Disclaimer: Santa Meyer los cria y ellos se juntan. Yo sólo me encargo de hacer que lo pasen realmente mal.
Advertencia de la autora: Desconozco el umbral de miedo y terror que cada persona pueda tener. Mi obligación es avisar que el contenido del fic puede llegar a ser espeluznante, no sé si más o menos, dependiendo de quien, pero siempre hay personas más sensibles que otras. Eso sí, me gustaría que lo comprobasen por sí mismas y no por los comentarios que se dejen. La captación del miedo de cada persona es muy subjetivo.
Recomendación musical: Aparte de las que recomedé en el primer capitulo, tambien:
-Dark Paradise-Lana de Rey. (En mi blog)
Nota de la autora: ¿Me he demorado más de la cuenta como es habitual en mí? Sí, lo siento. ¿Que os prometí que este sería el capitulo final y no lo es? Lo siento, mea culpa. No lo hago a proposito, ni con el maquiavelico fin de ganar más rrs. Aún me sigue saliendo demasiado largo y de verdad, no doy para basto. Lo siento todas las molestias pero estoy en la etapa final y hago lo que puedo pero a veces tengo que ceder. Espero que enero sea más tranquilo. Espero, de verdad, que cuando termine la semana de examenes, ya terminaré con este fic. No es mi intención convertirle en un longfic. No quiero más a mis espaldas. Sólo un poco de paciencia y terminaré con esto. Gracias por la comprensión y la gran paciencia.
Como he dicho en mi blog, estoy dispuesta a llegar a un trato con vosotras (trato que no chantaje). Si al final del fic, veo que hay un numero aceptable de rrs (significa que los follows y favoritos no tripliquen o cuatripliquen el numero de rrs, no hace falta rebosarme el correo, pero que haya un número significativo, sí), como regalo de navidad (gotico) arreglaré el fic para que pueda ser descargado en mi blog. ¿Buena propuesta? Espero que sí.
Y de nuevo, muchisimas gracias a aquellas que dedican sus cinco minutos a leer y dejarme su opinión. Muchisimas gracias, chicas. ^^) Este capitulo va por vosotras (sigo sin retirar mi dedicatoria del anterior capitulo).
Espero que el siguiente lo tengais tan pronto como pueda.
^^)
Endlessly twilight
— ¿Cómo es morir?
—Supongo que como nacer. Sólo que al revés.
Casper (1995)
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Al despertarme, sana y salva en la habitación que me había decorado Esme, todavía noche cerrada, mi corazón palpitaba dentro de mi pecho. Había sido una pesadilla. Muy vivida y real, pero el mundo de los sueños no podía hacernos daño. Estaba separado por una tenue pero inflexible cortina.
Aun así, me asusté. Y sobre todo porque Edward se encontraba allí.
Dejé de pelearme con las sabanas y bajé a la cocina a tomarme un vaso de leche templado. Era extraño que Esme no me lo hubiese traído como de costumbre. Habría tenido consideración de dejarme dormir, o ella misma estaba cansada.
Me hubiera gustado abrir la puerta del cuarto de Edward y asegurarme que estaba bien.
Le encontré sentado en la sala del piano, sin hacer absolutamente nada, con la mirada muerta en un punto fijo de la pared. Estaba a punto de acercarme cuando vi una sombra junto a él. No lo pensé, salí corriendo hacia la cocina.
Mis dedos temblaban y era incapaz de coordinar mis movimientos, por lo que no fue de extrañar que el vaso se fuese al suelo con toda la leche.
—Mierda—musité y me agaché para recoger los cristales.
Una mano presionó la mía y no tuve tiempo para sobresaltarme. Conocía aquel tacto.
Un solo estímulo y salté hacia su cuerpo, abrazándole impulsivamente. Tardé en reaccionar, y después se rió sin dejar de corresponderme. Me acarició el cabello con delicadeza. Incluso, en aquellos instantes, cuando todo iba en su contra, sacaba fuerzas de flaqueza para protegerme.
—Deberías estar en la cama—me riñó como un padre a un niño pequeño.
No pude evitar reírme ante aquella objeción. Me relajé y apoyé mi cabeza sobre su hombro.
—Quiero asegurarme que tú estás bien.
No me dio una respuesta verbal, se limitó a abrazarme más fuerte aún. Me eché a temblar. Era como si el mundo se nos echase encima.
—No creí que fuese capaz de hacerlo—me respondió finalmente. —Y ahora es capaz de todo…
Me extrañó. Sí, Jane se había ido haciendo el mayor daño posible, pero papá siempre me había dicho que la culpa era un sentimiento que se acababa borrando con el tiempo. Edward tendería a hacerlo durante un tiempo, pero entre su familia y yo, nos encargaríamos que viese que no era así. Y todo el poder de Jane se acabaría de golpe.
Alejé mi cabeza de su hombro para mirarle a los ojos, pero hubo algo que me llamó la atención. Se trataba de un pequeño hematoma en el hombro que tenía una extraña forma alargada. Parecía un dedo.
—Edward—le giré y observé aquel extrañó hematoma. Tenía forma de mano, muy difusa pero bastante marcada. —Tienes un hematoma en la espalda. Es bastante… ¡hum!... ¿Te duele?
Se encogió de hombros y lo negó.
—No es nada, Bella—intentó quitarle importancia al asunto. —Posiblemente, me lo haya hecho en días anteriores, golpeándome con alguien.
Lejos de tranquilizarme, me inquieté aún más por las evasivas que estaba dando. Quizás, tenía razón y estaba más impresionada con los acontecimientos que él. O tenía una fortaleza diferente para encajar este tipo de cosas.
Él era el que se reía cuando veíamos Walking dead (1) mientras me daba por esconderme debajo de los cojines del sofá.
Me ayudó a recoger los desperfectos y nos obligamos a volver a la cama. Al ayudarme al levantar, se fijó que llevaba su pulsera puesta.
Me sonrió pícaramente mientras me ponía roja. Era obvio que nos estaba recordando.
— ¡Hum!—Carraspeé. —Creo que es hora de…devolverla…
Me la quitó de la muñeca con delicadeza para ponérsela en la suya.
—Aquí es donde debe estar.
Alguien—o algo—no estaba de acuerdo con las palabras de Edward. Nos disponíamos a subir, cuando éste se quejó levemente que le apretaba la muñeca e intentó desabrocharla.
No fue capaz y un gritó de angustia salió de sus labios, mientras se deslizaba por la pared y luchaba por respirar. Hubiese sido peor que le hubiese intentado quitar la pulsera, por lo que mi única aportación miserable, fue llevarme las manos a la cara tapando las lágrimas y sofocando los sollozos.
— ¡Joder, me aprieta! ¡No, me quema la muñeca! ¡Me quema!...—Exclamaba con agonía.
Sus gritos despertaron a toda la casa. Por fortuna, Carlisle, mucho más practico que el resto—que no hacían otra cosa que mirar y lamentarse—se acercó a Edward, examinó la mano, y se fue hacia su despacho. A los pocos segundos, apareció con el botiquín, y sacó un bisturí y unas pinzas para cortar el cuero de la pulsera.
