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Un zumbido intermitente y regular se abrió paso por la densa oscuridad donde se encontraba, penetrando en el silencio hasta romperlo completamente. Sin darse cuenta de lo que hacía, alargó una mano que parecía pesar una tonelada hacia el lugar de donde provenía el sonido; sus dedos, torpes, tocaron algo frío y duro. El sonido se apagó.
Rose Tyler abrió los ojos, despacio. Unos números luminosos, indefinidos, flotaban delante de ella. Su despertador.
Se levantó con un sobresalto, mirando a su alrededor, con el corazón golpeándole dolorosamente contra el pecho.
Las paredes de color rosa chicle, llenas de fotografías y postales. Las cortinas rosas. El edredón rosa. Su perro de peluche, el cual tenía desde que era niña, que se había caído encima de la ropa que había desperdigada por el suelo cubierto por una moqueta violeta.
Estaba en su habitación.
Todo acudió a su cabeza con rapidez, golpeándola como un relámpago. Estaba en la TARDIS con el Doctor, riendo juntos, y de repente todo se había puesto a temblar... Él la había cogido de la mano con fuerza, y aquella luz cegadora lo había cubierto todo…
Se frotó los ojos, que le quemaban ligeramente. Luego sonrió, enternecida: seguro que todo había salido bien, pero ella se había desmayado por alguna razón, y el Doctor la había traído hasta allí. Se había perdido toda la acción, pero al menos estaba a salvo.
Salió de la habitación, sin detenerse a arreglarse un poco delante del espejo (seguro que tenía una pinta horrible); ya habría tiempo para eso. No iba a ser la primera vez que el Doctor iba a verla recién levantada, con un pijama lleno de ositos y el caos donde solía tener el pelo.
Su madre estaba sentada a la mesa, removiendo con parsimonia una taza de té mientras leía una revista de cotilleos.
― Buenos días, dormilona ―dijo sin mirarla―. Casi no oyes el despertador hoy…
Le extrañó la tranquilidad de su madre (su reacción más normal cuando le ocurría algo durante sus viajes era dar gritos) pero no dijo nada; ya habría tiempo luego para explicaciones. Miró alrededor, bostezando y rascándose un brazo. No había ni rastro del Doctor.
― ¿Dónde está?
― ¿Quién, cariño? —preguntó su madre todavía sin mirarla, untando una tostada de mantequilla. Un mechón de pelo rubio intenso le cayó sobre la cara y lo apartó con aire ausente.
― El Doctor, mamá… ¿está en la TARDIS?
― ¿El Doctor? ¿Qué doctor?
Rose la miró, incrédula, con una sonrisa sarcástica dibujada en la cara. A su madre nunca le había caído precisamente bien (seguramente porque por su culpa se pasaba días, semanas y a veces meses sin aparecer por casa), pero nunca había necesitado fingir que no le conocía: su estilo era más cercano a darle un doloroso manotazo en el brazo cuando se dignaba a aparecer.
Jackie Tyler dio un leve sorbo al té, la taza cogida con ambas manos.
― Date prisa o llegarás tarde al trabajo, cariño.
Rose soltó un bufido que pretendía ser una risa.
― ¿Trabajo? ¿Qué trabajo?
Jackie Tyler puso los ojos en blanco.
― Menuda conversación más inteligente para la primera hora de la mañana…
― Mamá… ―meneó la cabeza; aquello era de locos― ¿No lo recuerdas? El edificio donde trabajo explotó… ―dijo con sarcasmo.
Jackie por fin se dignó a apartar la mirada de la tostada. Sus ojos azul intenso se abrieron como platos.
― ¿Qué? ― exclamó, levantándose de la silla― Pero, ¿cuándo fue eso? ¡Oh, Dios mío, ¿cómo fue, cuándo…?!
― ¿Cómo que cuándo fue? ¿Es que no lo recuerdas? Si querías pedir un seguro por daños psicológicos… ―Rose tragó saliva; una fría inquietud se estaba abriendo paso en su estómago― Mamá, me estás asustando. Déjalo ya, no tiene gracia.
La mirada de su madre le respondió sin necesidad de palabras: no estaba fingiendo, ni gastándole una broma.
― Vale, ya sé… ―dijo de repente, señalándola con el dedo; soltó una carcajada nerviosa― Esto debe ser una paradoja temporal, claro que sí, algo le ha pasado a la TARDIS… ¡Espera, espera…! Estuve un año fuera, el año pasado, el año que nunca ocurrió… ¿En qué año estamos? ¿Qué día es hoy?
Su madre la estaba mirando como si de repente le hubiera crecido un tercer ojo.
― Por eso estabas pidiendo un doctor… ― dijo, poniéndole la mano en la frente con expresión preocupada. Rose se zafó de ella.
― Estoy bien, mamá, no tengo fiebre… Sólo… creo que me estoy volviendo loca, o algo peor… Yo… estábamos en la TARDIS, nos estábamos riendo del emperador… y de repente esa luz… Tengo que preguntarle qué ocurrió. ¿Dónde está? ¿Doctor? ¡Doctor! ―llamó, deseando con todas sus fuerzas escuchar su reconfortante voz estallando en una carcajada.
Cuando puso rumbo al salón, su cara se reflejó un instante en el pequeño espejo que había en la pared. Rose sintió que el mundo se abría bajo sus pies.
Su pelo.
Su pelo era largo otra vez.
Rose lanzó un grito, retrocediendo hasta que tropezó y cayó al suelo.
― ¡Rose! ¿Estás bien?
La chica se había quedado sentada en el suelo, con la respiración agitada y el terror reflejado en su rostro, tocándose el pelo con las manos temblorosas. Tocando un peinado que no usaba desde hacía meses. Jackie se agachó a su lado, su expresión desconcertada convertida ahora en auténtica inquietud.
― Rose, hija… ¿qué te pasa?
Ella se apartó con brusquedad, ahogando un grito. La miró como si no la conociera.
― Tengo que encontrarle…
Se levantó, luchando para que las piernas la sostuvieran. Sin importarle, o quizá sin ni siquiera acordarse de que todavía llevaba el pijama, bajó las escaleras frenéticamente, casi saltándose algunos escalones; estuvo a punto de caerse más de una vez, pero no paró hasta que llegó a la calle. Sola en medio del patio, sin aliento, miró alrededor esperando vislumbrar algo que le resultara muy familiar, algo de un azul intenso con forma de cabina telefónica.
Pero no había ni rastro de la TARDIS, ni tampoco del Doctor.
Aquello era imposible. Simplemente imposible. Podían viajar en el tiempo, pero no de esa manera... el Doctor podía evitar que algunas cosas ocurrieran en un momento determinado, hacer que ocurrieran de otra manera, pero no podía cambiar la realidad para todos excepto para ella... ¿O sí?
La voz de su madre la arrancó de sus pensamientos.
― ¿Rose?
Cerró los ojos. La cabeza estaba empezando a dolerle horrores. Notó que su madre le ponía una mano en el hombro; la chica dio un leve sobresalto, pero no se movió del sitio.
― Cariño… ¿qué tal si llamas y dices que estás enferma, y que hoy no vas a trabajar?
Rose se limitó a asentir, pero su mente a varias millas de distancia. Las palabras que había pronunciado antes de que el mundo desapareciera…
Rose, pase lo que pase, no me olvides.
El Doctor la había dejado. Se había ido para siempre. Y no solo de su vida, sino aparentemente de la propia existencia.
