Capítulo 2

Sherlock estaba tumbado en el sofá cuando oyó pasos en las escaleras. Suspiró, adivinando al instante a quien pertenecían, y se giró, dando la espalda a la habitación.

Los pasos entraron y Sherlock los oyó detenerse ante su figura tendida antes de dirigirse a su silla, que crujió cuando alguien la ocupó.

—¿Sabes? Sigo creyendo que un día llegaré y tú me recibirás con una taza de té en lugar de tu occipucio.

—¿Qué quieres, Mycroft? —bufó Sherlock, poniendo los ojos en blanco, perfectamente consciente de que su hermano no podía verlo.

—¿Dónde está John?

Sherlock suspiró.

—Seguro que sabes perfectamente dónde está, querido hermano —dijo.

—Hum, veo que ha ganado un amigo —repuso Mycroft con indiferencia.

El detective frunció el ceño.

—¿Y qué? —rezongó.

—Nicholas Harper —murmuró Mycroft.

Sherlock oyó un crujido de papeles y supo que Mycroft tenía algún dosier en su regazo. Vencido finalmente por la curiosidad, el más joven de los Holmes se volvió ligeramente y vio cómo su hermano pasaba las páginas, fingiendo interés.

—Un soldado fiel, digno de confianza, dice aquí —dijo Mycroft, consciente de que Sherlock lo observaba sin necesidad de levantar la cabeza—. Protege a sus compañeros y antepone su seguridad a la suya propia. Ha salvado a innumerables soldados sin pensar en sí mismo. Un líder nato. Hum… ¿Te recuerda a alguien que conocemos?

—Déjate de juegos, Mycroft.

—Le salvó la vida a John, ¿lo sabías?

—Sí, lo sabía.

—Fue cuando a John le dispararon en el hombro mientras intentaba salvar a otro soldado. El señor Harper sólo pudo acercarse a él cuando el tiroteo cesó, y cuando por fin lo alcanzó, el doctor apenas estaba consciente.

Sherlock se removió inquieto. Oír cómo John había estado tan cerca de la muerte le ponía incómodo.

—Parece que nadie sabe de dónde vino esa bala, y nunca encontraron al autor del disparo. Interesante, ¿no crees?

—La verdad es que no. Mycroft, ¿qué quieres? —insistió Sherlock, empezando a impacientarse.

El mayor de los Holmes cerró el dosier de golpe y miró directamente a su hermano.

—¿Por qué no confías en él?

El detective suspiró y rodó nuevamente de cara al sofá.

—¿Acaso es de tu incumbencia? —musitó.

Mycroft suspiró.

—No, pero siento que aún no has encontrado un motivo que explique tu desconfianza. Aquí dice que era muy aficionado al juego en Afganistán.

Sherlock se volvió de nuevo.

—¿Tú tampoco confías en él? —preguntó.

—¿Acaso es de tu incumbencia? —sonrió Mycroft, levantándose de la silla de Sherlock y dejando deliberadamente el dosier sobre el escritorio—. Pero lo que hagas en tu tiempo libre sí lo es, y me disgustaría hacértelo perder, así que ya me voy.

Antes de que hubiera tenido tiempo de cruzar la habitación, la puerta del apartamento se abrió de repente y Nick entró trastabillando. Abrió la boca para saludar a Sherlock, pero se detuvo abruptamente cuando sus ojos repararon en Mycroft.

—Oh… Lo siento —dijo—. No pretendía interrumpir…

Mycroft esbozó una pequeña sonrisa.

—No hace falta que te disculpes, te lo aseguro. ¿Tú eres…? —preguntó, aparentando confusión.

—Eh… Nicholas Harper.

Nick le tendió una mano, y Mycroft se la estrechó.

—Mycroft Holmes —respondió casi con frialdad—. Veo que ya conoces a mi hermano Sherlock.

Nick los miró alternativamente durante unos instantes antes de responder.

—Sí, John ya nos ha presentado. Voy a quedarme aquí una semana.

—Comprendo —repuso Mycroft, yendo hacia la puerta—. Cuídate, Sherlock —dijo antes de empezar a bajar lentamente las escaleras y desaparecer.

Sherlock echó un vistazo a Nick, que se retorcía las manos delante de él con la mirada perdida.

—¿Nicholas? —inquirió, alzando una ceja.