Mientras veía entre lágrimas el destino de mi regalo, Alice—aparentemente tranquila pero seria—se acercó a mí y me abrazó con fuerzas para darme consuelo. Aunque no se perdía un solo detalle de aquel espectáculo y su mirada se turnaba entre la muñeca de Edward a los trozos de cuero que su padre iba extrayendo.
Con más esfuerzo de lo supuesto, Carlisle logró quitar los trozos de cuero de la muñeca de Edward; se había llevado algún jirón de piel y se había formado una ligera quemadura.
Volvió a examinar la zona exhaustivamente y llegó a la conclusión que se había tratado de una reacción alérgica.
De alguna manera, me dolió. Cierto que las alergias a determinados materiales podían manifestarse a través de los años, pero en el fondo sentía que había un rechazo hacia mi regalo.
Alice no mencionó una sola palabra, pero bastaba con ver la expresión de su cara para saber que no estaba de acuerdo con el diagnóstico de la alergia.
Pero, ¿a qué conclusión lógica se podría llegar?
Carlisle extendió una pomada corticoide en la piel y después de darle un antihistamínico y un ansiolítico, le ordenó con una mezcla de profesional y de padre que intentase dormir un poco aquella noche.
Esme le sugirió que fuese a dormir con ella. Edward rechazó aquella idea, ofendido. Había sido una reacción alérgica. No era un niño pequeño.
Nos dio la espalda y subió las escaleras.
Me fijé en su hombro y la marca de la mano se había intensificado.
Al pasar por uno de los espejos, vi el reflejo de Jane muy pegada a Edward. Era tan real como el apretón de mano al que Alice me estaba sometiendo.
—Pequeña hija de puta—la oí maldecir por lo bajo.
No se trataba de una alucinación. Ella también la había visto. Y al parecer, Emmett, a juzgar por su palidez y la manera de apretar los puños, también la había visto.
Carlisle y Esme nos obligaron a ir a la cama. Alice me ofreció que durmiese con ella. No me atreví a decirle que no. Tenía que reconocer que estaba aterrada.
— ¿Le decimos a Carlisle lo de su hematoma?—Me atreví a sugerirle.
Negó con la cabeza.
—Carlisle no puede curar esta clase de herida, Bella.
—Chicas—Emmett nos interrumpió sacando su vozarrón de macho alfa—, ya que Rosalie no está aquí y vosotras sois dos damiselas en apuros, creo que sería conveniente que todo un hombre cuide de vosotras y duerma por esta noche en vuestro cuarto…
—…Estás acojonado, ¿verdad?—Le cortó su hermana.
—Sí—admitió con voz tierna e infantil y agachó la cabeza como si se tratase de un osito de peluche.
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Después de una noche tranquila y en blanco, Alice y Emmett se ofrecieron a llevarme a casa y recoger las cosas para ir al instituto.
Mientras me cambiaba de ropa y recogía los libros, un papel doblado cayó al suelo. Lo recogí, lo desdoblé y reconocí la letra de Alice al instante.
"Sé que no lo creerás, aunque lo has visto tan claro como lo hemos hecho Emmett y yo. Bella, Edward te necesita. Jane le ha encantado. ¡Por favor! Tú eres la única que puedes romper el maleficio."
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En medio de la oscuridad, sentí que alguien me cogía de la mano y tiraba de mí haciéndome correr a través de la oscura senda de los árboles. Quizás aquellos cipreses tuviesen la capacidad de volvernos invisibles el peligro que nos acechaba.
La siniestra voz de Jane tras nuestras espaldas, así lo indicaba.
—Edward, cariño. ¿Estás jugando al escondite conmigo? Sabes que no me gusta nada. Sal para que te dé mimos. Jane necesita tu cuerpo caliente y tú necesitas de mi sangre fría. Eddie, Eddie, Eddie… ¡Eddie! Muy bien, tú lo has querido. Voy a contar hasta diez antes de salir a buscarte y arrancar las entrañas a la zorra que está contigo. ¿Creías que no sé qué entra en nuestro lugar sagrado? Muy bien, hasta diez a partir de ahora…
Edward torció el camino y me llevó hasta el profundo bosque. Me hizo agacharme y poniéndome un dedo en los labios, me instó silencio.
—Uno…—empezó a contar la arpía.
Mi mirada daba a entender muchos interrogantes pero él no me iba a contestar ninguno.
—No tengo tiempo para que lo comprendas, Bella.
—Dos…—volví a oír la macabra voz de Jane.
Lo más rápido que pudo, Edward se quitó la capa y empezó a desabrocharse la camisa hasta dejar su torso desnudo. Parecía inmune al frío.
—Tres.
Cogió un cuchillo y empezó a cortar la piel de su pecho. Era demasiado hipnótico para superar el asco que me daba y sólo tenía ojos para ver cómo se deslizaba la brillante hoja, separando la piel en dos.
—Cuatro.
Con las manos se agrandó la herida formada hasta desgarrarse los músculos. Tuve que taparme los oídos de lo desagradable de aquel sonido.
—Cinco.
Se metió la mano en la herida y se la introdujo muy adentro.
—Seis.
La mano sangrante de Edward mostraba un corazón palpitante, más parecido al cristal que a la carne.
—Siete.
Me tendió la mano con el corazón para que yo lo cogiese. No era el momento preciso para una preciosa declaración de amor, pero siempre me lo había imaginado menos…literal.
—Bella—se empezaba a cansar—, por favor, necesito que mi corazón esté en tus manos.
—Ocho…
Con cierta reticencia, lo cogí en mis manos. Me sorprendí por lo cálido que era y la textura a cristal que mis dedos notaban.
—Nueve.
Edward se agachó a mi lado, y me susurró:
—Tú eres su dueña. Cuida de él…
— ¡Diez!—Terminó la cuenta con una voz tan gutural que no podía ser humana.
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Me desperté con el cuerpo en tensión y el olor a sangre pegado a mi olfato.
Miré a la ventana, y nunca me alegré más de ver la plomiza luz del amanecer filtrándose en mi habitación. La luz era una tregua de una larga batalla aún no declarada.
Intuía que necesitaría todas mis energías para enfrentarme a lo que fuese en la oscuridad.
Y Edward me necesitaba.
Nada más proyectar su imagen en mi mente, oí un tenue sonido procedente de un punto no concreto.
"Blump, blump"…
Descubrí, con sorpresa, que procedía de mi mano, y cuando la saqué de las sabanas y la abrí, me encontré con pequeño objeto.
Un precioso y pequeño corazón hecho de cristal rojo…
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Pasaron varias semanas antes de que la noche más larga cerniese sobre nosotros, y entrásemos a formar parte de una quimérica pesadilla, donde no había luz posible que nos despertase.
La primera señal la dio el errático y autómata comportamiento de Edward en clase.
Esme y Carlisle habían tenido una fuerte discusión sobre si era buena idea que fuese al colegio después del shock que había supuesto para él todo el asunto de Jane.
Esme apostaba por dejarle en casa hasta que todo se normalizase; Carlisle, por el contrario, era partidario que volviese a su rutina normal.
No sabía si la idea de Esme era la mejor o la peor. La de Carlisle, no lo había sido, desde luego.
Edward no se había opuesto a las órdenes de su padre, pero se le notaba desganado y no se molestó en devolverme el saludo cuando Alice y Jasper me fueron a recoger a clase. En todo el trayecto, miró por la ventanilla sin fijarse realmente en el verde y monótono paisaje de Forks.
