Capítulo 2: Separados
-Lo siento mucho, Shunrei. Enviaré a buscar mis cosas apenas tenga un lugar estable donde vivir.
Con esas palabras de despedida Kito cerró la puerta y dejó a una llorosa Shunrei sentada en el sofá.
-¿Qué dirán los niños? ¿Qué dirán los niños? – repetía una y otra vez Shunrei, moviendo la cabeza de un lado a otro.
Todo se estaba derrumbando sobre su cabeza.
Todo había comenzado el día de la visita a la Mansión Kido. Los chicos, Bao y Chen, se habían escapado para buscar a un Santo de Athena. Y Vaya si lo habían encontrado. Claro que sí. Nada menos que Shiryu, el legendario Dragón en persona.
Cuando el guardia les fue a avisar a la biblioteca que los chicos estaban husmeando en la mansión y él los había encerrado en la biblioteca, se sintió sumamente avergonzada. Más aún cuando los ojos acusadores de Tatsumi la traspasaron.
-¿Una madre que no sabe controlar a sus hijos? Mal, muy mal – comentó Tatsumi.
Ahora fue el turno de Kito para enrojecer intensamente. Miró severamente a su esposa y le pidió que fuera por los niños.
Kito jamás le había hablado en ese tono a Shunrei. Pero ella comprendía que no debía desobedecerlo frente a su jefe, más aún, una persona que era tan severa como Tatsumi. Así que se apresuró a ir a la cocina para recuperar a sus niños y darles un sermón.
Entró precipitadamente a la cocina, muy preocupada por los niños, pensando que tal vez les habían hecho algún daño... Sólo pudo verlos a ellos cuando entró. Percibió que había alguien más, pero en ese momento sólo sus hijos existían para ella. Se dirigió directamente a ellos y los abrazó.
-¡Pero, mamá! ¡Nos avergüenzas! – reclamó Bao, intentando soltarse del abrazo, pero en el fondo complacido de que no lo retaran frente a su ídolo.
-Mamita, perdóname – sollozó Chen en el hombro de su madre.
-Me preocupé cuando ese guardia dijo que los había encerrado. Creí que les habían hecho algún daño – repuso Shunrei, abrazando con más fuerza a los niños.
Shiryu contemplaba en silencio la escena familiar, estupefacto, sin poder reaccionar. Finalmente pudo decir, lo bastante alto para que Bao lo escuchara:
-Shunrei...
Bao se soltó de los brazos de su madre y miró al caballero con admiración.
-¡Señor Shiryu! ¡Usted sabe el nombre de mi mamá! – exclamó. Shunrei alzó la vista y se puso intensamente roja. Afortunadamente los chicos no se dieron cuenta. Shiryu sí.
-Shunrei – repitió él, ignorando el comentario de Bao.
.Hola, Shiryu – dijo ella en un susurró, mirando al suelo.
-Tantos años...
-Quince. Son quince años, Shiryu.
-¡Ustedes se conocían! – dedujo alegremente Bao, mirando a su madre bajo una luz nueva. ¡Magnífico! ¡Mamá era amiga de un Santo de Athena! Los chicos en la escuela se pondrían verdes de envidia...
-¿Por qué se conocen? – inquirió Chen, abrazando posesivamente a su mamá.
-Éramos... – empezó Shiryu.
-Éramos... – siguió ella. ¿Qué éramos?, pensó.
-Su mamá era la hija adoptiva de mi maestro Dokho – dijo Shiryu -. Pasé junto a ella muchos años de mi vida.
-¡Guau! – dijo Bao.
-¡Guau! – repitió Chan, soltando a su madre y acercándose a Shiryu
-¿Así que mi mamá conoció al legendario Santo de Libra? ¡Genial! – dijo Bao, dedicándole una gran sonrisa a Shunrei - ¿Por qué no nos lo habías dicho?
-Estos son dos de mis hijos, Shiryu – dijo Dhunrei, ignorando la pregunta de Bao -. Tengo cuatro hermosos hijos, dos niños y dos niñas. ¿Y tú qué tienes?
Esta pregunta le salió más cruel de lo que ella misma deseaba. Él abrió mucho los ojos, asombrado del veneno que se sentía en lo que ella había dicho.
-Yo no tengo nada – dijo él después de un momento.
Bao seguí parloteando alegremente, diciendo que debían invitar al Dragón a cenar, para que conociera a la familia... Chen, en cambio, miraba con ojos muy abiertos a su madre. Nunca la había visto tan, tan molesta. Ni siquiera cuando Bao inundó su habitación.
-¿Acaso Ione no te dio hijos? – Shunrei había recuperado un poco la compostura. Ya no estaba roja, pero se sentía muy, muy molesta. ¿Qué derecho tenía él de volver a meterse en su vida y pavonearse, hacer alarde de su felicidad?
-Jamás hubo una Ione – Shiryu dijo esto casi sin pensar -. Sólo quería que tuvieras la oportunidad de tener una familia.
No dijo "lo que yo no pude darte", pero Shunrei entendió lo que significaban las palabras de Shiryu.
-¿Estás solo? – preguntó ella, mirándolo con lágrimas en los ojos.