Nick salió de su ensoñación y miró a Sherlock. Una breve sonrisa animó su rostro.

—Nick, por favor —dijo. Luego volvió a ponerse sombrío—. La verdad es que he vuelto por una razón.

Sherlock entornó los ojos y escudriñó al soldado de arriba a abajo.

—Has encontrado un cadáver —declaró.

Nick frunció el ceño, confuso.

—Sí, sí, lo he hecho. Perdona, ¿cómo lo has sabido?

—Como John probablemente ya te habrá dicho, soy detective asesor. Mi trabajo consiste en fijarme en los detalles.

—De acuerdo. Sí. Vale, ¿qui…quieres ir a echar un vistazo? —preguntó Nick, viendo a Sherlock levantarse del sofá.

—Por supuesto. Dame un minuto.

Entró rápidamente en su dormitorio, tiró la bata sobre la cama, y luego salió y cogió su abrigo. Nick le aguardaba junto a la puerta y parecía menos nervioso que hacía unos instantes.

—¿John no viene? —preguntó.

—Ha salido —respondió Sherlock automáticamente—. Le pondré al tanto cuando volvamos. ¿Dónde está el cuerpo?

—En el bloque de pisos donde me quedaba. En el sótano.

—¿Qué hacías allí? —preguntó Sherlock mientras bajaban las escaleras y salían a la calle a esperar un taxi.

—Siempre que vuelvo a casa me quedo en el mismo bloque. Las cosas que no puedo llevarme a Afganistán se quedan en el sótano. Bajé a buscar unas cajas.

—Creía que habías ido a ver a tu hija.

—Bueno, sí, pero cuando llegué no había nadie. Decidí hacer una breve parada en el piso, y bueno, ya sabes lo que ha ocurrido…

—Eso parece —murmuró Sherlock mientras un taxi se detenía frente a ellos.

x x x

Ya eran más de las seis de la tarde cuando Sherlock volvió a Baker Street.

Nick y él habían pasado el día estudiando el cuerpo (un hombre de unos cincuenta y siete años de edad, divorciado, ex militar, con un disparo en la cabeza) y luego Sherlock había ido a ver a Lestrade con el soldado pegado a él como una lapa. Se las arregló para sacarle un poco más de información a Lestrade, cuyo equipo ya estaba allí cuando llegaron.

Ahora, Nick había ido otra vez a ver a su ex esposa y, con suerte, a su hija, dejando a Sherlock subir solo las escaleras.

Al abrir la puerta del piso, le asaltó de inmediato un olor a revuelto. Sherlock hizo una mueca de anticipación: siempre que John se sentía frustrado, se ponía a cocinar.

Entró en el salón despojándose del abrigo y vio a John en la cocina concentrado en manejar varias sartenes a la vez, comprobando que su contenido estuviera perfectamente hecho.

El doctor le dirigió una breve mirada y volvió a centrarse en lo que estaba preparando.

—¿Todo bien? —preguntó con sequedad.

—Estupendamente —respondió Sherlock, sentándose a la mesa.

—¿Dónde está Nick?

—Fue a buscar a su hija.

John esbozó una sonrisa de suficiencia.

—Lo dices como si se hubiera perdido.

Sherlock se encogió de hombros.

—Por lo que sabemos, podría ser así.

John frunció el ceño.

—No digas eso, Sherlock —musitó.

—¿Por qué no?

El doctor suspiró.

—Porque no se debe preocupar a la gente sin motivo.

Sherlock puso los ojos en blanco, pero no respondió.

—Ha venido Mycroft —dijo John, removiendo el contenido de una cazuela con una cuchara de madera.

—¿Sí? Ya había venido antes —murmuró Sherlock con hastío.

—Lo sé, me lo dijo —respondió John.

—¿Qué quería?

—Hablar conmigo de Nick. —John dejó de remover y se volvió hacia Sherlock con la cuchara en la mano—. ¿Qué le has dicho?

—No le he dicho nada —respondió Sherlock.

—Bien, de todos modos parecía saber mucho sobre Nick.

John entornó los ojos esperando una respuesta.

—Mycroft traía un dosier, así que supongo que sacó de ahí la información —replicó el detective con sarcasmo.

—¿Y por qué decidió traer un dosier, para empezar?

—No lo sé, ¿por qué no se lo preguntaste?