Al llegar al instituto, con la excusa de tener que ir urgentemente al servicio, se alejó de nosotros. Me hubiera gustado seguirle, pero Jasper me lo impidió. Llegábamos tarde a la clase de historia compartida.
Después de la clase de literatura inglesa, preocupada, fui en su busca.
Por el rabillo del ojo, vi que se encontraba sentado en el lavabo, mirando fijamente al espejo.
Con horror le vi sacar una cuchilla del bolsillo, se arremangaba la manga de su cazadora de cuero, y empezaba a hacerse cortes en el brazo, milimétricamente finos y penetrantes, hasta que perdió la palidez de su brazo, tornándose en escarlata.
Superé mi mareo y estaba dispuesta a entrar al cuarto de baño de los chicos cuando una voz, femenina, me impidió dar un paso más. Estaba aterrada, pero no estaba hablando conmigo.
—Muy bien, mi niño querido—dijo Jane. —Aliméntame con tu sangre fresca y cálida. Llena estas venas frías con tu líquido de vida.
En el espejo, estaba Jane, sentada junto a Edward, inclinada para beber la sangre de las heridas recientes.
Sin pararme a pensar si aquello era real o un producto de mi imaginación, entré en el lavabo y di un fuerte manotazo a Edward para alejarle de aquel asqueroso espectro.
— ¿Estás contenta con lo que has hecho, pequeña puta?
Abrí los ojos y me encontré a Edward solo y muy enfadado. Sus ojos se habían oscurecido y cerraba los puños, concentrándose en mí, como si tuviese intención de estampármelo.
No retrocedí un ápice, y aunque por dentro estaba temblando como un flan, debía mostrarle que no le tenía miedo. En realidad, se lo mostraba a Jane.
—No vas a conseguir ofenderme con tus palabras, Edward. Sé que no provienen de ti. —Ahogué un sollozo y continué: —Por eso, intento comunicarme con la persona que está enterrada bajo una fachada de miedo y culpabilidad. El verdadero Edward. Mi mejor amigo. Quiero decirle que Jane no puede hacerle daño si no le da el poder para hacerlo. ¡No es culpa tuya, Edward! Libérate de tu culpa y vuelve conmigo.
Miró fijamente mi mano tendida, y luego sonrió cruelmente.
Golpeó mi mano, obligándola a retirarme, y cogiéndome del cuello de la camisa, me arrastró hacia fuera, donde había sonado la campana y los alumnos y profesores se congregaban en el pasillo para el cambio de clase. Edward había elegido el momento adecuado para atacar.
Me empotró contra las taquillas, apoyó las manos entre ellas, enjaulando mi cuerpo contra sus brazos, y mirándome con torvamente con aquellos ojos negros que no le pertenecían, arrastró cada una de sus crueles palabras para dejarme el mensaje muy claro:
—Pequeña zorra, la única forma de callarte es meterte mi polla en la boca, ¿verdad? Me gustaría, claro, pero la experiencia de introducirla en tu sucio coño ya fue lo suficientemente traumática para mí. —Se volvió hacia la multitud y señalándome, gritó: —Sí, chicos y chicas, tuve la patética debilidad de follármela. Os ahorraré el trance de hacerlo a sus queridos perritos falderos, ¿verdad Newton?—Mike Newton tuvo la vergüenza de ponerse rojo y mirar para otro lado.
Me repetía muchas veces que aquel no era Edward, pero me era muy difícil controlarme, y finalmente, herida y cabreada, le empujé y le abofeteé con todas mis fuerzas.
Por un momento, sus ojos se tornaron el verde antiguo, y un brillo similar a la pena y el remordimiento aparecieron en ellos.
Duró poco. La nueva naturaleza de Edward predominó y me dedicó una sonrisa cruel.
Alguien tuvo la osadía de apartarle de mi lado y liberarme. Oí un golpe seco de un cuerpo golpeado por una taquilla y vi a un furioso Emmett agarrando a su hermano pequeño del cuello.
—No sé cuál es tu rollo, hermano, pero córtalo ya, porque se está pasando de chungo, ¿no crees?—le advirtió. Luego me señaló y gritó: —No tienes derecho a hacerle daño. Te ama, y si tuvieses las agallas para enfrentarte, tú también lo harías.
Toda respuesta que le dio Edward fue reírse histéricamente, y después lanzarle un escupitajo en la cara. Emmett tuvo que soltarle para limpiárselo, y una vez libre, Edward se dirigió tranquilamente a la clase de biología, no sin dedicarnos, un gesto obsceno con el dedo.
Rosalie miró torvamente a todos los que nos habían rodeado, obligándoles a ir a clase. Cabizbajos, comprendieron la amenaza, y empezaron a caminar a sus respectivas aulas.
Con la ternura que sólo le dedicaría a Emmett, se dirigió hacia él, y le limpió el resto de saliva de la cara.
—La próxima vez, me olvidaré que compartís la misma hebra de ADN y le sacaré los ojos.
Se acercó a mí, y con una voz tierna muy inusual en ella, me agarró por los hombros y me invitó a tomar algo en la cafetería.
—No podemos ir a clase con este estado de ánimo.
Emmett y yo coincidimos con ella, pasando el resto de la jornada en ella, sin nada que decirnos. Sólo mirábamos los vasos de forma apática, abatidos por los acontecimientos.
Si pensábamos que nos íbamos a ir a casa sin más espectáculos, nos habíamos equivocado plenamente.
Por los cristales, vimos a una multitud congregándose enfrente de un coche de alta gama. Emmett lo reconoció al instante, ya que se llevó las manos a la cabeza y murmuró inconexamente:
— ¡Dios, que no se trate de papá! Eso significaría que ha liado algo sin nuestra supervisión.
Rosalie gesticuló abatida y le señaló a su novio como su padre—pálido y exhausto—cruzaba el garaje de dos zancadas. Emmett cayó, derrotado, sobre la silla.
—No le llamo hijo de puta porque compartimos la misma madre.
Nos resignamos salir para aguantar la tormenta. Nos reunimos con Alice y Jasper que se encontraban en un rincón aislado lejos del grupo principal de alumnos. Cada vez que pasaba, esquivando a la gente, oía un comentario mordaz…sobre Edward, Jane y yo.
— ¿Sabes que dicen?—Oí cuchichear a Jessica, chismosa, Stanley a Angela Webber, la hipócrita buena chica del pastor Webber. —Jane les encontró en la cama y no pudo soportarlo…
No vi la cara de Angela, pero sí oí como se tapaba la boca, simulando un gesto de horror. Me hubiese gustado girarme y chillarla que ella no era un ejemplo para nadie, y menos cuando la habían encontrado en el vestuario de los chicos haciendo una mamada de más de cinco minutos. Y más aún cuando se había equivocado de persona, y el desafortunado no era su novio actual, sino Tyler Crowley, el capitán del equipo de futbol americano. Rosalie me agarró y me obligó a seguir hacia delante.
—No puedes permitirte gastar tu energía con ella, Bella. Conoces a la causante de todo.
No, no lo tenía nada claro, pero decidí seguir a Rosalie y encontrarme con Alice.
No dijo nada, pero su rostro sombrío lo expresaba mejor que cualquier palabra.
