N/A: Mil gracias por la aceptación dada a esta historia, ustedes son los mejores, chicos(as).
.
.
.
Capítulo 2: Cotidianidad
.
—Es tu culpa. —reclamó frustrado, la forma en que ella lo veía y transmitía aquel sentimiento de lastima no le agradaba en lo absoluto.
—Te equivocas, jamás quise hacerte daño. Eres mi vida ¿tan difícil es entender eso?
—No cuando me hieres así, alejándote cada vez más de mí y dejando que tu esposo logre dominarte.
—Es por el bien de ambos —se excusó aturdida—, me moriría si te pasara algo por estar viéndonos a escondidas.
El chico redujo el espacio que se interponía y tomándola de las mejillas, le pidió una pizca de compasión, enfrentándose a una verde mirada que más allá de tranquilizarlo, empeoraba su estado de aflicción. Ella, como era de suponerse, ponía total resistencia y trabas a que el romance prohibido siguiera llevándose a cabo, puesto que días atrás estuvieron a punto de ser descubiertos por su actual conyugue; un hombre que sin medir lo que hacía, conseguía lo que quisiera, a costa del sufrimiento ajeno, teniendo el único objetivo de beneficiarse el mismo. El apuesto joven que le suplicaba en esos momentos, se había adueñado de una pequeña parte de su corazón, tanto, que olvidándose de todo riesgo y consecuencias se entregó de lleno a la pasión que los consumía.
—Si me dieras la oportunidad de luchar por ti —decía acercándose más—, nada podría separarnos. Mi vida te pertenece. No quiero existir distanciado de ti.
—Detente ya. —pidió ubicando una mano en su pecho.
—No me interesa lo que él piense, tú seguirás siendo mía hasta que la muerte nos separe. Y aun así, seremos inseparables —reconoció juntando la frente con la suya—. Te amo.
—No.
Fue la última palabra que logró articular antes que el chico la cogiera por la nuca y besara apasionadamente, abrazándola con fiereza y dejando que el sabor de la boca se mezclase con las lágrimas derramadas. Gotitas saladas provenientes de los ojos verdes femeninos, atravesando la pálida piel del pómulo e ingresando al roce labial.
.
Sakura veía nostálgica la dramática escena de la película, sentada en el amplio y marrón sofá localizado en el centro de la sala de la casa, tomando las blancas servilletas del empaque y limpiándose el rastro del abundante llanto, suspiró agotada, mirando embelesada la pantalla del televisor plasma. El viento, entrando por las abiertas y húmedas ventanas, le causaba un frio espantoso, obligándola a acobijarse con la mantita que tenía sobre las piernas y parte de la cintura. El pijama era inútil en esas horas de la noche, puesto que la fina tela no servía para darle calor o protegerla del tenebroso frio.
—¡Oh, no! —exclamó asustada, incorporándose para observar la toma más traumática—, los va a encontrar juntos.
—¡Kira! —gritó asombrado el hombre que entraba abruptamente por la puerta, sorprendiendo a la pareja que se besaban de manera intensa y desenfrenada. Había descubierto a su esposa siéndole infiel. Nada bueno saldría de allí.
—Hideki…
La vergüenza de ser mirada con aquella repulsión y asquerosidad la hirió en lo más hondo, su esposo, pese a ser un sujeto detestable y antipático, era un ser humano y no merecía aquel pago tan bajo a la adoración que le profesaba desde que la conoció. El intrépido amante la soltó y dándose la vuelta, encaró al ofendido, diciendo una cantidad de cosas que ella apenas logró oír. No podía prestar atención a eso cuando la culpa le agredía la conciencia. Hideki, apretando el puño de la indignación y coraje, dio pasos al frente y agarrando por el cuello de la camisa al otro, le exigió explicación a tal infidelidad. Se supone que los unía un lazo de amistad, y ahora, éste quedaba totalmente en cenizas.
—Suéltalo, por favor.
La suplica de Kira fue ignorada.
—Dime, canalla, ¡¿por qué con mi mujer?!
—Me enamoré de ella.
La sinceridad con que lo dijo hizo comprender a Hideki que nada podía reclamar. El mismo le había inculcado aquel poderoso sentimiento al hablarle demasiadas veces de la excelente esposa y dama que era su esposa, contando cosas que no debía y aconsejando a su ex amigo que buscase una chica digna de él, dispuesta a formar una vida juntos, donde ni siquiera un matrimonio pudiera distanciarlos. Lo que no sabía, es que aquella fémina, era la misma con quien compartía la cama y momentos de la vida. Una vil traición.
