"El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo". –Ludwing Börne.
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Llagas abiertas
Capítulo 2
石田タケル
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Alguien una vez me dijo que no importa lo que diga o cómo lo diga, siempre se recordará lo que genere disgusto. El mayor impacto. De no ser por mi inmadura indiferencia en ese entonces, dedicaría este comienzo a tal persona.
Por lo tanto, no creo que importe mucho si mi redacción tiene un orden cronológico, si tiene atractivo estructural, vasto léxico, vocabulario llamativo, dinámica atrapante… Lo único que le importa a usted, lector, es lo que sucederá. Y no esperé de mí, fingiendo cautela alguna, algún tipo de empatía al narrar porque no procuro agradarle al contarle los hechos. Por el contrario, espero que le desagraden, que le generen disgusto. Porque, a diferencia de mi hermano mayor, no haré más que decir la verdad. Y si de esa manera logro meterme en su cabeza, infligiendo daño a voluntad, sepa que no me marcharé de allí hasta convencerle de lo que realmente sucedió. Porque pretendo que recuerde lo que mencionaré a continuación.
Mi nombre es Takeru Ishida. A diferencia de mi hermano mayor, mi nombre no tuvo muchas variantes, simplemente se trataba de un título atractivo al oído de mi madre, y mi padre dio su vago consentimiento al pedido de "llamémosle así". A decir verdad, no creo que signifique algo. Con ello no niego la realidad de la etimología y las atribuciones que pueda tener este nombre común en Japón, pero en mi caso no me fue otorgado pensando en dichas atribuciones. Simplemente fue un sonido agradable.
En este momento, mi edad corresponde a los catorce años. Edad que avanzará en unas semanas al estar próximo mi cumpleaños. Y en cuanto a mi vida… Bueno, usted verá cómo es que es.
Luego del error del matrimonio, en porciones ordenadas cautelosamente llegó la "rectificación" del divorcio. Mis padres se separaron oficialmente y tomaron, como si se tratasen de posesiones, cada quien a un hijo.
El plan parecía justo.
— Tú cuidarás al menor y yo me haré cargo de Yamato —dijo Natsuko vehementemente con la mano en su pecho—. Soy su madre y no puedo dejarlo en una situación tan difícil.
Al parecer no había otra realidad que el pronto episodio de depresión en el hijo mayor. La alerta de madre se había despertado prontamente en la cabeza de Natsuko y su atención estuvo dedicada única y totalmente a su primogénito. Por mi parte, tales recuerdos me parecen ajenos. Soy consciente de ello por ser quien narra, pero para mí no son más que simples cuentos. No recuerdo la más mínima imagen, no tengo vestigios de haberlo vivido.
Por otra parte, se solía decir que el rompimiento quebró la compostura de mi padre, quien al mostrarse siempre como un hombre fuerte y estoico ante las desgracias ajenas, había perdido hasta la postura, llegando a dar la imagen de un pordiosero para algunos y de un completo desconocido para otros, pasados ya varios meses de la desdicha. Lo que algunos no saben es que a pesar de la situación y su constante negación a rehacer su vida, cuando mi madre y Yamato se marcharon a Francia –frente a toda sorpresa e incredulidad del resto–, mi padre consideró tener citas con algunas de sus conocidas, colegas, luego de que le fuese insistido reiteradas veces por sus compañeros de trabajo. Sin embargo, eventualmente, ninguna de ellas dio resultado. El recuerdo de mi madre, junto con los errores que él había cometido, quedaría tan vivo en su cabeza que no le sería permitido avanzar. En él parecía estar el deseo de martirizarse con el recuerdo de sus errores. Deseaba castigarse.
Los días pasarían y con ellos las semanas, los meses y años, y su estado sucumbiría ante la desazón. Escatimaría en afeitarse, dejaría de cortarse el cabello, no plancharía su camisa, desayunaría de vez en cuando, quizá cuando despertaba a tiempo, y cenaría simplemente porque mi sola presencia le obligaba a hacerlo. Terminaría por transformarse en una mera criatura de las circunstancias. Una consecuencia.
