Canción recomendada: Levitation – Elane
Capítulo I
En el bosque
.
Estoy preparada para lo que el futuro me traiga
Hidden reality – Diabulus in Musica
.
El manto estrellado se extendía sobre ella, el silencio volvía a instaurarse lentamente y las aguas del Lago Negro recuperaban su habitual calma. Una lechuza ululó antes de emprender el vuelo y un murciélago aleteó con rapidez rumbo al Bosque Prohibido. El suave rumor de las hojas de los árboles servía de telón de fondo para los lejanos sonidos que producían las criaturas del bosque.
Amelia Adams permanecía recostada en la orilla del lago, recuperando el aliento y dejando que su ritmo cardíaco se normalizara. Cuando sintió que era momento de ponerse de pie, se incorporó con cuidado, sintiendo que la cabeza le daba vueltas y que el cuerpo le temblaba bajo la túnica empapada.
El recuerdo de lo que acababa de suceder regresaba a su mente una y otra vez, repitiendo la misma secuencia de hechos: ella a punto de caer, Tom soltándola y luego la vertiginosa sensación de estar precipitándose al vacío. Recordaba la fría e indiferente mirada de Tom al soltarla y lo maldijo mil veces. El odio que sentía le daba la determinación para seguir adelante y acabar con la amenaza que él representaba para el mundo mágico.
Tanteó su túnica en busca de su varita, pero luego recordó que Tom la había roto. Sin la posibilidad de convocar un hechizo que le permitiera secar sus ropas, Amelia se encaminó, tiritando levemente a causa del frío, en busca de algo que pudiera ayudarla.
Durante un efímero segundo quiso subir por la explanada hacia el castillo, pero siguió de largo por entre las primeras filas de árboles del bosque, tratando de no adentrarse demasiado al interior. Caminó hasta divisar la cabaña del guardabosque y rápidamente tomó una resolución. Llegó hasta allí y rodeó la cabaña buscando una ventana entreabierta y al empujar una, descubrió que aquella sería su vía de acceso. Empujó con más fuerza y esperó alerta. Del interior solo podían oírse los sordos ronquidos del guardabosque. Tras echar un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que estaba sola, se impulsó con los brazos con un poco de esfuerzo para sentarse en el alféizar y subió los pies, girando hasta quedar de frente al interior de la cabaña. Cuando se hubo asegurado que bajo la ventana no había nada con peligro de ser roto, se atrevió a bajar. Descubrió que había pisado un baúl, lo que le ayudó a bajar al suelo con más facilidad. Con la escasa iluminación que se colaba por las demás ventanas, la joven pudo darse cuenta de que la cabaña estaba conformada por una única habitación. Pasó la vista rápidamente por el lugar y decidió acercarse a una rústica cómoda dispuesta a un lado de un armario desvencijado. La túnica empapada dejaba un leve rastro de agua tras sus pasos y el único sonido eran los ronquidos del guardabosque. Cuando alcanzó el mueble, Amelia se apresuró en abrir los cajones, pero no halló lo que necesitaba. Al final encontró trozos de pergamino en blanco, un par de frascos de tinta y varias plumas pequeñas. Cogió lo necesario, abrió el frasco y rápidamente mojó la punta de la pluma en la tinta. Garabateó unas pocas líneas con las manos aún temblorosas y dejó los objetos que había utilizado en su sitio.
En ese momento se dio cuenta de que los ronquidos habían cesado. Con el corazón latiendo fuertemente y temerosa de ser descubierta, regresó hasta la ventana aferrando en la mano la nota que acababa de escribir. Subió al baúl y sin mirar atrás abandonó la cabaña. Se alejó lo más rápido que pudo hasta alcanzar una zona desde donde ya no se veía el lugar que acaba de dejar. Caminó por entre los árboles en busca de una lechuza que pudiera enviar su mensaje, pero no encontró ninguna. Escuchó el aleteo rápido de los murciélagos, pero ningún ulular resonó en la quietud nocturna.
—Necesito enviar esta nota —susurró para sí misma, con desesperación. De nada le habría servido escribirla si no encontraba la forma de hacerla llegar a su destinatario.
De repente, el graznido de un cuervo la sobresaltó. Miró hacia arriba, a las ramas de un árbol, y sus ojos se encontraron con la mirada orgullosa del ave. El cuervo la miró fijamente antes de volver a lanzar un graznido, claramente tratando de decirle algo. Y entonces Amelia lo comprendió.
Vacilante, levantó la mano que sostenía el pergamino enrollado y miró al ave. Consideraba que los cuervos no aceptarían que se les encomendaran ese tipo de tareas, pero para su sorpresa, éste levantó la pata tal y como haría una lechuza, esperando a que la joven le diera el mensaje. Amelia se lo acercó y el cuervo cerró la pata alrededor de la nota emprendiendo el vuelo enseguida.