A los diez minutos de haber llegado, Carlisle apareció agarrando del cuello de la camisa a un exaltado Edward que no dejaba de proferirle insultos de toda clase. Todos los terminados en on. Y cuando se le acabaron, inventó algunos nuevos.
—Alguien tenía que dar la cara y soltarle a ese inepto las verdades a la cara—se defendió.
Su padre se negó a entrar en el juego y le obligó a meter en el coche sin proferir una sola palabra. Ya lo hacían los demás por ellos.
—He oído la conversación que han tenido con el director Greene—cuchicheó Mike a uno de sus amigos. —Por ahora no le expulsaran por buen comportamiento mostrado hasta el momento. Además, debe de estar dolido por lo ocurrido con Jane.
— ¡Ja!—Se carcajeó Lauren Mallory. —No estaba muy triste cuando le puso los cuernos, ¿no? Desde luego, hay que tener mucho valor para acostarse con otra delante de sus narices y…
Enmudeció cuando Jasper la miró torvamente a modo de advertencia. A los cinco segundos, decidió que no merecía prestar atención a una envidiosa como Mallory, y me puso un brazo sobre hombro para confortarme.
—Le guarda rencor a Edward porque no quiso votarla como capitana del equipo de cheerleader—me contó al oído. —Tenía demasiado miedo a Jane y, además, no se rebajaría a un revolcón en el vestuario de chicas con Mallory. Sabes cómo odia Edward a las de su clase.
— ¿Y ahora?—Suspiré.
Sus gestos me indicaban que se sentía impotente con el asunto. Alice el mordió el labio y agachó la cabeza. Había sucedido algo muy malo pero se mostraba reacia a contar que había pasado en clase de biología.
Emmett perdió la paciencia e hizo la pregunta que todos teníamos.
— ¿Se puede saber la que ha liado ese energúmeno en clase?
Alice tenía demasiado revuelto el estómago para poder hablar. Jasper se convirtió en su voz.
—…Estábamos con la práctica de los grupos sanguíneos y…—arrugó los labios indicando que lo que continuaba era muy desagradable. —Edward se levantó, se rió en la cara del profesor Banner, se arremangó, le mostró el brazo y cogiendo un bisturí se hizo un corte profundo en el brazo…No fue lo que dijo, sino la forma y el tono de su voz cuando lo dijo…No sé, se me pusieron los pelos de punta…
—Le dijo al profesor Banner que quería hacer una demostración científica de que sus clases eran tan insoportables que daban las ganas de abrirse las venas…—le interrumpió Alice.—…Literalmente hablando, claro.
Emmett echó una blasfemia y hubiese continuado haciéndolo si no se hubiera ocupado de sujetarme y no caer en el suelo. Mis piernas se estaban convirtiendo en una masa gelatinosa capaz de sujetarme y mi estómago se estaba revolviendo. ¿Cómo podía hacer Jane más daño muerta que viva?
—Nos está llevando ventaja—Alice hablaba tan bajo que no sabía si estaba hablando con alguno de nosotros. Después se golpeó violentamente la palma con el puño y juró entre dientes: —Muy bien, pequeño aborto de Satán, esto ya va siendo un asunto personal…
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Llegué a casa alicaída y con los músculos tan agarrotados. Había recibido varias llamadas de mis compañeros para salir aquella noche. Los mismos que cuchicheaban a mi espalda y llamaban zorra. ¡Como si ellos hubiesen apreciado y estimado a Jane en vida!
—Pandilla de rastreros—mascullé con rabia.
Tiré la mochila en el sofá y me fui a lavar las manos en el pequeño baño pegado en la cocina. Charlie lo había instalado cuando me mudé a vivir con él para que tuviese mayor disposición. Teniendo en cuenta que era pequeño y solo tenía un lavabo y un espejo, poco podía hacer con él, aunque le agradecía la intención.
A pesar de abrir la llave del agua fría, rápidamente, el contacto de ésta con mi piel casi me quemó y el vaho empezaba a invadir el habitáculo, fijándose pegajosamente sobre la superficie del espejo.
Un sonido procedente de todas partes se coló en mi mente haciendo que la sangre corriera tan rápida por mis venas, que pierde el control sobre mis palpitaciones y empezase a ver todo confuso.
"Blump, blump, blump…"
El desagradable sonido de un cristal desquebrajándose poco a poco, me hizo mirar fijamente al espejo y contener un grito de horror, al ver emanar de cada grieta un líquido que tenía el mismo color y características de la sangre. Incluso olía como ella.
El latido del corazón era cada vez más fuerte, lo que me impedía oír algo más. Me tapé los oídos, pero lo único que conseguí fue amplificarlos más.
La sangre del espejo empezó a tomar vida propia y se formaron letras con ella.
Tenía un nudo en la garganta y era incapaz de gritar. Si hubiera querido salir corriendo, no lo habría conseguido; tenía los pies fijos al suelo como si hubiese echado raíces.
Sólo tenía que esperar el mensaje que Jane quería entregarme.
¿Porque estaba claro que se trataba de Jane?
Me imaginé algún tipo de amenaza como que no me metiese en lo que no me importase o que si intentaba arrebatarle a Edward de alguna manera lo lamentaría.
Lo que menos me podía esperar era que en mi espejo apareciesen unos versos. Unos versos tan hermosos que me hacían llorar cuando los leía. Incluso se podían cantar…con la música que Edward había compuesto para mi nana.
…Corazón de piedra…
Finalizó el mensaje y yo comprendí que aquello podía ser el indicador de la conciencia de Edward. Jane no había conseguido dominarle del todo.
Y me tranquilicé. Parte del caos existente parecía encajar en la lógica.
—Bella…—Una voz que no era la de mi padre me sacó de mis ensoñaciones. Tanto que no había rastros del vaho, la sangre y un solo pedazo del espejo quebrado. Tal como estaba antes de entrar.
Me volví y me sorprendí al ver al viejo Billy Black detrás de mí. Incluso desde su silla parecía tener el poder de controlar la situación. Con tan solo mirarme con aquello y penetrantes ojos oscuros…
Intenté susurrar cualquier tipo de excusa implorando que no pensase que estuviese loca. Más aún…
—Haz caso a lo que te digan los espejos, Bella—me aconsejó. —Son magníficos mensajeros. En ellos pueden estar la respuesta de como liberar a Edward…
Se rió ante mi expresión y negó con la cabeza:
—Sólo la mente clara de un niño o un adolescente que aún no ha entrado en el mundo adulto, puede ver lo mejor y lo peor…—Me agarró de la muñeca con más fuerza de la supuesta para una persona de su edad y condición y me dijo: —No has estado atenta a las historias que he ido contando en las hogueras nocturnas. ¡Mal hecho! Ahí residía toda la clave para poder salvar a tu amigo y de paso librarnos de ese pequeño demonio durante los próximos cien años…
Iba a preguntarle si sabía quién le estaba haciendo esto a Edward. Era bastante estúpida, la verdad. ¡Claro que lo sabía! Y le estaba dando las pistas a Alice, pero, por alguna razón, ella no servía para poder salvar a su hermano. Así que cambié el rumbo de la pregunta.
— ¿Cómo puedo salvar a Edward?
