Holaa!
Bueno, he aquí el segundo capítulo **. No sé si me demoré mucho en colgar esto… pero espero que a quien haya leído el capítulo pasado, no se le haya olvidado la historia (sí, me dijeron eso *dospuntoscé*).
Y, obviamente, quiero aprovechar de darles gracias a los que leen, dejan comentarios o agregan a historias favoritas *dospuntosdé* ¡I love you, people! Y los amaré más si es que me dejan su opinión de este cap, que es un poco más largo que el otro. (Si se llegan a aburrir antes de llegar al final, les pego **)
Capítulo II
De planes y escapadas mal logradas.
.
.
.
Hacía un frío para cagarse, o por lo menos, esa era la sensación completamente subjetiva de Rose, porque Hugo estaba tirado en su colchón de cualquier manera, con la manta a mal traer y vestido únicamente con un pantalón negro de buzo.
Lily estaba enrollada en sí misma con su propia cobija color rosa, dormida profundamente, y Rose estaba segura de que su prima no despertaría ni aunque le hubieran puesto un reloj despertador en el oído. Lily tenía el sueño pesado, y la envidiaba. A ella le hubiera gustado poder simplemente llegar a la inconsciencia deliciosa del sueño y olvidar todos los problemas que se avecinaban, pero para su mala suerte, sus constante mal dormir e insomnio no se lo permitían. Escaparse al mundo Morfeo era una buena solución, porque desde que ellos le habían destrozado la vida, Rose Weasley ya nunca más había soñado. Todo era negro, y si lo pensaba un poco, estaba bien.
Entonces sola, insomne y tiritando de frío bajo su manta azul, se acercó a la pequeña ventana que poseía el pequeño dormitorio. Eran las tres y media de la madrugada, y al parecer, ya no dormiría esa noche.
Suspiró.
La calle fría y solitaria, los focos de luz pública deprimentes en su fija posición, el cielo oscuro y sin estrellas y un sinfín de edificios iguales al que ella moraba era el triste paisaje que aquella zona de la ciudad le ofrecía. Y tal vez era patético asumir en ese momento que todavía se sentía una extraña en Estados Unidos, pero como nadie presenciaba sus miserias, lo hizo. Frente a aquel lúgubre e impersonal escenario invernal recordó sus buenos tiempos en Londres.
Y si estaba asumiendo cosas que no quería asumir, Rose debía admitir que toda su vida había estado en lugares lúgubres e impersonales. Solo que en esos tiempos no lo parecían, porque allí estaban para ella sus padres. Su hermano. Sus tíos. Sus primos. Sus amigos. Su familia.
Su vida nunca había estado dentro de los parámetros convencionales de la ley. Es decir, ¿cómo podría haberlo estado si había pertenecido a la no tan extinta asociación criminal inglesa Gryffindor? Toda su vida había visto como sus padres hacían negocios que quizá no eran muy limpios y trataban con personas que no tenían la mejor reputación, al igual que todos los que estaban metidos en la otra sociedad, esa que se basaba en el dinero fácil conseguido de una forma no honesta. Pero a pesar de todo, ella había sido feliz. Muy feliz. Aún si sus ojos de niña no alcanzaron a ver como todo era lúgubre e impersonal.
Rose creía que su vida nunca más tendría la alegría de antaño, pero como tenía claro que no podía hacer nada al respecto, no le daba muchas vueltas. El nuevo objetivo que movía su vida era escapar de ellos, no dejar que nada les pasara a Hugo y a Lily. Ella era la mayor, entonces su deber era cuidarlos y protegerlos, así como una noche de invierno -que hubiera sido igual a la que vivía sino hubiera sido que en aquella lejana y fatídica ocasión caía una lluvia torrencial, casi como en una película enferma-, lo habían hecho con ella sus difuntos primos mayores James Potter y Victoire Weasley.
Y quizá era hora de dejar todos esos recuerdos que le dolían como el diablo, en un lugar entre su pecho, el pasado y el presente. Dolía sentir que ni siquiera podía empezar de nuevo, que se quedaría estancada -como lo había estado durante esos cuatro años- para siempre. Porque aunque ni siquiera se habían hecho notar, tres ex Gryffindor, ellos lo habían averiguado y parecía que no dudaron ni un segundopara cruzar el mar exclusivamente para matarla y terminar el trabajo. Lo mismo con Hugo y Lily, y eso, eso era algo que ella no permitiría por ningún jodido motivo.
Así que el cabrón de Malfoy podía irse a la mierda, que ella le pagaba el viaje con gusto. Por culpa de la familia de él, y de otras pertenecientes a Slytherin era que todo estaba malditamente mal. Por haberles entregado a ellos todo en bandeja, todo el control, todo el poder… ¡Joder! Si las familias más importantes de Slytherin hubieran tenido los cojones de oponerse, quizá Gryffindor hubiera actuado antes, y ambas bandas juntas hubieran hecho algo… Quizá todo sería tan infinitamente diferente ahora…
Y la rabia, y la impotencia, y la tristeza se apoderaron de Rose, aunque ella no cambió ni un ápice su expresión neutra y seria.