Infinitamente agradecida, la joven observó al ave perderse en la oscuridad nocturna, rumbo al castillo. Ella, por su parte, se acomodó entre las raíces de un frondoso árbol cubierto por hiedra, oculta por las sombras, con la vista fija en la explanada y mirando a su alrededor de vez en cuando, vigilante.
-o-
El cuervo agitó las alas rápidamente en su trayecto hasta el castillo. Sobrevoló los terrenos y disminuyó la altura al acercarse a los invernaderos. Se posó en la suave hierba muy cerca de unas ventanas redondas que se encontraban a nivel del suelo y golpeó con el pico el cristal de una de ellas.
Isobel McKay, que tenía el sueño ligero, despertó ante el incesante golpeteo al vidrio. Comprendió que se trataba de una lechuza y por un momento se preocupó al ver la hora que era en el reloj de la pared, ¿por qué el ave no traía la carta a la hora del desayuno con las demás? Se levantó y se acercó a la ventana para abrirla, pero tras hacerlo se quedó mirando al exterior, sorprendida. Afuera no estaba una lechuza, sino un cuervo. Un cuervo con un pergamino en la pata. Éste soltó la nota sobre el césped y se marchó, desdoblando las alas con elegancia, elevándose velozmente, con el aire de satisfacción por una tarea bien hecha.
Extrañada por la situación, Isobel tomó el pergamino y lo desenrolló, dejando que la luz de la luna lo iluminara. El mensaje parecía haber sido escrito de manera apresurada, pues la letra era irregular y denotaba un pulso tembloroso. Frunció el ceño y se dispuso a leer con atención.
.
Isobel, soy Amelia. Sé que esto te parecerá sumamente extraño, pero necesito tu ayuda y no tengo a nadie más a quién recurrir. Por favor, ve a la Torre de Ravenclaw y coge mi baúl, lo preparé por la tarde. Deja en su lugar una réplica para no levantar sospechas y reúnete conmigo en las lindes del bosque, entre los invernaderos y la cabaña del guardabosque. Cuida que nadie te vea y por favor date prisa. Es un asunto de vida o muerte.
P.D. Destruye la carta en cuanto la leas.
.
Sin poder evitar desconfiar de la veracidad de la carta, Isobel pensó en la posibilidad de que aquello fuera una trampa y ni siquiera fuera Amelia quien le enviaba la nota. No conocía su letra y no podía estar segura. Por otro lado, nadie sabía que se habían vuelto amigas, de modo que parecía ser improbable que alguien quisiera utilizar esa información en su contra.
Después de debatir internamente sobre lo que debería hacer, se apresuró en vestirse preguntándose qué le habría sucedido a Amelia. Cogió la varita, destruyó la nota de la joven y se cubrió con su capa de invisibilidad para después abandonar la habitación. La capa no era auténtica. Decían que una verdadera capa era extremadamente difícil de conseguir y que además sería demasiado cara. La que poseía era una buena copia comprada en el Callejón Knockturn. No la veía nadie, pero no la protegía de posibles hechizos y con el tiempo se volvería opaca. Pero mientras tanto le servía muy bien.
Dejó atrás la Sala Común de Hufflepuff y llegó con rapidez al vestíbulo. Alerta ante cualquier posible movimiento miró a su alrededor y subió por la escalinata de mármol en el más absoluto silencio. Atravesó los pasillos y eligió el camino más corto que la llevaría a su destino con rapidez. Sus pasos resonaban ligeramente y a veces la madera de algunos escalones crujía bajo su peso, pero, para su suerte, no se encontró con nadie durante el trayecto.
-o-
Amelia tiritaba abrazándose a sí misma con la vista fija en la explanada, esperando la aparición de Isobel, pero los minutos transcurrían lentamente y no había rastro de la muchacha. Estaba empezando a preocuparse y a pensar que ella no vendría, que no había recibido su mensaje o que lo había ignorado.
Tratando de tranquilizarse, no pudo evitar que su mente regresara al pasado para rememorar la razón de su presencia en una época que no era la suya. El régimen de Voldemort le había obligado a rechazar su plaza en Hogwarts al ser hija de muggles y en cambio debía presentarse ante el Ministerio, en la recién creada Comisión para el Registro de los Nacidos Muggles. Al ignorar la noticia ocasionó que carroñeros se presentaran en su casa y asesinaran a su familia y se la llevaran a ella al Ministerio para un juicio. Pero, milagrosamente, ella y otros acusados fueron liberados y gracias a los señores Johnson, que también escaparon del Ministerio junto a ella, Amelia obtuvo un refugio donde esconderse. Y ahí fue donde conoció el secreto de los giratiempos y algunos datos importantes sobre Voldemort, despertando en su interior un deseo lo suficientemente poderoso como para robar un giratiempo especial del despacho de Marcus Johnson y marcharse al inicio de todo, en busca de venganza. Y aunque al principio, Tom Riddle, en su camino por convertirse en Lord Voldemort, no dejaba de mostrarse algo receloso ante ella, con el tiempo, Amelia logró ganarse su confianza —o algo parecido— y pudo estar tan cerca de él como para ir en pos de su horcrux y destruirlo, para luego envenenar al futuro mago tenebroso. Pero todo se había torcido. Resultó que él tenía más de un horcrux y Tom terminó recuperándose y enfrentándola, dejándola caer al Lago Negro.
