esquina de la Calle Fleet y vio las luces encendidas, como de costumbre. Estaba seguro, era el niño. La arrastró bruscamente, sin dejarse amedrentar por los insultos, amenazas y súplicas de ella. Pero cuando llegó a la casa y entró, se quedó totalmente petrificado. Ambos se quedaron petrificados. La Sra. Lovett, la verdadera, estaba dormida en la mesa, como de costumbre, con un semblante serio, lleno de preocupación, un vaso vacío de ginebra al lado y esperándole.
No supo qué hacer. Miró a la que tenía agarraba, que portaba la misma expresión, observando a su… doble. Él, que había decidido salir a resolver un problema, había vuelto con otro.
Se acercó lentamente a la otra Sra. Lovett y la movió bruscamente, esperando que fuese una ilusión, que desaparecería en cuanto la tocase, pero ella no se desvaneció.
Recapituló. Al principio, cuando la observaba desde la oscuridad, parecía ella. ERA ella. Su voz, sus movimientos, sus insinuaciones. Todo era ella. Estaba segurísimo. Llegó a pensar que ella llevaba una doble vida, de noche, prostituta, de día, amable vendedora de empanadas. Empezó a observarla, a apuntar mentalmente cada movimiento de ella, para después poder corroborarlos, comprobarlos, desde su ventana. Y estos siempre se correspondían. Siempre. Nunca tuvo dudas. Pero solo se podía permitir pensar en ese pequeño problema por la noche, cuando paseaba por las tranquilas y solitarias calles de Londres.
Ahora tenía a dos Sra. Lovetts iguales. Totalmente. El peinado, la voz, todo. Pero, ahora no sabía qué hacer. La Sra. Lovett no se despertó, es decir, la verdadera. Así que decidió hacer algo descabellado. Cogió a la falsa Sra. Lovett y la arrastró hasta el sótano, donde la encerró. Ella seguía perpleja, y cuando se dio cuenta, estaba prisionera entre un montón de cadáveres.
-¡DÉJEME SALIR! –gritaba desde dentro-.
-Se quedara ahí hasta mañana… Sra. Lovett –dijo, aún confundido. Sabía que sería una sorpresa para ella, pero tenía que hacerlo. Subió y repitió la operación de cada noche. La metió en su cama y se fue a la propia. El día siguiente sería muy largo.
