Dedicado a mis Locas preferidas, muy en especial a la responsable de que mis musas se amotinen y hagan lo que quieran, a ti Daniela con todo cariño ;)

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No tengo suficiente

Huele a perfume francés, mezclado con tabaco y sexo. Huele a amores perdidos y viejos vicios que nunca cambiaran cuando se es demasiado orgulloso para transformar toda una vida por las debilidades de un joven amor.

Piel blanca nívea, suave como terciopelo, perfecta en cada sinuosa curva y en cada recoveco. Una sonrisa incitante bailando en sus labios como una promesa, una invitación a probarla, todo vestuario que lleva sobre el cuerpo es el arropo de su desnudez; ese cabello liso, largo y negro como la noche; y zapatillas de tacones altos y finos.

Sus ojos azules bajo espesas pestañas negras brillan como el mar profundo, enigmático y lleno de misterios. Hay una tormenta reflejada en sus pupilas, un deseo que busca consumarse. Se mueve glacial y felina como una pantera acechando a su víctima; una presa que no intenta huir, que por lo contrario espera, quito en las penumbras con un cigarrillo a medio consumir entre sus labios entre bocanadas de humo lánguido que se eleva en formas confusas.

El aroma de su fino perfume francés flota en la habitación iluminada a media luz, intoxicando los sentidos, fluyendo y confundiese con sus propias feromonas que grita "Tómame" con una nota amarga de tabaco.

Música tenue de acordes deliciosos suena al fondo, marcando ese vaivén que agita sus caderas mientras camina como si flotara sobre ese piso de madera pulida, hacia el diván donde su amante la espera sin prisas. Siendo conocedor sabe que todo requiere tiempo, incluso las bajas pasiones.

Los altos tacones de aguja hacen tensar los músculos de sus pantorrillas y sus muslos, logrando que su trasero se eleve respingón y firme. Se desliza sin perder de vista que su acompañante también lleva su traje de Adán, como ella el de Eva. Pasa la punta de su lengua por sus labios saboreándose lo que está a punto de comerse.

Recostado cual largo es sobre el cómodo diván, la espera con su mirada mercurio puesta en ella; una última calada al cigarrillo y apaga la colilla en el cenicero, sin dejar de degustar la imagen que tiene delante.

La blancura de su piel contrasta con la oscuridad de sus cabellos, que se mesen suaves en sus hombros y sobre sus pechos de pezones rozados; ese bello oscuro, ensortijado de su pubis resulta hipnótico como el movimiento de sus caderas y esa cintura estrecha; largas piernas de músculos tensos invitan a ser acariciadas no solo con la mirada.

Cual Dios griego, él espera. Con una erección levantando su espíritu, esperando tranquilo, con el rostro impávido y sin emocione alguna, mas sus ojos grises son el preludio de lo que está por venir.

Como gata en celo se cierne sobre él, lambiendo sus labios pintados de rojo carmesí con su lengua. Acaricia sus piernas hasta sus muslos, deteniéndose solo para mirarlo a los ojos mientras sus manos toman su pene y su boca se abre para darle cobijo hasta su garganta.

Gime con los dientes apretados, echando la cabeza hacia atrás por un instante dejándose llenar por el éxtasis de esa boca experta que lame, chupa y se enrosca en su falo erecto.

La puerta se abre sin hacer ruido, no es necesario abrirla para saber que pasa dentro, sin embargo, necesita verlo por sus propios ojos, un mal necesario para aceptar de una buena vez la realidad.

No dice nada, solo observa en las penumbras que envuelven la habitación y se obliga a dar un paso para cruzar el umbral, después uno a uno, pequeños pasos hasta estar a poco más de un metro de los amantes que están tan concentrados en los placeres que no le prestan atención alguna.

Lucius con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados disfruta como esa puta fina le da placer con la boca. No espera al levantar los parpados encontrarse con unos par de orbes caramelo mirarlo sin emoción alguna.

No hay reproches, ni gritos, ni reclamos, no hay ningún signo de rabia o resentimiento, solo lo mira como si comprendiera los enigmas más grandes que lleva su alma y se siente vulnerable ante sus ojos, diminuto, como nunca se sintió alguien de su casta.

