Aquella mañana el Palacio Élfico del rey Thranduil del Bosque Negro se había despertado con una agitación inusitada: los prisioneros, un perian y media docena de enanos, habían huido de las mazmorras durante el anochecer. Legolas fue despertado con prontitud para acudir a la llamada de su progenitor, que le encargó encontrar y capturar de nuevo a los prisioneros. Thranduil no era un mal padre, ni siquiera un mal elfo, pero con los años, en especial en las últimas fechas en las que las sombras se alargaban y la oscuridad parecía espesarse, se había vuelto mucho más duro y arisco. La situación política con los enanos, raza con la que desde antaño habían tenido sus diferencias, no ayudaba a mejorar su humor: a ningún elfo de aquellos parajes le agradaba saber que algún árbol de su dominio sufría daño alguno y la intrusión de miembros de aquella especie en sus tierras prácticamente vaticinaba eso mismo.

Por todo ello, el joven príncipe se puso en camino, a través de las bastas extensiones de fronda que su padre gobernaba con mano dura para encontrar a los fugados infelices. Pronto encontró las huellas de aquella gente descuidada: pasos torpes, de pisadas grandes pero distancias cortas que denotaban poca gracilidad para moverse y mucha prisa por avanzar, junto a unos toneles destrozados a la orilla del río. La dificultad que entraña aquella tarea era tan patética que casi se echó a reír: no sólo por progresar en su cometido, sino también por descubrir la manera en la que habían escapado. Pronto cruzó el arrollo y se puso a silbar mientras continuaba con sus almendrados ojos clavados en la tierra, dónde podía ver sin apenas esfuerzo marcas a medio borrar o ramas y hojas rotas.

El aroma de sus presas comenzaba a ser arrastrado por el viento hasta él, cuándo un coro de trinos de aves canoras acompañó a su nueva y más discreta melodía en el instante en que se encontró con la mayor de las sorpresas: nuevas huellas, mucho más sutiles y difíciles de rastrear. Aquellas eran completamente diferentes a las que venía persiguiendo: eran todo lo contrario, de hecho. Gráciles, pequeñas, pisadas largas y decididas, aunque definitivamente sutiles: cada paso de origen había sido dado para avanzar con rapidez y sigilo, asegurándose de que nadie podría hallar su rastro.

Pero el hijo del rey había tenido los mejores maestros, o eso creía él. Hacia el mediodía, las voces de los prisioneros que se habían escapado comenzaban a alcanzar sus finos oídos élficos y su atención se centró por completo en ellas, mientras meditaba la mejor manera de aproximarse a ellos sin ser descubierto y reducirlos a todos por sí mismo, pues su progenitor no había querido darle escolta a pesar de las negras nuevas que hablaban de horrores crecientes en aquellos parajes.


Así, pues, bajó la guardia y, cuándo pasaba cerca de una fuente, recibió el ataque: apenas percibió lo que se abalanzaba sobre él por el rabillo del ojo, ya estaba siendo golpeado y derribado de su montura, que se encabritó asustada y salió corriendo mientras su amo rodaba por el suelo, jadeando, en un revoltijo de telas verdes y marrones. La hojarasca se enredó en sus cabellos y la cabeza le dio vueltas antes de que pudiera recuperar el resuello y focalizar los ojos en la situación: sus manos golpearon el frío suelo del bosque y su cintura estaba atrapada entre dos poderosas rodillas. Dos fuertes manos sujetaban sus muñecas y un pálido pero mugriento rostro se encaraba al suyo, pegado a la roca con sus largos cabellos rizados de color miel cayendo sobre el lado derecho de su cabeza y rozándole la mejilla magullada, irritando así el corte que sangraba profusamente.

-Ai ce?! Man eneth cîn?! (¡¿Quién eres¡¿Cuál es tu nombre?!))- demandó, su agresor. Su aliento olía a frutas silvestres, pues sin duda constituía la principal fuente de alimento de que disponía por allí cualquier criatura errante, y su semblante, aunque cubierto de toda clase de cosas de la floresta, era sin duda hermoso: tal y como delataban sus orejas puntiagudas, la izquierda bien perforada con un aro de oro, por sus venas corría sangre de los Primeros Nacidos…Sus ojos verdes tenían cierto brillo salvaje y demente, pero el joven príncipe lo achacó al hecho de que se encontraba perdido: aunque ningún elfo se habría extraviado en aquellas extensiones, él no podía ser de sangre pura pues una incipiente barba, como solían lucir los hombres mortales, recorría ya su mentón y buena parte de sus finos pómulos lívidos.

El aludido entornó los ojos con ira, sintiéndose ultrajado pues, en todos sus años como primogénito de un soberano, nadie había osado tratarle de aquella manera, a excepción de algunos de sus maestros de esgrima por orden de su padre. A pesar de todo, decidió que lo mejor parecía ser contestar, puesto que notaba el frío de algún filo metálico en algún punto entre sus cuerpos y él no llevaba armas, además del arco; error que, por descontado, no volvería a cometer.