¿Cómo los habían encontrado? ¿Cómo, si no habían dejado ni una pista? Y mejor aún ¿por qué Lily y ese Malfoy habían tenido que ir a emborracharse al mismo maldito bar el mismo maldito día a la misma maldita hora? Aunque, si lo pensaba bien, no le extrañaba. Los dos eran unos jodidos alcohólicos, y por supuesto, su prima había encontrado la forma de encontrar los problemas.
Luego de un segundo, Rose cambió de parecer con respecto a la responsabilidad de Lily en el asunto.
Scorpius tenía la culpa de todo. Porque él era el que no tenía nada que hacer allí, y era él el que les quería hacerles daño, siguiendo sus órdenes.
Y ella se prometió -porque Rose nunca juraba- en ese instante hacer todo lo posible por mantener a salvo a su hermano y a su prima, y de paso, vengarse por todas las calamidades que había tenido que vivir por culpa de ese rubio de ojos grises y de toda su gente.
—¿No puedes dormir, Rosie?— Hugo -al que no había oído levantarse- se posó a su lado, con una mano en su nuca y el cabello desordenado.
—No. Como siempre.
—Bueno, tengo una teoría al respecto.
—¿Sí?— murmuró ella. —Deslúmbrame, genio.
—Me baso en el hecho de que yo duermo fácilmente el doble que una persona normal. Creo que te estoy robando tus horas de sueño.
—No me sorprende, has robado toda tu jodida vida. Es lo que hacemos siempre, ¿no?— el castaño soltó una risa lacónica.
—Me haces sentir mal. Tendré que recompensarte de algún modo.
—No hace falta, Hugo. Ladrón que le roba a ladrón tiene cien años de perdón.
—Tengo el cielo asegurado, entonces.
—Lo tienes— y Rose le regaló una pequeña sonrisa, una de verdad, que no tenía ni una pisca de falsedad ni de ironía -porque no habían muchos motivos para alegrase-. Y como Hugo -que conocía a su hermana al revés y al derecho- reconoció aquel gesto, abrazó con efusividad a la pelirroja.
—Tú también, Rosie. El cielo es tuyo, hermana.
OooOooOooO
Fue una mezcla de ronquidos y de castañeos dentales lo que no dejó dormir a Scorpius esa noche.
Sus compañeros de habitación -Albus, David y Ezequiel- emitían en conjunto ambos molestos sonidos mientras dormían, de una forma que escapaba de todo tipo de raciocinio humano. Exageradamente fuerte. Y lo peor fue que nunca pudo distinguir quién roncaba y quien hacía tiritar sus dientes. Cabrones.
El sonido a coro era, a lo menos, irritante.
Así que, furibundo, somnoliento y completamente solo, se dirigió a la cocina para tomar un vaso de agua y así desencapotar su mente. No pasó ni un segundo antes de que se riera de sí mismo. ¿A quién engañaba? Necesitaba un trago, y lo necesitaba pronto, sin importar la hora.
Abrió el pequeño frigorífico -que estaba casi vacío- y maldijo por lo bajo a Caroline Yaxley, una chica bastante aburrida y patosa, que tenía un bajo perfil y casi no se hacía notar. Y la maldijo a ella, y a nadie más que ella, porque era quien estaba encargada de las compras de la cocina, y en aquel momento en la nevera solo había unos vegetales que se veían bastantes rancios, un huevo y dos latas de cerveza de una marca alternativa.
Scorpius tomó una lata entre sus manos, con una mueca de disgusto en el rostro. Pudo recordar otros tiempos, cuando tenía una de las casas más lujosas de todo Londres, donde a la hora que a él se le ocurriera entrar al despacho de su padre, podía encontrar toda clase de licores de la mejor selección de Europa. Claro, en aquel tiempo era menor de edad y debía vigilar para que ningún sirviente se percatase de lo que hacía y lo acusara a sus padres.
Caminó lentamente hasta la sala, donde, al mirar al gran reloj que estaba colgado en la pared, pudo ver que eran las cuatro y media de la madrugada. En definitiva, esa noche ya no dormiría.
Suspiró.
Se acercó a la única ventana que había en la habitación -de un tamaño moderado-, y se sentó en su marco con cansancio después de abrirla. La brisa fría le despejaba las ideas, y eso era reconfortante, puesto que tenía mucho en qué pensar.
Abrió su cerveza, y le dio un trago largo, mientras observaba con completo desinterés el organismo urbano que tenía a sus pies, esa ciudad llena de luces y cosas que ofrecer, pero abandonada de la presencia humana debido a la hora. Y Scorpius pensó en ese momento que él no podía tomar nada de Nueva York, porque si hacía más escándalo -del que ya hacía dándose el lujo de vivir en aquel edificio-, todos serían descubiertos, y ellos se encargarían se esclavizarlos y joderles más la vida de lo que ya lo habían hecho.
Y eso lo llevaba a su nuevo descubrimiento. Lily Potter, esa chiquilla pelirroja que si mal no recordaba -porque lo hacía siempre- se suponía llevaba cuatro años muerta. ¿Cómo mierda era que había escapado? Ellos nunca mencionaron que la exterminación total de los Gryffindor había fallado, era de conocimiento común dentro de su círculo que todos debían estar muertos y carcomidos por los gusanos en algún olvidado cementerio de su ciudad natal.
