Aquí esta el segundo capitulo prometido. El plan era subirlo hace algunos días pero estuve viajando y pues no había ni computadora ni internet, solo celular y desde ahí no se puede hacer nada. Así no se puede jajajajaja.

Este fic es para jacque-kari, por el "Intercambio Navideño" del foro Proyecto 1-8.

Disclaimer: Digimon no me pertenece, es propiedad de Akiyoshi Hongo y empresas Bandai, yo solo hago uso de sus personajes para mi disfrute personal y el de algún que otro lector.

Resumen: "Hikari adora la navidad, Yamato evita por todos los medios recordarla. Para ella es recordar felicidad, para el es recordar tristeza; para ella es magia, para el será, con su ayuda, algo mas que soledad."


Capítulo 2. Un momento inolvidable

Despertó con el sonido de los cubiertos al golpear los platos, así como también con el olor de un delicioso café que le hizo sonreír. Estiró sus brazos y piernas cual gato, sopesando la idea de quedarse en aquella cómoda y calentita cama inundada de un misterioso y a la vez, dulce aroma que no podía reconocer. Si esperaba un poco más, seguro Taichi entraría a su habitación a despertarla y ahí le diría que quería el desayuno en la cama, su hermano se pondría cascarrabias con frases como "no soy tu chacha" pero al final aceptaría de buen agrado su petición.

La luz del sol llegó a sus ojos y se preguntó si había dejado las persianas abiertas la noche anterior. No le dio importancia y únicamente volteó la mirada para continuar con su sueño. Entreabrió los ojos, encontrándose con una impoluta blancura rodeando la cama y como si de un rayo la tocara, se dio cuenta que esta no era su recamara.

Como si fuera impulsada por un resorte se sentó sobre el colchón y observó a todos lados, recordando todo lo sucedido el día de ayer y como, ante la falta de un lugar donde dormir llegó al departamento del amigo de su hermano y durmió en su propia cama.

Seguramente Yamato había llegado la noche anterior y la halló dormida a sus anchas. Se tapó el rostro con las manos intentando aliviar esa sensación de vergüenza al pensar que el rubio pudo haberla encontrado dormida. ¿Y si había entrado a la habitación? Observó alarmada su vestimenta suspirando de alivio; su pijama no era nada reveladora.

—¿Hikari? —llamó una voz desde el otro lado de la puerta después de unos leves toques. —Preparé el desayuno, si gustas.

—Sí, gracias —respondió ella.

Se levantó y se dirigió al baño para darse una ducha. Sabia, por palabras de su hermano y el propio Takeru, que Yamato bajo toda esa frivolidad y seria mirada, se hallaba alguien muy considerado, amable y respetuoso. Tal vez Yamato era de ese tipo de chicos que necesitan ser ganados para mostrarse como en verdad eran. Sonrió, tal vez no fuera algo correcto, pero la actitud del rubio le recordó a un pequeño perrito que tuvieron cuando pequeños.

Fue una tarde lluviosa donde Taichi recogió un pequeño cachorrito de camino a casa. Por obvias razones su madre había pegado el grito en cielo, pero Taichi como buen hijo que era hizo lo mismo y, al final y poniendo muchas condiciones, sus padres decidieron darle techo por esa noche.

Decir que estaba contenta fue poco, sin embargo la alegría no le duró demasiado al ver como aquel cachorro era sumamente cariñoso con su hermano mayor y a ella le gruñía como si fuera a hacerle daño. Lloró como muestra típica de inocencia y ante el desconcierto de su hermano, decidieron preguntarle a su padre quien, armado de paciencia les explicó que el pequeño, así como muchas personas, había sido lastimado y no confiaba en los demás. Sólo aquellos que le mostraran amor y cariño podrían ganar lo mismo de él. Le costó varias horas de caricias y mimos ganarse su confianza pero obtuvo su recompensa al final; el pequeño cachorro ahora jugaba con ella tanto como lo hacía con su hermano.

Y viendo ahora su situación, conociendo un poco al amigo de su hermano, le daba un poco de gracia compararlo con un pequeño can. Porque Yamato era alguien cerrado a los demás, alguien que bajaba todas sus barreras cuando se sentía en confianza y, aunque no fuera de su incumbencia, le intrigaba de sobremanera el conocer aquella faceta del rubio.