—Debería matarte como el perro que eres.
—Aunque lo hagas, seguiré amándola hasta al final. —confesó dejándose mangonear y mirando fijamente a Kira, quien agarraba del antebrazo al chico para que lo liberara.
Sakura se sentó y doblando las rodillas, apretó la sabana contra su pecho, sintiendo que el corazón quería salírsele de los nervios y emoción que la inundaba por la serie, y las lágrimas borradas, volvían aparecer. Llevaba más de dos horas pegada ahí, presenciando el famoso final de una historia que seguía desde hacía meses, donde la protagonista sufría por enfrentarse a un amor dañino y otro intenso, atravesando por un momento e indecisión ya que los dos hombres que la pretendían deseaban luchar hasta el último segundo por tenerla. La típica trama romántica de las telenovelas, pero más interesante.
Hideki empujó a Hiroshi hacia la pared, viéndolo enfurecido y dejándose guiar por el rencor, sacó un arma que traía guardada en la cadera y apuñándola a su amigo, colocó el dedo en el gatillo, preparado para mancharse las manos de sangre con tal de limpiar su orgullo y honor, siendo sorprendido por Kira que dispuesta a impedirlo, se interpuso entre los dos.
—Apártate, esto ya no es cosa tuya.
—No —expresó temerosa pero decidida, daría la vida si fuera necesario para salvar la de Hiroshi—, entiende que cometer esta locura no te devolverá la paz, solo conseguirás empeorar la situación y arrepentirte por el resto de tu vida.
—Vete, Kira.
La voz susurrante del joven llamó rápido su atención.
—No dejaré que se maten por mí.
—¡Lárgate ya! —ordenó Hideki—, o te asesinaré a ti también.
—Hazlo —lo retó—, dispara si te atreves.
La chica extendió los brazos a los lados y cerró los ojos, pensando que solo sentiría la bala incrustándosele en el pecho o cualquier zona del cuerpo en la que su vida ya se extinguiría, pero que para sí misma valía indudablemente la pena. Morir por amor es algo digno de un ser humano, pensó apretando los labios.
Y finalmente, la pistola fue usada.
De pronto y sin previo aviso, hubo un bajón de electricidad, impidiéndole a la pelirrosada descubrir quien había muerto en la película, el enojo fue inmenso y retirando las sabanas de sus piernas, se irguió en el duro y templado piso, buscando las pantuflas de conejos rosados para conservar el calor al menos en las plantas de los pies. La luz de la luna llena le concedió iluminación suficiente y desesperada por no enterarse del desenlace televisivo, caminó a la cocina, cogiendo del mesón una taza de chocolate caliente y oliendo el exquisito aroma, se lo llevó a los labios, relamiéndoselos después por el inconfundible sabor del cacao. La energía que le generó la bebida pasó de darle sueño, a crear ideas en su cabeza de lo que haría en las siguientes doras horas que permanecería a oscuras en toda la casa, cuando inesperadamente el teléfono celular sonó, pitando con insistencia ante la entrada de una llamada.
—¿Quién será? —murmuró dirigiéndose al pasillo, llegando hasta el mueble y buscando con la vista el aparato, al hallarlo –después de varios segundos-, lo tomó entre las manos y pegó a su oído, carraspeando un poco para mejorar el tono de voz.
—Hola.
—¡Frente de marquesina!
Sakura rodó los ojos harta de aquel apodo —¿Qué quieres, cerda?
—Uy, que genio. Ya te pareces a tu noviecito.
—¿Para eso llamaste? Sí es así no tengo t…
—Debo contarte algo —interrumpió la rubia desde la otra línea—. Es importante.
Ella se preocupó —¿Qué sucede? ¿Estás bien?
—Sí. Pero la que no goza de felicidad es Hinata.
La mención de la mujer ojos perlados y voluptuoso cuerpo, le indició a la pelirrosa de que el asunto a tratar no sería agradable, y más cuando Ino hablaba de esa manera tan seria y llena de misterio. Sentándose nuevamente en el sofá, y arrugando el entrecejo, preguntó lo que ocurría.
—Me llamó angustiada. Dice que pecó y no entiendo porque.
—No comprendo.