-Tú tienes tu familia y eso es lo que importa – dijo él, sonriendo tristemente.
-Sí... mi familia.
Chen seguía mirando a su madre y a Shiryu, alternativamente. Sentía que ahí había un misterio, pero no podía entender de qué se trataba.
-Señor Shiryu, usted tiene que venir a conocer a mis hermanas y a mi padre – pidió Bao, tomando la mano de Shiryu.
-Me gustaría, pero...
-Mamá... dile que venga... – suplicó Bao.
-La decisión es de él – dijo Shunrei, pero su sonrisa era amable y, para Shiryu, una gran tentación.
-Por qué no... – repuso Shiryu, y dejó que Bao lo llevara a la biblioteca para presentarlo a su padre.
En la biblioteca Tatsumi ya se había ido, pero había dejado a su asistente, Minako, una joven mujer que conversaba con Kito sobre el trabajo de la Fundación.
Minako estaba sentada en la mesa frente a Kito. Ella no tenía problema en mostrar sus piernas, ni él en contemplarlas. Tai, la madre de Kito, estaba sentada en un rincón, entreteniendo a las niñas, intentando disimular su molestia; se notó el alivio que sintió cuando vio a Shunrei.
-¿Llegaste con los niños? El señor Tatsumi estaba muy molesto – dijo Kito.
-Nada hay que moleste tanto al señor Tatsumi como una mujer perezosa que no cumple sus deberes de madre--- - había empezado a decir Minako, pero se quedó callada, confundida al ver quién acompañaba a Shunrei y a sus hijos.
-¡Papá, él es un Santo de Athena! – saltó Bao, sin respetar formalidades - ¡Shiryu, el famoso Dragón!
Kito abrió la boca de puro asombro. ¡Su hijo con un Santo de Athena!
-Señor Shiryu, gracias por cuidar de mis hijos... – dijo, obsequioso, hasta que se fijó en Shunrei, que traía un poco más atrás a Chen de la mano -, a pesar de que eso sea responsabilidad de su madre.
Shiryu lo miró severamente.
-Creo que son ambos padres los que deben cuidar a los hijos – dijo Shiryu.
-¡Exacto! Siempre he pensado lo mismo – dijo Minako, cruzando una y otra vez las piernas.
-Sí... tiene razón, señor Shiryu – aceptó Kito, con una reverencia.
-Mamá conoce al Dragón desde que eran niños, papá – dijo Bao, saltando alrededor de ellos.
-Eso es mucho, mucho tiempo – dijo Chen.
Mei, Chang y la abuela se habían acercado al grupo.
-¡Es tan guapo! – murmuró Mei, creyendo que nadie la oía. La risa de todos relajó un poco a Shunrei.
-¿Cómo una mujer sencilla como usted llegó a conocer a un Santo de Athena? – preguntó Minako.
-Se criaron juntos – dijo Bao.
-Ella fue hija adoptiva del Santo de Libra – repuso Chen.
-Y después él se fue a combatir y mamá se casó para tenernos a nosotros – terminó de contar Bao.
-Su antigua amistad con mi esposa es una honra para nuestra familia – dijo Kito, haciendo una reverencia.
-Papá, invítalo a cenar... – murmuró Chang tirándole de la manga.
-Claro, claro... Señor Shiryu, para nosotros sería un honor si usted se dignara a acompañarnos en la cena de esta noche.
-Supongo que también yo estoy invitada – dijo Minako, acercándose a Kito y poniéndole una mano sobre el hombro – después de todo, los funcionarios debemos permanecer unidos, ¿no?
Como riéndose de un chiste privado, Kito y Minako estallaron en carcajadas. La abuela frunció el ceño.
-Me sentiré honrado de asistir – respondió Shiryu, mirando a Kito fijamente, pero queriendo mirar a otra persona.
Y así fue. Aunque el sentido común le gritaba que era un error, Shiryu asistió esa noche y todas las que siguieron a la casa de Shunrei. Y no sólo en las noches a cenar; también eventualmente desayunaba con la familia, o pasaba una tarde jugando con los niños. O conversando con Shunrei y la abuela. Shunrei y él tenían mucho, mucho cuidado en jamás quedarse solos...
Así pasaron las cuatro semanas que Shiryu tenía de "vacaciones". Pero él no dejaba la mansión. Decidió que necesitaba un descanso más largo y que no tomaría nuevas misiones por un tiempo.
Llegó el tiempo del verano. Kito decidió que a familia necesitaba conectarse con la naturaleza, y planeó ir a acampar a un bosque cercano.
-¿Quieres que llevemos comida preparada, o que cocine allá? – preguntó Shunrei a su marido.
Él no le respondió. Ni siquiera fue capaz de mirarla a los ojos.
-¿Qué pasa? – Shunrei supo que algo estaba mal. Oh, no. ¿Acaso él sospechaba de ella y Shiryu? ¡Pero si jamás estaban solos! ¿Cómo podía pensar así de ella?
Pero no era eso.