No me respondió, Charlie había entrado por la puerta, saliendo más pronto del trabajo, y por primera vez, vi arrugas de decepción el rostro del viejo Black al hablar con Charlie. No esperaba tener que hablar con él.
Pero no tenía excusa de lo que estaba haciendo en aquella casa, así que simuló buen humor y ánimos para ver el partido e invitó a Charlie a un fin de semana de pesca. Aunque añadió un matiz:
—Me gustaría que Bella fuese con nosotros. Sé que odia pescar, pero encontrará una tarea bastante…entretenida.
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Y sin embargo, aquel fin de semana no fui a pescar.
Ni los siguientes que siguieron hasta la conclusión de aquella pesadilla que nos había engullido.
Mi obsesión con no perderme una sola palabra que los espejos pudiesen reflejar—aunque, desde aquel día, ya no habían vuelto las manifestaciones—, me estaba encerrando en un círculo vicioso de oscuridad y soledad, convirtiéndome en una autómata y dejando que mi corazón se engullese en un agujero sin fondo a medida que Edward iba cayendo en el abismo, perdiéndose a sí mismo.
De ser el capitán del equipo, lo perdió todo. Eso, sí, el entrenador Clapp—aun firme y severo—, recordó todos los méritos que habían logrado gracias a él, y le prometió que tendría su puesto cuando se hubiese recuperado.
Aun así, aquella cesión de responsabilidad no ayudó a que éste se recuperase. Estaba peor.
Los días que se levantaba con fuerzas para ir a clase, se aislaba del resto del mundo, y a la hora de la comida, se sentaba junto a la ventana, sin mirar apenas la comida. Era inútil que tratase de esconderme su muñeca; con horror, observaba que aparecían nuevos cortes en ellas.
Nunca había sido un chico muy moreno, incluso para un lugar para Forks. Pero su preciosa y pálida piel había sido un indicativo del muchacho sano y enérgico que hasta entonces había sido. No quedaba un rastro de aquel chico.
Aquella palidez era enfermiza, casi cianótica, más propia de un cadáver que de una persona que aún respiraba. Viendo, aterrada, sus huesos bajo la ropa me hacían preguntar cuanta vida habría en ese cuerpo.
Una vez leí sobre la existencia de unos seres llamados vampiros psíquicos, que chupaban la energía vital de su víctima hasta llevarla a la tumba. Aquello era una de las ideas conspiratorias de Alice que creía que estábamos rodeados toda clase de seres invisibles, tanto benignos como malignos.
Más me hubiese valido no haberme reído de aquello o tomármelo a la ligera. Lo que le ocurría a Edward era algo más que una depresión aguda a consecuencia de los sentimientos de culpabilidad. Cierto, que ésta siempre podía conducirte hasta los límites de la locura.
Aquello era una autentica autodestrucción, y parecía ir en picado, cuando Carlisle, temiendo lo peor, decidió que Edward debía ser tratado de otra manera.
Y un día, dejó de ir a la escuela.
Y sin verle, aun cuando estuviese raquítico y enfermizo, y sin un mensaje de sangre escrito en los espejo, perdí mi punto de referencia con la razón. El dolor llegó a ser tan intenso que una vez, traspasado el umbral, dejé de notarlo. Aquello hubiese sido perfecto, si no hubiese tenido la nefasta consecuencia de haberme convertido en una cascara completamente inmune a cualquier tipo de emoción.
Empecé a hacer las cosas de manera mecánica, dejando que los días pasasen sin otro acontecimiento importante que el de pasar las hojas del calendario.
Ir a clase se había convertido en una rutina sin ningún aliciente, y si mis notas no habían caído, era por estar demasiado concentrada en un tipo de actividad para no tener que pensar en lo peor.
Sólo existía la tregua mientras durase la grisácea luz del día. Por la noche, las pesadillas me atormentaban.
En ellas, cientos de jóvenes pasaban por aquella horrible cripta, y Aro les arrancaba el corazón y guardaba en aquellos extraños ataúdes como si se tratasen de hermosos objetos de colección.
Me despertaba sobresaltada y con el continuo sonido de un corazón se extendía por toda mi habitación. Entonces me acordaba, sacaba la mano de la almohada, abría la palma y observaba el pequeño corazón rojo. El único momento del día en el que sonreía sinceramente.
Desde que Edward había enfermado, los lazos entre los Cullen—mis lazos con el mundo real—se habían roto de manera inexorable. Ninguno de ellos había vuelto a mi casa.
Emmett y Alice estaban demasiado ocupados cuidando de su hermano e intentando mantener unida la estructura familiar.
Y adivinaba que Charlie, por mucho que quisiese a Alice, no le gustaría ver alguno de ellos rondando por casa.
Intuía—con toda la razón— que mi estado de ánimo se debía a Edward y cualquiera de ellos traerían algún tipo de recuerdo que desencadenase una desgracia.
La verdad que había estado tan desarraigada de la vida que no se me había pasado por un solo instante quitármela. Pero había dado demasiadas señales adversas a Charlie para no llevar su pistola a casa, cerrar el botiquín de las medicinas con llave y quitar de mi alcance todas las cuchillas de afeitar.
Una de las noches, cuando hacía los deberes en la cocina—donde su vista le alcanzaba para vigilar que no hiciese ninguna tontería con el lápiz—, le oí hablar por teléfono. Se encontraba nervioso y tartamudeaba. Sólo lo hacía cuando tenía que hablar con una persona. Mi madre.
—…Sí, supongo que tienes razón. No puede continuar así, o creo que cometerá una…—Se pasó, nervioso, la mano en el pelo, despeinándose. —Esto me va a doler muchísimo, pero debería terminar el último curso allí. Sólo falta una semana para terminar el año escolar. Al día siguiente del baile podrías venir a recogerla…
Partí el lápiz por la mitad, sintiéndome después de muchas semanas, por fin viva. Me dieron ganas de levantarme y abofetear a Charlie. Estaba pactando con mi madre llevarme de vuelta a Phoenix.
Pensando fríamente, no era una mala solución. Quizás era bueno alejarme de todo aquello. No iba a hacer menos en Phoenix de lo que estaba haciendo en Forks por Edward. No podía ayudarle y saber que no mejoraba me hería a mí.
Si volver a casa con mi madre era la solución, ¿por qué una parte de mí sentía que debía quedarme allí?
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Alice no decidió romper los vínculos conmigo, y me mandó un mensaje de una manera muy particular.
Al llegar a casa, después de una hoja de calendario que debía pasar, me encontré que Charlie estaba en casa. En los últimos tiempos, dado el grado de paranoia que sentía hacia mí, no me extrañó. Y tampoco verle acompañado de Billy Black.
Habían sido amigos desde la infancia y todos los fines de semana—cuando no se iban a pescar—se venían a casa a ver los partidos de baloncesto. Charlie tenía la mejor televisión de Forks. Privilegios del jefe de policía.
Y aquella vez no tenía por qué ser diferente. Los ojos de Billy brillaron al verme como si le tranquilizase que aún estuviese respirando. Me sentía cohibida.
Charlie se dio cuenta pero lo malinterpretó.
—Bella, cariño, ¿puedes traernos una cerveza? Necesitamos refrescarnos el gaznate.
Su intención era hablar de mí sin que estuviese presente. Me tranquilicé en parte, la verdad que hubiese sido embarazoso, y estar en la cocina me daba libertad para escucharles.
