Curiosidad
Bajo el cielo azul de primavera, a la sombra de un ciprés, leía Jemma.
Era veintiuno de marzo, el primer día de la nueva estación y, casi como para hacer justicia a este hecho, el día había amanecido soleado y radiante, lo cual era demasiado poco común en las Islas Británicas; hasta el día anterior, de hecho, había estado lloviendo a cántaros. De modo que Jemma quiso aprovechar para bajar al parque y pasarse toda la mañana inmersa en la lectura de un libro, cosa que amaba hacer.
Le encantaba leer. Era una chica callada y solitaria que apreciaba más la compañía de una página escrita que la de ciertas personas. Y no era culpa suya, ciertamente, pues la vida no había sido fácil para ella, pese a que contara únicamente con diecinueve años. Motivo por el cual la joven buscaba refugio entre las páginas de un libro: sólo así se sentía viva.
Cuando leía, Jemma era transportada a otros mundos. Se imaginaba a sí misma metida en la piel de alguna guerrera que acudía a luchar en una guerra, o en la de una malvada hechicera que pretendía dominar el mundo, o incluso en la de una pirata que surcaba los siete mares en busca de increíbles tesoros.
Ella sabía que jamás iba a poder cumplir cualquiera de aquellas fantasías, pero no le importaba; con el simple hecho de imaginarlo, ella ya era feliz.
Mucho más feliz de lo que jamás lo había sido en su vida, realmente.
Y no era que ella fuese mala persona, ni fuese buscando problemas, ni nada por el estilo. Tan sólo… eran las circunstancias.
La familia de Jemma era rica.
La chica iba a heredar una fortuna, lo que, sin tener ella absolutamente ninguna culpa, le había conseguido numerosas enemistades.
Desde siempre, la gente se había acercado a Jemma Simmons por puro interés. Los amigos habían probado no ser tales y las chicas sólo pretendían convertirse en "la novia de la rica heredera". Incluso, cuando paseaba por la calle, Jemma notaba que personas a las que no conocía de nada la señalaban y le sonreían, y a veces llegaban a acercarse a ella para tratar de entablar conversación.
Pero todas ellas, sin excepción, buscaban lo mismo: su dinero.
Tantos golpes se había llevado Jemma en su corta existencia, tantas decepciones y tantos desatinos, que, sin ser siquiera consciente de ello, había blindado su corazón para que nadie, nunca más, volviera a hacerle daño.
Y la lectura había contribuido a alzar esa barrera y a darle un poco de felicidad.
Sintiéndose frustrada, Jemma no podía evitar envidiar a los personajes cuyas aventuras leía, pues siempre solían encontrar una amistad verdadera y un amor duradero.
La joven era consciente del hecho de que, debido a la riqueza que le correspondía, jamás podría obtener algo así. Ya sabía que las personas que la rodeaban, a excepción de su pequeña familia, tan sólo pretendían beneficiarse de su fortuna.
Jemma nunca tendría amigos de verdad. Nunca viviría una historia de amor tan bonita como las que leía en sus novelas.
Nunca podría confiar en nadie.
En nadie… excepto en los libros.
Los libros nunca la abandonarían. Nunca la traicionarían. Nunca fingirían ser sus amigos sólo para intentar conseguir beneficios de su riqueza.
Un libro era un amigo fiel.
Mientras, a la sombra del ciprés devoraba otra historia, Jemma deseó, más fervientemente que nunca, poder formar parte de una novela.
La chica únicamente levantó la vista de su libro un segundo, para comprobar la hora en el reloj que presidía la entrada del parque.
Ese segundo le bastó para verla.
Sin querer, Jemma se quedó mirándola. Apenas se dio cuenta de que lo hacía, pero el aspecto de la joven, su rostro, su gesto, se le quedaron grabados en el alma, así que no pudo evitar continuar observándola. Apartar los ojos resultaba impensable.
Ella debía de tener más o menos su misma edad. Era una muchacha morena, esbelta, que lucía un bonito vestido azul con motivos florales, muy acorde con la estación que se inauguraba aquel día, y unos sencillos zapatos del mismo tono con un poco de tacón; sin embargo, para protegerse del frío, llevaba un jersey de color rojo, al igual que el lazo con que recogía su cabello oscuro. Iba hablando por el teléfono, sonriendo y gesticulando sin parar, y llevaba un bolso colgado del hombro.
Jemma no quería ser descarada, pero no podía negar que aquella chica, por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender, había captado su atención. Se planteó la posibilidad de levantarse del banco en el que se encontraba leyendo, acercarse a ella, y presentarse…
Interrumpió sus pensamientos, avergonzada consigo misma. ¿Cómo se le ocurría considerar siquiera aquello? ¿Acaso se había vuelto loca? Si lo hacía, si se presentaba como Elizabeth Simmons, "la rica heredera", la joven intentaría aprovecharse del interés que ella le demostraba. Seguramente era como todas las chicas con las que ella había tratado hasta el momento y, sólo con escuchar el apellido Simmons, a la joven se le iluminarían los ojos y se colgaría del brazo de ella. Sí, sin duda lo haría. Por cómo vestía y cómo se movía, Jemma podría apostar a que aquella muchacha era exactamente igual que todas las que le habían pretendido.
