****La historia no es mia es una adaptacion al final pondre el nombre del autor y el nombre original de la historia.
los personajes son propiedad de Stephanie Meyer****
**Contenido altamente sexual con temas de violacion y maltrato**
CAPÍTULO 2
Isabella todavía no había logrado desatarse las muñecas cuando se apagó la luz del foco, y se quedó en la más absoluta oscuridad, a medio vestir y en el centro del escenario.
Oyó un rumor de movimiento y comprendió que era su ángel, Edward, que iba caminando por la insegura pasarela de arriba, que normalmente era el dominio del chismoso Michael Newton.
Después todo quedó en silencio, y sólo se oyó su jadeante respiración.
Tironeó las cuerdas, con los pechos medio zangoloteándose dentro del corsé suelto, rozando el borde de encaje con sus sensibles pezones.
—¿Isabella?
Buen Dios. ¡Jacob! Lo había olvidado.
—Isabella, ¿estás ahí?
Tironeó con más fuerza y por fin la cuerda se aflojó y logró liberar las manos enguantadas. La cuerda cayó al suelo y la sintió rozarle la falda. Se apresuró a subirse el corsé moviéndose y encogiéndose para que los pechos encajaran en las copas.
—¡Isabella!
Su voz sonó más cerca y oyó el ruido de sus pisadas. Ya tenía el corsé en su lugar, pero le era imposible ceñírselo sin ayuda, y de ninguna manera podría abrocharse los diminutos botones de madreperla a la espalda.
—Jacob, estoy aquí, en el escenario.
—¿En el escenario? —dijo él en tono risueño. —Reviviendo tu momento de triunfo, ¿eh, Isabella? Deja que vaya a buscar una luz.
—¡No! Luz no, Jacob, por favor. Sólo… ven aquí.
Edward ya no estaba; sabía que se había marchado porque no sentía su presencia. Y necesitaba ayuda para abotonarse el vestido. ¿Cómo pudo atreverse a hacerle eso, y luego dejarla así para que se las arreglara sola?
Por lo menos no la dejó colgando. Habría sido muy difícil explicarle eso a Jacob o a quien fuera que la hubiera encontrado ahí.
—¿Dónde estás, Isabella?
—Aquí. Necesito tu ayuda.
Cuando oyó sus pasos por el borde del escenario echó a caminar hacia él. Todo era pura negrura, así que no sabía a qué distancia estaba él. A los pocos pasos chocaron y él la sujetó, con el vestido colgando.
—¡Isabella! —exclamó él, delatando su sorpresa al sentir en las manos la piel desnuda de su espalda. —¿Qué ha ocurrido?
—Necesito ayuda para abotonarme el vestido —contestó ella, pasando las manos por sus sólidos hombros.
¿Edward los tendría así de anchos? ¿Sería igual de alto? ¿Cómo podía no saber esas cosas tan simples de su persona cuando él sabía tanto de ella, cuando había tomado tanto de ella?
—Me parece que está a punto de caérsete el vestido al suelo —dijo Jacob, con la voz ahogada, aunque no hizo ademán de retirar las manos del lugar desnudo de su espalda.
—Sí —dijo ella.
La voz le salió ronca; Edward tenía la culpa por dejarla deseando más.
El timbre de su voz debió parecerle a él una invitación, porque aumentó la presión de sus brazos y le aplastó la boca con la suya. Isabella levantó la cara para recibir el beso y notó que volvían a hinchársele los pechos y endurecérsele los pezones dentro del corsé poco ceñido.
Pasada la vehemencia inicial, Jacob se dominó y suavizó el beso. Saboreó, sorbió y pasó la lengua por sus labios y luego por alrededor y por encima de su lengua cuando ella entreabrió la boca para inspirar; la introdujo más y con más fuerza, estrechándola más, aplastándole los pechos casi desnudos contra su camisa.
—¡Ooh, Isabella! —gimió, apartando la cara pero sosteniéndole firmemente las caderas apretadas a las suyas, haciendo estragos en ella con el bulto de su pene erecto, a través de cinco capas de ropa, haciéndole vibrar nuevamente el sexo. —No podemos… —Inspiró para normalizar la respiración. —Mi hermano, el conde, y los señores Vulturi y Cullen nos esperan… No podemos tardar mucho más. Debemos irnos.