—Yo tampoco, solo sé que algo malo debió haber sucedido para que esté diciendo esas cosas y no quiera ver a nadie.
Torció la boca pensativa, las palabras de la rubia no eran precisas y ella, aun fastidiada por la falta de luz, no disponía de paciencia y tiempo para descifrar adivinanzas. Suspirando largamente y cerrando los ojos, elevó la palma a la frente para llevarse cabellos por detrás de la oreja, intentando no estresarse y contestar sin amargura.
—La llamaré mañana. Espero y no se oponga a una revisión médica, porque de ser así, estaría muy complicado saber con exactitud la razón de su estado.
—Cuenta conmigo para eso —pronunció animada—. Y cuéntame, ¿has sabido algo de Sasuke?
—Nada —suspiró agobiada, le dolía no estar al tanto de donde podría estar el chico y en qué circunstancias—, pero tengo la esperanza de que se comunique conmigo y pueda contarme detalladamente el motivo por el cual viajó así, tan de prisa. Aunque a decir verdad, dudo de que diga algo.
Ino reclamó el tono de tristeza —Ah, ah. Mucho cuidado con deprimirte e intentar suicidarte, mira que si faltas, seré yo la que me quedaré a suplantarte en el hospital. Y no quiero eso. Bastante tengo con el trabajo que me toca, como para encargarme otro más.
Sakura rió sarcásticamente, el solo comentar aquello le pareció de lo más absurdo y ridículo, no tanto porque viniese de la rubia, sino porque estaba consciente que de seguro eso pensaban los demás en el trabajo. Una idea rotundamente equivocada y sin fundamento alguno. Ella amaba al azabache, sí, pero nunca en toda su vida se le pasó por la cabeza ser dependiente de él, y eso, era algo que le debía a los consejos de Ino.
—Debo colgar —informó antes de bostezar—. Mañana tenemos mucho trabajo.
—Ni que lo digas —se quejó cansada, los brazos y manos le dolían por haber durado horas elaborando recetas médicas sin parar. Una labor pesada pero sencilla en cuestión de trámites—, me mareo de solo pensar en los archivos que se deben entregar— Haruno emitió un sonido en señal de afirmación—. Te dejo entonces, nos vemos mañana. Frente de marquesina.
—Así será, cerda.
Y las dos jóvenes colgaron, yendo una a ver que la cocina no estuviese en llamas por el tiempo que permaneció hablando, olvidándose de menear la pasta que había de estar quemándose junto con la olla por la larga espera, y la pelirrosa, murmurando insolencias e insultos infantiles a los técnicos que sometían a esa área de la ciudad a tanta crueldad como era el racionamiento de electricidad. De perversos, los tildó en su linda cabeza.
.
Los enfermeros, empleadas sustitutas, doctores y camilleros deambulaban por el pasillo del Hospital como si fuese un maratón a pie, topándose unos con otros y hablando hasta por los codos, de probablemente, el estado crítico de la mayoría de los pacientes internados. Por suerte, Sakura trabajaba en una de las oficinas principales, transcribiendo y descifrando diagnósticos médicos que le exigía su superior, la directora Leydi Tsunade, recibiendo la escasa ayuda de Ino, quien duraba más minutos vagando sin oficio que ayudándola. Una total perezosa al momento de elaborar informes.
—Aun no reacciona.
—¿De quién hablas? —preguntó desconcertada, arqueando una ceja ante la mirada soñolienta de la jovencita.
Primero bostezó, y luego respondió —El herido del cuarto 105.
—Ah. ¿El que ingresó ayer por accidente automovilístico?
—Sí, ese mismo —dijo sentándose en el sillón—. Se le han hecho exámenes y aparentemente está estable, signos vitales normales y corazón latiendo a ritmo adecuado.
—¿Entonces? —cuestionó dejando los documentos en la superficie del escritorio—, todo parece ir por buen camino. No comprendo la razón de tu preocupación.
—El golpe en el cerebro, tendrá consecuencias graves.
—Esperemos que no sea así.
—Puede quedarse inmóvil o algo peor.
La medico ojos verdes se levantó del asiento, dando pasos a la puerta y girando el pomo de la cerradura, Ino la observó atenta, sospechando lo que haría —¿A dónde vas?
—Iré a evaluarlo yo misma. Mientras esté a mi cuidado, me encargaré de que salga adelante y no se rinda. Sea quien sea que lo haya atropellado, recibirá el castigo que se merece. Nadie se salva de la justicia divina.