Amelia cerró los ojos e inspiró profundamente. Había pasado casi un año desde que había empezado todo y sin embargo, parecía estar todo tan lejos de concluir. Entonces se preguntó si realmente tenía esperanza alguna de matar a la serpiente.
Se sobresaltó al escuchar un sonido repentino, cercano, y luego algo parecido a ligeros pasos. Alerta, se agazapó entre las raíces y contuvo la respiración. Observó a su alrededor con los ojos bien abiertos, esperando ver a Isobel para salir de su escondite. Una ramita caída crujió bajo el peso de un pie y unas hojas se movieron ante el roce de alguien que acababa de pasar. No había nadie y creyó con temor que podría ser Tom, buscándola. Quizás se había dado cuenta que seguía viva y ahora venía para terminar su trabajo. Y ella no tenía una varita para defenderse.
Los pasos resonaron muy cerca de ella y al final se detuvieron. Amelia no sabía qué pensar ni esperar. El sentido común le decía que no debía hacer nada hasta que el otro hiciera el primer movimiento.
—¿Amelia? —oyó un leve susurro. La joven no dijo nada, esperando—. Recibí tu nota.
Las últimas palabras fueron dichas en voz baja, pero fue suficiente para reconocer la voz de Isobel. Amelia se movió y vio aparecer frente a ella a su amiga, quitándose una capa de invisibilidad y colgándola en el antebrazo.
—Isobel —saludó con alivio. Se levantó apoyándose en las raíces y dio un paso hacia la recién llegada. Ésta la miró con preocupación.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó.
—Es una larga historia.
—Estás empapada —comentó mirándola de la cabeza a los pies— ¿Has estado nadando en el lago a estas horas?
—Algo así —respondió Amelia, ignorando la evidente ironía en las palabras de Isobel—. Mi varita está rota, no puedo arreglármelas sin ella.
—Es el colmo de los magos, ¿cierto? —soltó, de nuevo con aquel tono irónico— Somos unos inútiles sin la magia.
Amelia se encogió de hombros.
—La vida es ya de por sí complicada. La magia facilita las cosas.
—Desde luego —afirmó Isobel. Acto seguido sacó la varita y la apuntó hacia Amelia. Hizo una pequeña floritura en el aire seguida por las palabras necesarias y esperó.
En seguida la túnica volvió a estar limpia y seca. Amelia suspiró aliviada sintiendo que dejaba de tiritar.
—Mucho mejor, gracias.
—Pero estoy segura que no me hiciste venir hasta aquí solo para esto —indicó Isobel—Por cierto, aquí está lo que me pediste.
Isobel volvió a mover la varita y a su lado apareció un baúl.
—¿Tuviste problemas para recogerlo o para entrar a la Sala Común? —quiso saber Amelia.
—No, la pregunta del águila no fue muy difícil de responder, aunque me dejó pensando unos minutos —le contó rápidamente y luego señaló la capa que colgaba de su brazo—. Y en todo momento fui muy discreta. Me las arreglé para pasar desapercibida.
—¿Es una capa auténtica? —preguntó con interés.
—Para nada, es una copia muy buena. La conseguí en el Callejón Knockturn, fue difícil dar con ella.
Amelia pensó que al llegar a Londres sería una buena idea hacerse con una de esas capas, pues podría serle de mucha utilidad en un futuro, pero luego pensó en que quizás estaba fuera de sus posibilidades y que mejor debería seguir usando y perfeccionando el encantamiento desilusionador como hasta ese momento.
—También hice lo que me dijiste —continuó Isobel— Dejé una réplica del baúl. Como el hechizo tiene sus limitaciones tuve que coger un libro distinto de los demás baúles y un par de túnicas para llenar el baúl falso. Me pareció que no debería estar vacío por si a alguien se le ocurre mirar. Y he borrado los nombres de los auténticos propietarios.
—Hiciste bien —comentó Amelia con una ligera sonrisa—. Eso puede ayudar bastante.
Se acercó al baúl y se quedó mirándolo sin verlo realmente, mientras pensaba en su siguiente paso.