En cuanto a mí, los recuerdos que nunca se irán de mi cabeza se construyeron sobre una casa con luces apagadas, ventanas cerradas, empañadas por el calor humano y el frío del exterior, platos sucios, un suelo sin encerar y un baño ocupado. Mi padre pasaría horas en él, y yo fingiría no escucharlo llorar luego de estar unas horas encerrado.
Nuestra convivencia, por otra parte, se tornaría muy cercana al estar los dos tratando de solucionar la vida del otro. Nos uniríamos tanto que la única preocupación de uno sería las obligaciones del otro. En lo personal, nunca recordé cuándo fue que tenía exámenes, partidos importantes con el club de básquetbol o hasta cuándo fue mi cumpleaños, pero mi padre no me permitiría dejarlos pasar.
— Hijo, recuerda levantarte temprano mañana —su voz ronca le daba ambigüedad a la advertencia llena de preocupación.
No obstante, por mi parte, nunca le dejé olvidar sus reuniones y entrevistas de trabajo, cuándo debía salir antes por un mal tráfico, cuándo es que no tenía que trabajar o hasta llegar a recordarle que debía desayunar. Cuando perdió su empleo por un mal desempeño, nos las arreglamos consiguiendo algunos trabajos de medio tiempo. A decir verdad, nunca esperé tener experiencia laboral a tan temprana edad, mas no puedo decir que me haya hecho mal. Aunque creo que sufrí al momento de vender el auto, un mueble y el televisor. Pero pasados los años, y con ellos las desgracias pasajeras, nos fortalecimos de los golpes recibidos. Pero, qué más se podría esperar de un universo concentrado en lastimar a dos personas. Aunque, he de ser sincero al decir que cuando los vi salir del aeropuerto, no pude contener la emoción y me abalancé hacia a quien aún reconocía como mi hermano mayor.
Sentía un fuerte apego hacia ellos, por lo que mi resentimiento se esfumó. Logré olvidarme de él.
Mis obligaciones me arrastrarían nuevamente a lo que a mi futuro se refería. La culminación del año escolar estaba a las puertas y yo me encontraba animado al haber pasado las vacaciones de invierno y, junto a ellas, las festividades de Navidad y Año Nuevo. Ahora me encontraba finalizando el año y disfrutando nuevamente de la compañía de mis amigos en la escuela, las frecuentes actividades del club de basquetbol y mi aficionada pero constante observación de mi compañera de clases, Hikari Yagami. Nuestra amistad, para mi ferviente consideración, era mi gran tesoro.
He de reconocer que mi esfuerzo se caracterizó por una animosa e incansable perseverancia en lo que a Hikari se refería. No escatimé nunca en demostrarle con acciones cuánto apreciaba en ella, pero sí desistí, he de sincerarme en esto, en confesarle mis emociones por ella. Escatimé esfuerzos en ser claro. No creía lícito romper la única relación posible con ella. Estaba claro para mí que no era posible encontrar una manera de llegar a su corazón. Mis esfuerzos hablaban de mi decisión, pero la falta de correspondencia en sus acciones atestiguaba la carencia interés recíproco. Ella no pensaba ni sentía lo yo, pero no estaba en posición de culparla por ello. Después de todo, la atracción no es algo que se pueda escoger.
De todos modos, yo seguiría adelantándome y abriéndole la puerta para que entrase y saliese, separaría su silla para que se sentase, le sonreiría al hablarle, me ofrecería a ayudarle en lo que necesitara y le entregaría incansable y fiel disposición a sus necesidades.
Estaba decidido a darle todo.