Terminó su baño y cambio su ropa, justo para salir cuando Yamato colocaba el ultimo plato sobre la mesa. Grande su sorpresa al encontrarse con casi un banquete, muy diferente a lo que usualmente desayunaban en su casa.

—Sinceramente no sabía que querías, así que prepare varios platillos —sonrió Yamato ganándose su atención.

—No debiste, es demasiado.

—No te preocupes, Takeru tenía la costumbre de comer de todo un poco.

Ella asintió, aunque en el fondo sabía que ni siquiera podría probar de todo un poco. Y aunque le sorprendía un poco, sabía que Yamato vivió con su padre luego del divorcio; según Takeru, su padre no era el hombre más responsable del planeta, seguro Yamato aprendió a cocinar por no tener ninguna otra opción.

—Vamos, siéntate y come algo —señaló el rubio.

Ambos tomaron asiento y se dispusieron a comer. Y después de algunos minutos, Hikari descubrió que Yamato no solo era un excelente cocinero, sino también era un pésimo conversador. El rubio se había sumido en un silencio insondable y pese a que ella esperaba algún tipo de conversación de su parte, no tardó mucho en darse cuenta que debía ser ella quien comenzara la charla.

—Esto esta delicioso, no sabía que cocinaras también.

Y comentó lo primero que se le vino a la cabeza. Por alguna razón se sentía nerviosa de hablar, la idea de causar una mala impresión se cernía sobre ella; incluso temía que el rubio pudiera enfadarse con ella por algo que dijera y, no lo entendía con sinceridad. Ya había tratado con personas así, cerradas y algo taciturnas. Tal vez fuera el hecho de ser el mejor amigo de Taichi o el hermano mayor de uno de sus mejores amigos.

—Lo hago desde pequeño, solía cocinar para mí y mi padre.

—Ya veo.

Ambos se mantuvieron callados después de ese pequeño intercambio de palabras. Observó al rubio quien permanecía concentrado en su plato, como si se esforzara por ignorarla.

—Tienes un bonito departamento —soltó, no sabiendo que más decir. —Aunque no noté ningún adorno de navidad.

El levantó la mirada y giró su cabeza observando lo que tenía a la vista. —Sinceramente, no me gusta esta época del año.

Afortunadamente supo controlarse. Ella no se caracterizaba por exaltarse o algo similar, pero el comentario del rubio le sorprendió en demasía. Sabía que Yamato era alguien serio y desinteresado pero jamás había escuchado que no le gustara la navidad.

—Pero, ¿por qué? —preguntó despacio, más curiosa que nunca.

Yamato, frente a ella, suspiró algo incómodo. —Simplemente no me gusta —Y volvió a sumirse en aquel mutismo que la desconcertaba en sobremanera.

Y de nueva cuenta, aquel silencio reinó sobre la mesa. Ella, desde su posición notaba perfectamente cuan turbado se encontraba Yamato. Pequeños gestos como alzar la mirada para después desviarla hacia cualquier otro punto de la habitación, mover los pies de manera nerviosa o incluso mantener la boca masticando a cada momento.

Yamato se hallaba incómodo y era debido a su presencia, eso era más que obvio. Ahora, viéndolo desde esta perspectiva, se sentía un poco mal. Seguramente su hermano había convencido a Yamato y este, para no parecer malo había aceptado no quedándole otra opción.

—Disculpa, no quiero molestarte y lamento en verdad que mi hermano te halla obligado.

Se levantó despacio y caminó hacia la habitación a recoger sus cosas ante la incrédula mirada del rubio. En verdad se sentía mal; jamás nadie se había sentido incomodo en su presencia o al menos, ella nunca lo había notado. Y por alguna razón desconocida, le dolía el hecho de que fuera una persona tan buena como él.

—¿De que estas hablando? —preguntó Yamato desde lejos.

