N/T: Disculpen cualquier inconveniente o malentendido causado por los errores de la edición previa de esta segunda entrega, especialmente para Schala S (salud y vida, bonita). Lean y disfruten.
"BLASFEMIA"
(Blasphemy)
Escrita por Dora Mouse
Traducida por Esplandian
Espera sólo problemas...
"Todas las personas son tus parientes, por lo tanto de ellas espera sólo problemas."
-Antiguo proverbio chino.
Era el nombre. Tenía que serlo.
Una característica importante de la vida en el imperio era la creencia. No simplemente la fe del tipo religioso pero la creencia, un tipo de buena voluntad cruda para interpretar todo como un augurio. Gentes de todos los ámbitos de la vida creían en la magia de los símbolos y como resultado, los objetos eran generalmente menos importantes que lo que representaban. Esta idea se transmitía a las personas. Un jovencito educado de una familia razonablemente influyente de buena reputación… Podría tener casi cualquier trabajo que quisiera. No porque estuviera calificado pero por lo que él representaba.
Han no estaba calificado para investigar un homicidio. Él apenas calificaba para estar dentro de Ciudad Imperial. Pero él era educado y joven –ambos buenos augurios, eso significaba que podría aprender. Y sus ancestros una vez habían reinado un imperio –otro buen augurio, la herencia contaba mucho en Ciudad Imperial. Y para coronar todo esto…
Tian Shan Han.
Era – para la propia vergüenza privada de Han – un nombre positivamente divino.
Él sospechaba que sus padres habían hecho esto para asegurarse de que él sobresaliera de entre sus hermanos. El hermano mayor ya se había mudado, sentado cabeza con una familia, heredado una carrera de su padre y estaba prosperando tranquilamente. El más joven, todavía en casa, se había convertido en el favorito y muy probablemente heredaría la modesta finca familiar.
No había mucho en el departamento de herencias para el hijo de en medio con miras para el futuro. Lo más poderoso que a Han se le había dado era, en verdad, su nombre completo. Fama, fortuna, honor –él iba a tener que ganarse todo aquello. El nombre ayudaba. Cuando tenías un nombre divino, la gente prestaba atención. Se detenían y miraban y lentamente – gradualmente – comenzaban a creer.
Era comúnmente sentido que una persona con un nombre sagrado tenía que ser sagrado, aunque fuera un poco.
Así que aquí estaba él, en Ciudad Imperial para resolver un asesinato. Un escolar de catorce años sin otra calificación aparte del simple hecho de que la gente sinceramente creía que él era capaz de grandes cosas. Milagros, incluso. Todo porque él había sido bautizado en honor a una cordillera.
En lo que a Han concernía, el único milagro que él había realizado fue conseguir este trabajo.
Él apartó estos pensamientos a un lado y regresó su atención al escritorio de su estudio. Bueno. No era su estudio. Él era solamente un invitado aquí.
Ya, la habitación era un desastre. Rollos yaciendo por doquier – algunos puestos a medio enrollar, otros dispersos alrededor del cuarto en una manera poco sistemática. Han tenía el terrible hábito de leer algo y ser recordado de otra cosa, de dejar un rollo abierto mientras él consultaba otros rollos. Han comenzó con los testimonios escritos de los residentes de Ciudad Imperial y fue como el Maestro Grulla había dicho. Todos tenían una excusa. Nadie había visto o escuchado el asesinato. Nadie se había expresado mal del difunto Regente.
Así que, de momento, el único sospechoso real era el Emperador. Porque el Emperador era la única persona en Ciudad Imperial quien claramente se beneficiaba de la muerte del Regente.
Pero acusar al Emperador era… Riesgoso. No imposible. Sólo arriesgado. En el mejor de los casos, semejante accidente podría resultar en Han siendo repudiado por su familia y desterrado del Imperio Meiji por el resto de su vida. En el peor de los casos, acusar al Emperador de asesinato sería el equivalente aproximado de declarar una guerra.
Tenía que haber alguien más.
Han se negaba a creer que la población entera de la Ciudad Imperial era honesta. Alguien tenía que estar mintiendo. Alguien debía de haber visto o escuchado o sospechado algo. Era frustrante. Iba a tener que entrevistar a todo mundo de nuevo. Tal vez sus historias diferirían de los testimonios que habían dado a la policía local después de que el cuerpo había sido encontrado.
Lo qué Han sabía de la situación hasta el momento podía ser fácilmente resumido.
