CHAPTER 2: Anything You Can Do
Quinn se pasa todo el trayecto en coche discutiendo con Santana. Bueno, en realidad es ella sola la que discute, la latina está la mar de feliz y contenta.
- Dame otro nombre –le exige, esquivando de manera bastante temeraria un bache-. Rachel Berry no es una opción.
- ¿Por qué no? –Santana se recuesta contra el asiento y sonríe-. Me dijiste que podía ser una chica si yo lo quería. Es una alumna, va a este colegio y ambas la conocemos. ¿No fueron esas tus condiciones? Estoy dentro de los límites de la legalidad, Fabray.
Quinn se aferra al volante con tanta fuerza que las manos le duelen.
- Además, dijiste que podías conquistar a quien te propusieses, ¿o acaso no lo recuerdas?
- Afortunadamente, aún no tengo problemas de memoria.
Santana se echa a reír y Quinn la fulmina con la mirada a través del retrovisor.
- ¿A ti todo esto te divierte, verdad?
La latina curva los labios en una mueca de desdén y alza el mentón.
- No te imaginas hasta qué punto.
Quinn vuelve los ojos a la carretera y frunce un poco el ceño.
- No crees que pueda hacerlo –no es una pregunta, es una afirmación.
Santana echa la cabeza hacia atrás y suspira sonoramente.
- Ni por un segundo.
Quinn siente que le hierve la sangre. Para variar, Santana no la cree capaz de conseguirlo. No sabe por qué le duele, la verdad. Está acostumbrada a que la gente no crea en ella. Su madre se carcajeó delante de sus narices cuando, con apenas seis años, le dijo que iba a ser la primera de la clase. Su padre sonrió con indulgencia cuando le comentó que pensaba ponerse a régimen para perder los quilos que le sobraban -No digas bobadas, le dijo-. Santana trató de disuadirla cuando le confesó que le gustaría entrar en el equipo de animadoras y la miró con ojos incrédulos cuando le contó que Puck iba tras ella.
Nadie cree en ella. Le ha restregado a todo el mundo sus victorias una a una y ni por esas. De nada sirvió el boletín de notas repleto de dieces; de nada sirvieron los más de veinte quilos que perdió en tan sólo un año; de nada sirvió entrar en el equipo de animadoras en primera convocatoria ni arrebatarle el puesto de capitana a Cindy; de nada sirvió acostarse con Puck; de nada sirve nada de lo que hace. Para sus padres, para Santana, para la gente que de verdad la conoce, sigue siendo Lucy, esa niña regordeta negada para los deportes y con dificultades de aprendizaje que había que criar entre algodones y empujarla hacia arriba porque ella sola no podía.
Porque hasta la maldita Rachel Berry cree que lo máximo a lo que puede aspirar es a quedarse atada a Lima.
Quinn aprieta los dientes y siente que la rabia se abre paso entre sus entrañas. Patea mentalmente esa imagen de niña desvalida y la saca a empujones de su cabeza. Le callará la boca a Santana. Le demostrará que no importa cuán difíciles, absurdos y estúpidos sean sus objetivos; si Quinn se propone algo, lo consigue.
Aunque ese algo sea conquistar a Rachel Berry.
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Santana se sienta sobre la cama de Quinn y cruza las piernas. Agarra la almohada que hay en el cabecero y se la pone sobre las rodillas (lleva falda, solo unos cuantos elegidos o elegidas pueden ver lo que hay bajo ella y Quinn no es una de ellas).
- Dos meses –es el plazo que le da para conquistar a Rachel. Le parece tiempo más que razonable pero Quinn niega con la cabeza.
- Hasta final de curso.
- ¡Sí, mira! ¡Hasta que se jubile en Broadway, no te jode!
Quinn cambia su expresión. De repente parece cabreada y Santana no entiende por qué.
- Por lo que veo aquí todo el mundo da por supuesto que la medio metro esa va a conquistar Broadway.
Con que es eso, rata celosilla. La latina apoya las palmas de las manos sobre el colchón y echa el cuerpo hacia atrás. A veces olvida lo mucho que a Quinn le jode que Santana mencione éxitos ajenos, especialmente si son los de Rachel Berry.
- No lo he dicho con mala intención ni para picarte, Q –alega en su defensa-. Me ha salido sin pensar.
- Eso es lo peor de todo –Quinn se sienta en el suelo y resopla-. Me vas a dar de plazo hasta final de curso –exige y Santana arquea una ceja.
- ¿No eres tú la que tanto defiende y reivindica la igualdad de sexos? –dice- ¿Por qué entonces reclamas más tiempo para una tía que para un tío?
- Aquí la cuestión no es que sea una tía o no. Me he liado con más de una, lo sabes –Vaya si lo sé. Lástima no haber estado allí con una cámara de video, sus noches de soledad hubiesen sido mucho menos melancólicas-, y no he necesitado más que unas cuantas horas para conquistarlas. Pero no estamos hablando de una chica cualquiera, estamos hablando de Rachel Berry. Necesito tiempo. ¿Hace falta que te recuerde que me odia?
Santana se lo piensa un poco. Razón no le falta, para qué engañarnos, pero le fastidia tener que esperar tanto para conocer el resultado del juego. La paciencia no está entre sus virtudes.
- De acuerdo –accede finalmente. Frunce el ceño para dejar bien claro que lo hace a regañadientes-. Tienes hasta final de curso para acostarte con ella. Si lo consigues…
- Espera, espera –la corta Quinn-. ¿Acostarme con ella? –se ha puesto más blanca que las sábanas de su cama.
Santana la mira sin comprender.
- Sí, Q. Acostarte con ella.
- La condición era conquistarla, no llevármela a la cama –hay tanto terror en su voz que Santana no puede contener una carcajada.