Kito le contó que en el trabajo nuevo la dinámica entre compañeros era distinta. Que todos eran muy amables, en especial Minako, la asistente de Tatsumi. Minako era graciosa, despreocupada, y le había mostrado a él, Kito, una forma más alegre de ver la vida. Era joven, bella, y Kito creía que él tenía derecho a rehacer su vida. Junto a Minako.
-Este viaje es para que Minako y los chicos se conozcan – contó Kito -. Dejaremos que se hagan amigos y después les contaremos todo... – se detuvo al ver el rostro congestionado de Shunrei -¡Vamos, Shunrei! Ambos sabemos que tú no me amaste nunca. Creo que tengo derecho a ser amado por alguien.
Shunrei asintió lentamente con la cabeza.
-Por favor no hagas un escándalo de esto. Tú no eres así, Shunrei. Tú nunca dejarás de ser la madre de los chicos, no te quitaré eso. Ya hablé con mamá, y ella vivirá contigo para ayudarte con los niños. Por ahora viviré en el departamento de Minako, pero cuando consiga una casa grande, los chicos vendrán a verme todos los fines de semana. Supongo que ese arreglo está bien para ti.
Shunrei volvió a asentir, esta vez más serena.
-Lo siento mucho, Shunrei. Enviaré a buscar mis cosas apenas tenga un lugar estable donde vivir.
Con esas palabras de despedida Kito cerró la puerta y dejó a una llorosa Shunrei sentada en el sofá.
-¿Qué dirán los niños? ¿Qué dirán los niños? – repetía una y otra vez Shunrei, moviendo la cabeza de un lado a otro.
Todo se estaba derrumbando sobre su cabeza.
En ese momento apareció Tai, la madre de Kito. Llevaba una pequeña maleta.
-Los chicos ya están en el auto – le dijo a Shunrei -. Kito los convenció de que estabas dormida, por eso no vinieron a despedirse de ti.
-Gracias – dijo Shunrei -. No me gustaría que me vieran así.
-Mi esposo tampoco fue mi gran amor – dijo Tai -. Mi gran amor se llamaba Kun, y murió en la guerra, antes de poder casarnos.
-Eso es terrible – se compadeció Shunrei.
-Creo que todos tienen derecho a disfrutar de un amor en sus vidas. Y si puedes recuperar a tu amor, deberías intentarlo.
Shunrei rehuyó la mirada de la mujer.
-No sé de qué hablas – dijo.
-Sí que lo sabes – repuso Tai -. Mi hijo no ha sido buen marido este último tiempo contigo. Pero yo no puedo juzgarlo. Es mi hijo favorito, y quiero verlo feliz. Está enamorado, y es amado por primera vez en su vida. Pero a ti también te quiero, Shunrei, y creo que mereces ser feliz.
-Soy feliz con mis hijos – se defendió ella.
-No sólo eres madre, también eres mujer. Te mereces una oportunidad para amar. ¿Crees que soy ciega? He notado las miradas que intercambian Shiryu y tú, sin darse cuenta de lo que hacen. Hay fuego y pasión entre ustedes. Inténtalo, Shunrei, que también tienes derecho a ser feliz.
Diciendo esto, Tai se fue. Shunrei se dejó caer sobre el sofá, pensando en las palabras de Tai. Que ella también tenía derecho a ser feliz. ¿Pero cómo podía pedirle a Shiryu que él, un Santo de Athena, amara un poquito a una simple mujer como ella? Imposible...
¿Qué le quedaba ahora? Shiryu también se iría, de eso no tenía dudas. Se iría, como siempre, como siempre.
-¡Shunrei! ¿Qué tienes? ¿Estás bien?
Shiryu se había alarmado al ver a Shunrei tirada en el sofá, prácticamente inmóvil. Ignoraba que la familia tenía pensado ir de campamento, así que había acudido, como cada mañana, a desayunar junto a la familia. Nunca esperó encontrarse con Shunrei así.
-¡Déjame! – gritó Shunrei – No me toques, por favor... esta mañana me han abandonado por segunda vez, y no quiero tu compasión...
-¿Abandonarte? ¿Qué?
-Kito... Kito está enamorado de otra mujer. No fui capaz de retener al padre de mis hijos. ¿Qué clase de mujer soy?
Shiryu retiró la mano que aún tenía en el hombro de Shunrei.
-Lo siento – dijo él -, es terrible perder a la persona que amas.
-Se fue porque nunca lo amé – repuso ella. Shiryu dio un respingo.
-¿Qué? – preguntó.
-Nunca lo amé, y eso es tu culpa. Tuya. Desde que te conocí que no he pensado en otro y no puedo amar a nadie más. Por tu maldito sentido del deber.
-Shunrei, yo...
-Ni siquiera soy capaz de retener a un hombre común. ¿Cómo pude creer que un Santo me amaría? Qué ingenua fui...
Shiryu no pudo (o no quiso) contenerse más y le dio un beso que resumía el deseo insatisfecho de más de veinte años.
Su primer beso.
No el primero para ella, ni para él. Sin embargo se sentía como tal, porque era el primer beso de amor.
Nota de la autora:
Gracias por los reviews!!! Muy buenas las ideas que me dieron, como ven usé algunas de ellas porque son justo lo que se necesitaba.
Nos vemos!!!