El Regente estaba muerto. El cadáver había sido encontrado en un camino en una esquina remota del jardín, descubierto a primeras horas de la mañana por un jardinero. El cuerpo del Regente, el cual había sido cuidadosamente preservado mientras los arreglos de los extensivos ritos fúnebres eran hechos, no había ofrecido pistas. No había reportes de moretones o cortes. Ni vestigios de veneno, herida o enfermedad. Cómo el Regente había muerto era un misterio semejante al quién lo había matado y al porqué.
¿Por qué había el Regente estado fuera en el jardín tan temprano en la mañana? El asesino debía haber sabido que el Regente iba a estar ahí. ¿O había sido un accidente? ¿Acaso el Regente simplemente había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado?
Han puso el último de los rollos en una pila ordenada y contempló el estudio con un movimiento ligero de su cabeza. Esto no iba a ser tan fácil como había esperado.
Más que otra cosa, Han quería dormir. El viaje estaba tomando cobranza. Él estaba agotado y ligeramente agobiado –había sido un día largo. Pero ahí afuera todavía quedaba luz del sol y un trabajo que hacer. No podía permitirse descuidar el trabajo. Con un suspiro de cansancio, Han se retiró de la cabaña de invitados. Era tiempo de inspeccionar los aposentos privados del difunto Regente.
"¡No!"
El Emperador fue golpeado por una extraña sensación. De manera que así era cómo el rechazo se sentía.
La idea de estar completamente solo – realmente solo- en un lugar desconocido no le atraía al Emperador. Además, la aventura sería mucho más divertida si tenía alguien con quien compartirla. Desafortunadamente nadie más parecía interesado en explorar el mundo más allá de Ciudad Imperial.
"¿Qué está pensado Taimo-chan?"
Este era el titulo más informal por el que el Emperador era conocido. Únicamente sus padres y los más queridos de los amigos se atrevían a adjuntar el afectuoso sufijo '-chan' a su primer nombre. Viniendo de cualquier otro, esto sería un insulto.
Su amigo procedió a darle un sermón que el Emperador ya había escuchado dos veces de otros amigos. En estos sermones el mundo exterior era descrito como un lugar extraño, lleno de peligro y carente de tradición. ¿Qué si se perdían? ¿Qué si eran asaltados? Qué si… La lista seguía y seguía. Ciudad Imperial, según el sermón, era segura y limpia y estaba llena de cosas por las que estar agradecidos. No había razón para dejarla.
El Emperador discrepaba privadamente.
Sin embargo el Emperador entendió porque sus amigos hacían todo esto. Miedo. Sus amigos tenían miedo del mundo exterior. La mayoría de la gente criada dentro de Ciudad Imperial lo estaban. Incluso los nobles que viajaban por el imperio no entendían completamente la cultura de los plebeyos. Y lo que los nobles no entendían, ellos rechazaban o le temían.
Existía otro temor presente en los sermones también. El miedo de ser atrapado, el miedo de ser culpado. Los amigos del Emperador tenían futuros políticos y reputaciones de clanes en los que pensar. Estas personas no podían irse sin pensar, sin escolta, en alguna aventura. Ni siquiera si el Emperador personalmente había solicitado su compañía. Era, el Emperador reflexionó, un poco triste e irónico. Porque implicaba que el mayor peligro de todos no tenía nada que ver con el mundo exterior. El mayor peligro residía en ignorar, aunque fuera sólo por un momento, a la Corte Imperial.
En esas raras ocasiones en la historia cuando un Emperador se había atrevido a viajar, la Corte Imperial entera había ido con él. Porque los Emperadores que le daban la espalda a la Corte Imperial generalmente no sobrevivían tal experiencia.
El Emperador consideró sus opciones. Se sintió atrapado – como todos los emperadores ocasionalmente hacían. Una parte de él quería explorar el mundo exterior, únicamente para ver cómo era verdaderamente. Una especie de ir y asegurarse de que el mundo en verdad estaba allá fuera. Pero los riesgos…
"Y mientras puede que usted sea inmune a las leyes mortales, Taimo-chan," su amigo concluyó en un tono gentil de sentida preocupación, "ninguno de nosotros es inmune a las leyes divinas."
El Emperador admitió esta verdad con un asentimiento reticente. Él era, después de todo, el gobernante divino. Si él descuidaba sus deberes entonces eso causaría desastre. La Corte Imperial podría castigarlo exclusivamente de por vida. Los inmortales del cielo podían castigarlo por la eternidad. Él no exploraría. Por ahora.