—¿Por qué no esperas hasta mañana para irte en el tren como todos? —inquirió Isobel, extrañada.
—No tengo otra opción. Debo marcharme ahora —expresó Amelia levantando la mirada hacia su amiga.
—¿Por qué no me cuentas lo que te ha pasado? —sugirió— Conoces uno de mis oscuros secretos y sabes que puedes confiar en mí.
Amelia ya había pensado en lo que le diría en cuando apareciera para ayudarla. No tenía más alternativa que contarle una verdad a medias. Algo que dicho en voz alta sin saber nada más podría sonar a locura.
—Tom Riddle trató de asesinarme lanzándome del acantilado —confesó rápidamente.
Isobel la miró sin pestañear, como si debatiera internamente entre si creerle o no.
—¿Hablas en serio? —preguntó con cautela, probablemente pensando que Amelia había perdido el juicio— ¿Por qué él haría algo así?
—Por supuesto que hablo en serio. Conozco sus secretos y represento una amenaza. Él cree que no sobreviví y quiero que siga así.
El silencio las envolvió por unos segundos en los que Amelia aguantó la escrutadora mirada de Isobel. Al final ésta respiró profundamente y miró hacia arriba, a las copas de los árboles.
—Vamos a ver —dijo lentamente, volviendo a mirarla con preocupación—. Esto es algo muy grave y si es cierto deberías denunciarlo al Ministerio y contarles todo lo que ha pasado.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo?
—No es eso —negó con la cabeza—. Es que si lo hago me arriesgo a que me encierren a mí también. Hay muchas cosas que no tienen una explicación lógica por mi parte.
—Tú tampoco has seguido las reglas, ¿verdad? —intuyó Isobel.
Amelia no dijo nada, pero su amiga asintió.
—Esto cambia las cosas. No voy a decirte cómo actuar, pero sí puedo ayudarte con lo que necesites —manifestó, pero luego esbozó una sonrisa maliciosa— Aunque creo que deberías atormentarlo con tu fantasma hasta acabar con él. Se lo merece.
Amelia correspondió a la sonrisa, pero luego la borró, imprimiendo a su rostro un matiz de preocupación.
—Riddle usó Legeremancia conmigo y sabe que fuiste tú quien atacó a Avery —le contó—. Debes estar alerta con él y con los que siempre andan a su alrededor, todos son un peligro.
—Descuida, estaré bien —habló con serenidad—. La que me preocupa eres tú. ¿Qué harás a partir de ahora?
—Por lo pronto solo quiero llegar a Hogsmeade.
—Conozco un túnel secreto que va desde el bosque hasta las afueras del pueblo —explicó—. Se utilizó antiguamente durante la rebelión duendil de 1612 en Hogsmeade.
—¿Podrías llevarme ahí? —pidió Amelia, deseosa de llegar cuanto antes al pueblo.
Isobel asintió y se pusieron en marcha. Con un movimiento de varita el baúl las siguió flotando a pocos centímetros del suelo. Caminaron paralelamente a la primera línea de árboles para mantenerse escondidas, pero en un momento dado Isobel miró hacia el castillo y luego al interior del bosque.
—Debemos girar aquí —habló antes de doblar a la izquierda hacia la oscuridad del bosque—. Tendré la varita preparada. Nunca se sabe lo que se puede encontrar en este lugar.
Amelia, por un instante, quiso llevar la mano al bolsillo de su túnica en busca de su propia varita, pero recordó repentinamente que ya no tenía una. En cierta medida se sentía vulnerable sin ella. Alerta, miró a su alrededor. Isobel, quien parecía estar muy tranquila, comentó de repente:
—Has escogido una mala noche para fugarte —luego señaló hacia arriba. Los árboles tapaban toda la visibilidad del cielo—. Hoy hay luna llena.
—¿Son ciertos los rumores de que aquí habitan hombres-lobo? —quiso saber, tratando de que no se le notara el nerviosismo.
—Se dice que sí. Nadie los ha visto, por supuesto, pero a veces se han escuchado aullidos en luna llena —le contó, girándose levemente hacia ella—. Yo los escuché una vez, hace mucho, pero no tengo la certeza de que fuera un lobo o un hombre-lobo.
Después de aquella pequeña conversación, caminaron un buen trecho en silencio, internándose cada vez más en el bosque, donde los árboles crecían más juntos. La niebla recorría el lugar, disminuyendo la visibilidad que las jóvenes tenían de su alrededor. A cada paso que daban, se encontraban con las nudosas raíces que sobresalían de la tierra y entorpecían la caminata. De repente, Isobel aminoró la marcha y frunció el ceño mirando a la izquierda y luego a la derecha.
—¿Sucede algo? —preguntó Amelia, alerta, creyendo que su amiga había notado algo raro.
