Disclaimer: Algunos personajes pertenecen a Jotaká, los demás son de mi loca imaginación.
Aviso: Contenido sexual, violencia, fic recomendado para mayores de 18 años, menores dar media vuelta si no quieren traumerse ^^, su servidora no cuenta porque ya esta afectada.
Nota: Scabior ésto es para ti, sin tu reto el fic no hubiera nacido.
Nota2: Respuesta al reto propuesto en Superforum de Fanfics.
Mortífagos Caídos
Capítulo dos:
Destino
Luego de pensarlo durante varios años, había llegado a una importante conclusión: Azkaban era un palacio comparado con ésa mansión. Sí, definitivamente prefería mil veces a los dementores, que aquellos idiotas clasificados como sus dueños.
- ¡Augustus! ¡Engendro! ¡Ven acá ahora mismo, idiota!
Su dueña, una mujer de algunos cincuenta o sesenta años, le gritaba a todo pulmón, no era precisamente porque el mortífago no escuchara, sino todo lo contrario, aquella anciana poco a poco había perdido la audición, dándole como recompensa al ex –mortifago una dosis de gritos diarios o por lo menos cada dos horas.
Un largo suspiro surcó de sus labios, si no fuera porque aquella mujer era su dueña y ejercía tanto poder sobre él, de seguro que hace mucho la hubiese asesinado. Quizás esa fuera lo mejor que pudiera ocurrirle, que de una manera u otra aquella anciana dejase de respirar.
Y simplemente no pudo evitarlo, una sonrisa maliciosa se formó en sus labios; pero al instante fue apagada por culpa de los recuerdos. Nada podía hacerle a su propietaria, un hechizo perteneciente del ministerio de magia la protegía de todo mal que él u otro mortífago quisiera hacerle.
- ¿Qué desea, mi señora?-una reverencia luego de hablar, ése era el protocolo que su propietaria le exigía, cada vez que se dirigía a ella, a su marido, a sus hijos o cualquier otro miembro de la familia.
La anciana sonrió satisfecha, adoraba ver a las personas a sus pies y sobre todo a ése maldito mortífago que había sido un gran homicida, en la época del señor tenebroso, observándole en aquellas condiciones, sólo era un sucio y simple esclavo. En verdad que el ministro de magia tuvo una excelente idea al exigir que ésos seres humanos asquerosos y con una gran lista de homicidios en sus espaldas, fuesen tratados peor aún que los elfos domésticos.
- Deseo una taza de té-dijo con tono jovial y sonriendo casi hipócritamente. Observó al mortífago de arriba hacia abajo y notó un gran y molesto detalle.-… y Augustus ¿Dónde está tu uniforme, estúpido?-no solía ser amable con nadie y mucho menos con sus criados, es más aquella desobediencia le molestaba.
Augustus Rookwood trago en seco, que su dueña se hubiese dado cuenta de aquél detalle suponía un gran problema, ya que aunque la anciana no poseía las fuerzas suficientes como para amedrentarlo, su hijo mayor si que las poseía y suficiente había tenido con la dosis de latigazos, puñetazos y torturas que tuvo hacía unas cuantas semanas atrás.
Una excusa, tan sólo necesitaba una excusa y gracias a la sirvienta que tendía la ropa en el jardín la tuvo.
- Eh… lo siento, mi señora, mi uniforme está lleno de lodo y me lo he quitado unos momentos…-la mujer le observaba con mirada inquisidora, afortunadamente sus mentiras solían ser creíbles.-, para asearlo y colocármelo de nuevo en buenas condiciones.-trató de ahogar un suspiro, de nuevo mentía casi tartamudeando, estaba perdiendo su técnica lentamente.
La mujer le observó con el ceño fruncido; pero ya luego relajó su expresión.
- Muy bien Rookwood te creeré por ésta vez; pero sabes perfectamente que no me gusta ver a ningún empleado sin su uniforme…-acotó, mientras posaba su vista en algún punto del jardín.-, es algo que me pone de mal humor y sabes muy bien cómo reaccionan mis hijos al ver en tal estado.-agregó.-Bueno, da igual, ahora sólo quiero mi té, porque la ineptitud también me pone de mal humor.
- Como usted ordene, mi señora.-de nuevo otra estúpida reverencia y sólo por mantener de un buen humor a aquella mujer, definitivamente odiaba todo eso; pero nada podía hacer, sólo debía aceptar su destino y su cruel castigo.
Porque sabía muy bien, que aquello le había ocurrido, por estar en el lugar equivocado o mejor dicho en el bando equivocado, a pesar de que no se arrepentía de haberle servido a Lord Voldemort.
- ¡Crucio!-un nuevo hechizo para su cuerpo, aquellas miles de cuchillas invisibles que se adentraban en su cuerpo una y otra vez. Aún no entendía ¿Por qué divertía tanto eso a su dueño?
Aunque si consideraba su época como mortífago, definitivamente entendía la diversión de aquel hombre de unos treinta años, aunque también pudiese ser el odio que le tenía, por aquello de que en tiempos pasados, el ex –mortífago, había matado a un integrante de su familia.