—Lo hice. Me dijo que te lo preguntara a ti. —John cruzó los brazos—. ¿Y bien?

—Yo no le pedí un dosier sobre Nick, si es lo que insinúas. Mycroft sintió la necesidad de metérmelo por los ojos, y no es culpa mía que me haya dicho cosas sobre tu amigo.

—¿Qué cosas? —le apremió John, y Sherlock observó que se le estaba acabando la paciencia. La tensión de sus facciones y el cansancio en sus ojos indicaban que John había estado estresado todo el día. En cuanto al motivo, Sherlock no estaba seguro.

Suspiró.

—Me dijo que Nick era un soldado leal y digno de confianza —dijo en voz baja.

La tensión abandonó visiblemente a John. Descruzó los brazos, se volvió hacia sus cazuelas y continuó removiendo, aunque esta vez de un modo más relajado.

—Siento haber sido tan brusco —suspiró John, separando el revuelto en dos platos que llevó a la mesa. Se sentó y contempló a Sherlock, que empezó a comer con apetito.

—Está bien —dijo el detective.

—No, no lo está —respondió John—. Sé que tener a Nick viviendo aquí durante un tiempo va a ser duro para ti, y no es justo que lo use en tu contra. —Empezó a picotear su comida—. Nick me sorprendió al pedirme que le dejara quedarse aquí, y creo que eso acabó convirtiéndose en una frustración que pagué contigo.

Sherlock lo miró, sosteniendo el tenedor frente a su boca.

—John, ya te he dicho que está bien —declaró—. No te preocupes. Yo tampoco debí decir lo que dije. No estuvo… bien.

—No muy bien, no.

Nada bien. Lo siento.

John asintió y comenzó a comer de verdad en lugar de limitarse a hacer rodar la comida en su plato.

—¿Sabes qué hizo Mycroft con el dosier? —preguntó.

—¿Hum? —Sherlock lo miró, enarcando las cejas.

—Bueno, cuando lo mencionó me dio a entender que lo tenías tú. ¿Lo tienes?

Sherlock asintió y señaló el salón con el tenedor.

—Está en el escritorio.

John frunció el ceño.

—No, no está —dijo, convencido.

—¿Estás seguro?

John asintió.

—Seguro. He estado allí al menos dos horas, escribiendo en mi blog. Si hubiera habido una gran carpeta marrón a mi lado, me habría dado cuenta.

—¿Y estás seguro de que Mycroft no volvió a llevárselo sin que lo vieras?

—Es posible, pero, ¿por qué iba a llevárselo si vino a traértelo, en primer lugar?

Sherlock se encogió de hombros y engulló otro bocado de revuelto.

—Esto está bueno —dijo, señalando la comida.

John alzó una ceja.

—Me sorprende que te lo estés comiendo —sonrió—. Nunca sueles tener tanta hambre.

Sherlock esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Debo reponer energías —dijo—. Tengo otro caso.

John volvió a sonreír y se llevó un vaso de agua a los labios.

—Oh. ¿Quién ha muerto?

—El mayor Geoffrey Williams.

John se atragantó repentinamente con el agua y empezó a toser. Sherlock lo observó con el ceño fruncido, pero no hizo nada para ayudarlo.

—¿Lo conoces?

La tos de John remitió por fin y miró a Sherlock con los ojos llorosos.

—Lo conocía —corrigió con voz ronca. Se aclaró la garganta—. Era el líder de nuestra unidad en Afganistán.

—Interesante —dijo Sherlock.

John meneó la cabeza.

—Eso no es lo que me ha sorprendido. Es que… murió hace seis años.

Sherlock frunció el ceño.

—Dijeron que debía llevar al menos tres horas muerto —dijo.

—Bueno, tampoco digo que hayan desenterrado su cadáver para venir a tirarlo aquí.

—¿Cómo murió en Afganistán?

—Se suicidó —respondió John, sombrío—. Se cortó las venas.

—Eso sí es interesante. —El detective se inclinó hacia John—. ¿Llegaste a saber por qué?

John meneó la cabeza.

—No. Se decía que sólo pasaba por una depresión, pero a mí no me parecía esa clase de hombre. Había estado de servicio al menos durante diecisiete años seguidos, así que ¿por qué entonces? Otros pensaban lo mismo, y durante tres meses se investigó su muerte, y se sometió a cada soldado a un estrecho escrutinio.