Pero entonces estaba Albus, el hermano de Lily. Él también había escapado de las manos de la muerte, aunque claro, su caso era muy diferente, así que no contaba. Albus Potter era un caso aparte que no se podía comparar al de su hallazgo más reciente, reflexionó el rubio, él ni siquiera recordaba algo.
Y no debía recalentarse la cabeza con eso. Lo importante era comenzar lo más pronto posible -en unas tres horas- la búsqueda de la ex Gryffindor, por toda Nueva York y por todos los Estados Unidos si era necesario. Había algo que no encajaba en la historia, algo que Scorpius no sabía debía tomar como algo bueno o algo malo.
Porque si Lily Potter había logrado sobrevivir, ¿quién decía que lo había hecho sola? ¿Quién sabía qué era lo había pasado en verdad esa noche de invierno -que hubiera sido igual a la que vivía sino hubiera sido que en aquella lejana y fatídica ocasión caía una lluvia torrencial-, con los integrantes de la banda que desde siempre había sido la mayor competencia de Slytherin? ¿Esa banda que aún estando muerta había conseguido que su familia también muriera en las manos de ellos?
Fue cuando Scorpius Malfoy se prometió -porque él nunca juraba- buscar la verdad para entender todo lo que había pasado, y de paso, vengarse por todo lo que los Gryffindor lo habían hecho pasar a él y a su familia.
OooOooOooO
—Lily, ¿quieres apurarte de una puta vez?— gruñó Rose que tenía en su hombro colgada una mochila color marrón claro, descolorida por el paso del tiempo, y con uno que otro parche cosido por ahí.
—¡Que te jodan, Rose! ¡Necesito ordenar toda la ropa!— como Lily estaba en la habitación y ella en el living-comedor, la voz de la pelirroja menor sonó lejana.
—Que te jodan, Rose, necesito ordenar toda la ropa— repitió la aludida, imitando a su prima de una forma despectiva y burlona.
—Esa— apuntó Hugo. —es la peor imitación de Lily que nunca antes se haya hecho— el castaño se río brevemente de ella, y luego se acomodó el bolso negro que llevaba colgado en el hombro izquierdo. Rose se limitó a mirarlo seriamente.
—No imitaré bien, pero al menos no me paso una hora guardando miles de vestidos, pantalones y remeras, siendo que dispongo de poco tiempo porque tengo que escapar de una organización mafiosa transoceánica que quiere matarme— el castaño bufó.
—Eres una amargada que no disfruta de la emoción de la huída— soltó Hugo, desviando sus ojos hacia otro lugar, porque él sabía que lo que acababa de decir era la cosa más estúpida que podría haber dicho. Lo sabía, pero tenía que hacer algo para defender a Lily. Ella no era una mala persona, era solo que…
—Vale, Hugo, disfruta de la emoción de la huída. Solo te pido que después no te quejes si no te salvo el culo.
Rose estaba enojada. Es decir, se había sacado la mierda todos esos años tratando de sacar adelante a lo que quedaba de su familia, tratando de que no les faltara lo esencial y a la vez de que estuvieran seguros, y ahora, cuando estaban metidos en el segundo forro más grande de todas sus vidas, su hermano y su prima se lo tomaban a la ligera.
—Rose… yo…— intentó decir su hermano, tal vez en un intento de disculparse.
—No importa. ¡Lily!
Entonces su prima apareció por el corredor con dos grandes maletas negras y porte digno, vestida con un largo abrigo rojo y unas botas que tenían por lo menos unos diez centímetros -otra vez- de alto.
—Estoy lista— anunció la recién aparecida.
—¿Estás consciente de que en algún minuto puede que necesitemos correr y dejar lo que llevamos, verdad? — le preguntó Rose a Lily, mirándole con el ceño fruncido y bastante molesta.
—Lo estoy. Puede que tú no puedas escapar en tacones y con dos maletas, pero yo sí.
—Chicas, no comiencen a pelear ahora, por favor— pidió Hugo.
Ambas se miraron un breve momento, preguntándose cuándo había sido que su relación se había deteriorado tanto, si en algún momento -que ninguna de las dos recordaba bien- habían sido mejores amigas además de primas.
—Bien— murmuró Lily.
—Repasemos el plan, entonces— sugirió el castaño.
Por última vez los tres tomaron asiento en la mesa que los había reunido, la mayoría de las veces, a comer durante cuatro años. Ya no era difícil dejar esa pequeña vida que habían creado tratando de reemplazar la otra que habían perdido, porque si pensaban en lo que había pasado, aquello no era vida. Era recurrir a la calle, ese mundo que nunca antes habían visto, para tratar de sobrevivir. Era aprender los trucos populares, y dejar los elegantes, esos que incluían contratos, firmas y una que otra amenaza. Y era que en la calle se robaba a mano limpia, sin mayor estrategia que saber huir. Se vendía droga sin tener toda una red de protección y extorsión para no ir a la cárcel por tráfico y venta. Se estafaba sin un boceto del crimen, el que caía, caía.
Esa no era su vida.
Rose fue la que habló.