Congelado ante lo inverosímil de la situación, se queda mudo, como de roca y granito, helado ante una mirada que no transluce nada de lo que esperaba. Solo lo mira con una sonrisa que no sabe descifrar.

La mujer del perfume francés se detiene y levanta el rostro asustada por la intromisión limpiándose los labios con el dorso de su mano, mas sus dudas no duran mucho bajo la orden firme de una voz cavernosa y segura. –No te detengas. –Le dice posando la mano en su cabeza para reconvenirla a que siga en su tarea de chupar y lamer su pene.

Aun entonces no pierde los modos, ni cambia su sereno semblante. Corta la poca distancia que les separa y se sienta en la orilla del diván, ignorando los sonidos sonoros de una golosa boca succionando con ritmo.

Se inclina sobre Lucius y besa sus labios. En un beso corto y efímero, apenas un roce de labios, pero esta puesto en él, la carga de lo irremediable, ambos lo saben. Pero a él le jode que le afecte, porque es orgulloso y quiere herirla aunque eso lo haga sentir aun más despreciable.

Cuando intenta retirarse lo impide tomándola con excesiva fuerza por la nuca, enredado sus dedos en las finas hebras color chocolate. La mira con odio, tratándole de mostrar todo su desprecio. -¡Móntame! –Ordena y la mujer de cabellos negros es obediente, no pregunta, no cuestiona solo hace lo que le piden, está acostumbrada a cumplir los mas ínfimos caprichos, un tercero no cambia demasiado el panorama, por lo contraria a ella le gusta jugar un poco, por eso sonríe antes de seguir con lo suyo.

Se empala en un solo movimiento y gime porque Lucius es enorme, tanto que se siente llena y le lleva unos segundos acostumbrarse, mas apenas lo hace comienza a moverse con maestría, como la mejor meretriz cara.

Con una mano guía el movimiento de caderas de la puta y con la otra sujeta como garra la nuca de Hermione mientras la besa salvaje, haciendo el mayor daño, mordiendo sus labios al punto de sangrarlos y hundiendo su lengua tan dentro y de manera tan despiadada que gime de dolor.

Grita colérico de dolor cuando la castaña muerde su lengua con fuerza para liberarse. Tira de su indómito cabello vengativo, la mira con furia y rabia en los ojos. No la suelta y no puede dejar de mirarla con los ojos brillantes negándose a llorar y un hilito de sangre escurrir por la comisura de sus labios, no sabe a ciencia cierta –Tampoco le importa- de quien es la sangre, mas el sabor metálico inunda sus papila gustativas

"…La odio… la deseo… la detesto con todas mis fuerza por hacerme débil… por desearla tanto que no me importo traicionar a mi propio hijo… quería tenerla, saciarme y después eliminarla de mi vida como a tantas otras…quería someterla, humillarla, follarla hasta cansarme y después olvidarme de su insufrible existencia… y eso are, por Merlín que eso are… la olvidare pues no es nadie y no es nada…"

La mira a los ojos y encuentra una sutil sombra de resentimiento, tira de sus cabellos y vuelve a besarla no con la misma bestialidad, mas si con fuerza renovada, explora su boca con ansias que no sabe explicar o razones que no quiere admitir. Siente las uñas enterrarse en la piel de sus hombros y su pecho, y no le importa, nada le importa ya en ese momento; la sigue besando como si no hubiera un mañana, mientras en su aturdida mente los gemidos de la mujer que galopa en su falo se cuelan en sus oídos.

Agita sus caderas arriba y abajo, con un ritmo constante, fuerte, arduo y lujurioso que le marca la grande mano de ese hombre que sabe muy bien lo que hace y que trepa de su cadera por su cintura hasta sus pechos que se mueven y rebotan en cada arremetida.

Deja de besarla apartándola de un tirón, sin soltar por completo y la hace que vea como se coge a esa joven de cabellos negros, la hace ver como acaricia sus senos con habilidad con una sola mano, pellizcando sus pezones haciéndola gritar de placer.

Hermione la ve perderse en el placer, gemir cada vez con más fuerza. Lo ve apretar los dientes y como se tensa cada uno de sus músculos cuando llega al orgasmo. Lo ve como siempre hermoso e imponente y como siempre a sentido, sabe que no le pertenece, que nunca ha sido suyo realmente.