En la mañana de ese día, fui animado por varias razones a la escuela. Me reencontraría con mis viejos amigos, con colegas de clase, compañeros del club, con Hikari… y con mi hermano mayor, Yamato. Sin duda, no era un día común y corriente. Y como atestiguación a mi anterior declaración, noté que el ánimo en la escuela había cambiado. Apenas pude cruzar el umbral que separaba el edificio de la calle, escuché un sinfín de murmullos que no me agradaron. Pero, apenas pude reconocer la razón, no pude evitar reír.
Miré hacia adelante y allí estaba mi hermano, parado sobre la puerta de entrada, con las manos en los bolsillos y sin saber hacia dónde girar la mirada al sentirse observado por tantas personas.
— ¿Quién será?
— ¿Es nuevo…?
— ¿No creen que se parece a Ishida?
Al verme acercándome a él, me arrastró hacia dentro, llamando la atención más de lo esperado con su accionar. Yo reí ante su incomodidad y le ayudé a encontrar la sala de maestros, donde él debía presentarse antes de ir a su nuevo salón de clases. Me esforcé por hacerlo hablar, dado que en él se apreciaba un calmo silencio. Supuse que la razón se debía al no haber tenido personas con quién hablar por mucho tiempo, y que ahora le aterraba hacerlo. Más tarde me enteraría de que había acertado al suponerlo.
Cuando llegamos al salón, mi hermano recibió del profesor a cargo de su clase su horario con las diferentes asignaturas que cursaría en ese semestre final. Luego, al salir del salón donde estábamos, y por no mirar hacia adelante mientras leía el papel que le habían entregado, Yamato chocó con una muchacha que pude reconocer al momento de oírla disculparse.
— Disculpa, Sora ¿estás bien?
Al ver a mi hermano junto a mí, observándola seriamente se sintió confundida. Principalmente por percibir las similitudes que había en nosotros por compartir el mismo ADN, y junto con ello un sinfín de rasgos. Le presenté a Yamato, quien extrañamente seguía sin disculparse con ella, y creí reconocer un leve enfado en Sora por la indiferencia de mi hermano. No obstante, ella se presentó educadamente y se ofreció para guiarlo a su salón de clases, a lo cual le sonreí como agradecimiento. Sora alegó que se debía a sus responsabilidades como Vicepresidenta del Consejo Estudiantil asesorarle en su traslado a la escuela, pero para sorpresa mía Yamato comenzó a caminar y dijo en el camino que no necesitaba de su ayuda, para luego despedirse de mí con un gesto.
Al ver a Sora un tanto desorientada y bastante ofendida por la actitud poco amistosa de mi hermano, junté las manos, sonreí y le pedí que fuese buena con él y que yo necesitaría expresamente de su ayuda. Sin esperar respuesta, y luego de eso, corrí a mi salón y me disculpé con el profesor por llegar tarde. Tomé asiento donde solía y simplemente por estar sentado detrás de ella, pude sentir el exquisito aroma que desprendía el sedoso cabello de Hikari. Esperé impaciente a que se girase como solía hacer para decirle buenos días, mas extrañamente en esa mañana el hecho no se dio, lo cual me desilusionó un poco.
Al culminar las clases, me sentí animado por hablar con Hikari un momento, antes de encontrarme con mi hermano mayor para almorzar como habíamos acordado. Quizá podría incluso invitar a Hikari para que lo conociese. Esa era una buena idea. Pero apenas sonó la campana que anunciaba el receso de hora, varios de mis compañeros se me amontonaron y me arrinconaron con un millar de preguntas en cuanto a un supuesto doble mío rondando la escuela, quien resultaba ser Yamato. Al parecer unas horas en el edificio ya le habían dado cierta popularidad. Me pregunté qué pensaría él sobre ello.
Al quitarme de encima a mis compañeros, busqué a Hikari en el salón pero ya no se encontraba en él. La busqué por el pasillo pero tampoco obtuve buenos resultados. Al pasar ya más de cinco minutos del receso, me apresuré en buscar a Yamato, que seguramente estaría esperando enfadado y un tanto incómodo. Efectivamente así estaba. Procuré controlar mi sonrisa, pero me divertía ver lo mucho que llamaba la atención entre las estudiantes. Lo negativo de ello era que él no parecía disfrutarlo.
