Perdidos entre Pesadillas

by Eve Sparda

Capítulo 2

Chris rebuscó en su bolsa para sacar el emblema que tanto sufrimiento les había costado conseguir y poder ponerlo de una maldita vez en donde fuese que aquel loco de Spencer quisiera que estuviese. No le costó mucho decidir que la puerta que había justo enfrente y la talla que albergaba parecían ser el lugar indicado. Antes de poder hacer sus pensamientos audibles, Jill lo agarró del brazo.

– Espera, vamos a terminar de revisar la planta de arriba. Si es igual que el otro ala, sólo tendrá una habitación y será fácil dar por inspeccionada esa planta.

Siguiendo el camino de la segunda puerta enrejada llegaron al otro ala de la mansión, exactamente igual distribuido que su homóloga, como ya había predicho Jill. Una solitaria estancia se encontraba al fondo del pasillo y, después de haberse asegurado de que no los seguía el "marinero", como Chris lo había bautizado mentalmente por el asunto del arpón, se adentraron en ella. No habían puesto un pie dentro cuando Chris cruzó la habitación a zancadas hacia el lado opuesto. Jill estaba algo despistada observando la rica decoración de aquel dormitorio, que seguramente era el de Spencer, y no se fijó en su compañero hasta que éste no llamó su atención.

– Ja ja ja, ¡ésta sí que es buena! El primero que lo ve es el primero que se lo queda, ¿verdad, Jill?

Chris tenía en las manos una Magnum de gran calibre y precisión y jugueteaba con ella mientras hablaba.

– ¿Por eso has entrado en la habitación como si te hubieran metido un petardo en el culo? ¡Y deja ya de apuntar hacia mí con esa arma!

– Deja de quejarte, por fin tenemos una forma de hacerle frente en condiciones al "marinero".

– ¿Marinero?

– Eh... es una larga historia... ¡mira!, allí hay otra especie de diario – Chris cambió bruscamente de tema y cogió el diario que había sobre la mesita de noche. Seguía siendo del tal Patrick, y no daba demasiada información, salvo que Spencer había empezado a actuar de una forma extraña últimamente y que estaba encargando más conejillos de indias para sus experimentos. Aquel viejo desgraciado seguía haciendo de las suyas y lo peor es que tenía gente fiel a su alrededor que daba apoyo a sus locuras. – Genial, Patrick, te acabas de ganar la medalla de honor al mérito como mayordomo pelota – Chris siguió revisando el diario hasta dar con lo que estaba buscando: otra nota con una contraseña escrita que pasó a Jill para que la guardara junto a la otra.

– Bueno, una más, vamos a usar ese dichoso emblema y a acabar de revisar esta mansión, ¿dónde demonios estará Spencer?

– A mí sólo se me ocurren dos sitios donde podría estar, y uno era el baño – Los dos agentes bajaban las escaleras hacía la planta baja y Chris se estaba empezando a mosquear por no haber encontrado ni una mísera pista sobre el viejo.

– ¿Y el otro? – preguntó Jill alzando una ceja.

– Algún lugar donde haya una tele y estén echando La Ruleta de la Fortuna – el agente colocó el emblema en la puerta tallada y ésta se abrió con un chasquido. Un pasillo oscuro y silencioso y sus enormes ventanas los recibieron y dejó que se estremecieran comprobando lo mucho que ese pasillo se parecía a otro que habían conocido hacía ya diez años. Los dos agentes caminaban juntos, callados y despacio, pues lo tétrico del lugar había vuelto a traer a sus mentes a aquel ser demoníaco y a su arpón gigantesco y estaban convencidos de que, si tenía que volver a aparecer, sería allí. Un relámpago iluminó fugazmente el lugar y Jill se agarró al brazo de Chris instintivamente. Los dos se miraron sorprendidos y algo ruborizados por lo bochornoso de la situación, esos dos agentes se habían enfrentado a hordas de zombies hambrientos y ahora saltaban como adolescentes en un cine barato por un simple rayo. El final del pasillo no estaba tan lejos. Mira, allí estaba la puerta. Sólo un par de pasos más y se acabaría aquel infierno. Otro relámpago los sorprendió antes de que pudiesen acabar el trayecto, esta vez acompañado por una rotura de cristales provocada por algo que entró velozmente en el pasillo. Jill gritó del susto y desenfundó la pistola para atacar a lo que fuese que la hubiera hecho actuar como una principiante. Un triste murciélago pasó sobrevolando sus cabezas como si no hubiera tenido nada que ver con los cristales y el estado de los nervios de Jill y ésta, hasta las narices de la situación, deseó probar si su puntería era tan buena con blancos pequeños.