—No, nada —negó en voz baja, volviendo a caminar más rápido—. Es solo que un día vi algo extraño en este lugar.
—¿El qué? —quiso saber.
Isobel no respondió al instante, parecía dudar entre si hablar o no. Al final decidió responder a la pregunta.
—Fue el día de la visita a Hogsmeade —empezó a contarle. Amelia la escuchó atentamente—. Como iba ser nuestra última visita quise ir por el túnel. Me adentré en el bosque tratando de no ser vista, antes de que los demás empezaran a aparecer para subir a los carruajes —detuvo su relato por un momento para mirar hacia los lados—. Entonces me encontré con Avery y Malfoy.
Amelia contuvo la respiración tratando de no perderse ni una palabra.
—Al principio ellos no me vieron —continuó—, parecían discutir en voz baja. Avery tenía algo en las manos, como una pequeña caja negra, y Malfoy negaba con la cabeza como si le reprochara algo. Entonces hizo un agujero en el suelo con la varita, le arrebató el objeto a Avery y lo escondió en el hoyo que había cavado. En ese momento Avery me vio y sacó su varita, al mismo tiempo le dijo algo a Malfoy quien se agachó para coger de nuevo la cajita. Yo corrí con todas mis fuerzas alejándome de los hechizos que me lanzaba. Contraataqué, lo distraje por unos segundos, los suficientes para salir del bosque sin que me estuviera pisando los talones. Llegué hasta los lindes y vi que los primeros carruajes estaban llenándose y seguí corriendo hasta ellos. Me subí a uno que estaba a punto de partir y recién ahí respiré aliviada.
—¿Qué pasó después? —inquirió Amelia en voz baja.
—Al llegar a Hogsmeade traté de perderme de vista, pero los vi a lo lejos, por la calle principal. Me fui hacia unas callejuelas para dar un rodeo y evitar que me vieran, pero Avery me encontró y me acorraló. Me preguntó lo que había visto y me amenazó. Se comportó como una bestia —recordó con el rencor impregnado en su voz. Luego susurró—: Jamás lo había visto así.
Por su tono de voz, Amelia intuyó que había una historia anterior entre Isobel y Avery, quiso preguntar algo al respecto, pero su amiga siguió hablando.
—Le dije que no había visto nada y que no había entendido lo que sucedía realmente. Por supuesto que no me creyó, pero en ese momento apareció un chico de Gryffindor y vio la escena. Le gritó desde lejos que me soltara y se acercó corriendo. Avery le dijo que no se metiera en lo que no le importaba y se marchó. El chico insistió en acompañarme hasta Hogwarts y luego supe que habló con Dippet sobre lo sucedido, por eso el director nos llamó por separado a Avery y a mí —giró la cabeza para mirar a Amelia y sonrió—. Y al salir del despacho nos vimos, ¿recuerdas?
Amelia asintió con una pequeña sonrisa, entonces Isobel esbozó una sonrisa maliciosa.
—Después de aquello me ayudaste con mi venganza y ahora voy a ayudarte con la tuya.
Siguieron caminando en silencio un buen trecho mientras Amelia pensaba en lo que le había contado Isobel. Avery y Malfoy tenían planeado enterrar una cajita en el Bosque Prohibido, pero la presencia de la joven los había disuadido, por lo que era muy poco probable que al final volvieran a tratar de esconder el objeto en el bosque. Seguramente buscaron otro sitio más alejado. En cuanto al objeto, Amelia tenía la certeza de saber lo que era. Tenía que ser el anillo de Tom, su nuevo horcrux. ¿En verdad él confiaría algo tan valioso a Malfoy y Avery para que lo escondieran? ¿Por qué no se había hecho cargo él mismo? Aunque también estaba la posibilidad de que la cajita no contuviera el anillo y fuera simplemente un asunto de los dos jóvenes.
No lo dijo, pero a Amelia le habría gustado que ellos no hubiesen reparado en la presencia de Isobel y terminasen enterrando la cajita en aquel punto del bosque, así ella podría saber de qué se trataba. Si realmente era el anillo —y estaba casi segura de que lo era—, lo más probable era que, en vista de las circunstancias y de que Tom ahora sabía que ella iba tras aquel objeto, el joven se lo llevaría consigo a donde quiera que fuera.
Luego de unos minutos de caminata el terreno empezó a descender ligeramente, las jóvenes bajaron entre la hojarasca hacia una hondonada donde las gruesas raíces de los árboles más viejos sobresalían del terreno y formaban arcos irregulares. Los huecos que quedaban debajo podrían servir fácilmente como escondite. Amelia siguió a su amiga hasta un hueco pequeño, por el que podría pasar una persona si se inclinara lo suficiente.
—Bien— suspiró Isobel señalando el agujero—, es aquí.
