Nunca había conocido a una mujer soldado, y ahora la tenía justo frente a mí. Su carácter era peor que el de cualquier soldado varón, parecía más fría que un témpano de hielo, pero ella sabía cómo se movía todo en su mundo, y si su asiento estaba a mi lado tenía que entablar por lo menos una conversación... con la que parecía irritarla cada vez más. O quizá era tan solo su temperamento.
- Al llegar al Despeñadero, al atravesar la barrera del Nido -me respondió a regañadientes.
- Apenas te levantes van a disparar sin pensarlo. -fue mi respuesta inmediata.
- Ya lo veremos.
Las leyendas decían que el Despeñadero fue una ciudad próspera como el Nido, hasta que un ataque proveniente de Paals rompió sus defensas y desde entonces el Nido es el único refugio seguro. Venir al Despeñadero era casi como acampar en Paals, aún cientos de años después de aquel ataque nadie se atrevía a acercarse. El Sanctum había advertido que en cualquier momento volveríamos a ser atacados, y ese sería el primer lugar en caer, por eso su sola mención me ponía los pelos de punta.
La vista del tren era triste. Los pocos rostros que se alcanzaban a ver estaban llenos de pesar, temor, o inclusive lágrimas. Y luego sonaba aquel aviso ensordecedor en los altavoces. Me hervía la sangre, pero lo que más sentía era ansiedad pues, cuando esta mujer soldado hiciera su movimiento, yo también tendría que hacer alguno. Y todavía no sabía cuál sería exactamente.
Un soldado entró, armado y dirigiendo su láser a unos y otros para intimidarnos de nuevo. Aunque no podíamos ver los ojos detrás de los visores amarillos, se sentía el desprecio y lo poco importante que eran nuestras vidas para él. Caminaba con prepotencia, quería causar pánico. Y lo estaba logrando conmigo.
- ¿De veras lo harás? -pregunté de nuevo.
- Has silencio -me respondió, con un tono que parecía de sincera petición y no de reprimenda.
- Te deseo buena suerte.
Casi inmediatamente todo el tren se sacudió, como si hubiésemos chocado contra un muro que apenas pudo disminuir su velocidad, y aunque el equilibrio se recuperó inmediatamente, sin darme cuenta la mujer soldado se había puesto en pie y cuando volví a verla ya había llegado a toda velocidad a los pies del hombre armado, aprovechando la confusión para propinarle un golpe que hizo caer al suelo el control de los trajes y el arma. Con agilidad y movimientos rápidos, ella tomó el arma e incapacitó al hombre, abrió con el control nuestros trajes y lo destrozó contra el suelo.
El tumulto y el murmullo llenaron el vagón. Alertados, dos soldados entraron y empezaron a disparar entre los gritos, pero con una sola patada la mujer los lanzó al suelo y tomó sus armas. Me lanzó una a mi y otra a un exiliado cercano y entró al siguiente vagón, lleno también de personas que compartían nuestro mismo destino. Corrí detrás de ella y pude ver cómo derribó a otros tres hombres para luego seguir al siguiente andén.
- Vamos, tomen un arma los que puedan y sepan utilizarla, levántense. -Iba gritando mientras seguía a la mujer. Se había despojado de su traje y su cabello era de color rosa, su figura esbelta y femenina no dejaban a nadie sospechar su fuerza, aunque en posición de pelea daba terror mirarle los ojos. En un momento llegué a los cambiadores y pude verla, su cuerpo brillaba y desafiaba la gravedad dejando a su paso una tras otra víctima en el suelo. Los exiliados venían detrás de mí, algunos con armas en las manos pero sin haber lanzado el primer disparo. Ella lo estaba haciendo todo, y finalmente el tren quedó a nuestra merced.
- Vamos bien, todos quieren pelear -le dije al acercarme. Los exiliados habían tomado cada uno un arma diferente, la determinación clara en sus rostros.
- Bien por ellos -dijo, tomando su arma y mirando por la ventana.