Ella volteó la mirada. —Es obvio que mi presencia aquí te está incomodando —dijo con una sensación desconocida en la garganta, como si aquellas palabras que salían de su boca salieran con espinas y le lastimaran. —Saldré en unos minutos y buscare un hotel, no quiero molestarte más.

—¿Por qué? —preguntó el levantándose de la mesa. —¿No te gustó la comida o hice algo malo?

Hikari lo observó desde su posición, preguntándose si aquel sujeto frente a ella solo actuaba para que no se fuera o si de verdad desconocía la razón.

—Te estoy incomodando —respondió ella ganándose una mirada incrédula. —Mi hermano debió haberte convencido, lo lamento en verdad.

—Taichi no me convenció de nada —respondió el sosteniéndole la mirada. —Me pidió un favor solamente.

—Pero lucias incomodo hace unos momentos.

—Ah, sobre eso —dijo desviando su mirada y rascando su mejilla, intentando ocultar un pequeño sonrojo que invadió sus mejillas y que ella claramente logró observar. —Estaba pensando que podríamos hacer ya que acabo de salir de vacaciones.

Tal vez fuera el tono inocente y tímido el que le hizo pensar que se veía sumamente tierno y la mención de hacer algo juntos lo que la puso nerviosa, pero la idea de irse de aquel departamento abandonó su cabeza en un parpadeo.

—¿Estarás aquí todo el día? —preguntó ella nerviosa.

—Sí, justamente me acaban de dar unos días de vacaciones —Hikari lo vio invitándola a sentarse nuevamente. —Eres nueva en la ciudad, Taichi me dijo que te gustaban los tours.

Ella sonrió en respuesta; había juzgado mal las acciones del chico, dándose cuenta que no todas las personas eran iguales y que Yamato no era el mejor ejemplo de persona común.

Aún faltaba mucho para conocerlo y sinceramente, aunque no conociera la razón de aquel pensamiento, quería conocerlo.

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Salieron de la casa hacia eso del mediodía, el clima aún permanecía nublado y con una nevada ligera que bañaba los enormes rascacielos de blanco y alabastro. Pese al inclemente clima, las personas salían a realizar su día a día sin sentirse muy afectadas, las tiendas a los lados de la calle se encontraban abiertas con sus escaparates adornados con motivo navideños y ella no podía hacer más que sonreír.

Porque lo comprobaba de nueva cuenta. No importaba que la temperatura rallara los cuatro grados centígrados, la gente armada con gruesos abrigos y graciosos gorros salía de sus casas y sonreían con las mejillas arreboladas por el frio y los ojos brillantes de emoción.

Justo como su rubio acompañante a quien solamente le faltaba el brillo alegre en sus ojos para equipararse a la multitud que les rodeaba.

—Aun no entiendo por qué no te gusta la navidad —dijo ella luego de caminar un par de cuadras.

—No me gusta la época, solo es un intento para vender todo más caro y odio el frio.

—Eso no es verdad —le miró frunciendo levemente el ceño. —En esta época las personas tienden a sonreír más, la alegría es contagiosa.

—Estás confundida… haces gestos así porque se les entumen los músculos de los cachetes por el frio.

Ella bufó molesta y resignada, incapaz de creer que existiera alguien que creyera esas ridiculeces. Y aunque le intrigaba mucho la razón del porque esa reticencia del rubio a celebrar estas grandiosas fechas, también agradecía su buena fortuna. Veía el lado positivo de su situación, estaba con un amigo o, compañero al menos, pero no estaba sola en una época donde el chiste era estar junto a la familia y los amigos. Tenía que agradecer por eso.

—Tampoco eso es cierto. Solo tienes que observar un poco a los demás.

Yamato hizo amago de hacer lo que decía pocos segundos después se sintió ignorada cuando su acompañante la dejó ahí en plena acera y entró a una tienda de música. Lo siguió adentro y lo observó viendo algunas guitarras eléctricas y otras acústicas. Tal vez Yamato podría decir todo lo que quisiera, pero eso no evitaba que sonriera de forma genuina cuando se trataba de su instrumento favorito.