—¿Debo arrastrarme hasta Hogsmeade? —preguntó Amelia con duda y una ligera ironía. Isobel sonrió.
—Debes andar lo más agachada posible durante un corto tramo, pero el túnel se agranda enseguida —le explicó—. Notarás que se empieza a estrechar de nuevo a medida que asciendes y saldrás a las afueras del pueblo hacia una pequeña gruta en la ladera de la montaña.
Amelia asintió y miró con cierta preocupación a la entrada del túnel.
—Estarás bien— le susurró Isobel de manera tranquilizadora—. He pasado por ahí varias veces.
—De acuerdo —asintió preparándose para partir.
—¿Quieres que siga a Riddle? —propuso Isobel— Puedo informarte de sus movimientos.
Amelia sopesó la oferta por un momento.
—Solo cuéntame lo que hace hasta llegar a King's Cross. Seguirlo más allá puede ser peligroso, podría verte. No quiero ponerte en peligro —al ver que Isobel se disponía a protestar decidió agregar—: Me sirves más viva que muerta.
Tal y como imaginó, su amiga sonrió levemente y asintió.
—Entonces márchate ya —le apresuró—. Te espera un largo camino hasta Hogsmeade.
Ambas jóvenes cogieron el baúl, que ya reposaba en el suelo junto a ellas después de seguirlas flotando por el bosque, y lo acercaron hasta las raíces del árbol, empujaron a través de ellas hasta que el objeto desapareció de la vista produciendo un sonido sordo mientras se deslizaba hacia abajo por el túnel. Isobel apuntó la varita a la oscuridad del pasadizo, murmuró un hechizo y una bola de luz se desprendió de la punta y se internó entre las raíces detrás del baúl.
—Así evitaremos que te tropieces ahí abajo —bromeó la joven—. Su efecto no durará mucho, pero de algo te servirá.
—Gracias — dijo simplemente, pero fue suficiente para su amiga, quien le sonrió con aprecio.
—Cuídate.
Amelia se enfrentó a las raíces y respiró profundamente. Se volteó una vez más hacia Isobel y le sonrió son sincero agradecimiento mientras asentía a modo de despedida. Luego se inclinó y caminó lentamente a través de las gruesas raíces del árbol. Bajó con cuidado por un terreno descendente, apoyándose con las manos en las rugosas paredes. Durante unos segundos la oscuridad fue absoluta, ocasionando que los pasos de la joven fueran cortos e indecisos, pero al final empezó a notar cierta claridad frente a ella. Dejó de caminar tan inclinada al llegar hasta un terreno más recto, fue ahí donde encontró suspendida en el aire la luz que había conjurado Isobel y justo debajo la esperaba su baúl.
El túnel era lo suficientemente ancho y alto como para poder andar de forma erguida sin tener la sensación de claustrofobia. Dentro había un fuerte olor a humedad y el silencio que reinaba en el lugar era un tanto inquietante. Amelia decidió seguir con rapidez, de modo que cogió su baúl por un extremo y empezó a arrastrarlo a medida que avanzaba. Para su sorpresa, la luz flotó delante de ella iluminando el camino que tenía que seguir.
A medida que los minutos pasaban, Amelia empezaba a idear posibles planes futuros, algunos de ellos demasiado imposibles y otros absurdos. Solo tenía una cosa clara: debía encontrar el anillo y destruirlo. Solo que esta vez dejaría una copia del objeto para engañar a Tom. Esperaba que fuera suficiente.
Lo que debía hacer en ese momento era pensar en lo que haría a continuación. ¿Quedarse en Hogsmeade o buscar una forma de llegar al Caldero Chorreante esa misma noche? Estaba cansada y solo quería dormir; necesitaba un refugio para pasar la noche. Decidió que a la mañana siguiente partiría a Londres. ¿Cómo llegaría ahí? Estaba claro que no iba a irse en el Expreso de Hogwarts y sin su varita no podría desaparecerse. Solo le quedaba conseguir una escoba o ir por la Red Flu. No le apetecía volar y por eso consideró la posibilidad de colarse en alguna vivienda para tratar de utilizar la chimenea, pero luego recordó que en las dos tabernas del pueblo podría haber una chimenea conectada a la Red Flu.
Cuando a Amelia le pareció que llevaba demasiado tiempo caminando, la fuente de luz empezó a debilitarse, por lo que la joven apretó el paso. Entonces notó que el túnel volvía a estrecharse y que empezaba a subir por un terreno más empinado. Se inclinó al notar que las paredes parecían cernirse sobre ella y al cabo de unos segundos la luz se extinguió dejándola sumida en la más absoluta oscuridad. Se detuvo por un corto instante con una sensación opresiva en el pecho, pero se obligó a seguir caminando, esta vez más rápido.