Isabella se apartó de mala gana, sintiendo el dolor del deseo insatisfecho. La punzadita de culpabilidad que sintió por responder así a los febriles besos de Jacob tan pronto después de su intimidad con Edward, la desechó enseguida. Al fin y al cabo, «él» había tomado eso de ella y la había dejado deseando más. Deseaba más de Edward, pero Jacob era alto, guapo y elegante; además, podía verlo y tocarlo.
Pero sus besos eran diferentes a los de Edward y su manera de mover las manos por su cuerpo demasiado tímida, como si tuviera miedo de acariciarla. Edward, en cambio, era osado, sabía acariciarla y mimarla elevándole el deseo hasta su punto máximo, tal como hacía con su música.
—Sí, vámonos, estoy muerta de hambre —dijo, girándose en la oscuridad y presentándole la espalda. —Termina de abrocharme los botones y nos marcharemos a comer.
Y después volvería a descansar, se prometió.
Siempre dormía bien; pero esa noche, por lo que se temía, sus sueños estarían llenos de algo más que del recuerdo de una voz descarnada; esa noche soñaría con sus caricias también.
Edward iba caminando por la pasarela como una pantera muerta de hambre: rápido, silencioso, con movimientos fluidos. El hambre le roía el estómago.
Conocía el funcionamiento y los mecanismos de la parte de arriba del Teatro de la Ópera de París tan bien como conocía todo el resto, desde el elevado techo plano abierto a la luna y al sol, la parte de atrás del escenario con la tramoya y maquinaria, el sector de los camerinos, la residencia de las internas, cuyas habitaciones eran tan grandes que casi parecían ciudades, a los cavernosos túneles y el lago subterráneo que serpenteaba abajo en lo más profundo.
El Teatro de la Ópera era su dominio. La música, su lenguaje.
Isabella, su obsesión.
Cierto que al principio no se había fijado en ella. Hasta hacía poco no prestaba atención a las idas y venidas de las bailarinas y cantantes. El teatro oscuro y silencioso era su ámbito de acción. Después que todos se marchaban a altas horas de la madrugada, él recorría los camerinos, el patio de butacas e incluso los palcos y el grandioso vestíbulo de mármol.
Pero en una ocasión, tal vez hacía seis meses, cuando todavía era verano y las noches eran cortas, no volvió a su pequeña morada a tiempo. O tal vez ella se levantó muy temprano.
Entonces la vio entrar en el escenario tal como esa noche después de su brillante actuación, sola, rodeada por el silencio.
Ella no hizo nada especial para captar su atención. Sin duda Isabella Swan no era la primera jovencita que pisaba un escenario vacío deseando la oportunidad de hacerlo suyo. Y justamente eso fue lo que hizo.
Llevaba su largo pelo moreno recogido atrás con una sencilla cinta; vestía su raído atuendo de chica del coro y del ballet; tal vez lo había llevado puesto toda la noche. Después estuvo lo bastante cerca de ella para verlo bien y observar sus zapatillas zurcidas y las carreras que adornaban sus medias por detrás.
Entonces ella cantó, sola, ahí en el escenario vacío. No fue una interpretación brillante, ni siquiera puso mucha emoción, pero él captó la promesa en su voz no cultivada.
Y después, cuando se giró y, desde el lugar en que estaba él entre bastidores, vio su cara acorazonada en toda su fuerza, se le ablandó el corazón que había protegido con acero tanto tiempo. Se la veía muy triste.
Solitaria.
Pensó si habría estado sola tanto tiempo como él.
En ese momento, sobre la pasarela, con la respiración jadeante, el corazón desbocado y el miembro atrozmente erecto, se permitió al fin detenerse a descansar y se apoyó en la rugosa pared de ladrillos que circundaba el enorme espacio que comprendía el escenario y la parte de atrás con los camerinos. Estaba en el rincón por encima y detrás de la embocadura, a menos de un palmo del techo. Le temblaban las manos; se quitó los guantes de piel, que sonaron con un suave ruido seco en el silencio, en el que sólo se oía su agitada respiración.