Cuando la nebulosa que aturde los sentidos de Lucius se despeja un poco y aun sintiendo lo espasmos rezagados de su miembro, la suelta, liberando sus cabellos, dejándolo ir de sus garras.

Decidida se levanta, tratando de ocultar el temblor que sacude cada fibra de su cuerpo, no dice nada, no tiene nada que agregar -y aunque lo tuviera- teme que le falle la voz si lo intentara. Se obliga a no llorar, apelando a toda la dignidad que le queda y reuniendo todo el amor que siente por él, se dirige a la puerta.

Lo ve una última vez desde la puerta mientras lentamente la cierra. Sigue recostado sobre el diván con el cuerpo sudoroso aun templado por los últimos restos de un placer concluido y por cobija el cuerpo desnudo de una piruja fina.

Huele a perfume francés, mezclado con tabaco y sexo. Huele a amores perdidos y viejos vicios que nunca cambiaran cuando se es demasiado orgulloso para transformar toda una vida por las debilidades de un joven amor.

Cuando escucha cerrar la puerta, sabe que la ha perdido. Siempre supo que era cuestión de tiempo, ella es demasiado buena y el está demasiado podrido.

Se mentiría a si misma si no admitiera lo mucho que le duele ese adiós que se dijeron sin palabras, a pesar de sabe el desenlace desde el mismo momento de comenzar. Pero también mentiría si dijera que se arrepiente de algún modo por sus decisiones.

Salió de esa casa veraniega tranquila, estaba segura que si pudiera regresar el tiempo, volvería hacer las cosas de la misma manera sin saltarse nada, ni siquiera ese último encuentro que dejo en su boca el sabor de un adiós combinado con la sangre se sus propios labios.

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La cama estaba revuelta y entre las sabanas una mujer dormía plácidamente, sus formas podían adivinarse bajo esa delgada colcha que apenas cubría parte de su anatomía. Recostada boca abajo, su cabello castaño estaba esparcido sobre la almohada.

Se encontraba abierta la puerta de cristal que daba al balcón. No era una noche especialmente fria, pero sin duda el aire se sentía helado a esas alturas, sin embargo, parecía que la temperatura era el menor de sus problemas y por tanto no importaba que se encontrara completamente desnudo. A la luz de la luna su piel pálida parecía brillar a la par de sus ojos grises.

Paso sus dedos por su cabello revuelto, exhalando el humo del cigarrillo en una bocanada que salió lentamente de entre sus labios. Siempre había considerado de mal gusto fumar, de hecho detestaba cuando lo hacía su padre, pero de alguna manera resultaba tranquilizante la nicotina en su sistema y eso lo hacía tolerable.

Iba por el tercer cigarrillo, llevaba ya bastante tiempo afuera intentando despejarse, buscando vanamente que sus pensamientos no se encaminaran hacia rumbos pedregosos y lúgubres que solo lograban deprimirle.

Tenía una larga lista de cosas que quería borrar de su memoria, la mayoría sucesos desagradable respecto a la última guerra, todas esas cosas que tuvo que hacer para mantenerse con vida y que todavía le provocaban pesadillas algunas noches.

Lamentaba muchas cosas de su pasado, sin duda no había tomado buenas decisiones, pero lo que en ese instante quería borrar no eran precisamente recuerdos desagradables, por lo contrario, quizás era lo único bueno que lo mantuvo cuerdo en sus peores momentos posteriores a la guerra, Hermione.

Le gustaba pensar que después de todo, la vida no era una mierda, que había algo rescatable de toda la porquería en la que estaba sumergido.

No podía decir que creyera en la suerte, pues siempre había pensado que era un pretexto estúpido al que se aferran los ignorantes y estúpidos para creer que sus vidas estuvieran regidas por algo tan voluble y efímero, pero cuando se encontró de nuevo con ella en un contexto diferente del colegio y ya libre del yugo de sus ideas retrogradas y las presiones familiares, tuvo que reconocer que fue un golpe de suerte.

Jamás nadie hubiera imaginado que personas tan diferentes pudieran entenderse tan bien, mucho menos después de los precedentes, los prejuicios y toda esa mierda de la sangre, las castas y la jodida guerra.