Arrastrando consigo el baúl se esforzó por alcanzar la salida del túnel pero éste no parecía estar cerca. Sin embargo empezó a notar que el olor a humedad se iba haciendo cada vez más tenue y sabiendo lo que eso significaba, se permitió sonreír con cierto alivio. Dando los últimos pasos por la empinada pendiente se dio cuenta que había más claridad a su alrededor y en menos de cinco segundos alcanzó la gruta de la que le había hablado Isobel. Ésta era pequeña y asfixiante, se apresuró en abandonarla y al final pudo enderezarse libremente.
Frente a ella se extendía un terreno ligeramente descendente cubierto de árboles. Entre ellos podía observar las siluetas de los primeros edificios de Hogsmeade. Se giró para ver por dónde había salido, pero ahí no había ninguna entrada visible para acceder a la gruta. Evidentemente, se necesitaba de un hechizo para verla. Volvió a mirar al horizonte, se cubrió la cabeza con la capucha, cogió su baúl y lo arrastró en su caminata por entre los árboles. La luz de la luna iluminaba tenuemente la zona, dificultando un poco que se guiara por el pueblo. No reconoció las primeras viviendas pero al avanzar por una estrecha callejuela divisó a lo lejos el letrero de Dervish y Banges, la tienda de instrumentos mágicos. Sabía que el establecimiento se hallaba al final de la calle principal, por lo que al llegar hasta ahí giró y siguió caminando. Pasó por Zonko y la Oficina de Correos y divisó Las Tres Escobas a lo lejos. Con paso rápido caminó hasta el lugar pero su decepción fue grande al ver que el establecimiento estaba cerrado. Ni siquiera había luces encendidas en el piso superior que le indicara que quizás la tabernera seguía despierta.
Amelia no se atrevió a tocar la puerta del bar para no despertar a todo el mundo y correr el riesgo de ser descubierta por el pueblo entero, de modo que siguió caminando por la calle principal y viró a la izquierda en la primera esquina. Recordaba vagamente que la otra taberna del pueblo se encontraba en la calle paralela, de modo que continuó su recorrido por el camino de piedras.
Hogsmeade de noche tenía un aire diferente, más místico y misterioso. El silencio solo era roto por el sonido de sus pasos y el arrastrar de su baúl. Esperaba que nadie la escuchara y mirara por la ventana para averiguar quién deambulaba de madrugada cual alma en pena.
Reconoció la oscilante forma del letrero de madera del Cabeza de Puerco y se dirigió hasta allí. Nunca había estado dentro, pero había pasado cerca del local numerosas veces. Sobre el suelo podía ver débiles haces de luz provenientes del interior, de modo que se acercó a la ventana para observar su interior. Sin embargo, no logró ver mucho debido a la gran cantidad de suciedad acumulada en los cristales. Por un momento quiso dar media vuelta y volver a la calle principal para llegar a Las Tres Escobas, dispuesta a tocar la puerta hasta que la escucharan. Un segundo después rechazó la idea y se encaminó hacia la entrada de la taberna que parecía ser todo lo contrario al principal bar de Hogsmeade.
Ya dentro, la joven observó el interior con atención. La taberna era un lugar pequeño y sucio iluminado por unas cuantas velas mortecinas dándole un aspecto lúgubre. Un fuerte olor a cabras inundó las fosas nasales de Amelia quien frunció el ceño y se preguntó si no se había equivocado de sitio.
—Está cerrado —gruñó alguien.
Amelia miró hacia la barra y reparó en el tabernero, quien tenía un aspecto huraño. Le pareció haberlo visto antes pero no se paró a pensar en ello. El mago limpiaba con desgana un vaso, pero al verla dejó la tarea y entrecerró los ojos con sospecha.
—¿Qué haces aquí, niña? —volvió a gruñir—Si te has escapado de Hogwarts más vale que regreses ahí.
—No me he escapado de ningún lugar y no soy una niña —respondió escuetamente—. Solo estoy buscando una chimenea conectada a la Red Flu.
—No puedo ayudarte con eso —replicó volviendo a centrarse en el vaso que limpiaba— Desconecté la chimenea hace tiempo y aún no he solicitado al Ministerio que vuelvan a conectarla.
—Entonces, ¿dónde puedo encontrar una? —preguntó sin moverse.
El mago resopló con disgusto y la miró antes de contestar.
—Hay una en Las Tres Escobas, pero tendrás que esperar a que abra por la mañana, dudo mucho que a la dueña le haga gracia que la molesten a estas horas.
—De acuerdo, gracias.
Miró de nuevo a su alrededor, a la taberna y reparó en las escaleras detrás de la barra.
—¿Alquila habitaciones? —quiso saber— Necesito un lugar donde pasar la noche.
—Aquí no hay sitio, jovencita —refunfuñó él, dejando el trapo a un lado y guardando el vaso.