– Deja al pobre bicho, Jill, seguro que no se dio ni cuenta de que había un cristal en medio.

Chris agarró el picaporte de la puerta que conducía a la salvación y entraron en un nuevo pasillo mucho más iluminado, . Dos nuevas puertas ofrecían a los agentes la posibilidad de desentrañar los misterios de Spencer Manor. Jill se dirigió a la primera y sonrió satisfecha al descubrir que se trataba del despacho del mismo Spencer.

– Esto tiene que estar lleno de información a la fuerza – la joven no podía ocultar su alegría y se acercó a las estanterías abarrotadas de libros.

Chris, por su parte, estaba trasteando con el ordenador que se encontraba en el escritorio del anciano. Tras pulsar varias teclas se dio de morros contra una de las famosas pantallas de seguridad de Umbrella pidiendo contraseña, concretamente tres, esta vez.

– Jill, dejemos esta sala para luego e inspeccionemos la siguiente, parece ser que el ordenador me pide tres contraseñas y quiero ver si la última está allí.

La siguiente estancia parecía algún tipo de trastero, pues estaba llena de cajas y jaulas pequeñas, como para albergar animales de pequeño y mediano tamaño. Los agentes dieron las gracias por no tener que encontrarse con lo que fuese que aquellas jaulas habían contenido alguna vez y decidieron acabar rápido con lo que tenían entre manos allí. Chris examinó una puerta que intentó abrir sin éxito, pues parecía estar cerrada desde el otro lado. Mientras, Jill, desde el fondo de la estancia, parecía haber encontrado algo.

– Chris, creo que tengo la última contraseña... creo – Jill le pasó a su compañero la nota que había encontrado y que estaba sospechosamente vacía.

– Ya se lo que pasa, esto es papel ignífugo, se utiliza para mandar mensajes ocultos sin que nadie salvo el receptor se enteren del contenido. Tan sólo hay que quemar la nota y la clave aparecerá. Escucha, Jill, voy a ir al comedor a echar este papelucho a la chimenea. Tú quédate en el despacho del viejo y busca entre sus papeles a ver si damos con algo.

– ¿Estas seguro de que quieres ir sólo? ¿Y si te encuentras con ese monstruo?

– No te preocupes, tendré cuidado.

– Entonces llévate esto, – la joven le tendió cuatro granadas de humo e ígneas – estaban aquí al lado de la nota.

– ¿Qué pasa? ¿Ya te las ibas a quedar tú todas?

– ¡Claro que no! – Jill le estampó la última granada en el pecho – Vamos, date prisa, como tardes más de diez minutos te juro que voy a buscarte y te traigo de las orejas.

El agente dejó a Jill enfrascada en la lectura de un dossier bastante gordo en el despacho de Spencer y se dirigió otra vez al ostentoso comedor. No tenía muchas ganas de enfrentarse otra vez a aquella cosa, fuese lo que fuese, así que trató de hacer el recorrido en tiempo récord. Al cruzar el espacioso hall no pudo evitar echar un vistazo a los cuerpos que yacían en el suelo y contra la pared. Su mente viajó lejos, a otro hall, a uno en el que Jill nunca estuvo, donde dos seres infernales se enfrentaban ante sus ojos sin que ellos fuesen conscientes de su presencia. Si su suerte hubiese sido diferente, si el poder de aquella mujer hubiera variado un ápice, si Wesker no le hubiese dejado marchar, quizá él también habría acabado como esos hombres, con la espalda contra la pared, la boca entreabierta en un rictus mortal y los ojos vacíos, mirando a ningún sitio. O incluso la que podría haber acabado así era su propia hermana. Un escalofrío le recorrió la nuca encrespándole el vello y sacudió la cabeza. No, Claire no, eso nunca lo habría podido permitir. Si algo le hubiese pasado, él se habría ocupado personalmente de poner fin a los disparates de aquel pirado de las gafas de sol en la misma Antártida. Trató de apartar aquellos pensamientos y concentrarse en lo que tenía entre manos, ya habían pasado varios minutos y seguro que Jill estaría preocupada. Empujó con fuerza las dobles puertas del comedor y desenfundó el arma esperando encontrarse con algún marinero poco feliz. La habitación estaba tan vacía como la habían encontrado al principio, incluso más, pues ya no estaban ni el rifle que se había agenciado Jill ni la nota del mayordomo. Chris se acercó a la chimenea decidido a llevar a cabo su trabajo y volver al lado de Jill cuanto antes. Quién le había visto y quién le veía ahora. Había desarrollado una dependencia enfermiza hacia su compañera. Aquello que algunos llamaban amor.

