La primera vez que Cree viajó en avión se aferró fuertemente a la mano de su padre mientras la máquina tomaba altura. Cerró los ojos y esperó a que la dulce voz de su madre le avisara que todo estaba bien. Al abrirlos y verse rodeada de nubes, deseó poder salir de aquel armatoste y brincar sobre las afelpadas figuras. Por unos instantes, pensó que estaban a una gran altura del suelo, y en cualquier momento podían caer, pero inmediatamente se sacudió esa idea de la cabeza. Ella era valiente.
Al pisar suelo francés por primera vez, tiraba de la mano de su madre deseosa de llegar a su destino; la casa de su abuela en donde podría ver de nueva cuenta a sus primos favoritos.
Era una hermosa casa cubierta de nieve con luces blancas y rojas colgadas de las tejas, el interior estaba cubierto de un delicioso olor a ponche navideño y a la orilla de la mesa del comedor se asomaban unas deliciosas galletas de jengibre listas para comer. Su abuela le había ofrecido en susurro tomar las que quisiera antes de cenar. Pensó en tomarlas todas, pero esa Navidad tenía alguien nuevo en quién pensar. Le sonrió a su pequeña hermana que se encontraba atada a una silla que se moldeaba cómodamente alrededor de ella. Le ofreció una galleta y antes de que pudiera morder la suya, escuchó el llanto de Abby.
-¡Hey!
Su primo adolescente Collin le había arrebatado la galleta y la había puesto en su boca sin piedad.
-¡Eso era de mi hermana!
-¿Y qué vas a hacer mocosa? ¿Me vas a obligar a que se la devuelva? –el malcriado escupió un pedazo de galleta ya machacado a los pies de Cree.
Fue entonces cuando perdió control de su cuerpo e inició una pequeña cacería para obligarle a su enemigo a pedir disculpas. Descubrió que podía ser más fuerte que él; ella terminó jalando el resorte de la ropa interior de su primo, soltando gritos de ayuda, que sólo una persona escuchó.
-Andrew. ¡Ayúdame! –gritaba el adolescente.
Cree se quedó observando fijamente los ojos de su hermano. Collin era de sus primos preferidos y pensaba que iba a tener que luchar contra él también, pero ella ya estaba agotada para eso.
Andrew se movió ágilmente y duplicó la fuerza de Cree sobre el elástico, haciendo que los gritos aumentaran y el agresor huyera. Su hermana lo miró perpleja.
-Hermanita, es hora de que hablemos –sonrió el pequeño, regalando una galleta a la bebé que los admiraba con una sonrisa.
...
Antes de la cena de Navidad, Cree se ofreció a arropar a Abby en su cuna.
-Ya podré defenderte como Andrew me defiende a mí. Y cuando crezcas, tú y yo estaremos en el mismo sector –le comentaba a la bebé que había caído rendida.