—¿Incluido tú? —preguntó Sherlock, espoleada su curiosidad.

—Incluido yo —sonrió John—. Y no fueron precisamente corteses.

—¿Qué ocurrió?

—No importa —dijo el doctor—. Lo que pasó, pasó, y obviamente encontraron la respuesta, aunque nunca nos dijeron nada.

—¿Nick también fue interrogado?

—Sí, por supuesto. Todos lo fuimos, ya te lo he dicho.

Sherlock volvió a apoyarse en el respaldo de su silla, pensativo.

—¿Cómo era el mayor Williams?

John reflexionó un instante.

—Era un buen hombre. Muy respetado. Severo pero justo, ¿sabes? Pero al parecer tenía un lado oscuro que nadie era capaz de ver.

—¿Aparte de ti?

—Aparte de mí —repitió John—. Tenía la costumbre de ir al pueblo a emborracharse. Sólo unos pocos lo sabían, y eran ésos los que se encargaban de ir a buscarlo para que nadie más se enterara. Una vez tuve que ir yo. Si te soy sincero, me sentí furioso. Tenía cosas más importantes que hacer que traer de regreso a un borracho a la base. Pero fui de todos modos. Cuando llegué al bar, lo encontré sentado hablando con un hombre mientras se pimplaba una jarra de cerveza.

John suspiró. Se levantó, recogió los platos y los llevó al fregadero.

—Cuando me acerqué, escuché por casualidad la conversación que mantenía con aquel tipo. Se lo estaba contando todo. Todo sobre nuestra unidad, y eso incluía planes, tácticas, desplazamientos, nombres. —John enumeraba la lista con los dedos, olvidándose de fregar—. Lo interrumpí antes de que dijera más… si es que aún le quedaba algo por decir. Lo saqué a rastras y me lo llevé lo más rápido que pude. Cuando se quedó dormido… se lo conté al general.

—¿Y qué dijo?

—Me dio las gracias por habérselo contado, y luego me dijo que siguiera con lo mío y que hiciera como si no hubiera pasado nada. —John frunció el ceño al recordarlo y se secó las manos con aire ausente—. No sé si los que habían tenido que ir a buscarlo antes que yo también le oyeron decir cosas que no debía y se les ordenó que lo ignoraran, o si sólo me ocurrió a mí. En cualquier caso, al día siguiente Williams volvía a ser el mismo de siempre, y nunca volvieron a pedirme que fuera a buscarlo.

Llegado a ese punto, John vaciló, y Sherlock frunció el ceño.

—¿Pero…? —le instó.

John suspiró.

—Pero dos días después le dije al general que el mayor Williams había sido hallado muerto en su bunker.

Sherlock se recostó en su silla y reflexionó en silencio.

—¿Quién lo encontró? —preguntó al fin.

Hubo una larga pausa antes de que John decidiera responder.

—Nick.

Sherlock se enderezó con los ojos brillantes y juntó los dedos.

John se había vuelto nuevamente hacia el fregadero y bajó la cabeza, consciente de lo que pasaba por la mente de su compañero de piso.

—Sherlock —dijo suavemente—, sé que parece sospechoso, pero te ruego que no saques conclusiones precipitadas. Cuando encontró el cuerpo de Geoffrey, entró en nuestro bunker a trompicones, blanco como una sábana. Traía las manos cubiertas de sangre, porque obviamente había intentado detener la hemorragia, y nos miraba con los ojos desorbitados. Si hay alguien que no está involucrado en el suicidio del mayor Williams, es Nick Harper.

El detective no dijo nada. Se limitó a mirar cómo John se volvía nuevamente hacia él, esperando claramente una respuesta.

—De acuerdo —respondió Sherlock al cabo de un instante.

John esbozó una breve sonrisa.

Pasó al lado de Sherlock, se instaló en su silla y cogió su portátil.

Sherlock permaneció donde estaba, rumiando los acontecimientos del día.

Una idea le rondaba desde que llegó a la escena del crimen, pero no se había atrevido a exponérsela a John. Sabía que el doctor probablemente intentaría justificar a su amigo, pero dudaba que fuera capaz de encontrar una excusa para esto.

En el bloque de pisos donde Nick solía quedarse no había signo alguno de remodelación.