.
El timbre de llamada entrante distrajo la atención que Karin por tantos minutos quiso tener de Sasuke, éste dejó de mirarla y metió la mano en el bolsillo buscando el ruidoso aparato. La pelirroja frunció el ceño y lo abrazó desde atrás, cariñosa.
—¡Por fin contestas! Llevo rato intentando localizarte.
La voz proveniente de la otra línea enfadó al azabache, y respondió —Hn. Modera tu lenguaje, idiota.
—Oh —exclamó el chico—. Parece que no estas de buen humor.
—¿Quién es? —interrogó Karin a su oído, suavecito—. Anda, dime.
La estrategia que empleó el Uchiha en tapar el auricular para que la otra persona no escuchase fue inútil, la identidad de ella había sido descubierta. Mala suerte.
—¡Aja! Ya oí a la loca de Karin. ¡Vaya, es increíble que hayas accedido a viajar a su lado!
Sasuke volvió a colocarse el teléfono celular en la oreja, y dijo —Me persiguió por todo el aeropuerto. No quedó de otra que traerla.
La fémina hizo caso omiso de la agresión, continuó en la misma posición y aprovechando la plática de su amigo empezó a besarlo en la nuca y hombros. Proporcionándole cosquilleos con su aliento a menta.
—¿Qué noticias hay? ¿Orochimaru recibió el cargamento?
—¡Por supuesto, hombre! Sabes que nada falla. Kabuto se encargó de lavar el auto para no dejar huellas.
—Cuelga eso y ven aquí. —susurró la chica.
—Es todo lo que tenía que decirte. Ah, y otra cosa —habló la persona tras el micrófono telefónico—… cógete bien a esa perra.
Una tremenda risotada se escuchó antes de que la llamada finalizara. Sasuke observó amargado la pantalla del móvil mientras que la pelirroja succionaba el lóbulo de su oreja, estirándolo. Un leve escalofrío lo recorrió de arriba abajo.
—No te hagas de rogar. —murmuró ella.
El jovencito se levantó enojado, recogió la franela azul marino tirada en el suelo y miró a su espalda —No tendré sexo contigo, así que déjame en paz.
Y sin decir otra palabra abandonó la habitación alquilada del hotel, dejando atrás a una mujer hirviendo del coraje y la rabia al no saberlo suyo. Durante años Karin cortejó al Uchiha para que tuvieran una relación sentimental, sea abierta o comprometedora, pero el argumento que él usó fue tan simple como: "No me gustas". Ese día lloró a solas en las cuatro paredes de su recamara privada, no obstante, el rencor de enterarse que había aceptado un noviazgo con la médico Sakura Haruno, su archirrival, decidió intentarlo de nuevo. En el fondo de su corazón sabía que la necedad de tener el amor que tanto le era negado se definía como obsesión. Una especie de enfermedad psicológica que consistía en ser dueña de cualquier persona u objeto que le fuera apartado. En especial, de Sasuke Uchiha.
—Quieras o no serás mío. Lo juro por mi vida.
.
—Buenos días, Doctora.
El cordial saludo de la enfermera Ten-ten se coló por sus oídos haciéndola voltear a corresponder —Buen día, compañera. ¿Qué tal los informes?
La atractiva mujer cabello castaño bufó en un suspiro, antes de llevar tres mechones detrás de la oreja —Bueno, ahí vamos. La verdad es que la cantidad de trabajos por entregarle a la Directora Tsunade me tiene con jaqueca.
La medico extrajo de su bata blanca una tableta de pastillas blancas y se las ofreció —Toma, te servirá.
—No debo aceptar esto, son suyas.
Ella encogió los hombros, despreocupada —No te angusties. En mi oficina tengo más. Anda —añadió moviendo la mano que sostenía el paquete—, agárralo. El efecto es duradero.
Tenten lo cogió y miró agradecida a la pelirrosada —Gracias. Si necesita ayuda en algo no dude en pedírmelo.