Nada más ir a la cocina y abrir el frigorífico, Billy sacó el tema:
—Eres su padre y sabrás lo que es mejor para ella, pero si me permites un consejo como el buen amigo que soy, es que no deberías permitirlo. Has estado mucho tiempo solo y sé lo infeliz que puedes llegar a ser cuando ella no está contigo.
Me quedé rígida frente al frigorífico sin poder moverme aunque el frío me daba de cara. Esperaba la respuesta que daría mi padre.
—Bill, claro que la quiero y el tiempo que ha estado conmigo ha sido genial. Pero, ¡mírala! Ahora mismo, ella no es feliz aquí.
—Tampoco lo será si la alejas de Forks. Y no la salvarás—sentenció Billy. —Ella debe quedarse aquí. Tengo la sensación que su destino está marcado aquí. No, no podrá huir…
Charlie empezó a reírse; por la manera de sonar los muelles del sofá, descifraba su risa irónica. Mas yo estaba demasiado ansiosa para molestarme. ¿A quién debía enfrentarme?
—Bella ha entrado en un estado de tristeza debido a la extraña enfermedad del hijo de los Cullen. Ya sabes lo amigos que eran. —Suspiró. —Lo siento por Carlisle y Esme. Son dos buenas personas y no se merecen lo que les está pasando, pero, como padres, ellos comprenderán que no puedo dejar que mi hija se arrastre hasta el fondo.
—No cometas ese error, Charlie—la voz de Billy sonaba casi suplicante. —Ella tiene la clave para salvarse a sí misma, y de paso, al muchacho. Si la envías lejos, le habrás dado lo que quiere…
— ¡Oh, no!—Interrumpió Charlie irritado. — ¡No quiero oír esa clase de historias! Reconozco que el señor Vulturis puede ser bastante extravagante, pero no creo que sea conveniente insultarle con vuestras supersticiones…
— ¡No son supersticiones estúpidas!—Billy se ofendió de verdad. —Su poder radica en vuestra ignorancia. Por eso puede hacer daño a lo que amamos mientras adquiere poder de las tinieblas. Es un lobo disfrazado de cordero y odia lo bueno y puro. Por eso, lo corrompe…
—Billy—La voz de Charlie sonaba tranquila en su faceta negociadora. —Voy a decirte esto porque te considero casi de mi familia, y quiero respetar las tradiciones de tu pueblo. Esto es una charla entre amigos viendo un partido. Así que no sabes nada. Esta mañana, vino a verme Carlisle, quejándose de ti. ¿Le has dicho que Edward está poseído por el espíritu de Jane?
—Le dije que ese malvado ente había encantado a su hijo—le corrigió.
— ¿Cómo te has atrevido a decirle eso? Es un hombre con una mente científica que no cree en tus…leyendas. Y además, un hombre con un hijo enfermo. Has tenido suerte que fuese hablar conmigo y le convenciese que no te denunciara. ¿Te imaginas que hubiese hablado con el señor Vulturis? ¡Billy, por favor! Es un hombre que ha perdido a su nieta en circunstancias trágicas. No vuelvas a mencionar a los muertos—concluyó con un tono irracional de terror en su voz.
Esperé a que Billy rebatiera a Charlie, pero no lo hizo. Oí un hilo de voz diciendo que tomaría el asunto por otro lado, y se calló. Decidí que ya era hora de servir las cervezas y fingir interesarme por el partido.
Por suerte, entraron Jacob, Sam Uley, Seth Clearwater y algunos chicos más de la reserva, y Billy fingió estar muy interesado en las jugadas.
Sólo Jacob evitó que me abstrajese en mis más oscuros pensamientos, manteniendo una charla superficial pero cordial conmigo. Lamenté que mi prima no estuviese. Él no se merecía a una aburrida psicótica como yo.
— ¡Dios, Bells!—Exclamó al tocar mi mano. — ¿Qué te ha ocurrido? Estás esquelética. Sé que las chicas os ponéis algo neuróticas con los trajes del baile de fin de curso. Pero lo tuyo es exagerado.
— ¿No estás al día, Jake?—A pesar de todo me arrancó una sonrisa. —Ahora se lleva el modelo esqueleto. Marcando doscientos seis huesos…
Chasqueó la lengua desaprobando lo poco idóneo de mi nueva silueta. Después, con familiaridad—no obstante, esperaba convertirse en mi primo político—posó su manaza en mi huesudo hombro y me dijo de manera confidencial.
—Si necesitas algo de mí que no sea un favor sexual—se rió aunque algo en sus ojos expresaban que no sería reacio mientras no obtuviese un sí rotundo de mi prima—, pues ya sabes. Cuenta conmigo para lo que sea.
Le apreté la mano agradecida. Me hubiese gustado charlar con él un poco más. Por desgracia, Billy le llamó para que trajese más patatas y hablase con Charlie de la última jugada.
De inmediato comprendí que había sido una estratagema para hablar conmigo y no levantar sospechas a Charlie. No iba a ver problemas. No había mejor maniobra de distracción que un partido en su punto culminante.
Por mucho que fingiese ver el partido, Billy no se dejaba engañar, movió su silla de ruedas hasta sentarse a mi lado y, asegurándose que Charlie no le estaba escuchando, me susurró:
—Sé que la has visto.
Me estremecí. ¿Se refería a…Jane? ¿Era real?
Antes de volverme y contestarme, el maldito viejo había encontrado la manera de que no nos interrumpieran.
—Charlie, necesito dar una vuelta. —Me miró con intención. —Dado que tu hija no está disfrutando del partido, puede hacerme el favor.
Éste concedió su permiso sin despegar los ojos de la pantalla. Apostaría que ni siquiera se había enterado que le estaba contando.
A regañadientes, me levanté e ignoré el consejo de coger una chaqueta. Al salir al porche y notar la humedad en la piel, me arrepentí inmediatamente.
Me abracé a mí misma para conservar el calor mientras arrugaba el ceño cuando miraba a Billy.
—Creo que me puedes contar historias de tu pueblo dentro de casa—me enfadé con él. El primer sentimiento que experimentaba hacia un ser humano desde hace mucho.
Ignorando mi tono irritado, fijó sus oscuros ojos en mí como si viese a través de mi carne, y me contestó sin matices en la voz:
—Tienes derecho a estar asustada porque enfrentarte a esa clase de destino es duro. Pero ya es hora de que dejes de huir. Si no vences a Jane en su terreno, ella irá a por ti después de acabar con Edward…
La mención de Edward—más que las amenazas a mi persona—me hicieron reaccionar. Billy parecía satisfecho con mi atención aunque no acababa de reaccionar del todo.
—Edward está muy enfermo—me mostraba reacia a creer en historias de fantasmas—. Tiene una psicosis depresiva porque se siente culpable por lo de Jane. Y mi caso es que…creo que estoy experimentando un episodio de depresión y eso te desencadena…
Irritado, Billy alzó la mano para interrumpirme.
— ¡No puedes equiparlo con este mundo, niña tonta!—Me chilló. —Tu indecisión la está dando más poder. No se rige por las reglas de los humanos, así que no intentes racionalizar la situación. Debes luchar contra él con sus propias reglas, Bella.
— ¿Él?—Me extrañó. Luego caí. —El señor Vulturis.