—Lily vio a Malfoy en Manhattan, lo que significa que lo más probable es que estén en todo el estado. Deben haber infectado todo nuestro alrededor, y ya saben que ellos tienen los mejores sistemas de contactos de Inglaterra, así que nos encontrarán muy rápido si no nos movemos ya. Suerte que Malfoy no pudo seguir a Lily, eso nos da tiempo.
Tenemos dos opciones en este momento: o nos largamos a otro estado lejano del sur, o nos vamos a Canadá. De ambas opciones, prefiero la segunda, pero dado que siempre existe la posibilidad de que nos atrapen en la frontera, y que descubran que nuestra documentación es falsa, es más segura la primera. Y como todos queremos estar a salvo, Nueva Jersey es nuestro nuevo destino, por ahora, claro está. Esa es la primera fase del plan, y cuando nos instalemos y podamos pensar nuevamente, veremos qué hacer— los menores se miraron entre ellos, asintiendo. —¿Llevan todo?
—Todo en orden, Rose— contestó Lily.
Y cada uno tomó sus pertenencias y salió por la puerta de entrada, esa que nunca más volverían a cruzar si tenían suerte.
OooOooOooO
—Dime, Scorpius, ¿qué pasará exactamente cuándo encontremos a la mini Potter?— preguntó Ezequiel, mientras se arreglaba la bufanda verde que se había puesto al salir del departamento. —O mejor aún, ¿por qué no le dijiste a Potter que encontraste a su aparentemente no tan muerta hermanita?
—Dejemos esto claro, Nott, te pago para que actúes, no para que preguntes una bola de estupideces— el aludido sonrió de medio lado.
—Vale, te doy la razón. Solo explícame qué haremos si es Potter quien la encuentra primero, porque sabes que eso puede pasar.
Scorpius le lanzó una mirada asesina a su compañero, puesto que ahí estaba el gran problema que tenía el plan. Mezclar sentimientos tan grandes como ese con el trabajo no era una buena idea en lo absoluto, así que el rubio había cortado por lo sano: Albus Potter no sabía nada.
—No pasará nada fuera de lo común. Sabes perfectamente que Potter…
—No recuerda nada— terminó el pelinegro, asintiendo con la cabeza. —Pero después…
—Ya utilizaste tu pregunta, Nott, así que cállate de una vez.
—No te enojes, jefe.
Ambos hombres estaban parados en una esquina, haciéndose pasar por dos viejos amigos que simplemente hablaban despreocupadamente de la vida en una olvidada calle de Nueva York. Claro estaba, nada podía estar más lejos de la verdad. Entre toda su gente habían rodeado un perímetro que abarcaba bastante, guiándose por la dirección en la el rubio había visto partir el auto el día anterior, aguardando a alguna señal de su, por decirlo de alguna manera, presa.
Lily Potter podía ir a cualquier parte, pero no escaparse. Había un escuadrón entero de profesionales en el oficio buscándola, así que la pelirroja podía disfrutar sus últimas horas de gracia en la ciudad, porque muy pronto debería enfrentarse a ellos y al capítulo inconcluso de la historia.
Scorpius se pasó la lengua suavemente por su labio inferior, y sintió dos cosas. La resequedad de éstos debido a la congelada brisa que se paseaba por las calles, y el piercing que se había hecho cuando era un crío, solamente para hacer enojar a su madre. Y le pareció irónico que en un tiempo pasado hubiera pensado así, siendo que cuando la perdió, extrañaba hasta sus regaños y castigos -regaños que no escuchaba, y castigos que no cumplía-.
Debía admitir que estaba ansioso. Y no precisamente por saber que la hermana de Potter andaba cerca, sino por su posible compañía. Otros sobrevivientes… porque esa idea era completamente lógica, era algo que el rubio daba casi por hecho.
Y él sabía que no debía hacerlo. No había que tener expectativas, nunca.
—Esto es irreal— comentó Ezequiel. —Es como si alguien hubiera tomado nuestras podridas vidas para tratar de crear una película— Scorpius le echó un vistazo por el rabillo del ojo a su compañero, que tenía sus manos en los bolsillos de su chaquetón negro, y miraba al cielo sin ninguna expresión en particular.
—Una película de mierda— respondió el rubio, a lo que el otro asintió con simpleza.
—Exacto. Llevamos tres años escondidos aquí, ¿y recién hace un día nos enteramos de que una Gryffindor vive, y que reside en la misma ciudad?— el tono de voz del Nott se mantuvo plano, pero por un segundo tensó su mandíbula, contrariado.
Scorpius frunció el ceño. Él no se había cuestionado el hecho que mencionaba su acompañante, y en realidad, era un buen tema de discusión. Nueva York era grande, sí, -nadie podía negarlo- pero, ¿tanto como para no encontrase durante tanto tiempo? Era inverosímil.
—Mira estas calles, Nott— dijo el Malfoy, dando una hipótesis. —Son periféricas, y nuestro territorio está del otro lado del puente. Que yo recuerde, nos hemos manejado siempre en Manhattan.
—Es posible. El puente Brooklyn es nuestro mayor límite.
Ambos callaron, sumergiéndose en sus pensamientos -que implicaban persecuciones, ajetreo y una chica pelirroja-, por un lapso de tiempo que les pareció eterno.