Chris acercó el papel ignífugo al fuego y lo movió despacio para que todos los extremos se prendieran bien. Ya aparecían los números y letras que formaban la contraseña. Bien. Esperaría unos segundos a que el papel se enfriara y daría media vuelta.

Fue entonces cuando lo oyó. Era muy sutil, pero en el silencio de la estancia era fácil oírlo, el sonido del piano, de alguien tocando el piano. La curiosidad mató al gato, pero Chris no podía volver al lado de Jill sin haber comprobado que ese ala de la casa estaba vacía, y dudaba mucho que aquel monstruo jorobado supiese tocar el piano, a no ser que Umbrella hubiese mejorado la inteligencia de sus creaciones hasta el punto de poder distinguir a Chopin de Mozart. Preparó el arma y se dirigió hacia el origen del sonido. A medida que se acercaba a la sala del piano distinguía mejor la melodía y comprobó que no era Sonata de Medianoche, sino otra composición cuyo nombre desconocía, pero que ponía los pelos de punta de igual modo. Subió las escaleras intentando hacer el menor ruido posible y se acercó a la puerta de la habitación del piano. Apoyó el cuerpo contra ella, tomó aire y la abrió de pronto con el arma en alto. Vacío. Ni rastro de quien quiera que estuviese dando el recital. Chris pasó la mano por las teclas del piano. Estaban calientes. Miró en dirección a la puerta secreta y se acercó a ella para comprobar si seguía en su sitio. No se había movido ni un milímetro. El agente se dio por vencido y se encaminó hacia el lugar donde se encontraba su compañera. Tenían que duplicar las defensas, allí había alguien más, aparte de ellos, Spencer y los monstruos. Chris tenía otra corazonada y ésta le hizo prometerse a sí mismo que no iba a decirle nada a Jill sobre el concierto que acababa de presenciar. Él se ocuparía de todo y la protegería. Mejor que ella estuviese centrada en la misión. Para tener la cabeza en las nubes ya estaba él.

Cuando entró en el despacho de Spencer, Jill estaba tan enfrascada en la lectura de un portafolios que casi se muere de un infarto. Chris sonrió ante el sobresalto de su compañera y ella le devolvió la sonrisa. Cerró el portafolios y puso los brazos en jarras:

– Has tardado más de lo acordado, señorito, estaba a punto de ir a buscarte.

– ¿Es ésta algún tipo de técnica disuasoria para alejar mi atención del hecho de que se te ha salido el corazón por la boca cuando he entrado? – Jill se puso roja – Bueno, olvídalo, ¿has descubierto algo interesante?

– Pues sí, parece ser que Spencer encargó a un tal Alex que le consiguiera la fórmula de la eterna juventud – Jill decía todo esto con una ceja enarcada – ¿Tienes la última contraseña?

– Sí, vamos a meterlas en el ordenador.

– Yo me ocupo. – Jill se sentó en la mesa y tecleó las contraseñas – Hm, estos sistemas de seguridad de Umbrella me... ¡mirá! Un documento... es una lista de nombres.

– ¿Está el tal Alex?

– Sí, es el penúltimo... ¿y a que no sabes cuál es el último nombre de la lista?

– ¿George Bush?

– No, listillo, Albert.

– Jill, debe haber millones de personas en este mundo que se llamen Albert.

– Ya, pero ¿y que estén relacionadas con Umbrella?

Chris se mantuvo en silencio. Allí estaba otra vez aquel hombre, como un fantasma acosándolos allá a donde iban, metido en todos los líos, detrás de todos los problemas, en medio de su camino. ¿Tendría alguna relación con el misterioso recital de piano? No, por favor, no podían tener tan mala suerte. Todavía le dolían algunos huesos del "recital" privado de golpes que le ofreció Wesker antes de huir de la Antártida.

– ¿Pone algo más?

– No, sólo la lista. Creo que lo único que podemos hacer es encontrar a Spencer y preguntarle a él mismo sobre todo esto.