¡Claro! Su odio se mezclaba con la superstición, aunque si lo analizaba, el papel siniestro que cumplía en mis sueños era más real que el de un rico y extravagante banquero.
—No es un ser humano, Bella. Su poder terrenal es fuerte, pero nada comparado con la realidad. Se trata de un coleccionista de almas.
Empecé a mirar a Billy de otra manera, como si nunca antes le hubiese visto y sus palabras abriesen una nueva dimensión para mí. Era como volver a las hogueras, sólo que hechizada con cada palabra que estaba oyendo.
—Los nativos de esta tierra, nuestros antepasados, creían que los espíritus de la tierra, el agua, el fuego y la luz nos protegían del gran enemigo del hombre, el espíritu de la oscuridad. Para vosotros, los rostros pálidos, le llamáis de otra forma, aunque preferís ignorar su presencia, intuís que existe. Lo hacéis llamar Mefistófeles.
Tragué saliva debido a mi inquietud.
— ¿Aro es Mefistófeles?
Negó con la cabeza.
—Hace casi trescientos años, un gobernador de origen italiano pero que había residido en Londres toda su vida, designado por el rey conquistador inglés, llegó a nuestras tierras en busca de todo el poder posible. Era despótico y cruel, y los colonos a los que gobernaban, hartos de él, decidieron hacer las paces con mis antepasados y unirse para derrocarle. Y ante las cenizas de lo que fue su hogar, y haciendo uso de sus conocimientos de magia negra, invocó a Mefistófeles en busca de venganza.
El precio que pagó, lo ignoro, pero cuando estás haciendo pactos con las fuerzas oscuras seguramente sería enorme. Pero la recompensa, por desgracia para los pobres mortales, fue proporcional al trato. Pidió entrar en el servicio del espíritu oscuro y hacerse dueño de las almas de los descendientes de aquellos colonos que le habían desafiado. Y aún peor. De las almas puras de lo que ellos amaban más. Sus propios hijos.
—Los descendientes de los colonos son…
—Todos los habitantes de Forks—continuó Billy por mí. —Aro los maldijo prometiéndose llevar el alma de sus hijos y proporcionándoles un suplicio peor que la muerte. Los convierte en espíritus errantes.
—Espíritus errantes…—musité.
Y me vino a la memoria todo lo que Billy había estado contando aquella noche. Aparentemente, no había estado escuchando, pero mi subconsciente lo había hecho por mí. Tenía la suerte de tenerlo más desarrollado que mi propia mente racional.
"Los espíritus errantes son parásitos espectrales que tienen como misión atraer las almas de los niños y adolescentes—cuanto más pura sea esa alma, más atracción sentirán hacia ésta, tal como asquerosas polillas sintiéndose atraídas por la luz de una vela—, hacia el mundo oscuro gobernado por el coleccionista de almas.
Los niños pueden defenderse de esos espíritus, porque no tienen definido el umbral entre el mundo físico y el espiritual. Por lo que las presas más exquisitas y potencialmente expuestas son aquellas que aún no han definidos los umbrales—por eso pueden ver aquellas alimañas en las superficies de los espejos y cristales—, pero que su mente se rige por las normas del mundo de los adultos, y caen en un estado de locura porque no lo concilian. Es ahí donde los espíritus atacan.
Son como las sirenas. Se ponen bellos disfraces, sus voces almibaradas se llenan de dulces mentiras, y cuando atraen al pobre desgraciado que han elegido como víctimas, se autodestruyen para volver a renacer en su forma espiritual y arrebatar, poco a poco, la vida y conducir al desgraciado a su nueva existencia. Están llenos de odio y rencor y son incapaces de sentir en sus carnes lo que es el verdadero amor. Pero sí lo son para utilizarlo como arma arrojadiza y atar a una persona por medio de los sentimientos de culpa y pena. Es un ciclo infinito que se ha repetido a lo largo de los siglos y que, nosotros, los designados por los espíritus de la luz para detenerle, no hemos logrado que su poder cese. Lo único que podemos ofrecer es consejo y ayuda espiritual para las potenciales víctimas."
Me eché a temblar y no a consecuencia del frío. Billy giró su silla de ruedas hacia donde me encontraba, y delicadamente—algo impropio de él— frotó mi brazo con sus manos para que entrase en calor.
— ¿Entiendes ahora porque debes darte prisa?
No fui consciente que estaba afirmando.
—Entonces, esto no es nuevo—susurré. Negó con la cabeza: — ¿Quieres decir que Jane, entre otros, llevan repitiendo esto durante siglos?
Me dio la razón.
—Jane era la nieta de Aro y fue de las primeras víctimas de la tiranía de su abuelo. Sólo que este culpa a los demás y quiere que paguen con algo más que su sangre. ¡No la compadezcas en absoluto, querida! Ella irá a por ti de la manera más cruel que exista y te atacará donde más daño te puede hacer.
—Soy su próxima víctima. —No lo estaba preguntando.
—Sabe que eres la única persona que puede vencerla, pero tus miedos y demoras la están haciendo ganar terreno. No debes demorar tu decisión mucho más. Es difícil y peligroso, no lo dudo, pero si no te das prisa, serás la próxima. Y ella no será la intermediaria para arrastrarte al mundo oscuro.
Cuando la venda cayó de mis ojos, me aterré aún más que con la amenaza sobre mí.
En su sed de venganza, ¿sería tan mezquina de utilizar de aquella manera a…Edward? Tal era su poder que así sería.
Me negué a creerlo. No sabía cómo, pero tenía que impedir que le hiciese daño a Edward.
Por mis emociones de rabia, florecientes, Billy adivinó lo que se me pasaba por la cabeza, y sacó de su bolsa un libro antiguo recubierto de cuero marrón bastante desgastado.
—Abre la primera página—exigió.
Le obedecí sin cuestionarle y me encontré de pleno con una fotografía. Era del cumpleaños número dieciséis de Edward y se le veía feliz porque Esme y Carlisle le habían regalado su primer coche, el último modelo de Volvo de color plateado, tal como a él le gustaba.
Su felicidad era contagiosa porque se nos veían al clan Cullen Hale Swan—había sido adoptada como me decía Emmett—con sonrisas relucientes y ojos brillantes. Y yo era la más feliz de todas porque Edward estaba allí, abrazándome con fuerza, en el medio de la foto.
Jane aún no había entrado en nuestras vidas para arruinárnoslas.
Se me escapó una lágrima. No quería que aquella felicidad se escapase y sólo me quedase un vestigio de papel para recordar que una vez la tuve.
Detrás de la foto había algo escrito.
Reconocí la letra de Alice.
"Bella;
Es la única manera que se me ocurre de llegar a ti. Estás tan ausente. Es como si Jane también te hubiese atrapado a ti. Mientras me queden energías, no lo permitiré. No quiero perder a mi hermano. No quiero perder a mi mejor amiga.
He estado investigando las leyendas de Billy y he encontrado varias cosas. Muchos de los síntomas que presenta mi hermano están descritos en este libro. Hay muchas cosas más.
Por favor. De alguna manera, eres la única persona que puede detener a Jane.
Sobre todo: ¿Recuperaré a mi mejor amiga? ¿Me ayudará ella a recuperar a mi hermano?