Por fin, después de meses de observar, enseñar y amar a Isabella desde lejos, la había tocado. Acariciado.
La había acariciado y ella aceptó bien sus caricias. No había reaccionado con asco, y no se había echado a llorar ni se había deshecho de él.
Había sentido placer, y respondido deliciosamente. Y a él le costó alejarse, dejarla ahí.
Aplastó la cara contra sus dedos desnudos e inspiró; la olió a ella en ellos, y apoyó la cara enmascarada en la pared de ladrillos. Su máscara. La barrera, el obstáculo para la paz y la saciedad.
Se había hecho varias, curtiendo y sobando la piel como si quisiera excitar a una amante con caricias, hasta dejarlas tan suaves como la piel humana. Tenía una negra, para cuando deseaba vagar por la noche sin ser visto, y una color crema, que se fundía con su piel. Si debía llevar máscara, tenía que ser cómoda, flexible, sensual. No debía sentir que la llevaba puesta; debía adaptarse tanto a él que la única manera de saber que era una máscara fuera tocándola.
O mirándola.
Rara vez se miraba en el espejo, ni siquiera cuando llevaba la máscara.
La máscara de piel clara que llevaba puesta, más flexible incluso que los guantes que tenía ahora junto a su boca temblorosa, sólo le cubría la mitad de la cara: el ojo con el párpado flojo, caído, la sien, y un lado de la nariz desfigurados por rugosidades, el pómulo manchado y estragado. Y bajaba siguiendo la curva alrededor de la comisura de la boca, y dejándole libres sus gruesos y sensuales labios. Se la ataba atrás por encima de su abundante pelo.
Un leve sonido le atrajo la atención. Se apartó de la pared y se asomó a mirar por encima del pasamano de cuerda.
Una cara blanca y fea estaba levantada hacia él desde la pasarela de más abajo. Newton, el simio.
—Todo un espectáculo el que has puesto en escena ahí —dijo el hombre en tono burlón, mirándolo osadamente. —Bonito coño ese, y tú encontraste la manera de meterle mano. Aunque no eres el primero, ¿sabes?
A Edward no le costó nada pasar por encima del pasamanos de la insegura pasarela y saltar a la de abajo. Cayó de pie y firme y se giró a mirar a Newton.
—Eres un hombre ordinario y estúpido —le dijo.
Sentía pasar por él una rabia fría y contenida. Podía arder por Isabella, pero hacía ya mucho tiempo que había aprendido a dominar sus otras emociones en aras de la eficiencia. No se enfurecía; actuaba con decisión.
Newton tuvo la osadía de reírse, aunque retrocedió. A la tenue luz de la linterna que llevaba, Edward vio un destello de miedo en sus ojos.
—Estaré encantado de guardarme para mí lo que vi, si me permites mirar…
Edward alargó bruscamente la mano y la cerró alrededor de su cuello. Le presionó la tráquea y levantó su cuerpo de comadreja separándole los pies de los estrechos tablones.
—Si me entero de que te has atrevido a respirar el mismo aire que respira la señorita Swan, si llegas a «pensar» siquiera en ponerte a menos de veinte metros de distancia de ella, te haré más infernal aún tu desgraciada vida.
El hombre boqueaba, sofocado por los mismos dedos que tocaban el piano con tanta elegancia y belleza.
Edward apretó otro poco los dedos y luego los aflojó, y Newton cayó desmoronado a sus pies; una pierna le quedó colgando fuera de la estrecha pasarela.
—Que no vuelva a verte ni oírte, Newton.
Diciendo eso, se giró y se alejó. La frustración que había estado centrada en su miembro ahora vibraba por todo su ser. La ira y el deseo son una combinación monstruosa.
—Jamás la tendrás, rata escurridiza.
Newton dijo eso con voz muy suave; tal vez no era su intención que él lo oyera. El cobarde. Pero lo oyó y se giró, justo en el instante en que se abalanzaba hacia él.
El hombre había dejado la linterna en la tabla, por lo que tenía las manos libres. Con una se sujetaba al endeble pasamanos de cuerda y en la otra tenía un brillante cuchillo plateado.