— ¿Dónde estabas? —me dijo un tanto molesto después de verme—. Vamos, tengo hambre.
Yo asentí tratando de descubrir su personalidad detrás de esa fachada de adolescente rebelde. Después de verlo sin miramientos, Yamato me devolvió la mirada incómodo. Yo sonreí y negué con la cabeza, pero él me pidió explicaciones. Yo volví a reír.
— ¿Siempre has sido de mal genio? —mi pregunta pareció avergonzarlo, lo cual me provocó incluso más risa—. Es broma, ven.
— ¿Qué sucede con las personas en esta escuela? —soltó de repente un tanto molesto.
— Lo que sucede es que eres parecido al estudiante más popular de la escuela —bromeé divertido, mi hermano sólo me observó serio—. E… era una broma.
— ¿Estás seguro? —yo volví a reír y nos colocamos detrás de la fila para comprar alimentos.
El resto del receso lo pasamos hablando de trivialidades. Me sentí victorioso al quitar de mi hermano mayor sonrisas y alguna que otra broma. Nos pusimos al tanto sobre lo que nos había sucedido, pero noté que Yamato escatimó mucho en detalles y que prefirió referirse a su vida como "unos años en el exterior". Se sentía clara la intención de evitar el tema. Considerándolo, noté que deseaba no hablar de ello, por lo que cedí a su pedido y nos referimos a la música. Un pasatiempo que Natsuko había logrado transmitirle, claramente gracias a la supervisión de un psicólogo.
Me sentí feliz de ver a mi hermano hablar animado sobre algo que le apasionaba. Sus ojos brillaban y noté que podía hablar sin parar sobre lo mucho que le gustaban los instrumentos de cuerda. Que le transmitía paz el sonido de un piano o un arpa, pero que tanto la guitarra como el bajo le hacían sentir fuerza. Luego de un momento, notó que había estado hablando sin parar y se sintió cohibir. Yo reí ante su reacción y él se molestó.
— Dime sobre ti —yo pensé pausadamente ante su pedido. Analicé mi vida tan rápido como pude y formule mi respuesta.
— He estado bien —dije sonriendo con ganas. Lamentablemente mi hermano no se lo tragó—. Quiero decir, lo hemos podido sobrellevar. Paso mucho tiempo en la escuela y en el club, así que llego a casa solo para comer y dormir.
— Ya veo —musitó perdido en sus pensamientos—. Entonces, ¿participas en algún club?
— Sí, soy titular en el equipo de básquetbol de la escuela. Soy el jugador estrella —bromeé peinando mi cabello.
— Entiendo, por eso eres tan popular —nos unimos a una ligera risa—. ¿Eso quiere decir que tienes novia? —tomé mi nuca riendo incómodo.
— Bueno… en realidad no —respondí rápido para después darle un sorbo a mi jugo.
— ¿En serio? ¿Y qué hay de Yagami? —e inmediatamente me atraganté.
— ¡¿Qué?! ¿Cómo sabes de…? Quiero decir, no pasa nada. Hikari solo es mi amiga —mi nerviosismo divirtió grandemente a mi hermano.
— Con que Hikari… Ya veo, ella era nuestra vecina cuando éramos niños —me impresionó su memoria.
— ¿La recuerdas?
— Bueno, es que en realidad… —dudo por un instante, yo lo observé atento.
— ¿Qué?
— Creo que mejor no te lo diré —contestó divertido, yo suspiré incómodo—. Entonces, me decías que lo pasas ocupado entre la escuela y el club.
— Sí, en realidad con papá nos vemos para cenar de vez en cuando —al mencionar a Hiroaki, algo en Yamato lo ensombreció.
— Papá… ¿Cómo está él? —yo lo miré con seriedad. Su semblante expresaba clara preocupación y su voz apagada denotaba tristeza. Podía verse con facilidad lo mucho que apreciaba Yamato a Hiroaki.