Siendo franco no la amaba, no creía en esa cursilerías, ni tenía razones nobles o decentes cuando se acerco a ella, era tan simple como que Granger con los años se había puesto bastante aceptable y era encamable, solo eso, un buen par de piernas que podían abrirse para cogerla hasta saciar sus instintos y después pasar a la siguiente.

Seducirla fue un gran reto, hay que reconocer que Hermione no era como las demás, rompía el molde y todo estereotipo de las chicas con la que hasta la fecha se había acostado. Y eso ya es mucho decir en su caso, pues las había probado de todos los sabores y de todos los estilos –por decirlo de alguna manera- porque si alguien conocía de féminas era precisamente él.

Tenerla en su cama le permitió descubrir que las apariencia a veces engaña, ya que en apariencia Hermione era una persona retraída y tímida, pero en la intimidad era sumamente sensual y apasionada.

Recordar sus encuentros le hacían hervir la sangre de nuevo y lograba que no sintiera el frio que estaba intensificando mientras entraba la madrugada.

Eran tan perfectos juntos que sin proponérselo habia llegado a quererla, si no fuera tan orgullos diría que ya la amaba, pero el no es el tipo de personas que hablan del amor, porque simplemente dicen que no creen que esa tontería exista.

Hacía ya un año de que rompieron su compromiso y no podía olvidarla, ni entender las razones por las que Hermione decidió no casarse. Y por más que quería borrarla de su vida no podía. Justo ahora una mujer dormía en su cama, de la cual no conocía ni su nombre y a quien invito a su departamento solo porque tenía el jodido pelo del mismo color y la nariz llena de pecas como ella.

Despechado por sus recuerdo entro de nuevo a la habitación, cerrando la puerta del balcón con demaciada fuerza, haciendo que su acompañante se despertara sobresaltada.

-¿Qué pasa?

-Nada. –Fue la simple respuesta antes de tirar de sus piernas para acomodarla y entrar en ella con fuerza haciéndola gritar entre la sorpresa y el éxtasis.

Quería desconectar su cabeza y quitar cada imagen que tenia de ella, pero no podía. Con un demonio que no podía y eso lo enervaba, lo hacía sentir enfermo y débil.

Si fueras tu… pagarías por tu insolencia… –Pensó mientras aceleraba sus envestidas, haciendo que elevara mas la caderas para entrar mas dentro. Mas fue un pensamiento equivocado con una frase que invoco una tormenta en su interior.

Si fueras tu… Susurro entre dientes y su amante ni siquiera alcanzo a entender el significado de las palabras, cuando sintió que la levantaban en voladas y la llevaba hacia la pared más cercana.

Si fueras tu… Pensaba mientras tenía sus piernas enredadas en su cadera y entraba con mayor ahincó… beso sus pechos, succionando sus pezones…

Si fueras tu… Enterró los dedos en sus nalgas, mientras mordía su cuello y la piel de sus hombros… mas no era suficiente… estaba fuera de si… porque sabía que no era ella y eso lo frustraba, porque quería olvidarla… y no sabía si no podía o no quería hacerlo realmente.

Si fueras tu… se dijo mientras cerraba los ojos y besaba esa boca lejana, ese recuerdo fresco y abrazaba ese amor que no es amo… y pensando en eso se volvió dulce, pero no menos intenso y devoro su boca, su cuello, sus pechos…

Si fueras tú… Pensó llevándola a la cama y la tendió en el lecho y entonces, solo entonces… fue ella en su corazón, en sus ojos ciegos, sus oídos sordos y sus sentidos enrarecidos…

Fue ella en los recuerdos y las añoranzas… fue ella con la que hacía el amor hasta la madrugada suave y lento, como la música clásica se desliza en cada acorde y se vuelve sublime e irrepetible. La veía fresca en su mente, mordiendo sus labios, acogiendo su virilidad con sus entrañas, abrazada a su cuerpo, susurrando su nombre, suplicando por mas… podía leer en cada gesto el placer que la embargaba.

La veía desnuda con el cabello chorreando de agua mientras estaban en la tina, ella meciéndose sobre el, gimiendo, perdiéndose en un orgasmo delicioso, cálidos y húmedos

Se dejo ir con su rostro y su voz dando un grito de placer.

Por la mañana, solo tenía algo claro, en contra de su orgullo la buscaría, no había tenido suficiente de ella.