Decidió explorar la tienda un poco más en lo que su amigo rubio terminaba de revisar aquellas guitarras. Se acercó hacia el área de discos y algunos reproductores. Tomó el primero que tenía a la mano y los colocó sobre su cabeza. Inmediatamente la melodía de una guitarra se hizo escuchar, acompasada por lo que parecía una flauta o un clarinete. Cerró los ojos y se dejó llevar, justo como a ella le gustaba sentir la música cuando se encontraba sola en casa. No había letras, solo una melodiosa tonada que le instaba a sonreír, a imaginarse un lugar más brillante y tranquilo, más alegre.

La canción terminó y ella abrió los ojos regresando a la realidad. Tomó la pequeña caja entre sus manos descubriendo que era un concierto de música instrumental. Le gustó, tal vez lo compraría en otro momento. La máquina de música cambio el disco y comenzó a sonar una melodía que ella desconocía por completo. Eran tambores, con un fondo de algo que parecían ser platillos y dos segundos después retiró los audífonos de sus oídos luego de escuchar una explosión de sonidos sin ton ni son, revueltos entre sí.

—Parece que no te gustó.

Ella volteó la mirada encontrándose con un sonriente Yamato. —La música electrónica no es de tu gusto, al parecer.

Ella giró hacia los audífonos donde aún se escuchaba aquella rara canción. Negó con la cabeza y volvió a colocarlos en su sitio. —No me pareció música.

—Pero lo es, como muchos otros géneros —concluyo invitándola a seguirle. —Te vi con la primera melodía, pareces disfrutar de la música instrumental.

Hikari asintió, observando como Yamato comenzaba a hablar de los distintos tipos de música, de los diferentes estilos y demás. Parecía que este era su mundo, muy distinto a unas cuantas horas atrás cuando desayunaban en la compañía del otro.

—Solo tienes que encontrarle el gusto —concluyó colocando unos audífonos sobre su cabeza. —Escucha.

Volvió a cerrar los ojos obedeciendo la orden muda del rubio, concentrándose en aquel ritmo hasta entonces desconocido para ella. Era pesado y algo fuerte, pero si se concentraba evocaba imágenes dentro de su mente.

—No lo imagines, siéntelo —escuchó a su oído.

Se enfocó en dejar su mente en blanco, ignorando cada pensamiento que llegaba a su mente, concentrándose única y exclusivamente en el ritmo que marcaba la melodía. No supo cuándo ni cómo, pero sintió deseos de moverse, de seguir aquel ritmo con su cuerpo, con sus pies, de un lado a otro y antes de que siquiera su cerebro mandara la orden sintió el movimiento de su pie seguido del otro, después un movimiento de su cadera y cuando sintió el abdomen del rubio a sus espaldas, abrió los ojos sorprendida y azorada, solo para encontrarse detrás una divertida mirada azul detrás de ella. —Ese es el ritmo de una canción.

Decir que se moría de vergüenza era poco. ¡Se había dejado llevar y bailó en medio de un local frente al amigo de su hermano! Y ante la enorme sonrisa del rubio no supo que hacer. Volvió la vista hacia los lados, esperando ver más gente curiosa, pero la tienda estaba desierta con excepción de ellos dos. Regresó la mirada hacia donde estaba el rubio y sintió el calor aumentar en sus mejillas; la sonrisa blanca permanecía allí, tan brillante como siempre, completamente dirigida a ella y no sabía si aquel calor que se instauro en su cara y amenazaba con estallar era por la vergüenza o su cercanía.

—Los ritmos marcan el movimiento —explicó el cambiando la música. —Rock, metal, salsa, bachata, reggae entre muchos otros. Todos con sus diferencias en tonos y ritmos.

Ella no conocía mucho de música y no se consideraba con refinados gustos musicales pero, al menos para ella, la música clásica era lo mejor; no había nada que superara los ritmos lentos del violín o el piano.

—No me gustan del todo —dijo ella sinceramente ganándose una mirada impresionada del rubio. —Me gusta más la música lenta y tranquila, como el piano o el violín.

—La música clásica —concluyó. —Entonces debe gustarte Beethoven, Vivaldi, pero ¿no has escuchado a Tchaikovski o Rachmaninov? Pese a ser música clásica, no es para nada tranquila; de hecho, sus acordes son bastante rápidos.

