I swear it won't happen again

Ella recorrió la corta distancia que ahora les separaba, y se arrojó sobre él, fundiéndose en un fuerte abrazo. Él tardó un poco más que ella en reaccionar ante tal contacto, pero acabó igualmente por corresponder, tomándola por la cintura con una mano mientras la otra se alojaba entre los rizos dorados que caían por su cuello.

-Pensé que tras vuestra marcha no volveríais a París. Que no volveríamos a encontrarnos…

Ninon seguía estrechándole y no respondió nada, al menos no inmediatamente.

En el pueblecito donde la joven condesa había vivido hasta entonces Ninon había vivido de igual forma que cuando habitaba su palacete en la capital: a su manera. Al principio se alojó con una familia, pero acabó por pedir permiso al alcalde para trasladarse a una casa que había quedado deshabitada hacía un tiempo.

Allí, con esfuerzo y algo de ayuda, estableció su hogar y abrió una escuela para que todo aquel que quisiera aprendiera a leer y escribir. Dada la vida sencilla que tenían en aquel pueblo, que sus habitantes aprendieran a juntar las letras, a entender los mensajes escritos y a hacer cálculos simples ayudó a su prosperidad, pues les abrió puertas de comercio con otras localidades vecinas.

Se acostumbró a aquel estilo de vida con más facilidad de la que se hubiera esperado. Si bien la renta que le enviaba el cardenal Richelieu le permitía vivir sin complicaciones, ella empleaba la gran mayoría de aquel dinero en ayudar a aquellas personas que tanto la habían ayudado.

La reina le había prometido que cuando el Cardenal dejara de estar en el poder y no supusiera una amenaza para su vida, la traería de vuelta a casa. Pero, pensaba ella, si aquel día no llegaba nunca tampoco hubiera puesto ninguna objeción a quedarse allí para siempre. Estaba satisfecha con su labor, con el mucho o poco bien que podía hacer a las mujeres y hombres del lugar para que sus vidas fueran a mejor.

Aunque, debía reconocer, había dos cosas que añoraba de su anterior vida: su extensa biblioteca, y a cierto mosquetero.

Cuando llegó el día de la muerte del Cardenal, Ninon lamentó su fallecimiento; jamás hubiera podido alegrarse de la muerte de nadie. A los pocos días, Ana apareció en el pueblo, vestida como una campesina más, y acompañada de Constance: era la hora de volver a casa.

Todos aquellos recuerdos pasaron como una bala por su mente, mientras aún seguía envuelta por los brazos de aquel hombre.

-Os prometo que no volverá a pasar.

Aquellas palabras las dijo mirándole a los ojos, con una sonrisa en los labios. En los de él quedaba patente la confusión que sentía, pero también lo mucho que se alegraba pese a todo de volver a verla. El mosquetero se quedó quieto tal como estaba, con un brazo rodeando la menuda cintura de la joven condesa y la otra enredada en su rizada cabellera, mirándola como si estuviera en un sueño demasiado hermoso y demasiado aterrador para poder ser real.

-Yo también os he echado de menos – añadió ella, después de que una sonrisilla torcida se dibujara en sus labios al ser consciente del shock en que había sumido a aquel hombre.

Y acto seguido, se puso de puntillas y dejó un suave beso en los labios de Athos. Un beso que llevaba demasiado tiempo queriendo ser liberado.