Los aristócratas deliraban. Eso era todo lo que había en ello. Un hombre importante había sido asesinado, el asesino permanecía en libertad y a pesar de eso los residentes de Ciudad Imperial se aferraban a la idea de que vivían en un sitio seguro.
Bueno. Ellos podían creerlo.
Los samuráis no eran de sangre noble. La historia familiar tendía a comenzar con granjeros y otros campesinos de bajo rango quienes súbitamente habían, por alguna razón u otra, necesitado convertirse en guerreros. Tal vez la granja ya no estaba produciendo suficiente para vivir. Tal vez estaba aconteciendo una guerra y los campesinos habían sido llamados al servicio militar. Cualquiera que fuera la razón, la lucha había sido introducida.
En batalla existían únicamente tres tipos de guerreros: suertudos, habilidosos y muertos. Los supervivientes generalmente caían en la categoría de 'habilidosos' y así acontecía que estos eran quienes les habían enseñado a sus descendientes a luchar. Los samuráis eran el resultado de generaciones de talento siendo transmitido. Lo que era el porqué el rango social de samurái alguna vez había comandado respeto. Pero nunca dentro de la Corte Imperial. Para la mayoría de los nobles, los samuráis siempre habían sido – y probablemente continuarían siendo- vistos como campesinos peligrosos.
Aun si tenían sangre noble, los samuráis no serían admitidos a permanecer dentro de la Ciudad Imperial Meiji. Lo que estaba, a la larga, bien. A los samuráis no les importaba estar en un sitio lleno de extraños que los detestaban. El mundo exterior era más confortable y moderno.
Palabra clave: moderno.
La Ciudad Imperial Meiji era un lugar de tradición. Cierto, la Ciudad Imperial había sido diseñada para representar un imperio en miniatura pero el diseño era antiquísimo. Luces eléctricas existían por doquier excepto dentro de Ciudad Imperial, donde las velas todavía eran empleadas. La tubería interna ya había sido inventada hace mucho pero los sirvientes de Ciudad Imperial todavía acarreaban cubetas con agua del pozo. Una persona podía vagar de un confín del vasto compuesto al otro sin oír o ver una radio, un televisor o una computadora. Nunca. Porque no había ninguna. No en Ciudad Imperial.
Ciudad Imperial era, esencialmente, el mismo lugar que había sido hace miles de años.
Mientras tanto el mundo exterior estaba repleto de gente usando pantalones de mezclilla, zapatos de lona y hablando en sus teléfonos móviles mientras manejaban aeromóviles al supermercado. Era un mundo lleno de ruido y tecnología. La cocina se hacía en microondas. La electricidad era generada por luz solar. Las posadas y los hoteles ya ni siquiera existían porque era más barato comprar una pequeña capsula hogar.
Los samuráis tampoco existían técnicamente. No fuera de aquí, no más. El mundo moderno había cambiado. El rango social formal –con unas cuantas excepciones significativas –estaba desactualizado.
Por lo tanto los tres samuráis se encontraron en una posición algo única. Dentro de Ciudad Imperial, ellos eran odiados. Fuera de Ciudad Imperial, ellos eran olvidados y tomados por una especie de curiosidad. Los samuráis apenas podían caminar calle abajo sin que los turistas vinieran y les preguntaran si les importaría ser fotografiados. La gente moderna veía las túnicas tradicionales y asumía cosas. Hasta el momento la suposición más común era que los samuráis eran sólo actores locales.
"Una interesante teoría." reflexionó el Maestro Wen, un hombre a mediados de sus cuarenta y el samurái más veterano del trio. "Pero una dolorosa. Yo casi preferiría ser odiado."
Sus dos aprendices intercambiaron miradas. Ellos podían ver a donde iba esto – otra diatriba sobre honor e identidad. Ese era un tema del que el Maestro Wen podía hablar durante horas, posiblemente días. Si ellos no cambiaban el tema rápidamente entonces el Maestro Wen estaría despierto toda la noche, andando de un lado para otro y sermoneando.
"Hablando de odio…" Aventuró el aprendiz mayor, un zorro humanoide de apenas veinte años de edad. Él cargaba con los implementos de un arquero en adición al tradicional set de espadas samurái. "Yo encuentro muy extrañó que el Regente no tuviera enemigos. ¿Si todo el mundo quería al regente entonces porqué está muerto?"
La respuesta a esta pregunta estaba, los samuráis se sorprenderían al saberlo, del otro lado de la calle. Apuntando.
Corrección 1: 27 de Julio, 2011.