No pudo evitar sorprenderse en realidad. Sabía que Yamato era un haz en la música, pero creí que su talento estaba englobado al rock; jamás se habría esperado que fuera un erudito en la música clásica.

—Sabes mucho de la música.

—No tanto, mi madre nos envió a mí y a mi hermano a clases de piano siendo niños. Takeru debe saber más ya que yo —dijo sonriendo, como si recordara aquellos momentos. —De hecho, solo recuerdo los nombres y algunas melodías.

Continuaron observando todo aquel repertorio musical, pero esta vez lo hicieron juntos. Ahí mismo pudo notar la gran diferencia. Yamato se sentía en confianza con cosas que conocía, opinaba y preguntaba más, incluso hacia comentarios esporádicos sobre sus conocimientos o gustos, algo que no sucedió por más tiempo que pasaran rodeados de silencio durante el desayuno.

Terminaron y salieron del lugar, un poco más relajados, cada uno con el nerviosismo olvidado. Ella caminaba cerca de él, observando las calles abarrotadas de gente y de vez en cuando, mirando de reojo a su rubio acompañante. Estaba tranquilo, con un poco más de confianza a su parecer, incluso podría adivinar una pequeña sonrisa adornando la comisura de sus labios.

Continuaron el pequeño tour, ya con Yamato hablando un poco más, haciéndole sonreír con cada una de las aventuras que le contaba. De la ocasión que se perdió cuando llegó por primera vez al país, de su dificultad con el idioma o la vez que se quedó dormido en un autobús y termino cerca de la costa.

Sin embargo, pese a que ambos parecían disfrutar la pequeña caminata había algo que a ella le llamaba fuertemente la atención. Era un detalle pequeño, minúsculo pero que, si se concentraba podía observarlo claramente en su rostro y expresiones. No lo conocía de mucho tiempo, pero creía poder identificar cuando se encontraba feliz o en calma y cuando esta aparente tranquilidad, era suplantada por algo parecido al desagrado.

Y podría jurar que era cuando tenían a algún Papá Noel cerca o cuando se encontraban con el típico grupo de nuños cantando villancicos sobre la acera. Y justo después de algunos metros, ya olvidado aquel asunto, volvía a su calma habitual, esa que apenas estaba comenzando a conocer.

—¿Por qué no te gusta la navidad? —preguntó ella de repente, entretenida y curiosa por todos esos cambios en su rostro en las últimas dos calles.

Él la observó detenidamente y ella se sintió pequeña. Sabía que la razón podía ser algo doloroso y aunque tuviera poco tiempo de conocerlo, no se sentía en plena confianza para que él se abriera a ella.

—Disculpa, no debí preguntar.

Él negó suavemente con la cabeza, restándole importancia. —Descuida, simplemente todo me parece muy falso.

Sabía que estaba mintiendo. Era algo obvio a decir verdad; su mirada dirigida a cualquier otro lugar excepto su cara o aquel gesto de rascarse la nariz. Debía admitir que le dolía la desconfianza del rubio para con ella, pero también tenía en cuenta que jamás había entablado una gran amistad con él, a decir verdad, eran completamente desconocidos. No podía esperar que él se abriera a ella si ella no lo hacía primero.

—Nosotros disfrutamos mucho estas épocas —comenzó ella. —Aunque nuestro padre siempre está ocupado, se hace un espacio para estas fechas; mi hermano siempre llega a casa sin importar el lugar en el que se encuentre y todos tenemos una cena en compañía de la familia.

Él frenó y ella volteó la mirada extrañada. Lo vio a unos pasos detrás de ella, con los ojos parcialmente ocultos tras el flequillo rubio. Avanzó hasta el, preguntándose qué le sucedía tan de repente y cuando lo vio, entendió que tal vez la razón de Yamato para no querer la navidad no tenía nada que ver con los precios o estrategias de venta, sino con algo mucho más profundo y doloroso.

—Disculpa…—dijo sin saber que más decir, recordando aquel pequeño detalle que Takeru le confiara hace ya mucho tiempo.