-Im Legolas (Soy Legolas)- jadeó. Pero pronto su juventud le delató, prendiendo en él la pira del orgullo y añadió- caun o edhil-en-morndaur (príncipe de los elfos del Bosque Negro).

Pero su comentario no obtuvo el efecto deseado: en lugar de amedrentarlo, el pendenciero se echó a reir a carcajadas sin aflojar su presa lo más mínimo.

-Galw! (¡Qué suerte!) Caun! (¡Un príncipe!) Ae nedin le hí, gohenathar aním! (¡Si te retengo, me perdonarán!)- volvió sus ojos al rostro de su cautivo y resopló, examinando sus facciones con las mandíbulas apretadas, gesto que sólo conseguía realzar su masculinidad- Si annatha nín i vaegovannem an degi vann i gaun o edhil! (¡Me darán la bienvenida por traer sano al príncipe de los elfos!)

Y, sin decir nada más, más feliz que si hubiera encontrado una cueva llena de oro, el semielfo lo ató de pies y manos y le incorporó con fuerza, dejándolo junto a un árbol cercano al manantial. También se cuidó de amordazarle para evitar que pudiera embrujarle o pedir ayuda a través de las criaturas del bosque, artes ambas en las que los moradores de aquellas tierras destacaban sobremanera.


Y así llegó la noche y Legolas se encontró cautivo, junto al árbol, luego de que su cazador le hubiera dejado por algunas horas. Finalmente había desistido del intento de liberarse de las cuerdas, sin duda obra de elfos, y se había quedado dormido al llegar a la conclusión de que nada sacaba con dejarse llevar por el temor. Además, algo en aquellos ojos verdes de su captor le producía…una especie de tranquilidad que no sabía definir: por norma general, era muy fácil para los elfos descubrir la maldad encubierta en el corazón de cualquier criatura…pero no parecía que aquel desdichado exiliado fuese perverso. Pues al fin, también, había dilucidado parte de su historia: no era difícil, pues los cantos de sus salones estaban llenos de historias similares, muchas de ellas pertenecientes a épocas remotas, muy anteriores a su nacimiento pero que, sin embargo, parecían muy cercanas. Las canciones hablaban de la bella Lúthien, que se había enamorado de Beren, un hombre mortal y, para probar su amor ante su padre y su pueblo, y ganar así su bendición, habían viajado a los mismos infiernos para recobrar una leyenda de antaño. Era una historia larga y triste, que sin embargo estaba entre sus favoritas…

Por ella dedujo que su secuestrador procedía de un turbio origen similar: pocos elfos o elfas se atrevían a declarar abiertamente su amor por algún mortal; sin embargo, existían. Ninguno declaraba lo que en sus corazones moraba por temor a sufrir los mismos tormentos que antaño tuvieran que sufrir los míticos amantes, pero eso no impedía que continuaran adelante…con resultados bastante catastróficos: los semielfos eran poco conocidos y, normalmente, poco valorados. Estaban a medio camino entre las dos razas y no pertenecían realmente a ninguna hasta que hacían su elección: por decisión de los Valar, los Poderes del Mundo, cada uno de ellos decidía si unir su destino al de los Hombres, o al de los Elfos. Más estaba claro que aquel infeliz no había elegido aún: le resultaba imposible decidir qué edad tendría, pero semejaba tener la misma que él y, no obstante, al ser exiliado por su aspecto y su falta de decisión, había ocasiones en las que parecía mucho más niño, como descubrió en días posteriores.

Se comportaba como un hombre, pero hablaba como un elfo, cantaba como un elfo, caminaba como un elfo…Le trataba con condescendencia y buena voluntad, permitiéndole que estirara las piernas, que viera la luz de las estrellas o que se bañara en pequeños arroyos que encontraban en su camino, si bien iban en dirección contraria a su propio hogar, hacia el lejano sur, y nunca hablaba nada fuera de los justo e imprescindible; ni siquiera aunque el joven príncipe intentara entablar conversación.

El odio que le había dominado en su primer encuentro fue rápidamente reemplazado por la pena en su más puro e inmaculado estado al oír sus lamentos cuándo la luna se alzaba y volvía a morir para dejar paso al sol: era un espíritu desgarrado cuyo lugar en aquel mundo ignoraba…y no sabía cómo encontrar. No pudo evitar comprender cómo se sentía, pues él mismo había pensado igual en más de una ocasión.


Bueno, este es mi primer intento de establecer un diálogo sindarin más o menos normal, dada la obvia dificultad...rogaría a quién de verdad tenga nociones del mismo que notifique errores o inexactitudes. Gracias a quién lo lea (menos a ciertos frikis que ya saben quiénes son.xDDD) B!