—Bien, dormiré en la calle —soltó Amelia malhumorada antes de dar media vuelta y coger su baúl.
Oyó resoplar al mago con fastidio antes de volver a hablar.
—¿Acabas de cometer un crimen?
Ella se giró para verlo, extrañada.
—No.
El tabernero frunció el ceño y suspiró con cansancio.
—Bien, te daré una habitación —dijo—. Sígueme.
Amelia, algo sorprendida, cogió su baúl y lo arrastró escaleras arriba detrás del mago. En el piso superior atravesaron un corto pasillo hasta llegar a una puerta que chirrió al ser abierta. Dentro había una pequeña habitación de techos abuhardillados y olor a polvo. Tenía una cama, una mesita de noche y un armario simple. Amelia entró, dejó su baúl a los pies de la cama y se giró para ver al hombre, pero éste ya se había marchado.
Observó de nuevo la que sería su habitación por esa noche. Se acercó a la ventana y miró a través de los sucios cristales hacia el exterior. Amelia divisó a los lejos la silueta del castillo, suspiró con cierta nostalgia, quizás creyendo que sería la última vez que lo vería. Bajó la mirada y echó un vistazo indiferente a la gruesa capa de polvo que se extendía sobre la mesita de noche, antes de dirigirse hacia su baúl. Lo abrió y rebuscó entre sus cosas hasta hallar el saquito de galeones que tenía. Lo guardó en el bolsillo de la túnica y cerró el baúl.
Dejó la habitación y se encaminó por el pasillo a la planta inferior. Cuando bajó vio al tabernero guardando los últimos vasos.
—¿Cuánto me costará la habitación? —le preguntó al llegar hasta la barra.
—Siete sickles —le respondió sin mirarla.
Amelia rodeó la barra y sacó del bolsillo el saquito de galeones, disponiéndose a contar su contenido. No tenía mucho y pronto tendría que preocuparse de conseguir más dinero. Contó los siete sickles y los dejó sobre la madera de la barra, guardando el resto de vuelta al monedero. Iba a marcharse, pero el tabernero dejó frente a ella un plato con un pan y un vaso de jugo de calabaza.
—No tengo nada más —se disculpó.
—Está bien, muchas gracias —agradeció Amelia antes de tomar un sorbo de jugo.
El silencio reinó en la sala durante unos minutos, solo roto por los sonidos que producía el vaso al chocar contra la madera y el tintineo de cristales ocasionado por las copas que acomodaba el tabernero en un armario desvencijado. Cuando Amelia llevaba bebida la mitad del jugo, el mago decidió hablar sin dejar su tarea:
—Si no te has fugado de Hogwarts y no has cometido un crimen, ¿qué haces aquí a estas horas?
Amelia se tensó sin saber qué decir. Decidió seguir comiendo ignorando la pregunta. El tabernero se encogió de hombros.
—Tus razones tendrás para no querer responder.
La joven bajó la mirada y pensó que su silencio podría dar lugar a ciertas sospechas que no le convenía dejar. Resolvió responder con una pequeña mentira.
—He discutido con alguien.
El tabernero levantó la vista brevemente, elevando las cejas. En aquel momento, Amelia pensó en que él se parecía bastante a Dumbledore. Probablemente fuera por aquel gesto y por la larga barba que lucía el mago.
—¿Y por eso te marchas? —quiso saber. La joven asintió— ¿No es algo exagerado?
—Ya no hay solución —expresó.
—La ira no es buena consejera —comentó el mago—. No te guíes por ella.
—Lo tendré en cuenta.
No hablaron más durante los siguientes minutos. Amelia terminó de beber el jugo y sacó del bolsillo su saquito de galeones. Iba a preguntar lo que debía por la comida, pero el tabernero se apresuró en decirle que ésta estaba incluida en el precio. La joven le dio las gracias y se marchó por los crujientes escalones de madera hacia el segundo piso. Una vez en su habitación preparó su cama y trató de hacer más mullida su almohada sacudiéndola con fuerza.
Cinco minutos más tarde, Amelia por fin se recostó en la cama. Nada más apoyar la cabeza en la almohada, sus ojos se cerraron y suspiró con alivio. Oyó pasos lejanos sobre la madera crujiente y luego el chirriar de una puerta hasta cerrarse con un sonoro portazo. Luego, solo hubo silencio.
Se cubrió hasta el cuello con las mantas y se puso de lado. Había sido un día largo, lleno de sucesos increíbles y, en cierta forma, aterradores. Debía planear muy bien lo que haría de ahora en adelante, un solo paso en falso podría desencadenar una catástrofe. Sin embargo, ya se ocuparía de pensar en sus nuevos planes al día siguiente; en aquel momento, solo quería sumirse en aquel profundo sueño que tanto necesitaba.
