La gente va a comprarte sólo para charlar

[Ginkagu Fem!]

Parte dos.

.

.

.

Kagura estaba lista desde hace casi dos horas. Pero para su mejor amiga no, faltaba algo: maquillaje. Y no podía ser cualquiera, no señor, no por nada era la hija de un gran empresario, y como tal, tenía a su alcance sus maquilladoras personales.

—¿Soyo, estás segura de esto? No hay tiempo y tu hermano quería que llegaras temprano —comentó Nobume. Y Kagura agradecía su sabiduría en estos momentos, porque era la que le ponía el freno a Soyo cuando nadie más podía hacerlo.

—Es lo que digo —se sumó Kagura—. Soyo, por favor —rogó—, no necesito esto.

—Claro que sí —afirmó ella—, hoy va a estar Souko ¿no quieres impresionarla?

Ella sólo pudo guardar silencio ¿cómo decirle a su mejor amiga que se había olvidado de ella por una chica que acababa de conocer? ¡Y además en una tienda!

—¿Algo que estés ocultando? —preguntó, dejando de lado a la mujer que estaba maquillándola para mirarla.

—¿Por qué habría de hacerlo? —replicó. Esperaba que no empezara con las preguntas o terminaría revelándole todo, hasta ese lunar que pudo ver en la clavícula de Ginko.

—Tu vestido es muy lindo, por cierto .—Nobume, su salvadora, prometía comprarle una tienda de donas completa por ayudarla.

—Es cierto, es muy lindo, pero vamos ¿me estás ocultando algo? Y tú, Nobume, no la ayudes.

La chica sólo asintió a la orden. Existían esas veces en la que la joven parecía un perrito que obedecía cada pedido de su dueño, en este caso, Soyo. Pero conociendo a las dos chicas Kagura prefería no pensar en esas cosas, por su propio bienestar mental.

—No... bueno, quizás.

Kagura supo lo que venía en cuanto su amiga pidió a las mujeres que las maquillaban que se fueran. Una sesión inevitable de preguntas.

—¿Encontraste a alguien nuevo? ¿Souko pasó de moda? ¿Es una chica? ¿Es linda? ¿Cuál es su nombre?

—Por favor, Soyo —interfirió la peliazul.

¿Qué debía decirle? "Conocí a una chica hoy, me recibió en la tienda donde compré este vestido y no dejó de coquetearme. Ah, y me pidió mi número". Claro que sí, y Soyo no la dejaría en paz por no haberle dicho nada antes.

—Sí es una chica —dijo—, se llama Ginko.

—¿Y? ¿Vas a verla? ¿La invitaste a la fiesta? ¿Dónde la conociste?

Joder que si Soyo no se callaba era capaz de golpearla, aunque sea su mejor amiga. Y es que, a pesar de tener que ir temprano a la fiesta, no pudieron irse hasta que no contara todo, absolutamente todo. Y tuvo que hacerlo.

—Pues sí, le gustas —confirmó.

—Pero la conocí hoy...

—¡Lo tengo! —festejó—. A la fiesta van a asistir comerciantes, mi hermano me lo dijo, que papá quería socializar para crear lazos y tener más conexión.

—¿Entonces? —preguntó Nobume, y parecía curiosa. Kagura no la había visto así exceptuando cuando el tema giraba en torno a Soyo.

Iba a verla, eso es lo que significaba. Kagura estaba que se prendía fuego y se tiraba del último piso del edificio más grande de Japón. No podía creerlo. ¿Qué haría? ¿Cómo podía hablarle ahora? ¿Y si ella simplemente quería asegurarse un cliente y no sentía nada por ella?

—¿Ves? Ahora hay que seguir alistándose —insistió su mejor amiga. Kagura y Nobume sólo suspiraron, ese era el lado malo de consentirla tanto y ya se lo habían dicho a su hermano.

...

Kagura no esperaba que la fiesta fuera de ese tipo, con luces aquí y allá y esa música retumbando en sus oídos. La gente pegada como sardinas enlatadas y el olor a sudor de algunos, que dejaba ver que habían llegado a la fiesta bastante tarde. Quería irse y al mismo tiempo verla. Era tan estúpido sentirse así, quería arrojarse al estómago de una ballena o a lo que fuera que hiciera que esas mariposas dejaran de batir sus alas en su vientre. Y para colmo temía ver a Souko, no sabía por qué.

—Oye, niña —y justo tenía que verla. Y oírla. Se veía tan linda que casi olvidaba que la odiaba con toda su alma.

—¿Qué demonios quieres, bastarda?

—Qué tono —se burló, pero no parecía malintencionada esta vez. Y Kagura por primera vez temió lo que fuera a suceder.

Sólo se miraron, porque aunque quisiera no podía apartar la vista del rojizo de sus ojos. Era tan magnética. Pero pese a quien era, ella veía otro cuerpo, una contextura diferente, un cabello más corto y de otro color. No podía ver a Souko ni a todo lo que creía sentir antes de ver a Ginko, y era como si la realidad le hubiese pegado de lleno. Con un nombre y un apellido (que no conocía aún pero que le gustaría llevar, por más apresurado que sonara) y una presencia y un todo.

—Lo siento.

Es todo lo que pudo decirle, y en años jamás había visto a la castaña con un rostro tan triste. Se despidió alegando que era una tontería y que lo olvidara. Pero no podía hacerlo, porque la lastimó. Y quizás la vida le pagaba haciendo que a ella también la rechazaran.

—¿Por qué tan triste?

La voz le hizo sentir tanto que se creyó idiota. Por enamorarse tan rápido.

—No es nada —aseguró, sonriendo—. Sólo que quería verte.

—Vaya, no te había visto tan directa —rió—. Yo también quería verte. Estás muy linda.

—Gracias, tú también.

Ginko la miró, ¡perfecto, seguro la descubrió e iba a decirle lo mucho que le desagradaba que gustara de ella!

—¿Bailamos?

Quizá sólo pensaba de más las cosas, y sentirse así era parte de algo más grande y lindo, porque aunque en ese momento se sentía angustiada podría sentirse feliz con tan sólo una palabra, todo si era de ella podría ser bienvenido.

—Claro.

[Notas de autor]

Bien, pretendo seguir esto un poco más. Hasta donde pueda.