Y fue después de esa eternidad que en realidad pudo haber durado solo minutos, que el celular de Scorpius sonó.
—Qué— exigió con naturalidad, cuando contestó.
—¿Malfoy? Soy Derrick, voy con Bletchley. Creemos que la tenemos— el blondo se tensó, y cogió con fuerza su teléfono.
—¿Qué sucede?— inquirió Ezequiel, a lo que él le hizo un gesto para que se callara.
—¿Cómo que "creen" que la tienen?
—No estamos seguros, hay miles de mujeres pelirrojas en la ciudad, ¿sabes?— Scorpius apretó los dientes.
—No estoy para tus estupideces, Derrick. Es muy simple, es o no es.
—Bien, ni yo ni Bletchley conocimos a la Potter en persona antes, no sabemos cómo carajo es su cara. Pero ésta se parece bastante a la descripción que nos diste hoy en la mañana. Y va con un bolso.
—¿Y cómo mierda es?
—Pues… pelirroja…
—Derrick, estás a punto de quedarte sin tu maldito trabajo, ¿comprendes?
—¡No te pases, Malfoy! Es pelirroja, tiene ojos… oscuros y… ¡Ayúdame, Jessica!— del otro lado de la línea se escucharon insultos y un golpe. —¡Joder! No es muy alta, pero tiene unos tacones gigantes, es bastante pálida, creo que tiene pecas y… y… ¡Hombre, con ésta cogería por una semana entera!
—Es ella. Comiencen ustedes, ya vamos todos— antes de que Scorpius colgara, añadió.
—Y Derrick, tu incompetencia será castigada directamente de tu sueldo— y ya no hubo más.
—Empieza la aventura— aseveró Ezequiel.
—Corre, y mientras lo haces, avisa a los demás. Los quiero a todos en la posición de Derrick y Bletchley. Potter no se va a largar a ninguna parte.
Entonces, al tiempo en que tanto él como Nott iniciaban una nueva carrera, el rubio se dio una bofetada mental. No había hecho la pregunta más importante.
No preguntó si Lily Potter iba sola.
OooOooOooO
Rose no era pelirroja en ese momento. Hugo tampoco era castaño. Lily no estaba con ellos, los había abandonado hacía aproximadamente unos quince minutos, y se había ido en la dirección contraria.
Todo aquello gracias a la Weasley. Y era que si había algo de lo que la chica podía jactarse con justa razón, eso era de ser inteligente y crear buenos planes.
Era bastante simple, ya que para Rose era demasiado evidente que los estarían buscando y espiando, así que la noche anterior había hecho galantería de sus dotes, y junto con la ayuda de su hermano y su prima habían confeccionado un plan, para lograr marcharse a Nueva Jersey, que hasta la hora parecía ser decente, considerando que no tenían dinero y que -para el mal humor de Rose- tendrían que "conseguir" dólares en el camino.
Partir al nuevo estado tal como habían salido del edificio en el que habían vivido, habría sido la tontería más grande del mundo; tenían que despistar a sus posibles persecutores. Como Lily había sido la descubierta, ella cargaba con buena parte de la responsabilidad de la efectividad de su fuga de Nueva York, porque si ellos se daban cuenta de que en ese momento la Potter los estaba guiando por el camino equivocado, y la atrapaban, estaban perdidos.
A Rose le había costado dejar que Lily trabajara esa parte sola -en algún sentido, y a pesar de sus continuas disputas, se sentía una especie de madre para su prima-, pero la insistencia de la menor en que ella podía hacerlo, terminó por convencerla.
El esquema para salir de Nueva York era más o menos así: ella y Hugo irían hasta Bronx disfrazados -lo que incluía pelucas, vestimentas que ellos comúnmente no usarían y las infaltables gafas de sol- donde se limitarían a esperar a Lily, quien por su parte los conduciría a una estación de servicio automotriz muy cercana a la frontera. El lugar -donde la pelirroja menor tenía un "conocido"- serviría para que la chica camuflara también su identidad, y en el menor tiempo posible viajaría hasta encontrarse con ellos.
No se veía para nada complicado, pero Rose tenía un nudo gigante en el estómago. Si algo, la más mínima cosa, le ocurría a Lily…
—¡Maldición! ¡No debí dejarla ir sola!— dijo medio frustrada, mientras ella y su hermano esperaban el autobús en la parada.
—Rosie, no te pongas histérica, por favor. Estoy tan preocupado como tú, pero ya lo hicimos.
—Lo sé…— la chica se mordió su labio inferior con fuerza, cosa que solo hacía cuando estaba realmente nerviosa. —Y por supuesto, Lily tenía que dejarnos este regalito— murmuró, señalando las maletas de su prima, que habían quedado bajo el cuidado de los hermanos Weasley cuando la Potter había comprendido que no podía trabajar con semejante bulto.
—Por lo menos así sabemos que regresará.
—Tendrá que hacerlo. No creo que Lily se quede contenta con tu bolso, lleno de tu ropa que no es de ninguna marca distinguida— Hugo río, pero el sonido fue tenso y bastante fingido.
—Va a estar bien— dijo él, auto convenciéndose.