– Entonces en marcha.

Jill cerró las ventanas del ordenador e hizo intención de apagarlo cuando una de las paredes laterales se elevó revelando una pequeña habitación oculta. Chris le hizo un gesto con la cabeza a su compañera y ésta se introdujo en la estancia a investigar pistola en mano seguida del agente. Fue cuestión de segundos: unas rejas empezaron a caer sobre ellos, Jill reaccionó rápido y empujó a Chris fuera del alcance de las rejas quedando atrapada al otro lado. Unas puntas afiladas surgieron del techo y éste empezó a descender sobre ella.

– ¡Jill, tranquila! Espérame, voy a buscar la forma de pararlo.

– No te preocupes, no es la primera vez que el cielo se desploma sobre mi cabeza, aquí te espero.

Chris echó a correr hacia la habitación contigua esperando dar con el mecanismo que parara la muerte que se avecinaba sobre Jill. Dobló la esquina y llegó a la habitación del fondo del pasillo. Al agente no le dio tiempo a reconocer la estancia y se lanzó contra la puerta que se encontró de cara sin preocuparse por posibles enemigos – Si alguien quiere matarme podrá esperar un poco, digo yo –, asió el picaporte y giró... pero no se movió ni un centímetro.

– Joder, está cerrada por dentro... ¡Jill!

– Yo la abro, apártate un poco.

La joven sacó su arma y de un disparo certero destrozó el candado que cerraba la puerta, dejando que ésta se abriera sola. Chris tomó aire y entró en la pequeña sala que tenía delante dándose cuenta de cómo se había dejado llevar por el pánico mientras que Jill, que era la que estaba en peligro, estaba tan tranquila como para acertar desde lejos con el arma. Tragándose su orgullo buscó por la estancia algo que le permitiera detener la trampa. Una palanca oxidada se erigía justo delante de sus narices, debajo de una ventana enrejada desde donde podía ver a Jill. El techo estaba bastante bajo y sus amenazantes puntas tan cerca que Jill que la joven tenía que inclinar la cabeza para no dañarse.

Chris asió la palanca y tiró de ella con todas sus fuerzas. El artilugio estaba bastante oxidado y se resistía a moverse, pero el mecanismo se detuvo suavemente al accionarlo y retrocedió a su posición original, a la vez que las rejas que bloqueaban la salida se retiraban permitiendo a Jill salir. La joven se dio la vuelta y abrió una caja fuerte que se encontraba en la pared haciéndose con el objeto en su interior.

– Jill, ¡sal de ahí de una vez! Me estoy poniendo nervioso.

– Tranquilo, señor Redfield. Tengo una de las manivelas de Spencer. – Jill le enseñó la manivela que había encontrado en la caja fuerte.

– Joder con las manivelas, ni que tuviera acciones. – Chris se dio la vuelta para que Jill no le viese la cara. No había estado más nervioso en su vida, si algo le hubiese pasado... – Quédate ahí, voy a buscarte. No salgas del despacho.

– Pero Chris...

– No salgas, por favor. Espérame.

– Vale, papá. – Jill le guiñó un ojo y volvió al despacho de Spencer.

Chris aprovechó que estaba más tranquilo para inspeccionar en condiciones la habitación. Todas las jaulas seguían vacías, aunque en el ambiente flotaba un olor extraño, rancio, como si no haciera mucho aquellas jaulas hubiesen estado ocupadas. En una esquina vio la estantería y la mesita donde el agente había encontrado las granadas polvorientas y la nota con la última contraseña. Echó un último vistazo y se dirigió a la salida.

Clinc.

Metal contra metal.

¡No! ¡Es él, seguro! Tengo que salir de aquí.