Además, ella no hacía esas locuras. Ella era tímida y reservada; la vida la había vuelto tímida y reservada. Ella nunca, nunca se atrevería a dar el primer paso.
Y aunque no se atreviera, siempre iba a salir mal parada. Estaba condenada. Y todo por haber nacido en la familia Simmons… ¿Qué culpa podía tener ella?
Pese a ello, pese a que sabía que su vida nunca iba a cambiar, que siempre iba a estar sola… Jemma continuó contemplando a la joven. Era incapaz de resistirse, pues le gustaba lo que veía. La chica parecía feliz, alegre, vivaracha, espontánea y, además, no se podía negar, era bonita. Su pelo castaño oscuro y su piel tostada se acoplaban con el intenso marrón de sus ojos, que Jemma pudo vislumbrar gracias a que la joven se encontraba un poco más cerca del banco donde ella se hallaba. También vio que sus labios tenían el color de las cerezas y oyó su risueño tono de voz.
De pronto, ella se apartó el teléfono de la oreja y, con un sencillo gesto, lo introdujo en el bolso sin descolgarlo siquiera de su brazo. Cuando levantó la vista, la sonrisa seguía instalada en el rostro de la muchacha, pero ahora sus ojos buscaban la luz del sol primaveral.
Jemma no logró evitar que, cuando ella giró la cabeza, sus miradas se cruzaran brevemente. Ella la apartó con rapidez, devolviéndola al libro, pero sin ser capaz de prestar al objeto la misma atención de minutos antes. Lo cual se debía a que la chica era muy consciente de que la joven había posado sus achocolatados ojos en ella.
Las cosas habían cambiado. Ahora, una nerviosa Jemma miraba sin ver la página por la que se había quedado leyendo de su libro, mientras era plenamente consciente de que la muchacha, seguramente al haberla reconocido como "la rica heredera", se dirigía con paso firme hacia su asiento. Jemma tragó saliva, nerviosa como nunca antes lo había estado en su vida, y aguardó al instante en que ella le hablaría…
Pero ese momento no llegó. En lugar de ello, la joven percibió que la chica se sentaba en el mismo banco que ella, pero en el otro extremo. Por el rabillo del ojo, Jemma pudo ver que, de espaldas a ella, la muchacha rebuscaba en su bolso, hasta que extrajo del mismo algo que, como ella pudo comprobar, no era sino un libro.
Pese a su curiosidad, Jemma no se atrevió a intentar mirar el título. Cuando notó que ella se giraba hasta quedar apoyada en el respaldo, ella devolvió sus pupilas, una vez más, a la página de la que no conseguía pasar, y así estuvo durante unos interminables minutos.
Entonces la joven, que parecía haberse sentado allí con el único propósito de leer un rato, trasteó de nuevo en su bolso hasta dar con su teléfono, que acababa de emitir un leve pitido. Al observarlo, la chica sonrió a la par que suspiraba y negaba levemente con la cabeza y, con el móvil en una mano y el bolso en la otra, se levantó y echó a correr.
Olvidándose en el banco lo que la había mantenido ocupada hasta entonces: su libro.
Cuando Jemma se percató de lo que había pasado, la muchacha era ya apenas un colorido borrón desdibujado en la distancia. Al encontrarse de nuevo a solas, la joven no pudo contener un suspiro de alivio y, asombrada, se dio cuenta de que su corazón prácticamente había estado cabalgando en su pecho durante el rato que ella había estado allí, sentada tan cerca de ella. Ahora, poco a poco, el ritmo cardíaco de Jemma se ralentizaba para recuperar su ritmo habitual.
La chica miró el libro. La muchacha se lo había dejado abierto por una página que a ella le resultó extrañamente familiar y, movida por la curiosidad y consciente de que nadie la miraba ahora, Jemma alargó un brazo para coger el ejemplar y hojearlo.
Cuál fue su sorpresa al descubrir que se trataba del mismo libro que ella leía.
Estaba abierto precisamente por la misma página por la que ella iba, una en la que aparecía una ilustración de dos chicas que parecían convivir en un piso diminuto, y en la portada, de color rojo, se leía, en letras doradas, el título El futuro está en tus manos.
Exactamente el mismo libro que Jemma devoraba en aquel momento.
La joven estaba boquiabierta. ¿Qué demonios significaba aquello? ¿Acaso era alguna especie de señal divina? ¿Tenía su destino algo que ver con el de aquella chica?
No, claro que no; aquello sonaba demasiado irreal, demasiado fantástico, demasiado increíble…
Sin embargo, Jemma se encontró con una cuestión todavía más preocupante, si acaso era posible, que todas las anteriores:
¿Cómo iba a hacer para devolver el libro a su dueña?