La tensa y silenciosa instancia que se produjo después de las palabras de Hugo fue rota unos cinco minutos después, cuando -sin que el bus mostrara señales de querer aparecer- un camión pasó por delante de los dos hermanos. Y pudo haber sido un vehículo más que transitaba por esa calle, pero el detalle estuvo en que el conductor reparó en la figura de Rose y comenzó a gritarle y a silbarle las palabras más obscenas posibles.
Tanto Rose como Hugo se miraron luego de que el camión siguiera su camino, y, mientras que ella hizo una mueca de asco, él rompió en carcajadas.
—¡Vaya, Rose!— dijo el menor entre risas. —¡No volveré a sacarte a la calle vestida así!
Ella resopló. Claramente era la última vez que se ponía una de las minifaldas de Lily.
OooOooOooO
Lily Potter iba sola.
La chica carecía por completo de compañía, tal cual como la había encontrado el día anterior... Pero por algún motivo -ese que siempre le daba la razón- él todavía no creía en que ella hubiera podido escapar sola, y no dejaría la idea hasta que la pelirroja prometiera lo contrario.
Así que Scorpius no desesperó, porque lo principal que movía el plan estaba.
Nuevamente allí, al alcance de su mano, estaba Lily. Nuevamente se estaba subiendo a un taxi sin que él pudiera hacer algo por detener el automóvil. Solo que ya había aprendido del error, y ella nunca más lo volvería a joder.
—¡Suban!— ordenó, y la mayoría de su equipo -no todos, había que dejar refuerzos por el sector- obedeció al segundo, metiéndose dentro de los vehículos que entre Mark Goldstain y David Pucey habían conseguido.
Scorpius tenía que reconocer que si había algo que le encantaba de esa vida, era que conseguía cualquier cosa en cualquier momento. Incluso tres automóviles lo suficientemente amplios y discretos para llevar a cabo lo que tal vez se calificaría de secuestro. Pero no era secuestro si la persona en cuestión estaba legalmente muerta, ¿no?
Había puesto cuidado en dejar a Albus patrullando en las calles, y ya después se encargaría de informarle todo lo que ocurría, cuando la situación estuviera bajo su absoluto control y tuviera a la chica entre la espada y la pared. Además tampoco podía dejar de lado el hecho de que la mitad de su cuadrilla fueran Slytherin sedientos de venganza, y que justamente fuera la hija de Harry Potter la Gryffindor que había sobrevivido.
El taxi en el que viajaba la pelirroja iba sumamente rápido, casi quemando el asfalto, como si presintiera que estaba siendo perseguido y acechado. Y por la dirección en que iban, el rubio entendió que la chica quería escapar a Canadá.
—¿A dónde pretende ir?— preguntó Samantha, con molestia en la voz.
—¡No decía yo que no tenía cerebro!— exclamó Jessica, con cierto regocijo. —¿Sabes por lo menos que hacia el norte está la frontera, no?— la rubia abrió la boca para gritar de vuelta, pero fue otra voz la que se escuchó primero.
—Si no se callan de una jodida vez, se quedan fuera de esto— las amenazó Scorpius cortantemente, mientras les lanzaba una mirada de advertencia. Era increíble que esas dos mujeres lograran pelearse incluso cuando trabajaban en lo más importante que habían tenido en tres largos años.
—Sí, tías, parad de pelearos, que no sois crías. ¿Dónde queda el profesionalismo?— dijo Guillermo, quien iba al volante muy concentrado.
—¡Eh, no te metas Zalvidea!— reclamó Jessica. —Y vale, perdón, Malfoy— terminó por decir la castaña, quien para cortar con el asunto, desvió su mirada a la ventana.
Scorpius solo quería silencio.
El auto que perseguían dio una vuelta inesperada, y su vehículo propio tuvo que frenar repentinamente para poder seguirle el paso y la dirección al taxi, lo que llevó a la emisión de varios gruñidos. Estaban comenzando a salir por completo de Nueva York, y el límite con Canadá estaba a unos cuantos kilómetros.
La carretera poco a poco se fue haciendo de tierra e irregular, pero ninguno disminuyó la velocidad en ningún instante, aunque en más de una ocasión los automóviles tuvieron problemas con los baches del camino. La brisa invernal se colaba por la ventana que el rubio mantuvo abierta, y eso le daba más vertiginosidad a la persecución -que de un momento a otro dejó de ser disimulada-.
Y de súbito, cuando la carrera se había vuelto monótona, el taxi dio otro giro, esta vez a un camino a penas transitable debido a que se encontraba inmerso en un bosque de pinos blancos.
—¡Joder!— farfulló Guille, cuando empezaron a andar por el lugar. —¡Esto es imposible!
—No, no lo es— contradijo Scorpius, ya bastante enojado. —No los pierdas de vista.
—¡Jo! ¡Con lo sencillo que es!
Era tal la estrechura del sendero, que el blondo tuvo que cerrar la ventana, porque las ramas de los árboles rasmillaban sin piedad su brazo y mejilla. Después de esa peripecia, el dueño del vehículo estaría totalmente feliz preocupándose por los rayones.