Takeru y su hermano mayor fueron separados desde pequeños por el divorcio de sus padres; obligados a vivir separados por un continente, a no verse durante mucho tiempo. Y ella, sin proponérselo, había presumido que su familia se quería frente a él. Y se sintió tan tonta, se sintió tan cruel que quiso disculparse, pero sin saber cómo hacerlo.

—Descuida —respondió el comenzando a caminar. —No importa ya.

Y mientras el avanzaba sobre la acera, ella pudo notar que mentía, con un esfuerzo sobrehumano de ocultar aquellas emociones que danzaban libremente sobre sus ojos. Porque a pesar de no conocerlo, había descubierto su secreto: Yamato ocultaba muchas cosas, las guardaba dentro de sí para soportar el dolor en soledad, pero en sus ojos se mostraba la verdad a aquellos que podían leerlos.

Hikari aceleró su paso hasta alcanzarlo y colocarse a su lado. Fue su desliz el que le trajera aquel sufrimiento al rubio, y seria ella quien le devolviera la sonrisa una vez más. Así se le fuera la navidad y el año nuevo en el proceso.

Y sin notarlo, concentrada en sus planes, tomó su mano entre la suya, instándolo a seguirla una vez más.

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Regresaron al anochecer, con la falta de aliento característica después de correr algunas manzanas debido a la intensa nevada que se cernía sobre la ciudad. Les había tomado desprevenidos y aunque durante la noche habían descendido un par de grados no creyeron que fuera a nevar.

—Si quieres puedes darte un baño y cambiarte —dijo el entrando a la cocina. —Prepararé algo.

—No te preocupes, yo hare algo; es lo menos que puedo hacer.

Entró a la cocina y se maravilló un poco al ver lo acomodada que se encontraba. A comparación con la cocina de su casa, aquella que siempre era invadida por Taichi quien dejaba todo desordenado a cualquier hora, este lugar brillaba por el orden y la limpieza.

—Puedes ir a tomar un baño, déjame a mí la cena.

Lo vio asentir algo dudoso y después irse hacia su recamara. Volvió a la mirada y se encontró de nueva cuenta con aquella gran cocina y la más grande pregunta de que podía hacerle al rubio para agradecerle su amabilidad.

Vamos, que ni siquiera conocía sus gustos.

Giró hacia el cuarto del rubio y vio la puerta cerrada. Lo más fácil era preguntarle sus gustos, pero también quería sorprenderlo un poco y no es que conociera muchos platillos, pero al menos podía desenvolverse bien en una cocina sin morir de hambre en el proceso.

¿Qué le gustaría? Se preguntó. Abrió las alacenas y sonrió divertida ante la falta de comida en el lugar. Cierto que Yamato era alguien muy ordenado, pero también pecaba un poco y no se salvaba de aquella desidia conocida en todos los hombres al momento de entrar en la cocina.

Parecía que haría un poco de pasta, ante la falta de cualquier otro ingrediente para hacer algo diferente. Sacó los ingredientes y colocó un poco de agua sobre la estufa, entusiasmada por la idea de sorprenderlo. Siquiera sabía si le gustaría, pero tenía esperanza de ver aquella sonrisa que mostró durante su paseo. Preparó, revolvió y sin darse cuenta y como era su costumbre en estas épocas, comenzó a tararear un villancico. Ni siquiera se lo proponía o se daba cuenta, es como aquellas sonrisas que se propagaban con más facilidad, era algo innato en ella, así como la alegría que la recorría de pies a cabeza.

—¿Es alguna canción de la tienda? —preguntó Yamato al ingresar a la cocina.

—No, es "Santa Claus llegó a la ciudad".

—¿Cuál?

—Santa Claus llegó a la ciudad, es un villancico muy común. ¿No lo conoces?

—¿Debería? —preguntó el divertido por alguna razón. —Por cierto, tu pasta se está quemando.

Ella corrió hacia la estufa esperando que fuera una broma, pero aquella masa negra que parecía ser brea pareció saludarla no tuvo más remedio que desear ser tragada por la tierra. Su intento de sorprenderlo se había ido al traste con todo y la cena. Y cuando creyó que no podía sentir más vergüenza, la risa de Yamato se dejó escuchar en la cocina, tan fuerte y viva como jamás la había escuchado jamás.