—No eres otra cosa que un demonio enfermo, escabulléndote por la oscuridad —dijo, osado, valiente, al tener su arma. —Tienes que esconder tu asquerosa estampa.
Edward levantó un pie para golpearlo, pero Newton hurtó el cuerpo y continuó mofándose:
—Te escondes en la oscuridad, y anhelas lo que jamás tendrás. Ella no se dignará a mirar a uno de tu calaña, por mucho que se abra de piernas cuando la obligas. No te las abrirá para tu polla, para…
Edward acalló su voz burlona con los dos pies, levantándose afirmado en los dos pasamanos. Newton cayó sobre los tablones y, afirmándose en la cuerda con una mano, se levantó, con el cuchillo levantado en la otra.
Cuando lo bajó, Edward hurtó el cuerpo y arremetió, haciéndolo perder el equilibrio. Entonces sintió ladearse la pasarela, y se le deslizaron los pies hasta el borde. Antes que alcanzara a girarse, la pasarela se enderezó, y con el brusco movimiento Newton salió volando y cayó al precipicio.
En la caída se quedó atrapado en las cuerdas de los telones de fondo y de las luces, colgando y agitando las manos tratando desesperadamente de liberarse.
Edward se asomó a mirar y supo lo que iba a ocurrir antes que ocurriera, antes de que él pudiera moverse para intentar impedirlo.
Las cuerdas se enredaron alrededor de Newton y con los desesperados movimientos que hacía para liberarse, una se le enroscó en el cuello; entonces, cuando la última cuerda que lo sujetaba se soltó de su brazo, cayó, en picado, hasta que la que tenía enroscada en el cuello paró su caída con su mortal abrazo.
El cuello se le rompió con un feo chasquido que resonó en las paredes en medio de la oscuridad. Edward se giró, impasible, recogió sus guantes y, dejando donde estaban la linterna y el cuchillo, hizo el camino por la pasarela hasta la escalera de hierro que reseguía la pared.
Por la mañana encontrarían a Newton, y sería una maldad más atribuida al fantasma de la Ópera.
La pelea con Newton le había aplacado un poco la desenfrenada lujuria que le invadía el cuerpo, pero ahora, mientras bajaba en silencio la escalera de hierro, le volvió todo en oleadas, imágenes y sensaciones, atormentándolo, aunque se obligaba a contar los peldaños, con el único fin de hacer algo para distraer y apaciguar su mente.
Pero contar no le distrajo, no le alejó las imágenes. La curva del blanco cuello de Isabella; los abundantes cabellos castaños rozándole la parte de la cara que no llevaba tapada; también se los imaginaba cayéndole en largas ondas por su blanca espalda. Los labios rosados tan llenos como los de su vulva, abiertos, invitadores. Sus resuellos de placer, cuando se movía sobre su dedo. Los pezones duros y en punta sobre sus pechos, moviéndose con cada estremecida respiración que hacía.
Toda ella vibrando en sus manos, entre sus palmas. Su aroma, a rosas, a lavanda y a lo que fuera que la hacía ser Isabella. Líquido, humedad, por todas partes, y su almizclado olor entrando en su nariz mientras la tocaba. La «acariciaba».
Se le resecó la garganta y el miembro se le levantó, vibrante de excitación. Las palabras de Newton lo atormentaron.
«Nunca se abrirá de piernas para tu polla.»
«Jamás la tendrás.»
«No eres otra cosa que un demonio enfermo, escabulléndote por la oscuridad.»
Las mofas de Newton se mezclaron con recuerdos de su juventud, de aquel tiempo aciago y horrendo al servicio de su hermano, cuando las chicas chillaban al verle la cara. Y su hermano las empujaba hacia él y lo obligaba a acariciarlas, para disfrutar viéndolas chillar y debatirse.
Cuando sus pies tocaron el suelo de madera de la parte de atrás del escenario, se giró. Había alguien ahí.
Madame Esme avanzó unos pasos, sosteniendo una linterna cuya luz arrojaba sombras a su rostro envejecido.
—Edward, ¿has matado a Newton?