- ¡Maldito! Mil veces seas maldito, idiota, engendro ¡Asesino!-gritaba el hombre, mientras enviaba varios hechizos a cuerpo de Rodolphus Lestrange, sí definitivamente aquellos hechizos hacían desastrosos en su cuerpo, sobre todo el hechizo que años atrás había inventado el maldito de Severus Snape, en medio de aquél dolor, no pudo evitar sonreír, aquél maldito traidor había tenido un buen final, el mismo final de ellos, el ministro de magia no le había creído ni una sola palabra al ex –profesor de pociones, ya que se le consideraba el causante de la muerte del anciano de Dumbledore.
Gemidos de dolor era lo que salían de su boca, realmente aquello no podría aguantarlo por mucho tiempo más, lamentablemente ése era su lugar, era un simple esclavo y nada más. El apellido Lestrange ya no valía de nada y tenía la certeza de que algún lugar de Londres, su hermano Rabastan estaría sufriendo cosas parecidas a las que el padecía en aquél instante.
- ¡ Absorvere!-gritó el hombre, mientras el Lestrange vio venir lo peor, lo sabía, sabía perfectamente el efecto de ese hechizo y realmente no estaba seguro de soportar que algunos de sus huesos se rompiera, aunque fuera por unas cuantas horas.
- ¡Por Merlín!-gimió al sentir el impacto del hechizo en su cuerpo, y en efecto el crujir que hicieron sus huesos fue algo realmente doloroso.-… por… fa-vor-logró decir mientras gritaba cada vez mas del dolor, odiaba aquél hechizo era el que solía utilizar él mismo, cuando sus elfo domésticos no cumplían sus ordenes de inmediato y ahora era él quién sentía aquel terrible dolor en su cuerpo o mejor dicho en sus huesos.-¡Maldito dolor!-no podía insultar a su dueño, si no quería sufrir una mayor lesión.
El hombre responsable de que Rodolphus gimiera de dolor en el suelo y que la sangre escurriera de su boca, sonreía maliciosamente, mientras pensaba el nuevo hechizo que le lanzaría al ex –mortífago.
- Te lo mereces, maldito engendro.-acotó mientras le lanzaba una patada al hombre que se encontraba a sus pies.
¿Quién le diría? Que por sólo atrapar a unos cuantos sangre sucias, él terminaría en aquél lugar y con aquella desagradable y asquerosa misión, que podría oírse realmente hermoso; pero lo que conllevaba era terrible, él sólo debía "hacer feliz a su dueña" pero el hacer feliz a una mujer de cuarenta y cinco años, era realmente difícil, sobre todo si la misma se había casado seis veces y en las mismas quedó viuda, la mujer estaba realmente obsesionada con el sexo y aunque él amaba aquél acto tan excitante mucho tiempo atrás, en aquél entonces lo odiaba, tal y como alguna vez odio a los sangre sucias. Se sentía realmente sucio y muy seguramente si hubiera sido virgen, se sentiría violado.
Una gran carcajada escapó de sus labios. Ya comenzaba a pensar estupideces ¿Él violado? ¡Ja! Sí, eso verdaderamente era una idiotez.
Aunque su vida no fuese como él hubiese querido, no podía quejarse, mientras muchos de los que le acompañaron en sus andadas, eran castrados, maltratados, golpeados y hasta muertos, él sólo tenía que tener sexo con su dueña a cada instante que ella se le antojase, incapaz de desobedecer sus ordenes, ya que allí sí que sufriría al igual que sus ex –compañeros carroñeros y como los ex –mortífagos.
- ¿En qué piensas, mi bello esclavo sexual?-cuestionó una mujer de cabellera negra; pero el cual mostraba algunos destellos blancos, demostrando la avanzada edad de la misma.
Scabior se volteó a observar a la mujer frente a sí, sólo la cubría una sabana y la susodicha posaba sus manos de manera sugerente en la entrepierna del ex –carroñero.
- Sólo pienso en el pasado, mi señora.-contestó simplemente. Frases cortas y directas, así deberían ser siempre las respuestas del aquél hombre, de esa manera se lo exigía ella, Cristina Villae, una mujer heredera de una sustanciosa fortuna y todo gracias a sus maridos fallecidos.
- Mejor piensa en cómo me harás feliz, dentro de cinco minutos.-acotó la mujer, mientras se mordía el labio inferior tratando de ser sensual; pero logrando todo lo contrario.
"Ni modo" pensó Scabior "Las asquerosidades que debo hacer" . Aguanto un suspiro y comenzó su faena, como el hombre que hace feliz a su dueña, sí, definitivamente podía soñar hermoso; pero era realmente terrible, sobre todo si la susodicha era poseedora de una gran cantidad de masa corporal.
- ¡Oh!.. ¡Ah!... ¡Scabior!-las palabras de la mujer se habían convertido, en simple monosílabos y en la repetición constante del nombre del ex -carroñero.
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¿Tomatazos?