No supo si enojarse por la práctica burla en su cara o hacerle caso a ese instinto que, junto a la risa de él, le instaba a comenzar a reír. Entonces, apegándose a su fiel creencia de que la risa se contagiaba más fácilmente en este clima, comenzó a reír a la par de rubio. Tal vez lo hilarante del asunto fuera el hecho de que un platillo tan sencillo se quemara o solo por estar acompañada de alguien como Yamato.

—Disculpa, creo que me deje llevar —dijo ella al final, en medio de unos espasmos por la risa y sosteniendo su estómago que dolía levemente. —Nunca me había sucedido.

El rubio continúo riendo un poco más antes de suspirar. —No te preocupes, me hiciste recordar buenos momentos.

—¿Si? ¿Cuáles? Si se puede saber.

Yamato sonrió al acercarse y tomar la pequeña olla para tirar su contenido. —Mi padre nunca aprendió a cocinar; normalmente era yo quien lo hacía y cuando él lo intentaba, generalmente ocurría esto.

Ella sonrió en respuesta. Tal vez la vida de Yamato y Takeru fue difícil por la separación de sus padres, pero aun así tuvieron buenos momentos como los que le contara Takeru hacía muchos años, como los que le contara Yamato en estos momentos.

—¿Te parece pedir algo? Creo que ya no tengo algo mas —se disculpó Yamato.

—No, discúlpame tú a mí, fue mi culpa.

El negó con un gesto de su mano retándole importancia. —No te preocupes ¿Te apetece un café y unas galletas?

Hikari asintió observando como él revolvía algunos trastos en los cajones inferiores. Le vio sonreír victorioso y ante su genuina sorpresa, sacó un frasco de café y una caja de galletas.

—¿Por qué tenías eso ahí? —preguntó.

—A veces ciertas personas vienen de visita y se comen mi despensa; tengo que cuidar lo valioso —respondió el preparando la bebida. —El café de Colombia es algo costoso, tengo que guardarlo para ocasiones especiales.

Sirvió la bebida caliente en una pequeña taza de porcelana y agregó una cucharada de azúcar. —Podría decirse que es mi especialidad. Ten, pruébalo.

Él le tendió la bebida y ella la recibió gustosa. Inhaló el aroma y no pudo evitar sonreír ante el suave olor que inundo sus fosas nasales. El café no era de sus bebidas favoritas, pero recordaba vagamente que había algunas buenas cafeterías en Odaiba que le gustaba visitar con sus amigas.

—Es delicioso —contestó después de probarlo. —No es amargo como los del aeropuerto.

—Claro que no, este es del bueno.

Ambos caminaron hacia la pequeña mesa donde tomaron asiento. Hacia algo de frio pese a la calefacción, pero la sensación de la pequeña taza en sus manos se sentía bien, incluso podía decir que se sentía cómoda en aquel momento. Le sorprendía un poco en realidad, apenas hace un día estaba en el aeropuerto esperando su vuelo para regresar a casa y ahora, debido a las inclemencias del tiempo, se hallaba en la casa de quien menos esperaba, compartiendo una bebida caliente y una charla entretenida. Ni siquiera recordó su vuelo durante la tarde y eso, aunque le intrigaba, en cierta parte de ella, le preocupaba.

—Parece que la tormenta acabara pronto.

Ella observó el ventanal donde pequeños copos de nieve caían suavemente, meciéndose en el viento. Yamato tenía razón, probablemente mañana los vuelos comenzarían a salir a primera hora y si quería regresar a casa a tiempo, tendría que salir al amanecer.

—¿Por qué no vienes conmigo? —preguntó ella antes de pensarlo siquiera. El la observó sorprendido por la pregunta y sintió sus mejillas arder por la vergüenza. —Digo, para que estés en la fiesta con todos.

Le vio sonreír suavemente y negar con la cabeza. Suspiró, sabía que daría esa respuesta a pesar de desconocer sus razones. Y aunque no quería, también sentía un poco de decepción dentro de sí; en el fondo de verdad quería que la acompañara.