— Bueno, él tiene un trabajo estable ahora. Lleva allí más de siete meses y le pagan bien. Lo malo de eso es que es muy agotador y demandante, pasa muchas horas en una oficina. Se va temprano en la mañana y vuelve muy tarde en la noche. Prácticamente vive en su trabajo —al hablarle percibí la dedicada atención que tenía de su parte, por lo cual proseguí—. Estuvo enfermo el mes pasado por no cuidarse del frío pero ahora está saludable. Peleamos mucho por eso. Suelo decirle que debe de cuidar su salud con más atención pero él me responde que no soy quien para darle órdenes y que debería preocuparme por mí —Yamato se perdió en lo último. Yo lo vi analizar mi información, luego me vio y preguntó:
— Él… ¿ha tenido recaídas? —dudé. Me hubiese encantado saber a qué se refería esa pregunta, dado que no tenía el valor suficiente para pedir una aclaración. ¿Recaídas? Al pensarlo creí entender en la duda una preocupación en cuanto a su estado mental, quizá a su debilidad con el alcohol o por no dormir lo suficiente. Pero deseché esas ideas porque Yamato nunca podría saber de ello. Me mantuve serio, mas sin saber qué responder. Por lo cual, evité la pregunta y respondí cuanto sabía.
— Papá ha estado bien. Discutimos mucho simplemente porque me gusta molestarlo, pero no se ha metido en problemas —dije cuán risueño pude aparentar, mi hermano me observó e intentó formar una sonrisa—. Lo único que estuvo haciendo mal es romper platos.
— ¿Qué?
— Últimamente ha roto muchos platos, se le caen porque los toma sin cuidado —reí divertido por recordar los episodios—. Aunque a veces me dan ganas de matarlo porque los platos que rompió los compré con mi dinero.
— Ya veo…
Al sonar el timbre que anunciaba el fin del receso volvimos a nuestros salones. Acordamos en vernos al culminar las clases del día, dado que yo no tenía planes con el club de básquetbol, y que Yamato quería darle una sorpresa a nuestro padre.
Nos despedimos y volvimos a nuestras clases.
El resto de la jornada me la pasé pensando en mi hermano. De vez en cuando, dirigía inconscientemente –quiero creer– mi atención hacia Hikari, con quien no pude dialogar siquiera una sola vez en todo el día. Pensé mucho sobre ello, he de ser sincero, e incluso llegué a pensar que me evitó en una ocasión. Pero ignoré la idea rápidamente al ser totalmente ridícula. Seguramente, no hablamos porque la oportunidad no se presentó, o porque ella no percibió que yo quería hablar. Después de todo, es de Hikari de quien estoy hablando.
Al terminar las clases, me encontré con mi hermano mayor y nos dirigimos a mi casa sumidos profundamente en una conversación acerca de una serie de televisión muy popular. Al estar ya frente a la puerta de entrada, introduje la llave en la cerradura y giré el picaporte.
Largué un extenso suspiro luego de ver lo que estaba frente mío.
— No puede ser… ¿ahora rompes los vasos también?
Me adelanté y ayudé a mi padre a recoger los cristales que aparentemente estaban por toda la sala. Él se disculpó conmigo sonriendo y yo me uní a su risa mientras le jugaba una que otra broma al respecto.
— No tienes remedio, papá. Y hoy vino Yamato a verte, ¿qué va a pensar tu hijo de ti?
Comenté risueño esperando divertir a mi hermano con el comentario, pero al girarme noté que Yamato estaba petrificado debajo del umbral observando impactado a mi padre. Estaba aterrado.
— ¿Yamato?
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Notas: Hubo un problema con el posteo, pero ahora lo arreglé. Me disculpo por el tiempo que me toma (y tomará) postear, espero que no sea razón de desagrado. Espero que disfruten del capítulo y me comenten qué les parece, si gustan. ¡Saludos!