Debemos darnos prisa. La marca de su espalda forma una mano perfecta. No queda mucho tiempo.
Te queremos. Por favor, llámame.
Allie."
Mordí mi labio, conteniendo las lágrimas. ¿En qué mundo paralelo había estado? Si no dejaba de lamerme las heridas y sollozar como una niña pequeña, podría perderlo todo.
Aún no sabía cómo ayudar a Edward pero no permitiría que Jane se lo llevase a su mundo, convirtiéndole en una aberración del chico bueno y dulce que había sido.
Nunca más dejaría sola a Alice.
La mirada de Bill era significativa. Había tenido algo que ver con Alice para transmitirme el mensaje.
Me sonrió con tristeza para darme ánimos.
—Necesitas de tus amigos. El viaje, del cual estás a punto de partir, no será fácil.
Charlie se dio cuenta de nuestra ausencia—debía haber acabado el primer tiempo del partido—, y echaba de menos a Billy. Salió al porche, y después de reñirnos por estar a la intemperie, ayudó a Billy a entrar en casa.
Subí los escalones tan sigilosa como un fantasma y me metí en mi cuarto, tirando el libro en la cama, cogiendo papel y lápiz junto con mis ganas de desentrañar aquel misterio, para después lanzarme en la cama y empezar a abrir el libro donde Alice me había puesto los marcapáginas.
Había una foto de una espalda con una mano marcada en ella, igual a la de Edward pero más dilucidada. Aquello no pintaba bien. Cuanto más visible era, más poder estaba adquiriendo.
—Muy bien, pequeña zorra—mordisqueé el lápiz. — ¿Qué haré para pegar tu culo muerto en tu tumba y dejes a mi Edward en paz?
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Duermevela.
Se había convertido en el peor momento de la noche para mí. Aquel periodo donde dejaba de encontrarme a salvo en mi cuarto para atravesar aquella horrorosa casa y encontrarme con Aro en pleno apogeo de su poder y malignidad, sintiéndome impotente cada vez que arrancaba un corazón un joven y lo guardaba en las tumbas de su cripta, convirtiéndole en su esclavo, sin voluntad ni deseos más que los de Aro.
Aquella noche, sólo la oscuridad invadía mi habitación y yo aún no la había abandonado.
Algo muy frío rozó mis pómulos. Estuve a punto de estremecerme y abrir los ojos, pero el roce era continuo y conocía los dedos que me dedicaban sus caricias a la perfección. Mi piel había diseñado una memoria especial para ello.
Un aliento gélido hizo, no obstante, arder mis labios al concentrarse mi sangre y emociones en ellos, y pronto, una gran presión sobre ellos, me hizo contener el aire.
Aun así, la pasión se alimentaba de un fuego frío. Como si ya no hubiese vida en aquellos labios adorados.
—Edward…—musité entre ellos.
Rompió el beso y, agarrándome por los hombros, rompió nuestro contacto. Abrí los ojos y retrocedí asustada al observar los suyos.
¿Dónde estaba su calidez? No había rastro de su verde natural. Sólo sombras invadiéndolos.
Quise preguntarle que ocurría, pero me puso un dedo en mis labios para callarme.
—….Corazón de piedra—canturreó. Después silbó para callar los latidos de mi corazón y procurar tranquilizarme. —Bella, todo va a ir bien. No tengas miedo…
No lo comprendí.
Sencillamente, me dejé llevar por sus caricias y por sus palabras tiernas capaces de arroparme del miedo.
Sólo cuando mis dedos rozaron la piel de su muñeca, comprendí que algo no iba bien.
Abrí los ojos del todo y me separé de él.
No intentó impedírmelo. Sólo me dedicó una sonrisa carente de alegría.
Se levantó de mi cama y se arremangó la camisa.
Me tapé la boca sofocando mi grito y pegué un brinco para arrinconarme en una esquina de la cama. A pesar de las lágrimas, veía claramente los cortes profundos en las muñecas y los superficiales en torno al brazo.
—Bella, no—musitó tiernamente. —No tienes por qué preocuparte por mí. No fue doloroso. Las pastillas me adormecieron enseguida. Incluso al final, mis últimos pensamientos fueron para ti, mi pequeño corazón de piedra.
Hipando y con la angustia y los sollozos haciendo un nudo en mi garganta, leí lo que ponía en su brazo. Me hubiese tenido que aterrorizar si no fuese por la pena que me rompía por dentro.
—Léelo en voz alta—me ordenó in emoción en la voz.
—…Isa…Isabe…Isabella—hipé más fuerte.
Se rió siniestramente e ignorando como temblaba, acercó su mano hacia mi rostro y lo agarró con violencia entre sus dedos.
—No debes llorarme, amor. La muerte no es el final, sino el principio para los dos. Pronto nos reuniremos…
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El sonido de mi móvil me sobresaltó amortiguando mi grito al despertarme.
Al principio tenía miedo al cogerlo.
¿Tendría la pequeña zorra línea directa entre el mundo de los vivos y los muertos?
Volvió a sonar dos veces más, ininterrumpidamente, hasta que me decidí y leí el nombre de la pantalla
Alice.
Apreté el botón de descolgar y los primeros segundos antes de decir hola y escuchar lo que ella tuviese que decirme fueron una tortura.
Cuando escuché sus sollozos, caí en la cuenta de cuan real había sido mi sueño. Y mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Alice—gimoteé angustiada.
Lo que fuese que hubiese pasado que me lo dijese ya.
—Bella…es Edward…—contó entrecortada. —…Papá lo encontró en la ducha completamente vestido y todo estaba lleno de sangre.
—No—murmuré aun sabiendo que la última parte era cierta.
—Mi hermano se ha cortado las venas.
Fue lo último que oí cuando dejé resbalar el teléfono al suelo y las piernas me flaquearon hasta quedar derrumbada en el suelo.
Después el fantasma de la pena me rodeó y el dolor era la única sensación real que sentía.
Una lágrima cayó en la piel de mi brazo y la gota salió de color escarlata.
Y de repente, sentí la horrible sensación que alguien me estaba desgarrando la piel con una cuchilla.
Chillé hasta que mi garganta quedó en carne viva, pero no amortiguaba el dolor. Cada vez ganaba mayor profundidad y solo el olor a sangre me anestesió.
— ¡Edward, quiero que pares!—chillé angustiada. — ¡Me estás haciendo daño!
No cesó hasta que se formó una palabra en mi piel.
—Mía—leí entre sollozos.
Cuando creí que todo había terminado, me aovillé en el suelo y empecé a llorar.
— ¡Bella!—Oí la voz de Charlie, asustado, desde la puerta.
Llamó varias veces, cada vez más insistentemente, hasta que la falta de respuesta por mi parte le aterró tanto que abrió la puerta sin esperar una invitación.
Abrió los ojos como platos al verme tumbada en el suelo, tiritando y llorando desconsoladamente.
No se me ocurrió como explicarle por qué tenía aquellos cortes en el brazo.
No le pareció importar, porque se dirigió hacia mí y me apretó con fuerza entre sus brazos para protegerme.
Me sentía tan reconfortada entre sus brazos que sólo caí en la cuenta de las palabras en mi brazo mucho más tarde.
Charlie no había podido decir nada porque mi brazo estaba limpio.
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(1) Famosa serie americana que trata la temática de zombies.