—Disculpa, tengo pocos días de descanso.

Ella asintió comprendiendo. Contempló la noche fuera del departamento, los copos de nieve caer y la luz de la luna filtrándose por el gran ventanal. Y no supo porque razón, pero aquel espectáculo se le hizo lindo, como si aquello tan cotidiano fuera tan diferente en este lugar.

—No odio la navidad en si —dijo el de repente sacándola de su ensoñación. —O al menos no lo que se supone significa.

Ella guardó silencio al ver su mirada dirigida al exterior. Aquel azul que tantas veces vio cambiar a lo largo del día se había ensombrecido una vez más, nublado por aquellos recuerdos que seguramente quería olvidar.

—La detestaba porque me recordaba aquello que no tenía; me hacía rememorar buenos y mejore tiempos, personas que había perdido.

Hikari lo observó ahí, sentado frente a ella. Yamato no era alguien que contara sus problemas o se abriera con tanta facilidad; se sorprendía mucho que lo hiciera con ella. Pero también sabía muy bien que sufría, lo podía ver en su mirada opacada por el dolor. Alguien alguna vez le dijo que la verdad dolía y ahora, en este momento más que nunca, podía decir que era verdad.

—Todas las familias se reunían y yo me encontraba solo, preparando una pequeña cena para mí porque papa se encontraba trabajando.

Ella estiró su brazo y tomó la mano de él entre la suya. Él le devolvió la mirada y le sonrió suavemente. —Ya tiene mucho tiempo, no importa ahora.

Él retiró su mano y ella sintió el vacío frio que las manos masculinas dejaron entre las suyas. Hikari desvió la vista, arrepintiéndose en el acto de su acción. Seguramente fue algo a lo que él no estaba acostumbrado, sobretodo viniendo de una desconocida.

—¿Cuánto tiempo? —susurró apenas.

—Desde los seis años hasta los dieciocho más o menos.

—Lo siento —se disculpó ella. No sabía siquiera por que aquellas dos palabras salieron de su boca. Sabía que de nada serviría, pero sentía que debía hacerlo.

—¿Por qué te disculpas?

Esa era la incógnita. Yamato había estado solo en gran parte de su vida y nadie había hecho nada por él; incluso en el Digimundo, cuando logró reunirse con su hermano, fueron presa de muchas creaturas que pusieron en peligro sus vidas. De hecho, recordaba varios momentos donde el rubio salvó a su pequeño hermano e incluso en varias ocasiones protegió a los demás, incluyendo la vez que recibió la flecha de Angewomon directamente en el pecho.

—Siento que —comenzó. —Alguien debería hacerlo.

El sonrió una vez más y ella fue testigo de aquel brillo que en contadas ocasiones inundó la mirada azul. No sabía sus pensamientos, no conocía la razón de su sonrisa, pero si podía sentir una gran calidez en aquella mirada que tanta curiosidad le causaba.

—Gracias —susurró el antes de levantarse. —Creo que ya es algo tarde. Deberías descansar, yo limpiare todo aquí.

Ella asintió en respuesta, intentando verlo a los ojos, donde sabía que de nueva cuenta aquel brillo habría desaparecido.

—Descansa —respondió con la cabeza gacha dirigiéndose a la habitación.

Cuando cerró la puerta a sus espaldas se preguntó la razón de su desasosiego. Aquella sensación de opresión en el pecho la ahogaba y no conocía la causa. Dejo caer su peso sobre la puerta de madera, perdiéndose en la blancura del techo de la habitación.

Yamato había estado solo hasta ese momento pero ¿no la navidad se trataba de hacer buenas acciones para hacer a todos felices? Sería difícil pero, ella podría ayudarlo, ¿no? Ella podría brindarle aquella navidad que a él por tanto tiempo se le había negado.

Si, estaba segura de que podría hacerlo.

~CONTINUARA~

Listo, ¿que les pareció? Creo que los otros dos capítulos serán mejores o al menos eso espero. ¡Jacque-kari espero que te siga gustando y no te decepciones!

Nos leeremos pronto, cuidence mucho, ¿vale?

Atte. Aspros