—¡No se ven!— chilló Jessica, cuando -después de bajar la velocidad- la espesura del bosque ya no permitió ver nada.
—¡Los perdimos!
—Boot, cállate— soltó Scorpius. —No los hemos perdido aún. Zalvidea, acelera.
—¿Estás loco? No se puede, el carro...
—¡Acelera, maldita sea!— explotó él. —¡Me importa un carajo el auto!
Y entonces el más desagradable de los chirridos acompañó a las pequeñas convulsiones que sufrió el automóvil, que avanzaba con dificultad entre los pinos. La tensión era tan palpable, que el ambiente allí dentro pudo fácilmente cortarse con unas tijeras.
Los puños de Scorpius estaban fuertemente cerrados, y sus nudillos comenzaban a ponérseles blancos -más blancos- debido a la falta de circulación sanguínea. Ese era su gesto típico de nerviosismo.
¡Lily Potter no podía irse a ninguna parte! Era muy simple, ella no podía ganarle otra vez. No iba a ganarle. No iba a hacerlo, porque más que todo, él necesitaba saber qué había sucedido hacía cuatro años atrás con los Gryffindor, por qué ella no estaba muerta, cómo era que ellos no lo habían averiguado, y, sobre todo… si la otra pelirroja también estaba viva.
—¡Cuidado, Zalvidea!— bramó Samantha, cuando al dejar atrás una rama especialmente grande y poblada de hojas, ante ellos quedó la imagen demasiado cercana del taxi que perseguían.
Y chocaron contra él.
Las chicas se quejaron por lo bajo, aunque no hubo ningún daño humano. Guille estaba rígido en su puesto, apretando el manubrio con fuerza y mirando con espanto la parte delantera del auto, de la cual empezaba a surgir un humo negro.
Scorpius no perdió tiempo lamentándose. Salió rápidamente al exterior, entre maldiciones, y vio que detrás de ellos estaban estacionados los otros dos vehículos, donde venía el resto de su equipo, en fila. Los demás también estaban descendiendo.
El rubio acabó de una zancada su distancia con el taxi, solo para comprobar que estaba vacío. Con exasperación, les lanzó a sus acompañantes una mirada significativa.
—¡No pueden estar lejos!— gritó. —¡Busquen!
Todos corrieron.
Más de una docena de hombres y mujeres invadieron aquel pequeño bosque, yendo en cualquier dirección a ver si tenían suerte y encontraban a la chica Potter, que sinceramente, se estaba volviendo una molestia.
Detrás de él iban Raphaella, Ezequiel y Patrick Avery. Sus ojos grises y duros recorrieron cada centímetro cuadrado que tuvo a la vista, buscando algún indicio de rojo en ese mar verde. Pero aquello parecía inútil… no se veía nada…
—El bosque termina allí— murmuró la Parkinson -que iba a la altura del rubio- y estiró su brazo para mostrar como paulatinamente la cantidad de arboles disminuía, y daba paso a lo que parecía ser un terreno llano.
—Es donde está la frontera— aseveró Patrick. —Tal vez cruzó…
Aumentaron la velocidad enseguida, como si la última frase dicha hubiera sido una declaración de muerte. Sus pasos apresurados, el sonido de una que otra ramita caída rompiéndose, la respiración acelerada, el viento soplando furiosamente en sus oídos… definitivamente era lo más emocionante que habían vivido desde hacía mucho tiempo, y eso era mucho decir tomando en cuenta que diariamente vivían como fugitivos.
Llegaron hasta el final, y lo único que había a la vista, -además de una gran extensión de tierra- era una gasolinera, bastante pobre. Si no hubiera habido un hombre parado al lado de un auto antiguo, vestido con una especie de uniforme y manchado de grasa por todas partes, los cuatro hubieran pensado que esa estación estaba abandonada. Y es que su paisaje era lastimero.
—¡Oye, tú!— llamó Ezequiel.
El hombre -que no pasaba de los veinticinco-, era alto y tenía un aire latino. Los miró con aprensión y nerviosismo, como si hubiera estado escondiendo algo. Avanzó unos pocos pasos hasta los ex Slytherin, pero cuando vio la intrepidez y amenaza en los ojos de todos, comenzó a retroceder con rapidez, aunque ya era tarde.
Nott y Avery lo agarraron por ambos brazos, inmovilizándolo. Scorpius se plantó frente a él, emanando rabia pura.
—Sabes dónde está, ¿no?— siseó el blondo, poniendo su peor expresión facial.
—N-no sé… de qué me hablas— respondió entrecortadamente el sujeto.
—¿Y por qué estás tan nervioso entonces, cabrón?
El hombre se estremeció y sus ojos negros mostraron claramente miedo, era cosa de segundos antes de que se pusiera a cantar. Solo que no lo hizo. Calló y apretó sus labios, desafiantemente.
Scorpius perdió la paciencia, y en un arranque de impotencia, le propinó un puñetazo en el estómago, haciendo que el tipo se doblara en dos, todavía siendo apresado.
—¡Habla maldita sea!— vociferó.
—Si no lo haces, te irá peor— agregó Raphaella, quien observaba cruzada de brazos la escena a unos pocos metros.
—N-no…— masculló el aludido, respirando con dificultad y con la mirada medio perdida.