—Se ha matado él. Aunque ha sido una suerte para mí que se las haya arreglado solo, porque yo tenía muchas ganas de ayudarlo.
Esme, a la que todo el resto de las personas llamaban madame Esme, se le acercó más. Olía a azucenas, aroma erótico para una mujer que se acercaba a los cincuenta. Tenía la misma edad que tendría su madre si hubiera vivido, y no muerto cuando él sólo contaba doce años.
Su madre y Esme habían sido íntimas amigas, unidas como si fueran gemelas desde su infancia en el sur. Se trasladaron a París para seguir la profesión de bailarinas. De hecho, el único retrato que tenía de ella se lo había dado Esme, y en él aparecían las dos juntas. Pero no podrían haber sido más diferentes. La joven Esme tenía una piel blanquísima y lozana, con un cuerpo de generosas curvas, mientras que la otra tenía la belleza exótica y el cuerpo cimbreño de su madre persa, aunque el padre fuera francés.
Hace diez años, cuando tuvo dificultades y no tenía a nadie, recurrió a la única amiga que conocía, y desde entonces Esme se había convertido en su protectora.
—Newton era un hombre asqueroso que no sabía mantener cerrada la boca. Lo he sorprendido espiando a las chicas más de una vez. No es una gran pérdida.
—Me echarán la culpa a mí. Ella asintió.
—Otra tragedia más atribuida a tu leyenda. Eso sólo servirá para protegerte más, Edward; ya sabes lo importante que es que continúes pareciendo una figura misteriosa, siniestra. Mientras sigas siendo una leyenda creída a medias, estarás seguro. Con un poco de estímulo, los nuevos administradores se inclinarán a tenerte contento a cambio de que haya paz en el teatro.
—Y tú continuarás encargándote de que lo hagan.
—Me encargaré de que tengan todos los motivos para satisfacer tus necesidades. Considero mi deber tenerlos satisfechos… —a la tenue luz una significativa sonrisa le transformó la cara— en todos los aspectos.
A Esme le encantaba la actividad sexual, y no se limitaba a satisfacer sus lujuriosos apetitos con una sola pareja, y ni siquiera con muchas. Se había acostado con legiones de hombres a lo largo de los años, y se enorgullecía de su habilidad para ocultar sus apetitos tras una fachada de persona severa y decorosa.
—Me daré a conocer a ellos antes de presentarles a algunas de las chicas —continuó, y lo miró pensativa. —Eso es algo que me gustaría hacer por ti, Edward. Hay una o dos chicas con las que se puede contar; serán discretas. Y si no, ya me encargaré de que las pongan de patitas en la calle.
—No —logró decir él, con voz calmada, aunque sintió moverse el pene bajo los pantalones. — Esperaré.
Mirándolo de reojo, Esme arqueó una ceja y se encogió de hombros.
—Te estás volviendo tan casto como Isabella.
—Puede que tus chicas sean discretas, pero habrá cotilleos de todos modos. Y La Victoria, aunque no está bajo tu responsabilidad, tiene la voz más estentórea de todas. Es mejor que siga siendo el fantasma siniestro que he sido durante los últimos nueve años para que nadie pueda identificarme.
Sí, ya llevaba casi diez años, un tercio de su vida, rondando por las sombras de ese teatro, ocultándose y acechando, y simulando que sólo era un espectro. ¿Alguna vez sería libre para vivir a la luz del día?
—Como quieras, Edward —dijo Esme, haciendo un leve gesto de asentimiento.
Después que ella se alejó, Edward sintió el furor de su miembro, que se negaba a calmarse, y volvió a pensar en su negativa. Podría haberle aceptado el ofrecimiento. Sería fácil y rápido.
Pero ya hacía años que había decidido que no obligaría a nadie a ver su monstruosa cara. No deseaba ver nunca más el miedo ni el asco que había visto en las caras de las chicas a las que su hermano lo obligaba a acariciar.
Y no deseaba a ninguna de esas chicas. Sólo deseaba a Isabella.
Hola muchas a gracias a quienes siguen la historia es fue una de mis primeras adaptaciones bueno que les parecio el capitulo de hoy.
