De rumores y segundas oportunidades

Sinopsis: Harry pensaba que tras la boda todo volvería a la normalidad para su familia. Desgraciadamente calló en la cuenta de cuan equivocado estaba al leer aquel artículo del El Profeta.

Disclaimer: para mi desgracia, ni el mundo de Harry Potter ni sus personajes me pertenecen, solo hago esta historia con el fin de entretener y sin ánimo de lucro.

Advertencias: se trata de un fanfic Harry/Draco, si no te gusta no lo leas.

Capítulos: fanfic abierto y en proceso.

II

Desde hacía ya bastantes años, el 31 de julio podía considerarse un día muy especial para Harry.

Aunque durante su infancia, éste no le había importado absolutamente nada (ni a él ni a nadie), ya que los Dursley rara vez se acordaban del día de su cumpleaños (solo recordarían el de su querido Dudley, celebrado el 22 de junio), desde finales de la guerra había tomado un significado completamente distinto.

Una vez finalizado el conflicto con Voldemort, los 31 de julio eran motivo de celebración ya que no todos los días tenía la gran oportunidad de reunirse con toda su familia y sus amigos.

Todos sus cumpleaños le habían traído momentos buenos y felices. Aún sonreía cada vez que recordaba a su pequeña Lily de cinco años gritar sopla las velas, papá dando palmitas con sus manos, al igual que fruncía el ceño (y sonreía negando con la cabeza) al recordar a un revoltoso James de diez años hechizar la tarta que su madre había tardado tres horas en hacer.

Desgraciadamente ese año no todo sería igual que en años anteriores.

Ginny le enviaría una carta (que llegaría por la mañana al despacho de Harry) excusándose de no poder asistir a la celebración. El mago leería el pergamino con un suspiro en los labios. Desde que su esposa había aceptado aquel trabajo para El Profeta meses atrás (siguiendo los resultados de los partidos de Quidditch a lo largo del mundo) su ausencia en casa era notoria. No es que le importara demasiado. Después de todo, sus hijos ya no eran unos niños que necesitaran cuidados, así que su presencia no era tan necesaria. Harry se sentía feliz de que Ginny disfrutara de su trabajo después de tantos años, pero con la llegada de aquellas cartas él no podía evitar sentirse un poco solo. Solo un poco.

Todos los años Harry recibía un sinfín de ramos de flores, cajas de bombones (algunos seguían portando pociones de amor tal y como lo habían hecho en sus años posteriores a Hogwarts) y tarjetas felicitando su cumpleaños, por lo que no le extrañó en absoluto la imagen de su despecho (abarrotado de rosas, lirios y margaritas, entre otras) al entrar a primera hora de la mañana.

—Señor Potter —dijo Rachel desde la puerta con una pequeña sonrisa—, ha llegado otro paquete.

—Dime que no son flores —suplicó, apartando tres ramos de su escritorio.

—No lo son —le respondió con una mirada divertida—, en realidad es un paquete pequeño.

—¿Quién lo envía?

—La familia Malfoy.

Harry enarcó una ceja. Eso sí que no lo esperaba.

—¿Estás segura de que no es una bomba o algo parecido?

—Segura, señor Potter —rió.

La mujer tomó la pequeña cajita de color verde y plata y se la entregó a su superior antes de salir de la sala.

Harry le dio una y mil vueltas antes de decidirse a abrirla, pasó sus dedos por el lazo color plata y el papel de terciopelo, sintiendo la textura de este. Al tirar de la tapa una pequeña nota cayó descendiendo de forma delicada hasta la superficie de la mesa. Harry la recogió y leyó su contenido.

No pensaba enviarte nada, pero Astoria ha insistido en ello. Piensa que ahora que somos familia no sería del todo adecuado no felicitarte.

Feliz cumpleaños, Potter.

P.D: espero que no hayas olvidado mi visita de hace días. Arreglad tú o tu esposa (sé que trabaja para ellos) de una vez por todas el asunto de El Profeta, o intervendré.

Harry finalizó su lectura con una mueca de disgusto en el rostro, mueca que fue borrada rápidamente al observar el broche de león color dorado (y con algunas incrustaciones de lo que parecían rubís) que aguardaba pacientemente en la cajita.