Entonces hizo lo peor que pudo haber hecho si estaba tratando de proteger a Lily Potter, porque si tienes al frente a cuatro chicos que crecieron en medio de la mafia inglesa exigiendo saber el paradero de alguien, no puedes, por ningún motivo, desviar tus ojos, que tienen marcados la culpa, a un lugar en específico. No puedes, porque ellos crecieron sabiendo toda clase de trucos sucios.
Scorpius lo miró solo un segundo, antes de girar a ver una mugrosa cabina, que perfectamente pudo haber sido un baño para clientes. Y sonrió.
—Nott… — empezó él.
—Ya los llamo, jefe— lo cortó el pelinegro. —Parkinson, dame una mano.
Pero el rubio ya no los escuchó, porque tenía toda su concentración en el camino, ese corto espacio que lo separaba de aquella cabina. Su andar no era lento, no era una película donde era en ese momento en que los espectadores estaban al borde de su asiento mirando con ansia. No, no. Era la vida real, y en ella se necesitaba actuar. Así que, lo más rápido que pudo se encontró así mismo frente a frente a una puerta azul muy sucia y desgastada, con una manilla casi rota.
Como supuso, estaba cerrada, así que no tuvo más alternativa que darle a la puerta una patada olímpica, de esas que de haber sido practicada en un humano, hubiera roto unas cuantas costillas.
Y entonces, en esa pequeña y hediente habitación, prácticamente podrida por dentro, agazapada contra la pared del frente y con los ojos vidriosos, estaba ella. Lily Potter.
OooOooOooO
Si Rose no había estallado por los nervios y no se había rendido a ese agujero que había comenzado a crecer en su pecho hasta ese momento, era porque sentía que tenía la obligación de permanecer de pie para Hugo.
Ambos estaban sentados y totalmente mudos en una plazoleta en Bronx. Hugo tenía la cabeza escondida entre sus manos, totalmente consternado, mientras que ella… ella tenía sus brazos apoyados en su regazo -ya no sabía dónde ponerlos- y su cara de póker habría asustado a cualquiera, además de que ya se había mordido tanto el labio, que un pequeño hilillo de sangre era visible en la comisura de éste.
Rose no paró de torturarse mentalmente desde que comprendió que Lily no iba a llegar. Tuvo esperanzas incluso pasadas las seis de la tarde, pero siendo ya casi medianoche, no cabía ninguna duda.
La habían atrapado.
Pesaba tanto en su consciencia no haberla cuidado más, no haber sabido protegerla como se prometió a sí misma… Se sentía fatal, no merecedora de haber sido una Gryffindor en su época. ¿Qué habrían dicho sus padres? ¿Y el tío Harry y la tía Ginny? ¿James y Albus? Seguramente la condenarían, porque había dejado ir a Lily directo a los leones, cuando en realidad ese era un trabajo para ella, que era la mayor.
Desde hacía un día que todo lo que ya era mierda se había elevado a nivel superior a eso…
Y más que en otro cualquier momento en su vida, más de lo que nunca había llegado a odiar a cualquiera de ellos, odió a Scorpius Malfoy.
—Rose…— susurró Hugo, en un momento incierto.
—Vamos a ir por ella— lo interrumpió la pelirroja. —La rescataremos de las manos de Malfoy y de todos esos hijos de puta.
—Pero… ¿y si nos reconocen?— a Rose, sin querer, se le escapó una risita sarcástica.
—Hugo, lo primero que harán con ella será interrogarla, y obviamente, si Lily quiere vivir, tendrá que decirles que nosotros no estamos muertos.
El chico asintió levemente, y luego, vaciló.
—Tenemos que averiguar dónde se esconden ellos aquí— terminó por decir.
—Lo haremos— Rose se puso de pie. —Y como nuestra única pista es que Lily estuvo en la frontera, en esa gasolinera, tendremos que ir allá.
Su hermano la observó con determinación, y después de volver a asentir -pero esta vez con más convicción- se levantó también, agarrando las maletas de su prima.
Y los dos Weasley emprendieron su nuevo camino, ese que los llevaría derecho y sin demora a su propia horca… pero, ¿qué más podían hacer? Ninguno de los dos estaba dispuesto a sufrir de nuevo el dolor de perder a un ser querido, porque entonces esa delgada hebra que los mantenía atados al mundo se cortaría. Porque a pesar de que la muerte los perseguía desde hacía años, todavía no estaban dispuestos a enfrentarla otra vez, dejando las heridas del pasado todavía frescas pidiendo a gritos explicaciones y venganza.
.
.
.
Desde aquí, comienza la violencia y bla, bla, blá. Espero de todo corazón que todavía no se entienda mucho lo que pasó para que todo este lote de ingleses llegara a Estados Unidos y tuvieran que vivir como viven. Así hay más misterio y puedo jugar un poco más en lo que sigue.
Esto todavía no se ve tan romántico, y en realidad fue más acción que otra cosa, pero pronto, pronto voy a llegar a eso, oh sí.
Más aclaraciones y enredos en el próximo capítulo.
Byee!
P.D: No tengo idea de cómo son las fronteras, así que no pidan mucho en esa parte.