Sakura curvó los labios en una sonrisa, negó con la cabeza y continuó el trayecto al cuarto número 105. Solo debía cruzar dos pasillos más y llegaría a su objetivo. Según los datos que le fueron dados y lo anotado en la carpeta amarilla que guardaba en el antebrazo el herido padecía trastornos mentales por culpa del accidente. Sufría de constantes pesadillas en las que un nombre salía a relucir, pero que debido a las vendas rodeándole el rostro no se escuchó. Posiblemente era de su madre, hermana o novia. O en el peor de los casos, la identidad de su agresor. Cualquiera que fuese era de mucha importancia para intervenirlo, desde que lo atendieron en la sala de emergencias nadie, ninguno, fue a reconocerlo. Otra de las razones originadas del golpe podría ser la pérdida de memoria a corto plazo. El impacto de la carretera de concreto con el cerebro afectó de forma riesgosa el conocimiento.
Sakura contempló el cartel numérico guindado de la blanca puerta, posó la palma en el picaporte y lo giró, entrando al pequeño sitio. La primera imagen que tuvo frente a sus verdes orbes fue la de dos enfermeras atendiendo al paciente, inyectándoles mediante la bolsa plástica un conjunto de sedantes para que no tuviera dolor en el transcurso del mediodía. En la noche tendrían que filtrarle más.
—¿Qué hacen aquí?
Una de las pasantes giró en su posición, mostrando respeto —Nos encargaron a este hombre, Haruno.
La cabello rosado arqueó la ceja —¿Ah, sí? Pues entonces se equivocaron. Este caso es mío. Avisé el día de ayer que nadie lo atendería, solo yo.
—Disculpe —intervino la otra muchacha—, no fue nuestra intención molestar. Pero son órdenes del superior.
—Díganle a Tsunade que dentro de un momento iré. Ahora háganme el favor de dejarme sola con él.
Ambas jóvenes aprendices se miraron entre sí, luego a la doctora y por ultimo decidieron salir. Abandonaron los utensilios quirúrgicos en la mesita auxiliar metálica ubicada al lado de la camilla ocupada por el enfermo, donde la fémina cabello rosado empezaba a acercarse y observar las cifras variantes de los aparatos. Volteó a su espalda y gruñó algo molesta.
—Es increíble que me priven de atender a mis pacientes.
De repente un sonido captó su atención, haciéndola rodar la cabeza y ver los labios del herido entreabrirse para susurrar una frase. Las vendas no le permitieron completar el escaso suplido de exhalación.
—Oiga, no se esfuerce ¿sí? Entienda que salió de una operación y no está en sus mejores condiciones.
—D… du… duele…
Ella puso los ojos en blanco —Claro. Sufrió un accidente automovilístico, no es para menos.
El hombre respiró alterado sin activar la vista, y dijo —M… mi… c-cara…
La jovencita tomó asiento en la esquina del pequeño colchón, sujetó los dedos de él y habló en voz baja, paciente —La tiene vendada. Pero no se preocupe, en poco tiempo se le quitarán.
—C… cuanto…. a-quí….
—Dos días —respondió mirándolo—. ¿No recuerda nada?
—N-no.
La poca información que el convaleciente accidentado podía darle resultó inservible, salvo por el hecho de que conservaba la conciencia y reconocía el lugar en donde estaba. El Hospital de Konoha tenía un prestigio de atención intachable abarrotado de los mejores especialistas en todas las áreas medicinales. Imposible que no fuese conocido. La fémina continuó el interrogatorio hasta lo que creyó prudente, sonrió al notar el sano juicio del chico y enderezándose, lo despidió.
—Debe reposar. No es bueno que gaste sus fuerzas. En tres minutos vendrá una enfermera a cambiarle la jarra de agua.
Preparó los pies para irse cuando sus dedos fueron jalados, atrayéndola. Se había olvidado del contacto que forjó instantes atrás al atenderlo. Por inercia observó la mano masculina y subió la mirada hasta toparse con unos redondos círculos color azul cielo ocultos tras el vendaje. Eran los ojos del chico.
—G… gra… gracias…
Inexplicablemente el roce le dio un calambre, una corriente eléctrica que viajó veloz a su cabeza y la obligó a apartarse. Primera vez que le sucedía aquello. No comprendía la razón del estado aterrado en que su alma entró, más el brillo reluciente de esas esferas, la calmó. Inclinó el rostro a la derecha y sonrió tierna, asintiendo en un cabeceo. El muchacho regresó el brazo a su sitio y quedó ahí, con la vista clavada en ella.
—Es mi trabajo…
—N-naruto… m-mi nombre e-es… Naruto.
—Un placer, Naruto.