La vista todo alrededor no era nada grata. Las líneas ferroviarias eran como intrincadas telas de araña suspendidas sobre el vacío, dispuestas entre altos edificios abandonados. Las explosiones todo a nuestro alrededor eran como fuegos artificiales intermitentes, desde lejos se escuchaban disparos y al poco tiempo pudimos ver a nuestro paso varios trenes descarrilados, y las vías llenas de civiles y militares con armas. Era un auténtico campo de batalla. Repentinamente, una nave de PSICOM derribó un tren lleno de pasajeros, que se volcó a toda velocidad y cayó al vacío frente a nuestros ojos. Indignada, la mujer tomó en sus manos un enorme lanzacohetes y derribó una de las naves enemigas, y luego otra.
Los exiliados y yo tan solo mirábamos boquiabiertos, hasta que un golpe seco y un chirrido azotaron la nave, nos hicieron caer a todos menos a la soldado, y el tren se detuvo en seco. En cuestión de segundos se rasgó el techo y pudimos ver aquella máquina con forma de escorpión. Los exiliados lanzaron un grito despavorido.
- Corran, todos -dije, y se dispersaron presa del pánico, pero la soldado saltó hacia la máquina, dispuesta a todo. No lo podía creer, ¿cuál era el límite de esta mujer? Entre ella y los exiliados dispersos -dos de los cuales cayeron al vacío- elegí seguirla y trepé con dificultad el techo para verla aferrada a la máquina, llegando a los circuitos para destruirlos en un segundo con su arma. Los movimientos del coloso eran ahora más lentos y torpes, pero todavía nos amenazaba con sus dos enormes sierras.
- Cuando dije "corran" me refería a huir. -le dije, casi desesperado- Ten un poco de cordura, nos están lanzando todo lo que tienen, ¿qué vamos a hacer?
- Mira y aprende, o huye con los demás -dijo. Evidentemente, el resto de los exiliados huían en sentido contrario. No estaban tan locos como ella... Y yo al seguirla. Se lanzó de nuevo, mientras yo disparaba rogando poder hacer algo útil, escaló hasta otro centro de control y lo destruyó también. El gran escorpión comenzó a lanzar chispas y las sierras se detuvieron.
- Ya no pareces tan fuerte, ¿eh? -dije, pero en un último movimiento, la máquina se lanzó contra las vías ferroviarias, la soldado volvió junto a mi y ambos perdimos el equilibrio mientras el tren se descarrilaba con el impacto y caía al vacío.
- ¡Salta! -exclamó ella mientras recuperaba el control y alcanzaba una vía cercana. Lanzando un grito desesperado seguí sus pasos y caí, por lo menos no al vacío pero sí al suelo de metal, con un golpe contuso que seguramente dejaría una magulladura. Mientras tanto, la enorme máquina lanzaba chispas y finalmente acabó con una explosión que la hizo caer también.
Lancé el grito de alivio más largo de toda mi vida.
- Lo hicimos -dije, aunque no estaba seguro si mis disparos habían logrado algo.
Sobre nuestras cabezas volaron varias naves en medio de la atmósfera verde y lúgubre del Despeñadero. A lo lejos seguía la batalla, y los exiliados de nuestro tren se habían perdido de vista. Cuando me lo dijo por primera vez creí que no era en serio, pero esta mujer tenía que ser soldado.
- ¿No se supone que tenías que proteger a los civiles? Es decir -le dije, poniéndome de pie- si eres del Sanctum, ¿por qué intentas detener la Purga? No lo entiendo.
- Era soldado - se limitó a decir, y saltó a otra vía adyacente para empezar a caminar sola.
En ese momento, el chocobo escondido en mi afro salió y voló sobre mis manos. Lo miré suspirando, era el único recuerdo que pude salvar de mi vida anterior.
- Parece que no salimos de una, Chocobo. -le dije, y sin muchas opciones entre las que escoger, seguí los pasos de la mujer soldado.