—Feliz cumpleaños, Harry—le había saludado cariñosamente Hermione al salir de la chimenea tras una leve humareda de color verde. Se acercó a él y le dio un pequeño beso en la mejilla al mismo tiempo que Ron se adentraba en el salón— ¿Cómo te sientes al ser un año más viejo?

—Exactamente igual que el año pasado —sonrió dándole un abrazo a sus dos amigos.

—Espero que Ginny haya hecho su famoso bizcocho —dijo Ron tomando asiento en uno de los mullidos sofás de la sala mientras que recibía por parte de su mujer una severa mirada (aquella que significaba solo piensas en comer).

Harry suspiró al verse obligado a explicar la situación una vez más (ya le había tocado entablar aquella conversación con sus hijos).

—Ginny no vendrá, está de viaje por su trabajo.

—Vaya. Lo siento, Harry —su amiga le miró algo entristecida.

—Siempre me quedareis vosotros —sonrió Harry—, y los niños.

Harry rió divertido al notar como, aunque sus hijos fueran adultos, seguía con su pequeña manía de llamarlos niños. Manía que le duraría toda su vida.

—Y el joven Malfoy —dijo Ron con una carcajada—. Es el primer año que acompañará a Albus y vendrá a la celebración, se hará muy raro.

Aún y cuando ya hacía meses que el único descendiente de Draco había irrumpido en sus vidas, a Harry le seguía pareciendo sumamente extraño lo bien que habían llegado a congeniar Ron y él. Al principio, como era de esperar, Ron seguía guardando en su interior aquel rencor que había llevado desde comienzos de Hogwarts.

No me fio de él, es como su padre, había dicho con una mueca y una mirada obstinada.

Sin embargo, poco a poco, con cada comentario que Scorpius y cada broma, aquella expresión enfurruñada y rencorosa de su rostro pasó a convertirse en una de aceptación.

Tal vez no se parezca tanto a su padre, le escucharía decir. No me cae tan mal.

Tal y como si Scorpius hubiera adivinado que estaban hablando con él, el oído tan característico que hacía su hijo al tocar la puerta inundó la habitación.

El anfitrión se había acercado a recibir a la pareja cuando escuchó (imposible no oírlo) el estrepitoso sonido que hacía su primogénito al aparecerse. Segundos más tardes aparecería una sonriente Lily portadora de un gigantesco paquete adornado con un lazo rojo.

—No —le diría su hija apartando el regalo de las manos de su padre—, la hora de los regalos no es aún. Primero tienes que apagar las velas, después abrirás los paquetes.

Harry sonreiría avergonzado, colocándose adecuadamente las gafas, mientras tomaba asiento dispuesto a esperar por aquella tarta que alguien (no sabía quién, puesto que Ginny no estaba) se había encargado de preparar.

Más tarde, Albus aparecería con ella entre sus brazos y la depositaría en la mesa donde todos aguardaban.

—La ha hecho Scorpius —había dicho un orgulloso Albus mientras Hermione encendía con su varita cada una de las velas.

Ron miró al Malfoy sorprendido.

—En realidad la han hecho los elfos de Malfoy Manor.

—Era demasiado bonito para ser verdad —rió Ron—. Aunque no sé que me divierte más, un Malfoy cocinando o que en la mansión Malfoy se haga una tarta para el famoso Harry Potter. ¿Tu padre no te ha desheredado?

—Si no me desheredó por casarme con un Potter, no creo que lo haga por esto —Scorpius dobló de forma refinada la servilleta que Lily le había pasado—. Además, mi padre le ha mandado un regalo según tengo entendido.

Scorpius sonrió con malicia ante su comentario, observando el broche de león que Harry portaba en su camisa.

— ¿En serio? —preguntó Hermione anonadada.

—Algo trama —dijo Ron, recibiendo un manotazo de su mujer al acercar demasiado uno de sus dedos a la tarta.

—Esto no es Hogwarts, Ron —continuó la mujer—. Ya no tenemos dieciséis años. Ha sido un detalle muy bonito por su parte.

—En realidad dijo que lo envió porque Astoria insistió —dijo Harry (mostrándoles el león dorado), interviniendo por primera vez en la conversación.

—Aun así —dijo Scorpius—, mi padre eligió el broche. Me lo enseñó esta mañana antes de enviárselo.