- Conquistarla, follártela, ¿hay diferencia?
- Oh, créeme: la hay –la rubia ha retrocedido hasta darse contra el escritorio. Santana apuesta su mano derecha a que ni con un cuchillo en la mano ni bajo el grito de ¡Voy a matarte!, Quinn se hubiese mostrado tan asustada como lo está en ese momento. Tiene que comprobarlo un día de estos.
- Mira, Quinn, no te estoy pidiendo que la enamores, te estoy pidiendo que la seduzcas –aclara-. No me interesa ver cómo la gnoma te declara amor eterno y te pide matrimonio bajo las estrellas. Quiero verla, simplemente, atraída por ti. Sexualmente hablando, por si no he sido lo bastante clara. Es sencillo y mucho menos engorroso que cargar sobre los hombros con un enamoramiento infantil.
El color no vuelve a las mejillas de Quinn y tiene la mirada tan perdida que todas las teorías de Brittany sobre abducción extraterrestre y control mental no le parecen ya tan inverosímiles.
- Tierra llamando a Quinn –se levanta y chasquea los dedos frente los ojos de su amiga-. ¿Me recibes?
Quinn le aparta la mano de un manotazo y le lanza una mirada asesina. Sí, me recibe. Santana vuelve a acomodarse en la cama de la rubia y se dispone a sacar la artillería pesada.
- Está bien, entiendo que no te veas capaz de tal cosa… Si quieres dejamos correr esto. Total, es una estupidez.
Quinn alza la cabeza como si alguien le hubiese dado al Play.
- ¿He dicho yo acaso que no pueda? –dice, completamente ofendida.
Santana sonríe de medio lado. Cariño, cómo te conozco.
- No, no lo has dicho.
- Pues entonces, a callar –Quinn se levanta y cuando lo hace, vuelve a mostrar esa seguridad en sí misma que a tantos bobos -y bobas- ha logrado encandilar-. Tengo hasta final de curso, ¿entendido? –Santana hace un saludo militar. A sus órdenes mi capitán-. Solo falta saber qué gano si lo consigo.
Punto para la rubia, en eso no había caído Santana. Le divertía tanto el juego en sí que no se había parado a pensar en los premios. Tal vez por eso dice lo primero que se le ocurre.
- Podrás pedirme lo que quieras –dice, recostándose sobre los codos-. Lo mismo para mí: si pierdes, tendré derecho a pedirte lo que me plazca y no podrás negarte.
La sonrisa divertida que le dedica Quinn no le gusta ni un pelo.
- Si estás pensando en convertirme en tu esclava sexual o algo por el estilo, mejor vete sacándotelo de la cabeza. Que me vayan un poquito las tías no quiere decir que me vayas tú.
Santana le tira la almohada a la cabeza, pero como buena animadora y capitana del equipo, Quinn tiene los reflejos de un felino. El almohadón no le roza ni un pelo.
- Baja los humos, que yo a ti no te toco ni con un palo, guapa.
Quinn se acerca moviendo exageradamente las caderas y se inclina sobre ella.
- ¿Por qué no? –dice en un burdo intento por sonar sensual-. Soy rubia, animadora... Creía que ése era el prototipo que te iba.
Esta vez, Quinn no logra esquivar el golpe. Debería dar gracias a que esté de buen humor y solo haya sido un manotazo. Otra indirecta más sobre Brittany y le mete los veinte mil premios de fotografía que tiene en la estantería por el culo. Uno a uno.
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Rachel está acostumbrada a los cuchicheos, a que la gente hable de ella a sus espaldas. Está más que habituada a las críticas, a los insultos y a los granizados. Siguen doliendo, por supuesto, pero ha aprendido a abrazarlos como su día a día y sucesos como el de ayer han pasado a formar parte de su cotidianidad.
Enfila el pasillo con rapidez y se mete en el aula del coro. Kurt está hablando con Mercedes sobre no se qué programa de la MTV mientras Artie ríe al lado de Tina. Cierra los ojos y suspira. El ambiente desenfadado y la paz que se respira entre esas cuatro paredes la envuelven.
Aún con la puerta del aula abierta y con la mano descansando sobre el picaporte, se permite el lujo de mirar hacia el pasillo abarrotado. Desde ahí dentro, nada puede hacerle daño. Los comentarios no duelen tanto, las miradas no resultan tan hirientes. El Glee Club es su pequeño refugio, un oasis en medio del desierto. Es como hallar un pantalón Luis Vuitton en medio de un montón de prendas de oferta del mercadillo, según palabras textuales de Kurt.
Apoyada contra una taquilla, ve a Quinn. Sus ojos se encuentran. La muchacha la mira con una expresión que Rachel no sabe muy bien cómo definir y le sostiene la mirada. Pocas veces es capaz de hacerlo sin terminar agachando la cabeza, pero las risas de Tina y la voz de Kurt a sus espaldas le dan fuerza.
Recuerda su pequeño encuentro de ayer y se reprende mentalmente por millonésima vez. Ella nunca pierdes los estribos de ese modo, no se ha pasado años pagando clases de relajación y sesiones de yoga para nada. Pero por algún extraño motivo, Quinn logra siempre arrastrarla fuera de los límites de su autocontrol.
Por insólito que pueda parecer, en esa ocasión, Quinn no se burla ni hace ningún comentario hiriente a voz de grito. Se limita a observarla hasta que, al cabo de un rato, gira sobre sus pies y se marcha con paso calmado. Rachel se la queda mirando hasta que su larga cabellera rubia se pierde entre la multitud.
Después, lentamente y sin poder apartar los ojos del pasillo por el que Quinn se ha perdido, cierra la puerta.
Tiene un mal presentimiento.
