Rosa negra
Pareja: Kaidoh-Riku-Kaidoh.
Advertencias: Ooc, Diferentes parejas, au.
Existían muchos rumores. Siempre impredecibles como imaginarios. Los rumores tenían eso, o los estiraban hasta la mismísima fantasía o realmente contaban lo que no era verdad. Y entonces, comenzaban a mirarte de forma distinta. A observarte por encima del hombro y ser un gran mundo de conversación a tus espaldas.
Y todo por culpa de una flor.
Por una maldita flor que aparecía todas las mañanas en su buzón. Negra y brillante.
Sus vecinos- que ya la miraban mal desde el primer día que se mudó a su apartamento- murmuraban cosas sin sentido y que la hacía sentirse más perdida si cabía. No existía varón posible para un regalo. También estaba segura de que la rosa negra tenía un significado en algún país diferente o en su mismo país. Para ella, era una flor bonita que además, quedaba acorde con su forma de ser y apartamento.
Así pues, recogió la rosa negra del buzón y se dirigió de nuevo al piso. Las facturas descansaron sobre la repisa negra de la entrada y el aroma a incienso dulce prendió cosquillas elegantes en su nariz. Tras quitarse las botas, sus pies desnudos saludaron la alfombra negra de pelo artificial que adornaba todo el suelo del piso, exceptuando la cocina.
Las paredes de tonalidades oscuras luchaban contra la claridad de los grandes ventanales y el decorado gótico. Subió el escalón que le daría paso al salón y buscó el jarrón en forma de mujer que abrazaba una calavera y besaba a la muerte. Las tres flores contando desde el lunes se encontraron con una nueva más. La de sus manos.
Las miró con sumo interés, quitando las hojas mustias y cambiándoles el agua. Era agradable tener algo que poder mantener con tus propias manos. Algo que mitigara la soledad y sabía perfectamente que nunca terminaría abandonándolas aunque su portador dejara de traerlas y aunque la muerte y marchitarían terminarían separándolas.
El teléfono la sorprendió. Descolgó tras que la calavera que indicaba el tiempo estuvo cerca de caer al suelo, suspirando.
—Mande.
—Riku… tus saludos siempre dan miedo— garantizó la voz a través del teléfono— te llamaba para saber si puedo ir a recoger los bocetos o todavía no los tienes listos. Te recuerdo que el jefe está de mal humor siempre.
A su mente llegó la inédita imagen de su superior. Un hombre serio, siempre irritable y parecía estar a punto de comerse a cualquiera que osara acercarse a él, pero que era el mejor a la hora de buscar modista y estilista para llevar sus dibujos a la realidad. Y todo debía de decirlo, con ella se había portado maravillosamente.
No la había catalogado por ser hija de Kikamura. Mucho menos porque decidiera vestir como vestía y no ser la típica mariposilla de arreglos perfectos y pelo falso. Aunque tampoco es que pareciera fijarse demasiado en las mujeres a menos que fueran para vestirlas. A los hombres los mantenía siempre a raya con un siseo y a su archienemigo Momoshiro lo invitaba a comer de vez en cuando. Era curiosa su rivalidad y a la vez, divertida.
Los había visto juntos más de una vez y sabía perfectamente que su relación podía poner alarmantemente en crisis a la secretaria de su jefe.
—Riku, ¿los tienes o no?
Gruñó.
—Puede— y colgó.
Era divertido poner de los nervios al lameculos personal del jefe. El uniceja predilecto para los errores temerarios. De todas maneras, ese día tenía ganas de salir y podría ser ella misma quien se lo entregara. O mejor, que él fuera a buscarlo. Solo tendría que darle la dirección. Descolgó el teléfono, buscando el número en la pequeña agenda de vampiros. Y descolgó, marcando.
El teléfono solo dio un tono cuando la sorprendida voz de su superior se dejó escuchar.
— ¿Riku?
Parpadeó, sorprendida.
—Sí— respondió todavía sorprendida.
—Es… raro. ¿Qué ocurre?
—Tengo los bocetos— respondió, mirando la rojiza carpeta sobre la mesa de dibujo e intentando ocultar la certidumbre ante la voz nerviosa de su superior.
—Bien. Iré enseguida a recogerlos.
—La dirección es…
—No la necesito. La sé— La cortó rápidamente—. Adiós.
Y le colgó.
Perpleja, miró el teléfono. Aquel hombre podía llegar a ser más cortante que ella misma pese a su educación. Colgó finalmente y justo entonces, sintió su estómago rugir en demanda de comida. No es que fuera una experta cocinera, más bien era perezosa pese a que se las defendía bastante bien- pese a que frecuentemente se olvidaba de comer- y era probablemente la causa de su delgadez.
Justo estaba sirviendo la sopa de miso cuando el timbre sonó. Dejó el tazón y la cuchara sobre el plato de probar para dirigirse a la puerta. Su jefe esperaba tras esta, arreglándose nerviosamente el cuello de la camisa hasta que se miró las manos para ver qué podía hacer con sus inquietas manos.
Si hubiera sido de otra forma, probablemente hubiera sonreído, pero también era divertido ver a las personas cuando habían hecho algo. Siempre nerviosas y sonrojadas. Solo que él no se sonrojó, tan solo metió las manos en los bolsillos y movió ligeramente la cabeza como saludo cuando lo dejaba entrar. Se quitó los zapatos y entró, olisqueando ligeramente el aire y suspirando ante el aroma del incienso.
Cerró la puerta tras ella y le entregó unas zapatillas. Se encaminó mientras esperaba hasta la cocina, queriendo terminar con su comida. Él la siguió en silencio, mirando con tremenda curiosidad la casa. Probablemente sorprendido con las cosas góticas que adornaban por doquier.
—¿Comida?
—Gracias.
Le sirvió por igual, puede que incluso un poco más. Dejó los platos sobre la pequeña mesa de decoración y se sentó frente a él.
—Los dibujos están listos— aseguró mientras cogía un trozo de pan.
—Perfecto. Mañana tendrás la modelo lista.
Asintió, esperando ver a la modelo y los trajes sobre puestos en el cuerpo femenino. Recalcó la figura masculina con ojos expertos, deteniéndose a punto de abrir la boca cuando en la solapa de la chaqueta encontró algo curioso: Un pétalo de rosa negra.
Dejó caer los palillos sobre la mesa, alargando la mano y cogiendo el pétalo. Él se tensó automáticamente, mirándola como si acabara de descubrir la cosa más terrorífica del mundo.
—Es usted.
Kaidoh Kaoru chasqueó la lengua, afirmando y encogiéndose de hombros. Casi a la fuerza le explicó que cada mañana dejaba una flor en su buzón y que estaba bien ser el chico misterioso. Después, se levantó, limpiándose la boca y dejando la servilleta sobre la mesa, dispuesto a marcharse. Ella miró el pétalo suspirando.
—Gracias. Y… termine de comer.
Él sonrió ligeramente, sentándose de nuevo y comiendo con gusto. Desde entonces, las flores negras aparecieron sobre su almohada todas las noches y no volvió a cuidar únicamente de unas flores.