No quería desperdiciar las balas de la Magnum ni las granadas, estando solo lo único que conseguiría era atraer su atención sobre él y precipitarse hacia una muerte segura, así que lo mejor sería pasar desapercibido. El agente se pegó contra una de las jaulas y asomó la cabeza para localizar al monstruo. Éste avanzaba lentamente, cabizbajo, olfateando el ambiente, buscándolo. Chris aguantó la respiración y se desplazó lo más despacio que pudo. Aquel bicho se revolvió como si sintiese algo cerca pero no alcanzara a localizarlo. Chris se estiró todo lo que pudo y se desplazó pasito a pasito con la espalda apoyada contra las jaulas. Poco a poco se fue acercando a la puerta, su salvación estaba cada vez más cerca, aunque el problema estaba en abrir la puerta sin hacer ruido y poder salir sin que el "marinero" le encontrara. Sólo quedaban dos pasos, una zancada larga y estaba fuera. Chris se estiró, alcanzó el picaporte y lo abrió. Despacio, despacio. La puerta se abrió lo suficiente para dejar salir el voluminoso cuerpo del agente. Chris se deslizó por el hueco y se escabulló fuera de la habitación. Antes de cerrar de nuevo la puerta le dio tiempo a ver al monstruo girarse hacia él algo indeciso. Chris dio gracias a dios, a buda y a quien demonios estuviese allí arriba por dejarle escapar y corrió a buscar a Jill. La cogería y se irían de aquel jodido pasillo, no aguantaba más.

Cuando regresó al despacho de Spencer, Jill estaba sentada en el escritorio leyendo un documento tan tranquila. Chris se secó el sudor de la cara y Jill lo miró preocupada:

– ¿Qué ha pasado, Chris?

– He tenido un encuentro desafortunado con nuestro amigo el del arpón. A no ser que ese documento contenga la cura contra el cáncer o el sentido de la vida, ciérralo y vámonos.

Jill se levantó y los dos agentes abandonaron la habitación en dirección al hall. Chris echó un vistazo al pasillo antes de salir, pero el monstruo no dio señales de vida. Cuando llegaron al hall, el agente se relajó y pudo concentrarse en lo que quedaba por delante. Tenían el diario de un mayordomo, información sobre una posible fórmula de la eterna juventud y una lista de nombres. Y una manivela, también.

– ¿Y ahora? – Jill le preguntó encogiéndose de hombros – ¿Quieres que te cuente lo que he leído o lo dejamos para luego?

– Busquemos una forma de salir de aquí primero.

Chris dio un repaso al hall con la vista buscando algún lugar donde poner la manivela. Estaba agitando y sudoroso, daría cualquier cosa por un poco de aire fresco. Su vista se dirigió hacia la pared situada detrás de las escaleras y se le encendió la bombilla. Aquella puerta enrejada que había encontrado en su primer reconocimiento del hall ¡tenía un mecanismo al lado para insertar un objeto!

– Detrás de las escaleras, ¿verdad, guapo? – dijo Jill arqueando una ceja y sonriéndole.

– Bingo, primor – Chris le guiñó un ojo.

Los agentes avanzaron juntos hacia la pared contigua deseosos de abandonar aquel lugar lleno de muerte. Jill sacó la manivela y la insertó en el dispositivo cercano. La joven se dispuso a girarla para abrir las rejas, pero Chris se ofreció para sustituirla. Jill se echó a reír:

– Oye, súper hombre, yo pasé las mismas pruebas físicas que tú para entrar en la BSAA.

– Ya – dijo Chris mientras giraba la manivela, – pero no quiero que te lastimes, tienes que estar de un pieza para sacarme a rastras de aquí cuando me rompa algo.

– ¿Crees que voy a poder cargar contigo y sacarte de aquí si te rompes algo? Y encima seguro que te quejas todo el rato.

– Bueno, tendrás que demostrarme cómo pasaste esas pruebas. – Jill le dio un tortazo cariñoso y pasó por debajo de las rejas que Chris había levantado. Chris soltó la manivela y las rejas cayeron con estruendo. Jill se giró sobre sí misma y encontró otra manivela en el interior del pasadizo en el que se encontraba.

– Espera un segundo, ahora abro.

Cuando las rejas volvieron a estar arriba, Chris se unió a Jill en el oscuro pasadizo. Una brisa de aire les acarició y Chris dio las gracias por ello hasta que el olor que arrastraba llegó hasta él. El ambiente olía a putrefacción, humedad, sangre y excrementos. Empezó a pensar que quizás no había sido tan buena idea dejar atrás el hall, con sus cadáveres y todo. Los agentes avanzaron poco a poco entrecerrando los ojos para poder ver en la penumbra que rodeaba el pasillo. Al final del mismo se encontraron con un pozo, del que salía el aire nauseabundo. Los agentes cruzaron las miradas.

– Tenemos que continuar.

– No nos queda otra. Si hay aire es que esto da al exterior. Tenemos que arriesgarnos.

Se echaron hacia atrás para coger carrerilla y saltaron juntos a la oscuridad del pozo.