—Eso demuestra que Malfoy se ha vuelto una persona muy educada, aunque hace años fuera alguien horrible —dijo Hermione finalizando la conversación y dedicándole una mirada de lo siento, pero es verdad a Scorpius.

Una vez sopladas las velas (cincuenta nada más y nada menos) Harry se dispuso a abrir sus regalos, comenzando por el gigantesco paquete que había traído su hija horas antes.

Harry sonrió cual niño en navidad al ver la silueta tan característica que poseía una escoba envuelta en papel de regalo.

—¿No crees que estoy algo mayor para esto, cielo? —le había preguntado a Lily acariciando con sus dedos el símbolo de Nimbus.

—Para nada —dijo—. Además, ¡es una Nimbus 2040! ¡¿Sabes lo rápido que va?

—Muy, muy rápido —dijo James ilusionado con sus ojos fijos en la escoba—. ¿Me la dejaras, papá?

—De eso nada —se apresuró a decir Albus—. ¡Su última escoba la rompiste tú!

Esta vez fue el turno de Ron y Hermione. La mujer le pasó una pequeña cajita metálica.

— ¿Una recordadora? —preguntó Harry sujetando la esfera de cristal (prácticamente igual a la de Neville años tras).

—La edad te pasa factura, amigo —diría Ron con una sonrisa traviesa.

Por otro lado, James obsequiaría a su padre con su famosa camisa de seda natural (todos los años el mismo regalo, solo que a cada ocasión que pasaba el color variaba), y finalmente Albus y Scorpius le entregarían un pequeño y fino sobre de papel.

Harry rompió el sobre no muy delicadamente y abrió los ojos de la impresión al observar el contenido de este.

— ¡Oh, por Merlín! —dijo Harry al sostener las dos pequeñas entradas en su mano.

—Pensamos que te haría ilusión —comenzó Albus—. Hace mucho que no vas a un partido de Quidditch.

—Esto no es un partido cualquiera —respondió Harry aún sin creérselo del todo mostrándole las entradas a Ron—, ¡son los mundiales! ¡Y mira qué asientos!

—No encontrará asientos mejores, se lo aseguro, señor Potter —sonrió Scorpius con superioridad.

—Son dos entradas —dijo Albus señalándolas con el dedo—, para ti y mamá. No estábamos seguros de si podría ir o no, o si le darían una propia por su trabajo, así que le compramos una a ella también.

Harry sonrió una vez más al ver las entradas y notar las miradas felices de sus amigos y familiares, y por primera vez en el día se reprochó a si mismo al no echar demasiado de menos a Ginny.

Horas más tarde Harry se encontraba rodeado por sus tres hijos (y Scorpius), quienes escuchaban las hazañas vividas en Hogwarts años atrás con una sonrisa en sus rostros.

— ¿Os acordáis del baile de cuarto curso? —había dicho Ron medio riendo— Neville casi vomita de los nervios.

Harry y Hermione rieron al compás de los más jóvenes mientras sacaban objetos de una gran caja de cartón que contenía mil y un recuerdos. Harry observó como Hermione recogía una alargada funda de terciopelo negro.

— ¿Qué es esto? —dijo mientras lo abría.

Harry quedó impresionado al cerciorarse de qué se trataba. Ya casi no recordaba que la seguía teniendo.

— ¿Es la varita de Malfoy? —preguntó Ron curioso.

—Creía que se la habías devuelto —le dijo Hermione casi reprimiéndole por no haberlo hecho.

—Iba a hacerlo —dijo recogiendo la varita y acariciando la textura de la madera—, pero por una cosa u otra al final no se la devolví.

Scorpius observó de forma curiosa la varita en manos del mago.

—Fue gracias a esta varita que conseguí vencer a Voldemort—le dijo Harry tendiéndosela al Malfoy—. Le debo casi mi vida.

El rubio observó la varita con cariño.

— Tal vez deberías devolvérsela tú —Harry suspiró al finalizar el comentario.

Scorpius dudó entre si responder o no, hasta que dijo finalmente:

—Creo que mi padre lo agradecerá si se la lleva usted mismo.

Y pensó que había hecho lo correcto.


¡Por fin tengo tiempo de subir este capítulo! Perdón por tardar tantísimo en actualizar, pero no ha sido hasta ahora que estoy de vacaciones que he podido subirlo (y eso que estaba hecho desde hace meses).

Espero que os guste.